Cuatro películas animadas que debes ver si te gustó «Persépolis»
Arte
Por: Carolina De La Torre - 06/04/2026
Por: Carolina De La Torre - 06/04/2026
Si Persépolis te dejó con esa sensación extraña de haber aprendido historia mientras veías la vida romperse y reconstruirse frente a ti, existen otras películas que caminan por territorios parecidos. No porque intenten repetir la fórmula, sino porque entienden algo esencial: la animación también puede ser una herramienta para hablar de guerra, exilio, religión, memoria y supervivencia.
Estas cuatro películas toman conflictos reales, recuerdos familiares y heridas políticas para convertirlos en historias profundamente humanas. Algunas nacen desde experiencias autobiográficas, otras desde tragedias colectivas, pero todas tienen algo en común: utilizan la animación para contar aquello que muchas veces resulta demasiado doloroso explicar de otra forma.
Esta película animada sigue al propio Ari Folman mientras intenta reconstruir recuerdos perdidos sobre su participación como soldado durante la invasión israelí al Líbano en 1982. A través de conversaciones con antiguos compañeros, sueños y fragmentos de memoria, comienza una búsqueda incómoda sobre aquello que olvidó o quizá decidió olvidar.
Como Persépolis, utiliza una historia personal para hablar de política y guerra, pero desde el trauma masculino y la culpa colectiva. Aquí los soldados aparecen como personas atravesadas por miedo, vergüenza y recuerdos rotos.
Ambientada durante la llegada del régimen de los Jemeres Rojos en Camboya, Funan cuenta la historia de Chou, una mujer separada de su hijo pequeño durante un desplazamiento forzado. Desde ese momento, la película se convierte en una lucha constante por sobrevivir y reencontrar aquello que la guerra le arrebató.
Su director se inspiró en la experiencia real de sus padres, sobrevivientes de ese periodo histórico. Igual que *Persépolis*, usa la historia familiar como una forma de entender los efectos de los regímenes totalitarios en la vida cotidiana.
Kabul, 1998. Bajo el régimen talibán, Zunaira y Mohsen intentan imaginar un futuro distinto mientras viven rodeados de vigilancia, violencia y restricciones constantes.
La película coloca a una mujer en el centro de una historia atravesada por la opresión política y religiosa, algo que inevitablemente recuerda a Persépolis. Su estilo visual delicado contrasta con la dureza de lo que cuenta y hace que cada escena pese un poco más.
Parvana tiene once años y vive bajo el régimen talibán en Afganistán. Cuando su padre es encarcelado injustamente, decide cortarse el cabello y hacerse pasar por niño para trabajar y mantener a su familia, porque siendo mujer prácticamente pierde acceso al espacio público.
La película destaca por mezclar dos narrativas: la realidad de Parvana y los cuentos que inventa para resistir emocionalmente. Igual que Persépolis, entiende la imaginación como una herramienta de supervivencia y resistencia frente a sistemas que buscan controlar cada aspecto de la vida.
Existe la idea de que la animación pertenece únicamente al entretenimiento o la infancia. Estas películas hacen exactamente lo contrario: convierten dibujos, colores y trazos en archivos emocionales.
Como Persépolis, entienden que la política también ocurre en espacios pequeños; en una familia separada, en una escuela cerrada, en una mujer intentando estudiar o en una niña cambiando su apariencia para sobrevivir.
Tal vez por eso siguen acompañando después de los créditos: porque hablan de conflictos enormes, pero siempre desde personas que intentan conservar algo de sí mismas.