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Una cinta de época que se adapta a nuestros tiempos fácilmente, conteniendo temas de liberación femenina en términos estéticos de película de horror

La bruja (Robert Eggers, 2016) contiene todo el encanto de las cintas que suceden en la Nueva Inglaterra de 1600, en especial con sus entornos naturales combinados con las paranoias locales propias de ese lugar-tiempo. Los vestuarios ayudan en mucho al efecto tétrico gótico campestre de cualquier tema aunque se peque de teatralidad cuando no se ensucian en ningún momento fuera de continuidad; todo eso es irrelevante en el terreno de lo simbólico.  

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La bruja es un psicótico drama familiar realista muy sólido; aunque parezca fantástico en muchos momentos, todo se puede terminar justificando psicológicamente, recordando que es en el cine donde se disuelve toda frontera entre fantasía y psique con la realidad que nos cobija como contexto y escenografía.

Un padre de familia, William (un estupendo Ralph Ineson) es acusado por el típico tribunal patriarcal de bases religiosas cristianas, principalmente por no seguir las reglas de la comunidad. La manera como se defiende William es en base a la soberbia misma, que él mismo reconoce más adelante como el motivo de su destrucción. William y su familia, su esposa Katherine (Kate Dickie), su hija mayor Thomasin (descubriendo a la espectacular Anya Taylor–Joy), a la que le sigue el creyente  Caleb (Harvey Scrimshaw) y los pequeños gemelos, que al parecer son los primeros que hacen un pacto con Satanás. El más pequeño y recién nacido hermano menor desaparece para no ser visto nunca más. Una cinta de intrigas que utiliza la información que el espectador tiene de haber visto películas de tribunales de brujas en Salem o de la Inquisición, que son dramas finalmente psicológicos; juega luego al transformarse una y otra vez en película de horror sobrenatural de hechicería.

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Los exteriores de la película son eternamente nublados, excepcional continuidad de luz, una oscuridad permanente que se alarga a la noche que por lo general en interiores proviene del fuego que naturalmente ilumina el espacio de la familia. La luz del director de fotografía, Jarin Blaschke, en los exteriores de día jamás deja de ser difusa, suave y al mismo tiempo juega con la profundidad de los negros en los fondos de los encuadres. En los interiores de noche, esos negros se hacen más dominantes y más oscuros. Y ni hablar de los exteriores de noche: la oscuridad sale de donde estaba para encontrarse con los personajes; es de ahí que proviene el horror, de lo que no se ve, como en todo cine clásico relacionado con el género. Lo invisible también habita en el interior de los personajes y es lo que los comienza a hacer agresivos para su propia familia; no hay enemigo más feroz que lo que no se dice en una familia.

El niño desaparece cuando Thomasin juega con él en un entorno natural algo alejada de la casa; no hay razón para la desaparición, lo que nos indica que el niño quedó en el interior de Thomasin, y es en el interior de la virgen donde se inicia el ritual arcaico y donde se le sacrifica al alma pura sin bautizar, haciendo posesión directa de toda la familia poco a poco, por medio de suspicacias extremas.

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Hay que remarcar la música que aunque construida en herencia de grandes soundtracks dodecafónicos de cine de terror, con sonidos atonales apabullantes provenientes de violines discordes, cantos femeninos que hacen referencia a ceremonias, y ruidos en general, se destaca por la manera en que está integrada a la evolución dramática en pantalla, y a lo que sucede tras la trama acechando a la familia. El diseño sonoro le da un espacio a la “música”, interesante, es como la nube que oculta todo y sutilmente entra a primer plano.

El sacramental acto en el que culmina la trama posterior al clímax, que está conectado al primer rito en el primer acto, constituye una extensión simbólica narrativa de la furia contenida en el interior de una mujer frustrada que sufre siguiendo todas las reglas al vivir en un mundo de hombres; la reprimida magia es lo primero que emerge sin un vaso que la pueda seguir conteniendo. La luna llena contrastando e iluminado se convierte o articula un cuerpo viejo, en lo que podría ser un sueño. Cuerpo sensual joven machacando, triturando el interior sangriento de un mortero gigante, los lienzos de Francisco de Goya o Luis Ricardo Falero vienen a la mente de cualquier espectador, pero con una dulzura inminente de la mirada hacia lo femenino como necesario por parte de estos cineastas norteamericanos del denominado cine indie. Lo grotesco es lo que no reconocemos como propio, y la noche alberga la sombra eterna del recuerdo eterno de un porvenir al que no podemos acceder sin cambiar de reglas como sociedad.

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La dirección de actores por parte de Eggers es lúcida, con resultados de enfrentamientos energéticos intensos que representan brechas en la cosmogonía familiar protestante, en el acomodo de la mujer dentro de una pirámide en la cual no puede ascender. La culpa se aloja en el interior de Thomasin y ahí crece enorme, hasta rebotar en el ganado bovino con el que cuenta la familia, que se vuelve una marioneta de carne, hueso y cuernos. Eggers surfea ejemplarmente el melodrama, es seco en su tratamiento pero desarrolla los antecedentes verosímiles realísticamente de donde provienen los personajes; los filosos bordes de sus comportamientos recuerdan la dirección del joven Bergman en Un verano con Mónica (1953) e inclusive posteriormente, por ejemplo en A través de un vidrio oscuro (1961); enhorabuena por esta fantástica apuesta del cine de horror contemporáneo.

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Twitter del autor: @psicanzuelo

Es verdad que hay palabras que no obturan y clases que no son sermones, pero son la excepción

Buenos días (o buenas tardes o buenas noches), y comienza a hablar. De historia, de geografía, de biología, de matemáticas, de física o de lo que le corresponda. Así son la inmensa mayoría de las clases en la inmensa mayoría de las escuelas de la inmensa mayoría de los países. ¿Será eso mismo lo que primero debemos cambiar para que la escuela mejore?

La idea de que el profesor está ahí para exponer el tema que le toca es fuerte e ideológica; quiero decir, podría ser de otra manera y esa manera de ser tiene consecuencias. Cuando al aula se entra así, las otras instancias básicas de ella también quedan establecidas, por consecuencia: los alumnos que se callan y se disponen –mejor o peor-- a escuchar; el mobiliario que se alinea y se orienta al frente; el frente que se refuerza y se categoriza simbólicamente; la voz del profesor que se imposta y adquiere ese tono formal, más de pregón que de diálogo; la pizarra del maestro que sustituye e instituye al mismo tiempo el material didáctico solicitado a los alumnos; y hasta la tecnología, que llega allí para reforzar ese dispositivo didáctico manteniendo el esquema y reforzando su estructura simbólica.

Este ritual del “buen día” que podría parecer menor o anecdótico, no lo es. De la manera que las cosas comienzan, las cosas acaban, nos han enseñado varias veces y en general es verdad. Si la clase para el alumno comienza escuchando, probablemente acabará teniendo que repetir; si la clase empieza con un profesor y un grupo de alumnos anónimos y estandarizados, probablemente acabará con la matriz de siempre de los destacados, los que le llegan, los que podrían y habrá que recuperar y los irrecuperables, sin matices ni sorpresas, en sus proporciones históricas; si el modelo empieza pasivo y dependiente, acabará entonces pasivo y dependiente; si la dinámica es la de lo preparado por el profesor, la consecuencia será la de lo recibido por los estudiantes. Este esquema elemental que define las millones de clases diarias que damos en el mundo entero fija un mensaje y define fuertemente un modelo. Somos hijos de ese modelo, socialmente hablando. Todas las cientos de excepciones sin materialidad son apenas sólo eso, excepciones, e incluso confirmatorias de la norma. Nos han configurado para recibir más que para dar o --lo que aún sería mejor-- para procurárnoslo. Llegamos a la vida a escuchar y confundimos la vida con repetir lo escuchado; nos configuran para deber y luego confundimos la vida con esperar. Nos hacen olvidar rápidamente que podríamos conseguir cosas por nosotros mismos; que vale valernos. Nos arropan demasiado rápido, y enseguida nos abrazan y al cabo nos asfixian. Nos ponen a depender con una velocidad de rayo y con una eficiencia ingenieril. Nunca se sabe cuándo importa lo que tú podrías pensar o hacer; siempre parece que falta alguna instancia, este o aquel proceso, para que entonces estés habilitado. Nunca parece llegar tu hora; y entonces, las más de las veces, acaba no llegando nunca. Silencio, por favor; vamos a empezar.

[caption id="attachment_109079" align="aligncenter" width="600"]Imagen: Wikimedia Commons Imagen: Wikimedia Commons[/caption]

Es verdad --y conviene dedicar un breve párrafo a eso-- que hay palabras que no obturan y clases que no son sermones, pero son otra vez la excepción. Incluso más: es verdad que para habilitar al otro, poner a volar a todos ellos, en el fondo también deberemos valernos de las palabras, pero de otro tipo de discurso profesoral, orientado a otro tipo de objetivos. Estoy queriendo decir –entonces-- que no se trata apenas de que las clases empiezan con los profesores hablando (y se van no menos de 3/4 de ellas en eso), sino de que esos profesores hablan de una determinada manera, estructurando sus discursos bajo una plataforma perfectamente definida en términos de mensaje y metamensaje. Porque si fuera de otra manera, no estaríamos ante un problema del tamaño del que tenemos.

El problema no es que hablen, sino lo que dicen, en el fondo; cómo dicen lo que dicen, a decir verdad, es la verdadera cuestión, y para qué lo dicen. Lo que nos tiene como nos tiene es la matriz conceptual que los organiza por detrás. Hablan porque poseen y predican para traspasar lo poseído. (No la posesión, que sería otra cosa.) Son los que saben y hablan para que los escuchen –y retengan-- los que no saben. De ahí surge también un estilo muy marcado, y su correlato en un género  también muy marcado en los libros de texto; un discurso autosuficiente, que no necesita del otro, que por el contrario, procura con astucia controlarlo. Falsas preguntas retóricas; modismos y gestualidades que ya son cliché; ejercicios circunscriptos a una caja gráfica para que no desborden; tonito magistral, dedos índices, curiosidades y amenidades de todo lo que importa y ritos y repeticiones de lo que no merece la pena… Toman la palabra con el objetivo de pasar conocimiento (en su dimensión más informativa), pero además para dominar las pulsiones de las fieras. Es la entrada del toro a la arena. El torero sólo debe saber imponer su autoridad, después lo demás se dará por contigüidad. Debe bajarle las ínfulas a ese animal demasiado acostumbrado a hacer lo que quiere para que acabe dejándose. Así obra el maestro cuando abre un grupo, los primeros días de clase. (Fíjense, notarán que son más artificiales y sermoneros a comienzos de ciclo que al final.) Ostentan y sobreactúan porque desconfían de sus toros. Temen fiarse de más y que aquello pueda acabar en tragedia –lo que es malo-- o en ridículo –lo que es inmensamente peor.

En fin, veo –como ven-- aquí un nudo, una fuerte contractura –digamos, justo ahora que cargo una muy incómoda en mi lumbar.

 

Twitter del autor: @dobertipablo