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"Los libros rompen las ataduras del tiempo": el elogio de Carl Sagan a la cultura escrita que no pierde vigencia

Libros

Por: pijamasurf - 03/31/2016

Nuestra época privilegia lo visual y su inmediatez, por más que durante más de 20 siglos la humanidad confió en los recursos de la palabra escrita; ¿no parece este un buen momento para conocer el punto de vista de Carl Sagan al respecto?

Es posible que nuestra época sea una de las más desafiantes para la cultura escrita. Luego de más de 20 siglos en que la humanidad fundamentó buena parte de su comunicación, sus actos de cultura e incluso sus formas de percibir, entender y expresar su realidad, ahora pareciera que existe un desplazamiento de dicha relevancia y, a cambio, lo visual ha ganado terreno en los últimos años como vehículo preferente de la cultura. Así, por poner un ejemplo, la morosidad propia de la escritura y la lectura han sido sustituidas por la inmediatez (y a veces la simpleza) de un diagrama de colores brillantes que podemos consumir en menos de 1 minuto.

En este contexto quisimos recuperar un fragmento clásico del admirable Carl Sagan, uno de esos pocos personajes que en la historia de la humanidad han sido como faros que además de orientarnos nos animan a ir más lejos. Hacia el final de Cosmos, su libro más emblemático, Sagan realiza una suerte de elogio de la memoria pero desde un punto de vista científico, lo cual le otorga un toque especial, pues una de las primeras cosas que provocan nuestro asombro es darnos cuenta de que, en efecto, somos la única especie conocida que ha llevado la memoria más allá de sus posibles límites fisiólogos, pues a la memoria propia del individuo (como capacidad cognitiva) hemos sumado esa memoria colectiva que llamamos cultura (la acumulación y conservación de conocimiento de otros individuos y de otras generaciones) y, por último, la que quizá sea la transformación más prodigiosa de esta capacidad, una memoria exterior a nuestros propios cuerpos: los libros.

Pero no decimos más. Mejor dejamos que sea el propio Sagan quien presente este lúcido argumento a favor de la persistencia de la memoria pero quizá, sobre todo, a favor de la cultura escrita como vínculo con la sabiduría de todas las épocas:

Cuando nuestros genes no pudieron almacenar toda la información necesaria para la supervivencia, inventamos lentamente los cerebros. Pero luego llegó el momento, hace quizás 10 mil años, en el que necesitamos saber más de lo que podía contener adecuadamente un cerebro. De este modo aprendimos a acumular enormes cantidades de información fuera de nuestros cuerpos. Según creemos somos la única especie del planeta que ha inventado una memoria comunal que no está almacenada ni en nuestros genes ni en nuestros cerebros. El almacén de esta memoria se llama biblioteca.

Un libro se hace a partir de un árbol. Es un conjunto de partes planas y flexibles (llamadas todavía "hojas") impresas con signos de pigmentación oscura. Basta echarle un vistazo para oír la voz de otra persona que quizás murió hace miles de años. El autor habla a través de los milenios de modo claro y silencioso dentro de nuestra cabeza, directamente a nosotros. La escritura es quizás el mayor de los inventos humanos, un invento que une personas, ciudadanos de épocas distantes, que nunca se conocieron entre sí. Los libros rompen las ataduras del tiempo, y demuestran que el hombre puede hacer cosas mágicas.

Algunos de los primeros autores escribieron sobre barro. La escritura cuneiforme, el antepasado remoto del alfabeto occidental, se inventó en el Oriente próximo hace unos 5 mil años. Su objetivo era registrar datos: la compra de grano, la venta de terrenos, los triunfos del rey, los estatutos de los sacerdotes, las posiciones de las estrellas, las plegarias a los dioses. Durante miles de años, la escritura se grabó con cincel sobre barro y piedra, se rascó sobre cera, corteza o cuero, se pintó sobre bambú o papiro o seda; pero siempre una copia a la vez y, a excepción de las inscripciones en monumentos, siempre para un público muy reducido. Luego, en China, entre los siglos segundo y sexto se inventó el papel, la tinta y la impresión con bloques tallados de madera, lo que permitía hacer muchas copias de una obra y distribuirla. Para que la idea arraigara en una Europa remota y atrasada se necesitaron mil años. Luego, de repente, se imprimieron libros por todo el mundo. Poco antes de la invención del tipo móvil, hacia 1450 no había más de unas cuantas docenas de miles de libros en toda Europa, todos escritos a mano; tantos como en China en el año 100 a.C., y una décima parte de los existentes en la gran Biblioteca de Alejandría. 50 años después, hacia 1500, había 10 millones de libros impresos. La cultura se había hecho accesible a cualquier persona que pudiese leer. La magia estaba por todas partes.

Más recientemente los libros se han impreso en ediciones masivas y económicas, sobre todo los libros en rústica. Por el precio de una cena modesta uno puede meditar sobre la decadencia y la caída del Imperio romano, sobre el origen de las especies, la interpretación de los sueños, la naturaleza de las cosas. Los libros son como semillas. Pueden estar siglos aletargados y luego florecer en el suelo menos prometedor.

Las grandes bibliotecas del mundo contienen millones de volúmenes, el equivalente a unos 10x14 bits de información en palabras, y quizás a 10x15 en imágenes. Esto equivale a 10 mil veces más información que la de nuestros genes, y unas 10 veces más que la de nuestro cerebro. Si acabo un libro por semana sólo leeré unos pocos miles de libros en toda mi vida, una décima de un 1% del contenido de las mayores bibliotecas de nuestra época. El truco consiste en saber qué libros hay que leer. La información en los libros no está preprogramada en el nacimiento, sino que cambia constantemente, está enmendada por los acontecimientos, adaptada al mundo. Han pasado ya 23 siglos desde la fundación de la Biblioteca alejandrina. Si no hubiese libros, ni documentos escritos, pensemos qué prodigioso intervalo de tiempo serían 23 siglos. Con cuatro generaciones por siglo, 23 siglos ocupan casi un centenar de generaciones de seres humanos. Si la información se pudiese transmitir únicamente de palabra, de boca en boca, qué poco sabríamos sobre nuestro pasado, qué lento sería nuestro progreso. Todo dependería de los descubrimientos antiguos que hubiesen llegado accidentalmente a nuestros oídos, y de lo exacto que fuese el relato. Podría reverenciarse la información del pasado, pero en sucesivas transmisiones se iría haciendo cada vez más confusa y al final se perdería. Los libros nos permiten viajar a través del tiempo, explotar la sabiduría de nuestros antepasados. La biblioteca nos conecta con las intuiciones y los conocimientos extraídos penosamente de la naturaleza, de las mayores mentes que hubo jamás, con los mejores maestros, escogidos por todo el planeta y por la totalidad de nuestra historia, a fin de que nos instruyan sin cansarse, y de que nos inspiren para que hagamos nuestra propia contribución al conocimiento colectivo de la especie humana. Las bibliotecas públicas dependen de las contribuciones voluntarias. Creo que la salud de nuestra civilización, nuestro reconocimiento real de la base que sostiene nuestra cultura y nuestra preocupación por el futuro, se pueden poner a prueba por el apoyo que prestemos a nuestras bibliotecas.

"Splendor Solis", un misterioso y majestuoso libro de alquimia que nos presenta una fauna simbólica y una dramaturgia metafísica envuelta en brillantes colores que evocan los sueños de la transmutación más sublime

Diversos expertos coinciden en que Splendor Solis es el libro de alquimia más bello que se conserva. Nos atrevemos a decir aquí que esto puede ser una infravaloración de este críptico artefacto filosófico, el cual por su misteriosa belleza y su profundidad de significado podría considerarse uno de los libros más bellos de la historia, comparable con el Hypnerotomachia Poliphili (1499), el cual según Roberto Calasso es el libro más bello jamás impreso (Calasso tal vez sea el más grande editor vivo, por lo que no habría que desestimar su opinión). Otro posible candidato es el más reciente Codex Seraphinianus, descrito como una enciclopedia alucinatoria, de indudable proeza estética, pero que sin embargo no se compara con los anteriores libros en el valor filosófico, poético y espiritual de su texto.

La primera versión del Splendor Solis data de 1532-35, un ejemplar que se conserva en el Museo del Estado de Prusia en Berlín. Este manuscrito de tipo medieval está iluminado con vellum y tiene bordados decorativos y ornamentos de oro. 

El libro que se muestra en el video es una reproducción del manuscrito que pertenece el British Museum, publicado en Alemania en 1582. La autoría del original tradicionalmente se atribuye a Salomon Trismosin, afamado maestro del alquimista Paracelso (el llamado "Hermes suizo"). Sin embargo, una nueva interpretación presentada en la fina reedición del Splendor Solis por la casa catalana Moleiro sostiene que está impresión está equivocada y que Trismosin no es el autor. 

El libro está dividido en cuatro partes; la primera consta de cuatro ilustraciones iniciales que muestran los actos preliminares de la gran obra alquímica hasta el encuentro del Sol y la Luna, del espíritu y la materia, súlfur y mercurio, la pareja divina, la fértil unión de la que se producirá la regeneración del alquimista, el cuerpo de rubí-diamante o el oro de los filósofos. La segunda está compuesta de siete parábolas que señalizan crípticos procesos filosóficos en el trabajo alquímico. La tercera se compone de siete matraces o contenedores, cada uno equivalente a un planeta y a un proceso de transmutación que marca los siete estadios clásicos de la obra alquímica, desde el nigredo (o la obtención de la materia prima) hasta el Rey Rojo (símbolo del oro filosófico). La cuarta parte condensa la resurrección del Sol y culmina con el "splendor solis" que derrama la luz nueva con magnificencia sobre el mundo. Así el alquimista cumple el ciclo más alto de la vida.

La obra cuenta con texto en alemán que acompaña a las ilustraciones y el cual ha sido traducido en su totalidad por el erudito Joscelyn Godwin. Se pueden identificar temas herméticos y cabalísticos en el enigmático lenguaje propio de los alquimistas que requiere --más que de una labor hermenéutica académica-- un desarrollo de la percepción y de la intuición para comprender los secretos de la alquimia que están ocultos en el "libro de la naturaleza". En el laboratorio los procedimientos de la transmutación obedecen, más que a una serie de reacciones químicas, a una química divina, en conformidad con las leyes de la naturaleza; una obediencia de los principios universales. 

Mencionar que 22, por supuesto, son las letras del alfabeto hebreo con las que se dice que fue creado el universo y cuyas permutaciones posibles, los cabalistas bellamente sugieren, son igual en número a las estrellas que existen en el universo. Así en las 22 ilustraciones, como en los 22 arcanos del tarot, se encuentra un protocolo de la Creación, una especie de dramaturgia fractal del proceso cósmico en su totalidad.   

Por otro lado, la belleza de las imágenes y la riqueza poética del texto no son vanas decoraciones cosméticas, son parte del llamado a la Gran Obra, inspiración y armonización para emprender las "12 labores de Hércules". Los alquimistas estarán de acuerdo con Platón en que la belleza tiene una cualidad anagógica y es el imán con el cual la divinidad magnetiza a su creación hacia sí misma, y así, en divina semejanza, el adepto atrae a sus discípulos con una belleza y una filosofía incomprensible para el profano en estas artes. Y es que la alquimia tiene la sublime particularidad de conjugar el temperamento artístico con el temperamento científico, y reúne en su crisol a estas dos grandes vías que son una en el principio. 

Para quien esté interesado en profundizar más, recomendamos el trabajo de Adam McLean sobre este texto.

 

Twitter del autor: @alepholo