Wolf Alice en CDMX: luces, grunge y el brillo de «The Clearing»:
Arte
Por: Carolina De La Torre - 05/22/2026
Por: Carolina De La Torre - 05/22/2026
El concierto de Wolf Alice en la Ciudad de México se despliega como una travesía entre dos mundos que, si bien no chocan, tampoco se reconocen, más bien, se miran de frente y conviven pese a sus diferencias; por un lado, los sonidos luminosos y asequibles al pop actual de su nueva etapa. Esa nueva piel más soft glam que acompaña The Clearing, y por el otro, la memoria eléctrica de sus inicios, donde el grunge y el indie más crudo y visceral respiraban sin filtros.
La noche arranca desde el presente, con canciones de su más reciente disco abriendo camino, como si la banda decidiera encender primero una constelación antes de mostrar el cielo completo; el público responde de inmediato, entre coreografías espontáneas y esa forma tan colectiva de cantar que convierte el lugar en un solo cuerpo en movimiento. En el centro de todo, Ellie Rowsell, con una presencia que no necesita exagerar para imponer, su voz se eleva con una claridad impresionante, flotando por encima de los instrumentos sin perder nunca la suavidad ni la fuerza, dejando cada nota con la intención de quedarse suspendida un segundo más en el aire.
El escenario, una estrella al fondo, en apariencia minimalista, se transformó con el juego de luces en algo distinto, entre destellos, brillos y sombras que construyeron una estética que recuerda al glam rock setentero, sin declararle del todo, como una lluvia de luz que cae sobre la banda y la vuelve parte de una escena más grande, más cinematográfica. Aquí, el detalle lumínico no es adorno, es lenguaje; marca el ritmo emocional del concierto, guía la mirada, intensifica la cercanía, como si cada destello acercara un poco más a la banda con su público.

Conforme avanzó la noche, Wolf Alice comenzó a girar sobre sí misma, regresando a esa esencia más intensa, más álmica y cruda de sus inicios: guitarras más ásperas, una energía que se vuelve casi física, el grunge reaparece como una ola que se abre camino y arrastra todo a su paso. El público respondió de la misma forma, moviéndose como un mar en expansión, donde los riffs marcan las corrientes y la intensidad se vuelve un lenguaje compartido.
Lo que permanece como hilo conductor es Ellie Rowsell, cuya voz, actitud y presencia confirman por qué se ha convertido en un referente del indie contemporáneo; incluso en medio de las críticas que han acompañado su evolución hacia un sonido más pop, la banda demuestra que su fuerza no radica en quedarse en una sola versión de sí misma, sino en su capacidad de mutar. En esa transformación, la noche se vuelve una especie de argumento silencioso a su favor: Wolf Alice no se explica, se experimenta.
Uno de los momentos más memorables llega cuando la banda abandona el escenario, dejando un vacío breve que el público llena de inmediato con un coro insistente, en su deseo de no terminar: “otra, otra”. El regreso no tarda, y vuelven para dos piezas finales que empujan la energía hacia su punto más alto, cerrando con Don’t Delete the Kisses, que se extiende como una última respiración suave, nostálgica, suspendida entre lo íntimo y lo universal, como si la canción no terminara del todo, sino que se quedara vibrando en el aire con ese toque de magia espacial que caracteriza a esta canción cuyo amor nunca es lo que se espera.
La noche concluye así, entre guitarras que todavía parecen resonar en el cuerpo y luces que se apagan lentamente, dejando una sensación difícil de nombrar: la de haber atravesado un espejo sonoro donde Wolf Alice logra ser, al mismo tiempo, la versión más brillante de su presente y el eco vivo de todo lo que ha sido.