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Leer a Dostoievski es como descubrir el amor o ver el mar por primera vez, es perder la inocencia ante la vida: Orhan Pamuk

Libros

Por: pijamasurf - 04/18/2016

El premio Nobel de Literatura 2006, Orhan Pamuk, describe su primer encuentro con la obra de Dostoievski como un momento capital de su existencia

De acuerdo con la crítica especializada, el siglo XIX es el mejor momento para la novela moderna. Como género su consolidación se fecha en el siglo XVII, con el Quijote como la primera narración verdaderamente novelística. Antes hay quien señala en El asno de oro de Apuleyo o el Satiricón de Petronio algunos primeros intentos de narración prosística extendida, y después en obras como el Decamerón o Los cuentos de Canterbury; sin embargo, se dice que sólo con Cervantes, Laurence Sterne o Daniel Defoe el género entró en ese camino de complejidad y profundidad narrativa que lo caracterizan en prácticamente todos sus elementos: la trama, la psicología de los personajes, la línea temporal de la narración, etc. Se necesitarían casi 3 siglos para que esta compleja maquinaria explotara a manos de autores como James Joyce, Virginia Woolf, Robert Musil, Franz Kafka, William Faulkner y varios más.

Entretanto, decíamos, el siglo XIX fue la cúspide del género, la época en que mejor uso tuvo la novela como herramienta de exploración de “lo humano”. La Madame Bovary de Flaubert, el Papá Goriot de Balzac, las exploraciones narrativas de Dickens. Aunque cada una es distinta, todas, a su manera, comparten esa toma de la novela como un instrumento, un vehículo de exploración, una suerte de visor adonde el escritor se asomó para mirar de cerca esos delicados ecosistemas que llamamos cultura, o sociedad, o individuo, o psique, los cuales existen con cierta autonomía pero también relacionados entre sí. Un universo dentro de otro universo que a su vez se encuentra dentro de otro universo. En cierta forma esa podría ser una descripción más o menos acertada de la novelística del siglo XIX.

Uno de los pilares de dicha época fue sin duda el ruso Fiódor Dostoievski, autor de al menos un par de obras imprescindibles para el acervo personal de todo buen lector y que, en el mejor de los mundos, todos deberíamos leer para descubrir las sutilezas tanto de la psique humana como de la literatura misma: Crimen y castigo y Los hermanos Karamazov. Hay otros títulos necesarios, claro, (El jugador, Memorias de la casa muerta, Memorias del subsuelo, y quizá algunas más), pero si al menos leyéramos estas dos o alguna de ellas muy probablemente quedaríamos deslumbrados por la aparición del genio absoluto, la experiencia literaria tal y como la describió William Faulkner: "Lo que hace la literatura es lo mismo que una cerilla en medio de un campo en mitad de la noche. Una cerilla no ilumina apenas nada, pero nos permite ver cuánta oscuridad hay alrededor”. Eso hace Dostoievski: nos hace ver de cuánta oscuridad está rodeado el ser humano.

Quien también lo experimento así el escritor de origen turco Orhan Pamuk, ganador del premio Nobel de Literatura en 2006 y quien en un ensayo más o menos reciente dedicado a Los hermanos Karamazov reconoce esa relevancia que tuvo Dostoievski no sólo en su vida como lector sino en su vida en sí, un autor y una obra que se convirtieron en momentos capitales de su biografía, con la misma importancia que puede tener, por ejemplo, la primera vez que besamos por deseo a otra persona, o la muerte de un ser muy querido.

Pero no prolongamos más esta introducción y damos la palabra a Pamuk:

Recuerdo muy bien la primera lectura de Los hermanos Karamazov a los 18 años, solo en una habitación de una casa que daba al Bósforo. Era el primer libro de Dostoievski que leía. En la biblioteca de mi padre había una traducción turca publicada en los años 40 a partir de la versión inglesa de Constance Garnett y el título de aquella novela, que de una manera misteriosa sugería todo el exotismo, la diferencia y la fuerza de Rusia, llevaba bastante tiempo llamándome a un mundo nuevo.

Como todos los grandes libros, Los hermanos Karamazov tuvo dos efectos instantáneos en mí: me hizo sentir al mismo tiempo que no estaba solo en el mundo y, por otro lado, que era alguien desamparado, solo en mi rincón. Al ir viendo complacido lo que la novela me mostraba poco a poco, sentía que no estaba solo porque, como me suele pasar cuando leo grandes libros, las ideas que tanto me agitaban ya se me habían ocurrido antes, y algunas escenas y entonaciones escalofriantes casi las recordaba como si las hubiera vivido. Por otro lado, mi primera lectura del libro también me daba la sensación de soledad puesto que me mostraba ciertas verdades básicas sobre la vida de las que nadie hablaba, que nadie mencionaba. Me daba la impresión de ser el primero que lo leía. Era como si Dostoievski me susurraba al oído cosas privadas sobre la humanidad y la vida que nadie más sabía. Esa información secreta tenía tanta fuerza y era tan inquietante que cuando me sentaba a cenar con mis padres o cuando, como siempre, intentaba charlar con mis compañeros en los atestados pasillos de la Universidad Técnica de Estambul, en los que siempre se hablaba de política, sentía que el libro se agitaba dentro de mí y que la vida ya no sería la misma; notaba que frente al mundo grande, amplio y sorprendente de la novela, mi propia vida y mis preocupaciones eran pequeñas e insignificantes. Me apetecía decir: “Estoy leyendo un libro que me agita, que está cambiando mi mundo entero y eso me asusta”. En alguna parte Borges dice: “Descubrir a Dostoievski es como descubrir el amor o ver el mar por primera vez, marca un momento importante en la vida”. El momento en que leí a Dostoievski por primera vez supuso para mí la pérdida de la inocencia con respecto a la vida.

("Los hermanos Karamazov", Otros colores)

 

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¿La burbuja de los libros electrónicos? Libros físicos al alza

Libros

Por: pijamasurf - 04/18/2016

La tendencia en el mundo editorial se ha revertido y se revalúan los libros físicos en contraste con los libros digitales

Un artículo en The Guardian se pregunta si los libros digitales han llegado ya a su pico. Hace unos años se pensaba que la lectura con un soporte electrónico tarde o temprano desplazaría a los libros físicos y por un momento las ventas de Kindle en Amazon superaban las de los libros tradicionales. Las ventas de Kindle han caído desde 2011 y empresas como Sony han descontinuado sus lectores electrónicos.

Según datos de la organización británica Publishers Association el año pasado la venta de contenido digital bajó de 563 millones de libras esterlinas a 554 millones, mientras que los libros de papel subieron de 2.74 mil millones de libras esterlinas a 2.76 mil millones. Una tendencia similar fue observada en Estados Unidos. El año pasado, compañías como Penguin Random House y Harper Collins hicieron importantes inversiones para incrementar su capacidad de almacenar y distribuir libros físicos. Amazon acaba de abrir su primera librería. El tecnoencandilamiento propio de lo novedoso de la literatura digital parece estarse enfriando, si bien algunos lectores utilizan los dos formatos: los libros electrónicos para economizar pero manteniendo la lectura de libros físicos como su clara preferencia. 

La razón principal tiene que ver por supuesto con que la experiencia de lectura de un libro de papel no se compara con la que han logrado hasta el momento los lectores digitales. La experiencia de la lectura digital tiene un menor nivel de sensación y por lo tanto provoca menos placer y menos "realidad". El libro se convierte en un lugar, y así va albergando memorias y relaciones en un espacio físico que produce toda una atmósfera mental particular; el espacio digital, al no estar ligado a un cuerpo físico y a unas coordenadas espaciales definidas, no logra crear esta sensación que es una forma de afecto y unicidad.

Antes ya se había declarado la muerte de los libros con la llegada de nuevas tecnologías como la radio, pero los libros han probado tener una gran resiliencia; adamantinos, son verdaderas joyas de la mente vuelta objeto.