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La subversiva vaginolatría pop de Amanda Palmer (VIDEO)

Arte

Por: pijamasurf - 01/13/2011

El 'Mapa de Tasmania' o la libertad púbica de la mujer: oda al pussy power y crítica a la sociedad que somete a las niñas a rasurar su vagina para mantener una imagen de perpetua inocencia (fantasía desflorante)

Exaltando la vagina, como actualmente la cultura al pene, Amanda Palmer bebe altas dosis de pussy power y canta. El nuevo track "Map of Tasmania", con la participación de los Young Punxs, es una lúdica provocación en adoración de la forma triangular sagrada, la vagina, o yoni. El track toma su nombre de la forma triangular del mapa de Tasmania, similar al del pubis sin rasurar, y una broma local entre las mujeres de esta pequeña isla australiana.

Autodenominada Amanda "Fucking" Palmer, famosa por tocar hits de Radiohead en su ukulele, covers y ser parte de las Dresden Dolls, Palmer pensó en este tema a partir de enterarse de que muchas niñas de 8 a 9 ya están depilando su vello púbico a veces forzadas por sus madres. O luego las mujeres, por la fantasía masculina introyectada como imperativo de la virginidad perpetua.

Amanda en la canción estimula a la mujeres a dejar crecer una jungla púbica y orgullosamente andar por la calle mostrando su "Mapa de Tasmania", aunque es prudente y también dice que "siempre puedes recortarlo" (sin tener que someteresa a la depilación total, de esta forma manteniendo una sexy higiene sin el esclavismo del paradigma socioestético). El video, más allá de su abigarrado cóctel vulviforme, se puede entender también como un llamado a la aceptación de las personas como son, y  a la celebración de esto -lo cual se traduce en un empoderamiento de sus características peculiares, como puede ser una profusa vulva.

Destacamos en el video la imagen de una vagina cubierta por  nuestro planeta azul visto desde el espacio, una analogía pop del profundo misterio que une a la feminidad con la Tierra, hasta el punto de que una de las claves para entender la leyenda del santo grial yace en esta transpersonalización de la diosa de la naturaleza en una mujer, cuyo símbolo es la cueva, es la copa, es la vulva.

Un ejemplo también lúdico de esta inversión óptica del concepto freudiano de la envida del pene al sano poder de la vagina que se atisba en este video, es este ensayo que muestra que el pene es en realidad un clitoris.

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¿Es la crisis en la humanidades insignificante ya que estas son inútiles bajo la concepción socioeconómica moderna? Y ¿hasta que punto es significativo que peligre el presupuesto del mundo académico, cuando éste sólo reproduce el status quo?

A las muchas crisis que amenazan este mundo hay que añadir una más o menos reciente y aparentemente menos importante: la crisis de las humanidades.

Dicen que las humanidades se encuentran amenazadas, que las quieren achicar y quizá hasta desaparecer. Dicen que no sirven para nada, que su tiempo se ha agotado. Que tal vez, hace años, o siglos, tuvo alguna utilidad estudiar a Byron, al Greco, a Stravinski, las leyendas populares, los mitos, los refranes, las lenguas extranjeras y las vivas y las muertas y tantas otras fruslerías que, dicen, ahora a nadie interesan.

Eso consignan, entre otros, Heriberto Yépez y Terry Eagleton (aquí y aquí y aquí). Sin suscribirlo.

Todo esto se ha revelado —casi de golpe, casi a gritos y entre manifestaciones estudiantiles como las ocurridas en varias ciudades europeas durante las últimas semanas de 2010— sobre todo por causa de la crisis financiera en la que se mantiene el mundo desde hace dos o tres años, ese sobresalto del que el modelo económico imperante todavía no se repone. Del dinero que se destina a las universidades, cada vez se le asigna menos a los departamentos de historia, de filosofía, de literatura. Al menos esa parece la tendencia en el primer mundo. Y no por revancha, porque sean disciplinas críticas, incómodas para el poder: según hace ver Eagleton, “desde Margaret Thatcher, la academia ha contribuido a mantener el statu quo, ha dejado de desafiarlo en nombre de la justicia, la tradición, la imaginación, el bien común, la libertad de pensamiento o por la posibilidad de un mundo diferente”. Michel Onfray, provocativo, no opina lo contrario: «Las universidades son lugares de reproducción social, de duplicación ideológica: nada inteligente ha salido nunca de allí.»

Pero esa no parecer ser la razón principal que esgrimen quienes conceden poca o ninguna importancia al destino de la historia, la filosofía, la literatura tal y como se enseñan y se estudian al interior de los recintos universitarios. Para ellos la preocupación fundamental es que son inútiles, que su impacto, si lo tienen, es ínfimo en el desarrollo de la sociedad. Utilidad que se mide según determinados criterios, similares a los que se aplican a un descubrimiento científico o una mejora tecnológica, sin reparar demasiado en la naturaleza distinta de los descubrimientos o mejoras que se hacen en estas disciplinas. Suena un poco raro para el grueso de la población, pero los planteamientos filosóficos de Wittgenstein, por ejemplo, son quizá tan importantes como otras grandes invenciones del siglo XX. La virtud de las humanidades —o si se prefiere, su utilidad— consiste en que nos permiten intentar la comprensión de nuestra realidad de mejor manera, son como las prótesis, la ortopedia, que nos permite andar por el mundo, casi de la misma manera que los automóviles o los aviones.

Sería bueno, sin embargo, que este riesgo inminente sacara a las humanidades de la modorra en la que están sumidas. De no ser así, más que preocuparse por la especie que va camino a la extinción, uno podría preguntarse, en un momento de suspicacia, qué es lo que de verdad peligra: ¿las humanidades o el presupuesto de sus correspondientes departamentos?

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