Por más de ochenta años hemos visto al Coyote caer de acantilados, explotar, ser aplastado, quemarse y salir disparado por los aires persiguiendo lo imposible: atrapar al Correcaminos con los productos ACME. Este bucle de fracasos se pone en perspectiva en la nueva película, Coyote vs. Acme.
El largometraje dirigido por Dave Green usa el humor físico característico de los Looney Tunes para hacer un cuestionamiento más profundo; porque, más allá de una reseña simplona hecha con ChatGPT y datos superficiales, Coyote vs. Acme es una película de animación híbrida que nos habla del consumo, la meritocracia, el acceso a la justicia, la ética de la tecnología y el progreso, en una comedia que, a simple vista, parece sólo de dibujitos.
Hay un aforismo que dice: «Enséñale a un hombre a pescar y no volverá a tener hambre». Esta frase descontextualizada se dice a la ligera como si sólo se tratase de conocimientos, herramientas y esfuerzo; porque, si fuera así, Wile E. Coyote ya hubiera atrapado al Correcaminos desde hace muchísimo tiempo.
El frustrado cazador del desierto es creativo, perseverante, sabe leer y escribir, tiene iniciativa y acceso a la tecnología ACME y, sobre todo: ¡TIENE HAMBRE! Pero ninguno de sus planes y artefactos funciona; porque, en un sistema donde la tecnología está mediada por intereses económicos, tener conocimientos y echarle ganas no es suficiente para satisfacer una necesidad básica como es alimentarse.
ACME convierte esa necesidad en una cadena de consumo e instrumentalización: el Coyote necesita comer, así que compra la posibilidad de conseguir comida con los productos de ACME; cuando el producto falla, aparece otro que promete resolver el problema, y así ha sido desde 1949. Mientras el Correcaminos siga fuera de su alcance, el mercado siempre puede venderle otra oportunidad con un producto inservible.
En su libro Desarrollo y libertad (Development as Freedom), el economista Amartya Sen afirma que poseer un recurso no significa necesariamente tener la libertad efectiva para utilizarlo y alcanzar aquello que necesitamos; todo está limitado por un contexto económico, social, político y cultural. Tal es el caso del Coyote, caricatura de un animal mudo, reducido a consumidor de una corporación monopólica que le promete satisfacer su hambre.
La demanda de Wile E. Coyote contra la corporación ACME no empieza como una cruzada por los derechos del consumidor. El Coyote quiere utilizar el juicio como una trampa para atrapar al Correcaminos cuando testifique en el estrado; incluso en este súper elaborado plan, el deseo original de comer permanece.
Para conseguirlo necesita a Kevin Avery (Will Forte), un abogado con un despacho en bancarrota y una carrera reducida a conciliar pequeñas disputas de caricaturas con ACME, que resuelve mediante sobornos económicos. También le acompaña su sobrina Paige (Lana Condor), una abogada recién egresada de Oxford, con el ímpetu y la motivación ética por la justicia característica de la juventud idealista, quien impulsa a su tío a tomar el caso y constantemente lo motiva a mirarlo desde otra perspectiva.
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A lo largo de la película, ambos abogados van descubriendo, pista a pista, que ACME ha cometido un crimen más grande que vender productos defectuosos: utilizar a las caricaturas para probar sus productos nuevos, porque, contrario a los humanos, ellos no mueren. Pueden explotar, caer de un acantilado, ser aplastados por una roca, recibir un escopetazo y volver a seguir vivos.
¿Sufren? Sí, pero no se quejan. Su sufrimiento es entretenimiento y, si se atreven a demandar, nada que un buen “acuerdo económico” no pueda arreglar o, en su defecto, encerrarlos en el manicomio.
Así, el acceso a la justicia —igual que la tecnología— está mediado por diferentes capitales a los que no todos tienen acceso. Por eso el Coyote necesita del abogado Kevin Avery, quien, a su vez, está superado por un equipo de litigantes que tiene todas las facilidades para ganar el juicio; como afirma Pierre Bourdieu en su ensayo La Fuerza del derecho:
«El contenido práctico de la ley que se revela en el veredicto es el resultado de una lucha simbólica entre profesionales dotados de competencias desiguales. Esta distancia entre la visión profana del justiciable y la visión especializada del experto es constitutiva de un monopolio.»
Es decir, el acceso a la justicia no depende únicamente de tener razón, sino de contar con los recursos necesarios para hacer que esa razón sea reconocida dentro del campo jurídico; ahí está la ventaja de ACME: no sólo tiene dinero para fabricar productos y contratar abogados, también tiene los recursos para disputar el significado mismo de lo ocurrido, culpando a la víctima manipulando al jurado, juez y fiscales, ¿no te suena familiar?
Por eso Kevin no funciona únicamente como “la voz del Coyote”: es un intermediario que convierte su experiencia personal en una acción colectiva, genuina y legítima de unas necesidades que antes no entendía; porque al igual que ACME utilizaba el sufrimiento de las caricaturas para sus fines personales. El abogado cambia su perspectiva cuando conoce el sentir del Coyote, se atreve a vincularse con la situación y ser empático con su causa; quizá desde ahí venga esa empatía que nos falta.
Parafraseando a Karl Marx, el fetichismo de la mercancía ocurre cuando las relaciones sociales detrás de un producto parecen desaparecer y sólo vemos el objeto terminado, lo que permite ocultar las condiciones de explotación laboral de quienes lo produjeron.
Es como cuando te compras un iPhone, enajenándote de que, lo más probable, es que su extracción de materia prima y fabricación impliquen condiciones laborales infrahumanas, para poder decir: «Me siento bien chingón porque hice una fila de 12 horas afuera de una Apple Store».
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Esto es de lo que el Gallo Claudio habla en su discurso en el juicio: la lógica del dolor como parte vital para el progreso, un “pequeño” sacrificio que las grandes corporaciones están dispuestas a pagar en complicidad con las personas que consumimos sus productos. Todos somos como las caricaturas: consumidores y sujetos de experimentación; la diferencia está en que nosotros sí morimos.
La base de determinados modelos de progreso puede ser la violencia y la desigualdad, el silencio de los consumidores y el alarde de las corporaciones; el monopolio de la justicia puede convertirse también en un monopolio de la tecnología, mientras a la mayoría sólo nos toca aguantar.
El Proyecto Sísifo tiene una estrecha relación con la perspectiva existencialista de Albert Camus: la búsqueda de un sentido racional a una vida absurda en la que cada día hay que cargar una pesada roca hasta la cima. ACME resignifica esta condición y la convierte en un método de producción; lo que para Camus era una condición de la existencia, para la corporación es una oportunidad de negocio.
Es necio pensar que la tecnología es neutral, que las necesidades básicas como el hambre no son instrumentalizadas para generar consumo; es ingenuo pensar que los monopolios corporativos nos ofrecen libertad simplemente porque su catálogo es variado. Quizá por eso el final de Coyote vs. Acme es tan ambiguo desde una perspectiva racional: a pesar de tener otras opciones, el Coyote elige volver a la persecución del Correcaminos, porque la libertad no está en conseguir lo que queremos, sino en descubrir cuánto de ese deseo nos pertenece y cuánto nos fue impuesto.