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Si quieres conocer realmente a alguien, mira cómo ríe: Dostoievski y la risa como huella de identidad

Libros

Por: pijamasurf - 07/06/2016

¿La forma en que reímos es una síntesis de nuestra historia y nuestra subjetividad?

Todo, en cierta forma, habla de lo que somos. Nuestra ropa, el lugar donde vivimos, las palabras que usamos, los libros que se apilan en nuestra mesa, las películas que preferimos (y las que hemos evitado), qué comemos, las rutas que seguimos cotidianamente, etc. Todo: incluso la forma en que reímos.

Hace tiempo publicamos en Pijama Surf una breve nota respecto del carácter azaroso de la risa, el hecho un tanto misterioso de su origen y las formas que adquiere en cada persona. Hay quien ríe ruidosamente, otros casi como en silencio, otros de manera entrecortada, como en un tartamudeo. En poesía se ha elogiado la risa cristalina de ciertas mujeres (lo cual parece más licencia que realidad efectiva, pero quién sabe) e igualmente tenemos la imagen de las risas cavernosas de ogros y gigantes, por poner un ejemplo.

La risa, en este sentido, es asimismo seña de identidad y acaso cabría decir también que manifestación de la subjetividad, uno de los canales por los que se expresa la historia misma de lo que somos, ese de dónde venimos que resulta en el instante presente en que reímos.

En esta ocasión quisimos nutrir esta reflexión con un fragmento del gran Fiódor Dostoievski, quien en su novela El adolescente (1875) dedicó algunos párrafos a la risa como huella, individual pero también colectiva. Desde su pesimismo, el ruso siente nostalgia de una época casi bucólica en que las risas eran francas, resultado de la bondad absoluta.

Pero más allá de esto, Dostoievski coincide en que la risa es expresión de la subjetividad misma. Para conocer realmente a alguien, nos dice Dostoievski, hay que mirar cómo ríe:

La alegría de un hombre es su rasgo más revelador, juntamente con los pies y las manos. Hay caracteres que uno no llega a penetrar, pero un día ese hombre estalla en una risa bien franca, y he aquí de golpe todo su carácter desplegado delante de uno. Tan sólo las personas que gozan del desarrollo más elevado y más feliz pueden tener una alegría comunicativa, es decir, irresistible y buena. No quiero hablar del desarrollo intelectual, sino del carácter, del conjunto del hombre. Por eso si quieren ustedes estudiar a un hombre y conocer su alma, no presten atención a la forma que tenga de callarse, de hablar, de llorar, o a la forma en que se conmueva por las más nobles ideas. Miradlo más bien cuando ríe. Si ríe bien, es que es bueno. Y observad con atención todos los matices: hace falta por ejemplo que su risa no os parezca idiota en ningún caso, por alegre e ingenua que sea. En cuanto notéis el menor rasgo de estupidez en su risa, seguramente es que ese hombre es de espíritu limitado, aunque esté hormigueando de ideas. Si su risa no es idiota, pero el hombre, al reír, os ha parecido de pronto ridículo, aunque no sea más que un poquitín, sabed que ese hombre no posee el verdadero respeto de sí mismo o por lo menos no lo posee perfectamente. En fin, si esa risa, por comunicativa que sea, os parece sin embargo vulgar, sabed que ese hombre tiene una naturaleza vulgar, que todo lo que hayáis observado en él de noble y de elevado era o contrahecho y ficticio o tomado a préstamo inconscientemente, y de manera fatal tomará un mal camino más tarde, se ocupará de cosas “provechosas” y rechazará sin piedad sus ideas generosas como errores y tonterías de la juventud.

¿Qué te parece? ¿Tiene razón Dostoievski, agudo observador de la naturaleza humana? ¿La risa es una crisálida del alma humana?

 

(Fragmento tomado del sitio Calle del Orco)

 

También en Pijama Surf: Leer a Dostoievski es como descubrir el amor o ver el mar por primera vez, es perder la inocencia ante la vida: Orhan Pamuk

Una obviedad que nuestra época parece desestimar resulta no sólo en niños que leen más sino que tienen mejor desempeño escolar

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El índice de lectura en países como México es ciertamente preocupante. Mientras que autoridades y corporaciones buscan fomentar la lectura utilizando la tecnología y su fácil acceso a cuantiosa data, una alternativa más sencilla es regresar al libro, al objeto, desde el principio, en la casa, como si este fuera parte de los cimientos o del viejo fogón.

Aunque esto resulta cuestión de sentido común, hoy en día se necesitan estudios y estadísticas que demuestren las cosas para que puedan ser tomadas como reales y convincentes y por lo tanto validen una acción. En este caso las estadísticas coinciden.

El escritor Teddy Wayne, en un artículo para el New York Times (astutamente titulado "Our (Bare) Shelves, Our Selves"), desarrolla la tesis de que el hecho de que nuestros libreros estén cada vez menos llenos de libros, revistas y discos, debido a que los datos digitales han reemplazado en muchos hogares a los objetos físicos, tiene importantes consecuencias en los hábitos de lectura y en la forma en la que se interactúa con la información.

Algunos padres comparten sus carpetas de audio o sus libros electrónicos con sus hijos, pero esto necesariamente implica un acto que debe ser recordado por los padres, una especie de instrucción. La ventaja de esto es que no hay prácticamente límites a la accesibilidad: si a un niño le gusta un músico o un escritor puede descargar fácilmente nuevas obras inmediatamente. Sin embargo, anteriormente, cuando los libros y la música (esas torres de CDs o de vinilos) tenían un cuerpo y una cara visible, no era necesario que los padres específicamente tuvieran esta consideración --que puede ser tomada como una imposición-- puesto que la curiosidad natural de los niños solía hacerlos explorar estos objetos. 

Teddy Wayne sustenta el caso con un par de estudios que muestran los beneficios de tener libros impresos en casa. Uno de ellos revela que el factor principal en el desempeño de lectura de adolescentes de 15 años en 42 naciones, sin contar el producto doméstico bruto del país, es el tamaño de la biblioteca de un hogar. Ese estudio muestra que una buena forma de nivelar las diferencias que se tienen en performance académico entre niños que vienen de familias ricas y niños que vienen de familias pobres es simplemente criarlos en hogares con bibliotecas más grandes. De hecho se pueden contrarrestar los efectos de una educación deficiente en los padres --la cual afecta el desempeño escolar de los hijos-- si tan sólo éstos llenan su casa con libros, como muestra este estudio. Lo importante, por lo menos, es tener la educación necesaria para saber que los libros son importantes (si no haber leído muchos). Los libros pueden considerarse, entonces, como amigables y silenciosos duendes de inteligencia cristalizada que asisten en la educación de los hijos.

"Los medios digitales nos entrenan para ser consumidores de banda ancha más que pensadores reflexivos. Descargamos una canción, un artículo, un libro o una película instantáneamente, la vemos (si es que no nos quedamos distraídos revisando el infinito inventario que se ofrece) y avanzamos a la siguiente cosa inmaterial", escribe Wayne. Esto nos permite manejar grandes cantidades de información, pero requiere que nos preguntemos, ¿qué tanto uso hacemos de esa información y qué tanto significado extraemos de estos archivos digitales que revisamos en modo zapping, sin concederles demasiada atención ya que siempre están ahí, accesibles, imperecederos y sin requerir un esfuerzo de nuestra parte? "Tomar artefactos físicos... obliga a examinar cada objeto lentamente, probarlo tal vez e incluso tener la serendipia de un descubrimiento". Y existe esa otra parte, el animismo y la transferencia que podemos experimentar con objetos físicos que tienen dimensiones y por lo tanto pueden ser habitados o en los cuales podemos inscribir memoria con mayor nitidez.

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Según el escritor Victor Amela, una día le preguntó al gran editor y escritor Roberto Calasso una recomendación para fomentar la lectura. Calasso le contestó: "Tenga libros en casa.. ¡y poco más puede hacer! Incluso su mero dedo índice señalando un libro resultará contraproducente". Estas pueden ser buenas noticias para algunos: no hay nada que hacer, sólo dejar los libros por ahí, darles vida, movimiento, dejarlos tirados; que formen parte de la cotidianidad de manera orgánica. No se tiene que decir nada a los niños, nada de los desagradables sermones o de las confrontaciones para obligarlos a leer. Si los niños ven que los libros son importantes para los padres y que éstos los tratan con interés, incluso afección, rápidamente querrán también participar en su misterio. Esto mismo ocurre con los teléfonos móviles y las tablets, los niños ven que estos aparatos son lo más preciado que tenemos puesto que están siempre con nosotros y nos angustiamos si los perdemos.

Malas noticias para quienes quieren que sus hijos lean y los libros no son parte de su vida. Y es que no tenemos ninguna tecnología para almacenar y transferir inteligencia superior al libro. Tal vez las estelas jeroglíficas, los mandalas y otras técnicas simbólicas son aún más efectivos, pero esto está todavía más lejano de nuestra vida cotidiana. Es evidente que debemos seguir confiando en los libros, y la mejor forma de hacerlo es abrirles las puertas de nuestra casa y hacerlos parte de nuestra intimidad.

 

Twitter del autor: @alepholo