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¿Y tú qué desayunas? Cómo las corporaciones manipulan tus hábitos alimenticios

Por: pijamasurf - 09/11/2011

¿A quién nutres verdaderamente cuando bebes un café en una cadena comercial o un jugo de naranja pasteurizado? ¿A tu cuerpo o a los grandes consorcios que generan falsas necesidades solo para que sigas consumiendo sus productos?

La historia de la alimentación también forma parte de la historia del poder económico, del toma y daca entre corporaciones y magnates cuyo único interés —adornado en ocasiones con extravagantes creencias pseudoreligiosas o morales— es vender siempre más a consumidores incautos y ayunos de información.

¿Qué tanto de lo que comemos y bebemos significa un aumento en la riqueza de estas empresas? ¿Por qué elegimos esas comidas y bebidas y no otras?

Pensemos un poco en el desayuno, la comida más importante del día. Si bien el clásico “desayuno americano” es mayormente común en las mesas estadounidenses, como cualquier otro producto cultural del modelo dominante ha sido exportado a diversas regiones del orbe: un tazón de cereal, jugo de naranja envasado, alguna variedad de pan también embolsado previamente, café de marca comercial, o todo esto junto y comprado en paquete en alguna cadena de fast-food.

¿Los corn flakes? El invento de John Harvey Kellogg, un adventista del Séptimo Día, partidario de la abstinencia sexual, preocupado por crear un alimento antiafrodisíaco que adormeciera la libido de las personas. El éxito de su popular creación permitió producir una extensa variedad de cereales destinados principalmente al desayuno de casi cualquier miembro de la familia. En Eating History: Thirty Turning Points in the Making of American Cuisine, Andrew F. Smith escribe: «Este tipo de cereales los inventaron los vegetarianos y la industria de la comida saludable, primero la de Kellogg y luego con C.W. Post, quien robó todas la ideas de Kellogg. […] Estas compañías advirtieron pronto que a la gente le gusta el azúcar y que a los niños de verdad les gusta el azúcar, así que cambiaron sus objetivos de ventas de los adultos preocupados por su salud a los niños que adoran lo dulce: en todo rigor, un invento estadounidense».

Del mismo modo el jugo de naranja envasado ganó presencia en los hogares de Estados Unidos (y no solo ahí) gracias al bombardeo propagandístico en torno a los beneficios de la vitamina C y el perfeccionamiento en las técnicas de pasteurización específicamente enfocadas a este en la década de 1930. De pronto esta bebida mañanera se convirtió en un imprescindible de la primera comida del día.

«Los grandes comerciantes de jugo de naranja tuvieron éxito al imponer un halo de áurea nutrición alrededor de su producto. La idea de que el jugo de naranja es “parte esencial de un desayuno balanceado” es común y para muchos irrefutable», nos dice Alissa Hamilton en Squeezed: What You Don't Know About Orange Juice. Y continúa: «Pregúntate a ti mismo por qué, como casi todos, bebes jugo de naranja. Probablemente dirás que porque es bueno para ti o por sus altos contenidos de vitamina C, o porque creciste bebiéndolo y te gusta. Si esto es así, entonces tengo que decirte, francamente, que cuando bebes jugo de naranja estás actuando como un robot».

La postura de Hamilton parecería radical, pero recordemos, como ella misma lo hace notar, que las grandes empresas productoras de jugo de naranja envasado promocionan su bebida como “pura, fresca y sin aditivos”, lo cual, estrictamente, no es cierto. «Aquellos que compran ese jugo de naranja compran las historias que cuenta la industria », apunta Hamilton. Además, la también doctora por la Universidad de Yale nos informa sobre los “garantes de sabor” desarrollados por las mismas empresas que hacen perfumes para Dior y Calvin Klein y que se añaden al jugo para conservar ese gusto y olor a fresco que parece tener al destaparlos por vez primera, a pesar de su larga vida en los estantes.

Por último, el café. Ese regenerador, ese reconstituyente, ese último boost que termina por fijarnos a la realidad y abrirnos los ojos al mundo de las labores diarias y también, para Andrew Smith, el protagonista de la más reciente revolución en la dinámica del desayuno (junto con el té), en este caso impulsada por la empresa más notoria de bebidas calientes en Occidente, una de las que mejor contribuyen a sostener y reproducir este modo de vida lleno de aspiraciones y apariencias: Starbucks.

La historia del cambio que Starbucks ha provocado en el consumo de café por la mañana, al menos en Estados Unidos, comienza en Italia, durante un viaje que el fundador de la cadena realizó en los 80s. Ahí Howard Schultz notó que los italianos —al igual que en otros países europeos— ponían mucha atención a la calidad del café que bebían, a su sabor y el aroma despedido por su fragante taza. «Schultz», nos dice Smith, «vio aquello como algo que los estadounidenses querrían comprar. De hecho lo hicieron, poniendo así todo lo demás en movimiento. Starbucks creó la industria del desayuno con café en este país [Estados Unidos]. Lo que venden es una experiencia —y esto es un cambio increíble». A diferencia de años pasados, cuando el café era una bebida sin mayor importancia, ahora la gente «habla de esta mezcla especial que llegó ayer de Guatemala».

De esta manera se gesta paulatinamente la adquisición de conductas y necesidades, gustos aparentemente propios que en realidad son la consecuencia de la propaganda en la que grandes consorcios invierten para que nunca dejes de comprar tu café de la mañana.

[Alternet]

Un análisis económico y cultural de la era post 11 de septiembre de 2001 arroja una conclusión tajante: la élite se ha fortalecido más que nunca.

Durante la mañana de aquel 11 de septiembre de 2001, cuando millones de personas fuimos expuestas a una cobertura inédita sobre un evento por parte de los grandes medios de comunicación, pocos imaginamos las enormes repercusiones que tendrían los sucesos que estábamos “presenciando”, embalsamados en un épico sentimiento de tragedia.

¿Pero qué es lo que ha ocurrido cultural y económicamente después de esta trascendental fecha? A diez años de estos sucesos, y con la fría perspectiva que una década ofrece para analizar un evento pasado, ¿cuál pudiéramos afirmar que es el principal legado de este tótem de la cultura contemporánea conocido como el 9/11?

Uno de las premisas del discurso oficial en torno a estos eventos, utilizando como portavoz estrella al entonces presidente George W. Bush, fue que la razón del ataque terrorista contra Estados Unidos respondía a un visceral odio en contra de la libertad que ofrece el estilo de vida estadounidense (jamás se mencionó a las invasivas políticas que este país ejerce en el Medio Oriente como una alternativa). Curiosamente, este estilo de vida estadounidense tiene un pilar fundamental: el consumo. Y precisamente la “libertad” de consumir lo que quieres es una de las máximas del “sueño americano”. Es decir, siguiendo el silogismo que Bush planteaba entre líneas, la mejor manera de demostrar tu nacionalismo y unidad ante los ataques terroristas era, además de apoyar la guerras que emprendería, salir a las tiendas y comprar, postulando patéticamente al shopping como una manera de combatir al enemigo.

A continuación Bush y compañía emprendieron una guerra que requería el sacrifico de todos los estadounidenses y la cual tenía dos frentes principales: la cultura popular y la economía. En el primero de los flancos, y luego de reafirmar la histórica alianza que han mantenido los gobiernos con las grandes corporaciones mediáticas, se desató una voraz cruzada propagandística en contra de los talibanes (en toda guerra necesitamos poner nombre a un enemigo) y del elusivo Osama bin Laden, de Afganistán como recinto de terroristas, de Irak como una potencial amenaza y hasta cierto punto de toda la cultura árabe —por cierto, una de las más refinadas en la historia de la humanidad a pesar de que HBO o Paramount Pictures traten de demostrar lo contrario a través de sus populares contenidos.

En cuanto al supuesto rediseño económico que la situación post 9/11 requería, y que como hemos mencionado estaba ligado al “sacrificio compartido” (en parte refiriéndose al que debían mostrar las hordas de jóvenes semi-lobotomizados que partían con orgullo a morir y a matar en una tierra lejana), se tomaron las siguientes medidas: primero, aumentar en dimensiones inéditas el presupuesto destinado a asuntos militares, iniciativa que el Congreso estadounidense aprobaría casi unánimemente respaldando la guerra contra el terrorismo. Una vez garantizados los monumentales recursos, se procedió a invadir militarmente Afganistán, guerra alrededor de la cual un grupo de empresas generó miles de millones de dólares como proveedores de maquinaria, combustible, armamento y alimento, además de un jugoso banco de recursos aún no explotado: los minerales. Sobra decir que los propietarios de estas empresas, entre ellas Blackwater y Halliburton, estaban íntimamente ligados a altos funcionarios del gobierno, incluido obviamente el propio Bush. Después, con la invasión a Irak, la cual también estuvo sustentada con los argumentos recabados del 9/11, nuevamente se abriría un gigantesco negocio para la élite con los mismos rubros que en Afganistán, pero ahora incluyendo dos nuevos aspectos comerciales: la masiva cantidad de petróleo que hay en esas tierras —cuya explotación ansiaban las grandes trasnacionales petroleras— y el alquiler de mercenarios entrenados por empresas privadas.

Naomi Klein, en su libro The Shock Doctrine, enuncia que las grandes corporaciones han encontrado en el desastre de los pueblos y las naciones —como una guerra o un tsunami— el mejor entorno para explotar los recursos locales de acuerdo a la filosofía del libre mercado:

«En el punto más caótico de la guerra civil en Irak, una nueva ley es aprobada, la cual permite a Shell y a BP explotar las vastas reservas petroleras el país [...]. Inmediatamente después del 11 de septiembre la administración de Bush nombró, discretamente, a Halliburton y a Blackwater como privilegiados proveedores para enfrentar la "guerra contra el terror" [...]. Luego del tsunami que barrió las costas del sureste asiático, las prístinas playas fueron subastadas a resorts turísticos»; y sin duda podríamos incluir el caso de Haiti, en donde las donaciones internacionales para que el país se "reconstruyera" representaron un magnánimo negocio para diversas compañías, como en el caso de Monsanto, que infiltró las tierras haitianas regalando, generosamente, toneladas de sus granos trasngénicos y patentados para inundar a la castigada isla con sus cultivos genéticamente modificados. 

Pero regresando a los distintos beneficios económicos que derivaron del 9/11 para la élite más allá de las guerras, y su estrecho vínculo con la generación de millonarios negocios, también existía el ya mencionado llamado a consumir, una práctica que a la larga puede terminar por desestabilizar a las economías, en especial si se consume con dinero prestado, a través de créditos, pero que sobre todo termina por desmoralizar y confundir a una población que se diluye de la “realidad”, de su identidad, en su afán por seguir, permanentemente, consumiendo.

Finalmente el flanco económico incluyó una serie de medidas que terminarían por castigar severamente los bolsillos de la población estadounidense y eventualmente repercutir en la economía global. Mayores impuestos y menos recursos para rubros como la salud y la educación, claro, en pos de favorecer el presupuesto militar y la comodidad fiscal de los más acomodados.  

El anterior escenario, como bien apunta Gerald Caplan en su editorial para el diario canadiense Globe and Mail,  sentó las bases para la crisis económica que se desató en 2009. Mayores impuestos e irrefrenable consumo debilitaron los bolsillos de la población, hasta que comenzaron a consumir menos ante la imposibilidad de hacer frente a sus créditos e hipotecas, lo cual a su vez provocó que se generasen menos empleos, sumando esta pieza al ya de por sí triste rompecabezas.

¿Pero a lo largo de este proceso, que hasta hora dura una década, quiénes se han beneficiado? Esta pregunta es obligada si recordamos que en la actual lógica capitalista nadie gana si alguien no pierde, y si muchos pierden, alguien, necesariamente, tiene que estar ganando. En efecto, los que ganaron fueron, por un lado, y aunque en un segundo plano, los extremistas, tanto políticos como civiles, que ayudados por la guerra cultural encontraron tierra fértil para sembrar ideologías que recurren a conceptos tan esperanzadores como la venganza, la no cooperación, el miedo y la desconfianza. Y en primera fila, obviamente, quienes se han beneficiado flagrantemente de la triste situación socioeconómica y cultural que favoreció el 9/11 es la élite, ese abstracto pero real grupo integrado por los dueños de las mayores compañías y corporaciones en el mundo.

Vale la pena recordar que jamás, en la larga historia humana, había existido un momento de mayor desigualdad económica entre la élite y el resto de la población mundial como la que se registra en el momento en que estás leyendo este artículo. En Estados Unidos el 1% de la gente con más recursos gana más dinero que el 60% de la población "base". Mientras que recientemente el tercer hombre más rico el mundo, Warren Buffet, denunció a un congreso demasiado amigable con los más ricos el país, enfatizando en que él paga un menor porcentaje de sus ganancias que el que paga cualquiera de sus miles de empleados. El gobierno solicita con cinismo austeridad y sacrificio mientras los directivos de los mayores bancos del mundo aumentaron el año pasado sus sueldos en un 36%. 

El parafernálico 9/11 derivó en un mundo con mayores conflictos bélicos, con una población moral y económicamente vapuleada,  con mayor cantidad de retóricas sustentadas en el odio, con una aberrante desigualdad de oportunidades y, patéticamente, en un mundo que jamás había representado un negocio más jugoso para aquellos que controlan los recursos globales. El legado del 9/11 puede resumirse en una frase: los ricos ganaron, todos los demás perdimos. 

Twitter del autor: @paradoxeparadis