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La tinta de tus tatuajes viaja al interior de tu cuerpo hasta acumularse en este punto (ESTUDIO)

Salud

Por: pijamasurf - 09/22/2017

El sistema inmune y los tatuajes tienen una relación mucho más cercana de lo que se creía

Hace tiempo explicamos en una nota que la permanencia de los tatuajes en el cuerpo se explica por su efecto sobre el sistema inmune, para el cual la tinta de los tatuajes no deja de ser nunca un elemento extraño que debe combatirse.

Sin embargo, este efecto podría tener un alcance mucho más amplio aún, pues de acuerdo con una investigación realizada recientemente, el recorrido que esa tinta puede seguir en el cuerpo tiene derivaciones que sólo hasta ahora comienzan a conocerse.

El estudio fue realizado por científicos de tres instituciones europeas de investigación científica: el European Synchrotron Radiation Facility (Francia) y las alemanas German Federal Institute for Risk Assessment y Physikalisch-Technische Bundesanstalt. Entre sus observaciones más inquietantes, los académicos encontraron que ciertos elementos de la tinta que se usa en los tatuajes pueden viajar por el cuerpo en forma de micro y nanopartículas y alcanzar los nódulos linfáticos, órganos fundamentales del sistema inmune.

Y si bien en muchos casos las tintas se fabrican a partir de pigmentos orgánicos, en algunos otros pueden contener químicos tóxicos para el cuerpo humano como el níquel, cromo, magnesio y cobalto. De hecho, se tiene registrado que el segundo ingrediente más común de las tintas para tatuaje, después del negro de carbón, es el dióxido de titanio (TiO2), de color blanco y usado sobre todo para mezclarse con otros colorantes y crear sombras y que, además, se emplea como aditivo en ciertos alimentos, bloqueadores solares y pinturas.

Los científicos lanzaron rayos X desde un acelerador de partículas a cuatro cadáveres de personas tatuadas y uno de una persona sin tatuajes. Al examinar tanto la piel como los nodos linfáticos, encontraron que los pigmentos de los tatuajes se encontraban en estos últimos en forma de micro y nanopartículas.

Hasta ahora no se sabe bien a bien qué efecto podría tener la presencia de dichos químicos en el sistema inmune y en la salud en general, sobre todo si, como se observó, no se desechan, sino que se acumulan en los ganglios. Seguramente, investigaciones posteriores podrán ofrecer una respuesta al respecto.

 

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Si pasas mucho tiempo leyendo o escribiendo, toma en cuenta este consejo

Quien vive de escribir probablemente conozca bien la retahíla de consejos que se dan en torno a esta actividad. Hay consejos para escribir mejor, para ser más creativo, para “soltar” la pluma, para escribir sin adjetivos, para escribir con exceso de adjetivos, para enriquecer el vocabulario, para “podarlo”, para describir, para transcribir, para traducir, para imaginar, para sorprender al lector, para no aburrirlo, para concentrarse, para hacer anotaciones, para hilar ideas, para borrar ideas, para sintetizar, para abundar, para salir de un “bloqueo”, para entrar en uno, para hacer reír, para hacer llorar, para esconder lo que se quiere decir, para exhibirlo, para jerarquizar, para remitir, para burlarse de alguien, para elogiar a alguien, para escribir una carta, para escribir un poema, un ensayo, una novela, para imitar, para desmarcarse de una tradición, para ganar una beca, para despreciar los premios literarios… etcétera.

Como para cualquier otra práctica humana, para escribir hay consejos de todo tipo, dichos por las personas más variadas, con objetivos también múltiples. Pero en casi todos los casos hay una dimensión de la actividad de escribir que se olvida o no se tiene en cuenta: el cuerpo.

Escribir es un ejercicio sobre todo intelectual, pero no solamente. Cuando escribimos, nuestro cuerpo también está implicado y, como tal, sus posibilidades y en especial sus límites. 

Es difícil, o imposible, escribir más allá del cansancio, de la fatiga, más allá del hambre o de la sed, de la falta de sueño, en medio de la enfermedad, al mismo tiempo que se hace otra cosa (ducharse, por ejemplo, o durante un coito) y, por supuesto, es imposible escribir más allá de la muerte. Tomar en cuenta el cuerpo al escribir no parecer ser, después de todo, un asunto menor. 

Hace algunos años, el diario inglés The Guardian pidió a varios escritores que ofrecieran al público sus 10 consejos más importantes para ejercer esta disciplina. Jonathan Franzen, P. D. James, Neil Gaiman y otros respondieron a la encuesta. 

Y también lo hizo Margaret Atwood, una de las escritoras canadienses más importantes de las últimas décadas, que posee una obra sumamente variada: ha transitado por la ciencia ficción distópica (Oryx and Crake, 2003), la literatura fantástica de inclinaciones míticas (The Penelopiad, 2005), la novela policíaca (The Blind Assassin, 2000), la poesía, la crítica literaria, la novela gráfica (Angel Catbird, 2016) e incluso ha escrito libretos para ópera y otras obras musicales y escénicas. Por sus obras, además, ha ganado premios tan prestigiosos como el Booker Prize (uno de los más importantes en lengua inglesa) y hace unos años el Príncipe de Asturias en la categoría de literatura. Se trata, como vemos, de una mujer talentosa que ha pasado su vida escribiendo.

Entre los consejos que Atwood dio a The Guardian, sin duda el más peculiar es este:

5. Haz ejercicios de espalda. El dolor distrae.

En la lista se encuentran otros sobre cómo atraer la atención del lector, otros más bien irónicos sobre con qué y dónde escribir, pero es posible que, de todos, este sea el más sincero o, en cierto sentido, el más útil.

¿Por qué? En buena medida porque pocas personas que viven de escribir están habituadas a cuidar de su cuerpo y, por otro lado, menos todavía les recuerdan la importancia de hacerlo. Por muchos siglos la cultura occidental ha sostenido la división meramente ideológica entre cuerpo y mente (o cuerpo y espíritu, cuerpo y alma, cuerpo y conciencia, etc.), como si eso intangible de lo cual tenemos certeza aunque no vemos (i. e. nuestros pensamientos, nuestra producción intelectual), no dependiera también de un cuerpo para hacerse realidad. Entre otras consecuencias, esa división ha llevado también a un distanciamiento entre las actividades del cuerpo y las de la mente, como si el cultivo o la práctica de cada una fuera mutuamente excluyente con respecto a la otra. Así, el imperativo cultural nos hace creer que las personas instruidas no pueden ser también personas que practiquen alguna actividad física y, en el otro aspecto, que las personas atléticas no pueden ser también personas interesadas en su formación intelectual. 

Nada más falso, sin embargo. Y al menos en lo que respecta a las personas que viven de escribir, por esto puede resultar valioso el consejo de Atwood: nos recuerda que también la calidad del estado de nuestro cuerpo incide en la calidad de nuestra escritura.

Escribir es una actividad notablemente sedentaria y, por ello, es necesario prevenir los efectos nocivos sobre nuestra salud. Con ejercicios para la espalda, estiramientos y comiendo alimentos ricos en fibra y proteínas, bebiendo la cantidad recomendada de agua. También, con miras al mediano y largo plazo, es importante cuidar de la salud ocular, de la de nuestro corazón y la de nuestro sistema nervioso.

En suma, cuidar del cuerpo.

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Como apunte final vale la pena rescatar otro consejo dado en aquel artículo de The Guardian, éste por Jonathan Franzen:

8. Es dudoso que cualquiera con una conexión a Internet en el lugar donde trabaja esté escribiendo buena ficción.

Más allá de la glosa amplia o breve que podría hacerse de esta afirmación, hay al menos un elemento que destaca en el consejo de Franzen por coincidir con el de Atwood: la distracción. Ambos escritores nos previenen, sutilmente, contra la distracción, acaso el principal enemigo de la escritura. 

 

Twitter del autor: @juanpablocahz

 

Imagen principal: San Girolamo, Caravaggio (1606)