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"Cuando leemos, otro piensa por nosotros": un fragmento de Schopenhauer sobre la lectura en relación con la vida

Libros

Por: pijamasurf - 08/15/2017

Leer es una actividad aún más fecunda cuando está acompañada de nuestras experiencias personales

En Pijama Surf hemos abordado antes la idea sumamente repetida actualmente de que “leer es bueno”. Muchas campañas de promoción de la lectura se apoyan en esta afirmación que, en cierta forma, es tan cierta como ambigua.

Leer, en efecto, es una actividad noble, provechosa, decisiva para el crecimiento individual y colectivo del ser humano, y aun las personas que no cultivan el hábito de la lectura podrían llegar a convenir en esto.

Sin embargo, como usualmente sucede con las categorías de “bueno” y “malo”, apenas se les escuche es muy conveniente preguntarse por la perspectiva desde la cual se califica algo de una u otra manera. ¿Leer es bueno por sí mismo? ¿No leer es malo? ¿Toda lectura es “buena”? ¿Hay libros buenos y libros malos? ¿Y quién decide?

Para algunos estas preguntas quizá podrían parecer elementales, pero no todos los que se acercan a los libros tienen en su horizonte un faro que los guíe a través de ese mar más o menos infinito de la lectura.

A este respecto compartimos ahora una reflexión de Arthur Schopenhauer sobre la lectura, su utilidad y, más específicamente, una forma muy singular de incorporarla a nuestra vida. El fragmento proviene del tomo Pensamiento, palabras y música publicado por la editorial Edaf. Veamos:

Cuando leemos, otro piensa por nosotros; repetimos simplemente su proceso mental. Algo así como el alumno que está aprendiendo a escribir y con la pluma copia los caracteres que el maestro ha diseñado antes con lápiz. La lectura nos libera, sentimos un gran alivio cuando dejamos la ocupación con nuestros propios pensamientos para entregarnos a la lectura. Mientras estamos leyendo, nuestra cabeza es, en realidad, un campo de juego de pensamientos ajenos. Y cuando éstos se retiran, ¿qué es lo que queda? Por esta razón, sucede que quien lee mucho y durante casi todo el día, y en los intervalos se ocupa de actividades que no requieren reflexión, gradualmente pierde la capacidad de pensar por sí mismo --como el individuo que siempre va a caballo se olvida de caminar--. Tal es el caso de muchas personas muy cultas. Acaban siendo incultas de tanto leer.

La constante lectura, que se retoma en cada momento que tenemos libre, paraliza el espíritu más que el trabajo manual continuo, pues, en éste, puede uno dedicarse a sus propios pensamientos. Un muelle, bajo la presión continuada de un cuerpo extraño, acaba perdiendo elasticidad, y el espíritu pierde la suya bajo la imposición constante de pensamientos ajenos. Como el exceso de alimento echa a perder el estómago y daña a todo el organismo, se puede también sobrecargar y sofocar el espíritu por exceso de alimento intelectual. Cuanto más se lee, menos huellas quedan en la mente de lo que se ha leído: la mente es un tablero en el que hay escritas muchas cosas, unas sobre otras. Así no se llega a rumiar, y tan sólo rumiando se asimila lo que se ha leído; del mismo modo que los alimentos nos nutren, no porque los comemos, sino porque los digerimos. Si se lee de continuo, sin pensar después en ello, las cosas leídas no echan raíces y se pierden en gran medida. El proceso de alimentación mental no es distinto del corporal: apenas se asimila la quincuagésima parte de lo que se absorbe. El resto se elimina por evaporación, respiración, etcétera.

A esto hay que añadir que los pensamientos depositados en el papel no son más que las huellas de un caminante sobre la arena: podemos ver la ruta que siguió, pero, para saber lo que vio en su camino, tenemos que usar nuestros propios ojos.

Más allá de que sea bueno o malo leer, en este fragmento Schopenhauer nos invita a pensar en los motivos que nos llevan a hacerlo. Leer es importante y, sin duda, puede resultar muy fecundo, pero más todavía cuando lo hacemos con sentido, acompañando la lectura con las experiencias de nuestra propia vida.

 

También en Pijama Surf: Leer ha sido mi soberanía y mi elegancia: Roberto Bolaño sobre la riqueza de la literatura

La erudición persiste aun en nuestra época de gran ignorancia, y estos 3 personajes lo demuestran

En Occidente, la idea de erudición casi siempre ha apuntado hacia cierta acumulación de conocimiento que, incluso, puede tener cierto matiz de inutilidad. Así, por ejemplo, el Doctor Fausto, que en la versión de Goethe se nos presenta quejándose del tiempo consagrado al estudio pero en cierta forma desperdiciado para explorar otros ámbitos de la vida. El “conocimiento”, en este caso, parece más bien una materia hueca e inerte.

Esta, sin embargo, es una impresión equivocada. ¿Si no por qué no se han extinguido los eruditos, aun en nuestra época que tanto tiende hacia la ignorancia?

Si bien es cierto que no abundan, incluso ahora es posible encontrar ciertas personas que han dedicado su vida a saber, que han encontrado en el deseo de conocimiento el propósito de su existencia.

En nuestra época hay al menos tres grandes intelectuales que mantienen viva esa tradición: Harold Bloom, George Steiner y Roberto Calasso, todos autores de obras admirables pero, especialmente, los tres dedicados al cultivo de la cultura aunque desde lugares muy singulares.

Compartimos ahora una breve semblanza de ellos y, al final de cada una, una lista de títulos que pueden acercar al lector a sus obras –para que, como Sócrates cuando en El banquete se sienta al lado de Agatón, nosotros como lectores también podamos esperar que algo de la sabiduría de aquéllos se transmita por “ponernos en contacto unos con otros".

 

Harold Bloom: la erudición que clasifica

Harold Bloom (Nueva York, 1930) es probablemente el crítico literario más importante de nuestra época. Quizá no el más influyente, pero sin duda uno de los más conocidos. Su forma de ejercer la crítica guarda cierta semejanza con la del legendario Edmund Wilson, no tanto por el estilo sino más bien por el lugar simbólico que intenta ocupar. ¿Cuál en específico? El del crítico que, con cierto espíritu flamígero, ordena, clasifica y quiebra la mies para separar el trigo de la cizaña.

Desde esta posición, Bloom ha dado a la imprenta libros que pretenden fijar una idea específica de literatura, exclusiva de origen y en torno a la cual el crítico pretende alinear aquello que, de lo escrito, vale la pena considerar literario. En ese sentido, El canon occidental es probablemente una de sus obras más polémicas, pues aunque erudita, no por ello es menos severa al momento de establecer qué obras de la literatura “merecen” formar parte de dicho corpus.

Bloom puede proceder de esta forma porque prácticamente toda su vida ha sido un gran lector, superlativo que en este caso podríamos entender más desde la cantidad que desde la calidad. Bloom, según se deja ver en sus libros, ha leído mucho, pero eso no quiere decir que todo lo ha leído de la mejor manera, o dicho con otras palabras, con sensibilidad, que su lectura esté hecha desde el amor por la literatura, la apertura a otras voces o con una escucha atenta a la palabra del texto. De hecho, en varios de sus libros el crítico ha expresado su desdén por teorías como las de Roland Barthes o Michel Foucault que, en su época, preconizaban la lectura atenta, la atención al texto como única forma de explorar los estratos de su mensaje.

Con todo, alguien que ha leído tanto, algo tendrá qué decir. No porque “pontifique” (como llegó a decir Enrique Vila-Matas en alguna ocasión, hablando de Bloom), los textos del crítico son desdeñables. De hecho, algunos de ellos son una buena compañía de lectura mientras se explora a otros autores. Shakespeare, sin duda, de quien Bloom es uno de los lectores más informados y también un intérprete sutil (él mismo, en su monumental Shakespeare: la invención de lo humano, se define como uno “bardólatra”). Para la poesía en lengua inglesa también ha demostrado ser un buen crítico, en particular la del período romántico, e igualmente para establecer ciertas conexiones entre poetas y otras expresiones de la cultura literaria y artística de determinadas épocas.

¿Qué leer?

La angustia de las influencias (1973)

El canon occidental (1994)

Shakespeare: la invención de lo humano (1998)

 

George Steiner: la erudición que custodia

En alguno de sus ensayos Jorge Luis Borges dice, acaso citando a alguien más, que si todos los libros del mundo fueran destruidos pero quedara un ejemplar de las obras completas de Thomas de Quincey, tan sólo con éstas sería posible reconstruir toda la historia cultural de la humanidad.

Un elogio muy parecido podría hacerse a George Steiner (París, 1929), un intelectual cuya erudición está alimentada por el fuego del amor a la cultura y que por esto mismo ha trabajado incansablemente para preservar sus expresiones más refinadas.

Por su formación (inusual en nuestros tiempos), Steiner es un hombre que se mueve con soltura por distintas tradiciones culturales, de la antigüedad clásica a las vanguardias europeas del siglo XX.

La suya, sin embargo, no es una exposición inerte. Los cuadros que pinta no son como esos bodegones del barroco español que llevaron hasta el límite de la representación la idea de “naturaleza muerta”. Tampoco es como esos bibliófilos que atesoran libros que no leen ni conocen más allá de si tal tomo es o no una primera edición, o si en sus primeras páginas lleva estampada la dedicatoria de un escritor célebre.

Todo lo contrario. Los ensayos de Steiner son siempre piezas vivas de conocimiento e inspiración. Steiner emprende junto con su lector paseos que, sutilmente, tienen el propósito de contagiar ese enamoramiento fervoroso que siente por la literatura, la música, las artes plásticas, el lenguaje, la arquitectura y en general todo aquello que dota a la vida de un sentido estético. Esa, de hecho, podría decirse que es la misión fundamental que Steiner se ha impuesto: hacerle ver al mundo, a sus lectores, a todas las personas que pueden llegar a tener un texto suyo entre las manos, que la vida también tiene un cariz estético, el cual muchos otros antes que nosotros se han encargado de alimentar, a lo largo de muchos siglos, y que esa es tanto una tradición como una postura ante la existencia –apreciar la belleza artística de la vida– que sería una pena dejar perder.

¿Qué leer?

¿Tolstói o Dostoyevski? (1960)

Lenguaje y silencio: ensayos sobre la literatura, el lenguaje y lo inhumano (1967)

Diez razones (posibles) para la tristeza del pensamiento (2005)

 

Roberto Calasso: la erudición que sabe

Para muchos de nosotros, ahora, los “mitos” no son más que historias que podemos encontrar en los libros, en alguna serie televisiva o en un amigo o un maestro que nos habla de ellos. No difieren mucho de otro tipo de narraciones que alguien más nos puede contar, como la historia de la batalla de Waterloo o la historia de cómo un amigo perdió el autobús por estar distraído en su teléfono portátil.

En otra época, sin embargo, los mitos (es decir, las historias) eran dispositivos de conocimiento o, mejor dicho, de verdad: entregaban a quienes los escuchaban una verdad que no podía ser dicha de otro modo y que, en cierta forma, tampoco estaba explícitamente ahí, sino que se trataba más bien de una especie de semilla que quedaba sembrada en la pisque de quien escuchaba la historia. El mito de Orfeo y Eurídice, o el de Apolo y Dafne, el de Zeus y Europa o el de Pasífae y el toro de Creta no son, como creeríamos, historias de amor, de infatuación o salvajismo, sino otra cosa, siempre otra cosa. Y quizá por ello, a pesar del paso del tiempo, los mitos persisten.

En cierta forma, Roberto Calasso (Florencia, 1941) es el único lector de nuestro tiempo abocado a mantener vivos los mitos. Contrario a lo que a veces se ha dicho de él, Calasso no es un mitógrafo (a la manera de Joseph Campbell o Robert Graves), tampoco un estudioso de los mitos o las religiones antiguas (como lo fueron Claude Lévi-Strauss o Mircea Eliade, por ejemplo), sino es más como uno de esos sacerdotes de los misterios iniciáticos a quienes se les transmitía cierto saber y quienes a su vez, llegado el momento, debían comunicarlo a otros.

Calasso, en cierto momento, se dio cuenta de que esas verdades ya no estaban en la boca de alguien más, sino en las páginas de ciertos libros, deambulando como entidades olvidadas por la mayoría pero conservadas por unos cuantos. En La literatura y los dioses (una serie de conferencias que pronunció en la Universidad de Oxford), el también editor de Adelphi sugiere que a partir de cierta época, los dioses migraron a los libros, como si sólo en estos objetos todas esas potencias hubieran encontrado el vehículo más apto para ejercer su capacidad de posesión, revelación y, en última instancia, conocimiento del mundo.

La erudición de Calasso, en este sentido, es quizá la más extraordinaria de todas, en el sentido más elemental de este adjetivo: se trata de una erudición fuera de lo habitual. Calasso no es propiamente un erudito aun cuando todos sus libros estén poblados de referencias a otros miles libros. Hasta cierto punto, él es como el Sócrates que se nos presenta al final del Fedro, aquel que ha expuesto las distintas formas de posesión que existen y que al final, por la plegaria que ofrece, se decanta por “la locura que viene de las ninfas” como un vehículo de conocimiento.

Calasso es un hombre tomado por el conocimiento, un poseso que sirve de mediación entre este mundo y el mundo de los dioses que viven entre los libros.

¿Qué leer?

Roberto Calasso ha escrito una buena parte de su obra como parte de un proyecto amplio y articulado en torno a una única idea: el sacrificio. En este sentido, sus libros más importantes tienen una suerte de progresión o secuencia tanto cronológica como expositiva. Son, por así decirlo, como los capítulos de una obra mayor y en cierta forma monumental, como los trabajos de Hércules. Este proyecto comenzó con La ruina de Kasch (1983) y siguió hacia Las bodas de Cadmo y Harmonía (1993; su libro sobre mitología griega), Ka (1996; sobre mitología de la India); K. (2002; sobre Kafka, y quizá su obra más asequible); El rosa Tiepolo (2006); La folie Baudelaire (2008); El ardor (2010) y, el más reciente, Il Cacciatore Celeste (2016; aún no traducido). Leer sus obras de esta manera da al lector una experiencia de saber única (en cierta forma, como sucedía con los mitos de antaño), pero, claro, cualquiera puede proceder según el dictado de su voluntad.

Otros títulos que pueden leerse como introducción a la obra y el estilo de Calasso son:

Los cuarenta y nueve escalones (1991)

La literatura y los dioses (2001)

La locura que viene de las ninfas (2005)

 

Twitter del autor: @juanpablocahz

Del mismo autor en Pijama Surf: El tiempo sin tiempo: una reflexión, a la luz de Baudelaire, sobre la eternidad consumista en que vivimos