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Neurobiología, orgasmos, y espiritualidad: el misticismo cognitivo del placer

Por: Javier Barros Del Villar - 08/18/2011

El sexo y la meditación comparten una misma identidad neurológica; ambas actividades conllevan a una idílica conjunción entre el mundo del espíritu y el de la carne.

cerebros meditando

El cerebro es tal vez el órgano que mayor interés ha provocado entre los científicos. El hecho de que presumiblemente sea el recinto que guarda esa enigmática y polimórfica entidad que conocemos como mente lo ha destacado como favorito de las interrogantes que se ha planteado el estudio de la naturaleza humana. "El cerebro es más amplio que el cielo", decía Emily Dickinson, de algún modo intuyendo, o tal vez sugiriendo, el hecho de que ahí radica la esencia microcósmica (hay que recordar que existe una notable relación estética entre las redes neuronales y el diseño de las galaxias). ¿Es nuestro cerebro la manifestación física de ese código de acceso que nos permite jugar a ser dioses?

En diversos estudios dedicados a observar al cerebro en acción, el hemisferio derecho parece ser el lado sexy de este órgano. Se activa durante el orgasmo a tal grado que la corteza prefrontal derecha simula una especie de isla iluminada durante este arquetípico instante, en contraste con el resto del cerebro que aparece en completa penumbra.    

Históricamente se le ha atribuido al hemisferio izquierdo el procesamiento del placer, pues este se activa cuando recurrimos a memorias que nos provocan felicidad, cuando recordamos a un ser querido, en aquellos momentos en los que nos sentimos simplemente grandiosos e incluso es el más activo en personas alegres que rara vez pasan por etapas depresivas. Pero curiosamente durante el orgasmo, tal vez la máxima epifanía en torno al placer humano, el hemisferio izquierdo, en lugar de propulsar un meta-carnaval de reacciones gozosas, permanece completamente dormido. Y este neuro misterio ha intrigado enormemente a los hombres de ciencia que dedican su vida a analizar los comportamientos del cerebro. 

Hasta hace menos de una década la neurociencia poco sabía de los fundamentos científicos relacionados a los estados de gracia, al placer sexual, o a emotivas frecuencias similares. Sin embargo, en años recientes ha emergido un panorama mucho más claro en la relación del cerebro humano con el placer, una de las sensaciones, por cierto, que mayor peso tienen para determinar el registro psicoemocional de una persona. La felicidad, o mejor dicho la alegría extasiante, tanto en un plano sagrado como en uno profano, disminuye la auto-conciencia del ser (concibiéndola más desde una perspectiva del ego y el sentido de ubicación espacial), además de que que altera la percepción corporal y reduce la sensación de dolor. Y mientras que el hemisferio izquierdo es presuntamente el protagonista del placer, lo cierto es que estos tres neuro-fenómenos se activan bilateralmente. 

La ausencia de dolor puede estar explícitamente ligada al placer. Sin embargo, las otras dos —perder el sentido de identidad y de los limites corpóreos— son más misteriosas. William James, autor de The Principles of Psychology, describe al "ser" como el pilar de la conciencia, aquel que perdura a lo largo de múltiples sensaciones y experiencias. Y este "ser" está dividido, excepto durante las experiencias místicas, entre un flujo de conciencia y un observador o diálogo interno. Este diálogo, en el cual tanto enfatizaba el brujo yaqui Juan Matus en las crónicas de Carlos Castaneda, funciona como una especie de juez que va organizando y decodificando las experiencias conscientes. Narrarnos nuestra propia vida se presenta como una herramienta cognitiva automatizada y a fin de cuentas es lo que acaba construyendo nuestro concepto de realidad. 

Pero escapar de nuestra propia y casi permanente auto-observación debiese ser un placer mucho más valorado de lo que culturalmente estimamos. Y precisamente sobre esto Roy Baumeister, director de Psicología de la Universidad de Princeton, escribió todo un libro: Escaping the Self: Alcoholism, Spirituality, Masochism, and Other Flights from the Burden of Selfhood (1991), en el cual postula que esta especie de auto-conciencia racional en muchas ocasiones puede convertirse en una verdadera carga para una persona. En diversas culturas las personas recurren habitualmente a sustancias como alcohol, drogas, tabaco, rituales auto-hipnóticos y otro tipo de estímulos para debilitar esta conciencia del ser. Sin embargo, se ha comprobado que la meditación te permite liberarte de esta preocupación con respecto a tu propio ser y neutralizar las principales actividades que alimentan este, a veces, incontrolable mecanismo: el juicio, la planeación, la expectativa, la comparación y el auto-escrutinio. 

Como vimos anteriormente la corteza prefrontal del hemisferio izquierdo se asocia con la felicidad, y no casualmente los niveles más altos de actividad en esa región que hayan sido medidos hasta la fecha, corresponden a monjes budistas del Tíbet meditando en el sentimiento de la compasión. Esto nos indica que la meditación actúa sobre los principales centros de placer en el cerebro y, aún más allá, este placer se acompaña de una transformación en nuestra auto-regulación emocional —si bien las personas que meditan fortalecen su auto-conciencia, ponen atención a sus pensamientos y sentimiento desde una perspectiva conceptual, y por lo tanto menos emocional o visceral, lo cual les permite estar en paz con su flujo interior. 

Recordemos ahora que el placer también esta ligado a una pérdida de la conciencia ante los límites de nuestro cuerpo, lo cual, al igual que el ejercicio de la auto-observación, involucra ambos hemisferios. Tanto el orgasmo como la meditación diluyen nuestro sentido de los límites del cuerpo físico. En el caso de la meditación esto se logra a través de la auto-conciencia, pero enfatizando en la actividad de regiones específicas del cerebro, como los gyrus angulares del hemisferio derecho. En cambio, durante el orgasmo, el cerebelo es el que brilla, el que mayor actividad registra, debilitando de algún modo la conciencia del cuerpo físico perdiéndonos dentro del mismo y no observándolo "objetivamente", como es el caso de la meditación. 

En síntesis podemos concluir que existe una apasionante e íntima relación neurológica entre el máximo placer físico, proyectado a través del sexo, y el desarrollo místico al que una persona puede entregarse, principalmente la meditación. Y en un fenómeno que algunos considerarían como algo paradójico, ambos se proyectan, resuenan, en un estado de alta fidelidad que termina por eliminar las supuestas fronteras que separan al mundo físico, en especifico el placer carnal, del mundo etéreo, aquel en donde el espíritu se fortalece. Y esta idílica convivencia queda proyectada, o incluso catalizada, a través de nuestro diseño neurológico (nuestro cerebro es un templo dedicado al erotismo, la estética y la generación de universos): entre el orgasmo, la alegría  y la espiritualidad... estamos todos nosotros.  

Twitter del autor: @paradoxeparadis / Lucio Montlune

 

Con información de Scientific American

La ficción mirándose en el espejo de la realidad: inventiva y modelos reales

Por: pijamasurf - 08/18/2011

De la nada, nada: algunos íconos de la cultura pop aparejados con el personaje real del que surgió su apariencia física. ¿Beavis y Butthead? Dos notables científicos universitarios. ¿El “american psycho”? Tom Cruise. ¿Norman Bates? Un asesino serial. Entre otros.

Ex nihilo nihil fit, dice la locución que tiene cabida tanto en cuestiones filosóficas y metafísicas como en otras que podrían parecer triviales o de mero entretenimiento.

Tal es el caso de la ficción creativa, especialmente la que se da en el dibujo, la literatura o, como en esta nota, de la cultura pop: así parezcan las invenciones más estrafalarias, su sustento es en última instancia totalmente mundano. No puede ser de otro modo. Quizá al primer hombre que vio un jinete desde cierta perspectiva le pareció rarísimo e increíble el torso de un hombre aparejado con el cuerpo de un caballo, tanto que para explicárselo a sí mismo y a sus cercanos imaginó eso que ahora catalogamos entre las criaturas mitológicas: el centauro.

De la misma manera algunos de los personajes más inverosímiles o de los cuales nunca sospecharíamos un nexo tan firme con la realidad (el Tío Sam, Norman Bates de Psycho o el Joker de Batman, por ejemplo) , tuvieron como modelo personas de carne y hueso que alguna vez pisaron este mundo, que saludaron a sus semejantes o pasearon a su perro, que se duchaban por la mañana y cumplían con las actividades más simples (o igualmente perversas) antes de convertirse en íconos que ahora casi todos identificamos sin conocer bien a bien su singular origen.

 

  • Beavis & Butthead

Este par de irreverentes, símbolo de la juventud noventera atenta a la programación de MTV, es la estilización de dos profesores que su creador, Mike Judge, tuvo en la Universidad de California en San Diego, curiosamente dos lumbreras del pensamiento científico totalmente opuestos a la sandez de sus caricaturas: David Kleinfeld (Beavis), es físico y neurobiólogo; Jim Branson (Butthead), también físico, da clases de física cuántica.

 

  •  El Tío Sam

A pesar de su origen netamente político, el Tío Sam es sin duda uno de los íconos mejor identificados de la cultura mainstream, así sea para parodiarlo y denostarlo. Su modelo fue Samuel Wilson, un empacador de carne que obtuvo del gobierno la concesión para proveer al ejército norteamericano en la guerra de 1812 contra el Imperio Británico (una que comenzó, entre otras razones, por el apoyo que la Corona dio a las tribus nativas para impedir la expansión de los colonos). Se dice que Wilson enviaba las vituallas en barriles signados con las iniciales “US”, por United States, pero los soldados tomaban a broma la firma y achacaban la generosidad del sustento al “Uncle Sam”.

 

  •  Norman Bates

Quizá uno de los psicópatas más finos del cine, dirigido con cierta rara sabiduría por Hitchcock, sea Norman Bates, el siniestro espíritu que anima Psycho. Bates tuvo como base a Ed Gein, un asesino serial de los 40s caracterizado por desmembrar los cadáveres de sus víctimas y sembrar sus pedazos cerca de su granja. Gein también inspiró la creación de otros dos personajes cinematográficos: Leatherface y Buffalo Bill

 

  •  Patrick Bateman

Un segundo psicópata en la lista: Patrick Bateman, el personaje principal de American Psycho. Casualmente tanto Bret Easton Ellis como Christian Bale —escritor de la novela y protagonista del filme, respectivamente— coinciden en que Tom Cruise fue una influencia notable al momento de dar vida a Bateman. Quizá no haya nada más que agregar.

 

  •  Joker

Uno de los mejores villanos en Batman, que para fortuna suya ha contado con destacadas interpretaciones fílmicas a manos de Jack Nicholson (1989) y Heath Ledger (2008): el Joker, también conocido en el ámbito hispánico como el Guasón. En este caso su modelo no es estrictamente real, ya que se basó a su vez en otro personaje cinematográfico de una vieja película germano-estadounidense: The Man Who Laughs, de Paul Leni, estrenada en 1928. La cinta, adaptación de la novela homónima de Víctor Hugo, cuenta la historia de un noble inglés caído en desgracia a cuyo hijo condena el rey “a reír para siempre”, ordenando para esto a un cirujano que desfigure la cara del niño. El rictus conseguido, en su permanente felicidad, provoca miedo y terror por dondequiera que vaya Gwynplaine, el hijo del traidor. El parecido entre este y el Joker es quizá el más notorio del listado.

[BuzzFeed]