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Inauguramos una serie de artículos en los que se emprenderá un acercamiento práctico a la espiritualidad, apoyado en sistemas tradicionales de percepción y purificación

El instinto natural de asombro ante el misterio de lo que es lleva a la filosofía. El ser humano en el más básico ejercicio de sus facultades intelectuales se hace las grandes preguntas: "¿para qué estamos aquí?", "¿de dónde venimos"?, "¿a dónde vamos?". Cada cultura produce sus propias respuestas a estas preguntas y en menor o mayor medida el individuo asimila estas respuestas como parte de su pensamiento y de su marco de lo real. Sin embargo, en muchas ocasiones, para el individuo que tiene una vocación más definida hacia la filosofía, las respuestas que proveen las instituciones y las diversas tradiciones no son satisfactorias. Entonces el individuo ejerce ese principio esencial de la filosofía que encarnó de manera tan desenvuelta en Sócrates y se permite cuestionar a las autoridades que establecen los límites del conocimiento y se aventura a pensar por sí mismo. Ese pensar por sí mismo lo puede llevar a nuevas regiones del conocimiento o regresar a las mismas u otras fuentes de conocimiento que han sido reemplazadas, ocultadas o desprestigiadas, pero necesariamente lo lleva por un camino en el que el conocimiento ya no podrá ser algo que meramente se acepta por haberse leído o escuchado y es tomado como cierto por provenir de esta u otra autoridad. El conocimiento se convierte en entendimiento y en sabiduría solamente cuando es experimentado, cuando se vive y percibe de manera directa. El alquimista suizo Paracelso escribió: "Aquel que quiera estudiar el libro de la Naturaleza deberá caminar sus páginas con sus pies", a lo que Manly P. Hall agrega: "quien quiera conocer la doctrina deberá vivir la vida". Si nace el anhelo genuino en el alma de una persona de conocer los misterios de la existencia, de experimentar esas visiones divinas de los santos y místicos, esos estados de paz y alegría suprema de los bodhisattvas y arhats, o incluso de tener la certidumbre de que los modelos del universo que describe la física se ajustan a la realidad, no hay otra forma que emprender el camino, y probar el néctar de la sabiduría por cuenta propia. Por más que alguien nos describa el sabor de la miel, la única forma de conocer realmente a qué sabe la miel es probándola.  

En la tradición theravada del budismo, dentro del canón pali, la lengua que hablaba Gautama Buda, se dice que existen tres tipos de conocimiento: el primero es suta-maya panna, esto es la sabiduría que se obtiene escuchando o leyendo las palabras de los demás. La segunda es cinta-maya panna, ligada al conocimiento intelectual, en su faceta analítica y contemplativa, conocimiento lógico y racional. Estas dos formas de conocimiento son prácticamente inútiles y permanecen como "sabiduría prestada" si no se cultiva una tercera forma: Bhavana-maya panna, esto es conocimiento en forma experiencial. "Esta sabiduría se manifiesta dentro de nosotros, basada en nuestra propia experiencia de las sensaciones de nuestro cuerpo", dice el maestro de vipassana S. N. Goenka. "Esta sabiduría está basada en la experiencia directa, y por lo tanto es realmente benéfica. Para practicar bhavana-maya panna, es esencial practicar sila (moral) y desarrollar la forma correcta de samadhi (concentración). Sólo la mente establecida en la forma correcta de samadhi puede entender y darse cuenta de la verdad como es (yatha-bhuta nasa dassana)".

Bajo esta motivación de profundizar en la práctica, de compartir técnicas y de regresar a los grandes filósofos y místicos que han priorizado la disciplina interior (de la mano de la conducta moral) y nos han legado sistemas para que nosotros mismos experimentemos los estados de conciencia que tanto admiramos en ellos, surge esta serie de Ejercicios de percepción espiritual. Tomando de diversas tradiciones como el budismo, el taoísmo, la alquimia, la antroposofía, la cábala y otras más y autores y pensadores como Pitágoras, Buda, René Schwaller de Lubicz, Rudolf Steiner, Manly P. Hall, etc., expondremos aquí reputados ejercicios de percepción espiritual a la manera de una praxis filosófica, de una actividad gnóstica. La serie nace de dos realizaciones esenciales, la primera: que uno no puede seguir leyendo sobre filosofía, religión y espiritualidad sin en algún momento voltear la mirada hacia sí mismo y empezar a trabajar el propio instrumento con el que se conoce y accede a la realidad de la cual las palabra son sólo una representación. La más mínima honestidad intelectual, al acercarnos a asuntos de metafísica y hermetismo, requiere que realicemos una práctica interna para poder evaluar de manera justa y capaz el tipo de conocimiento hacia el cual nos dirigimos. La segunda, vinculada a la primera, es que al estudiar las diversas tradiciones místicas uno encuentra que la mayoría de los sistemas esotéricos pueden ser descritos como sistemas prácticos de desarrollo o purificación de la mente o de la percepción. Para todas las religiones en su aspecto esotérico y para todas las filosofías que se precian de ser más que gimnasias verbales y buscan transformar a los individuos, la depuración de la percepción es clave. A diferencia de la poca importancia que la ciencia moderna deposita en esto, las antiguas tradiciones religiosas y filosóficas consideraban que para alcanzar a decodificar y entender la realidad era necesario trabajar el propio instrumento con el cual apercibimos el mundo. La percepción, decimos entonces aquí, es aquello que integra y vincula en un sentido práctico las diferentes tradiciones espirituales. Y es que en un sentido muy burdo, sólo percibimos el aspecto material de las cosas, aunque creemos saber que existe un aspecto espiritual. Esto es, sólo creemos en el espíritu o en lo espiritual. Pero, como afirmo categóricamente Carl Jung en su entrevista final con la BBC, es posible ir más allá, de creer a saber. Para ello no hay atajo, es necesario trabajar constantemente nuestra percepción.

Diversas tradiciones místicas coinciden en que existe una forma de inteligir la realidad que va más allá del poder racional del cerebro, que mueve su centro de percepción al corazón, a la glándula pineal o algún otro centro más sutil, encontrando un ojo interno u ojo espiritual. Platón escribió que la verdadera educación consistía en aprender a abrir el ojo de la mente, con el cual se podía percibir el mundo de las Formas, el mundo celeste del cual nuestro mundo es una sombra. Para la tradición mística iraní recuperada por Henry Corbin existe un "ojo del corazón", vinculado con la percepción espiritual y con la imaginación (la imaginación es el órgano de percepción que sintoniza la realidad espiritual, según la tradición sufí). Para el místico Ibn Arabi, el ojo del corazón revela el potencial espiritual de la realidad, una fisiología sutil y produce visiones de las formas divinas. Podemos incluir al cristianismo e incluso al budismo --donde el corazón simboliza el trono de loto de Buda-- entre las diversas tradiciones que consideran que el corazón es una especie de santuario en el que la semilla espiritual se cultiva en el cuerpo. 

El filósofo y alquimista Schwaller de Lubicz entendió que los sacerdotes del antiguo Egipto habían desarrollado una metafísica de la percepción ligada a la "inteligencia del corazón". Esta inteligencia permite al sujeto percipiente entrar en un estado de identidad con lo que se percibe, disolver la frontera de la separación y la ilusión de la dualidad y conocer por interpenetración un plano de unidad esencial y abstracción metafísica, el cual se simboliza como la realidad múltiple del mundo de las apariencias. La inteligencia del corazón "resulta de la fusión por identidad de la naturaleza de la causa cósmica, contenida en su materialización, con esta misma causa en nosotros". Es decir con la inteligencia del corazón accedemos a la inteligencia del cosmos. De Lubicz incluso entendió que la alquimia no era más que una metafísica de la percepción, y la labor del adepto era purificar y entrenar su percepción para notar que "el universo no es más que conciencia, y a través de sus apariencias no presenta más que una evolución de la conciencia, de su origen a su fin, el fin siendo únicamente el regreso a la causa". Así nuestra percepción es una forma de "autopercepción", el instrumento a través del cual el universo se conoce a sí mismo. Nuestro cuerpo es el crisol del alquimista en el cual la conciencia o el espíritu se vehicula para regresar a su causa con el componente añadido de la conciencia de la experiencia.

Dice en el capítulo 64 del Tao Te King que "un viaje de mil kilómetros empieza con un paso" y que un "gigantesco pino inicia con una pequeña semilla". Una percepción diáfana de la realidad, capaz de acceder a lo más sutil y de dominar las agitaciones de la mente, empieza con un simple ejercicio, con constancia y determinación. No es necesario ni deseable ver a Dios o acceder a los cielos de los bodhisattvas en una sentada, con sólo tranquilizarnos un poco, inspirarnos, tener una mirada un poco más clara, estaremos ya encaminados hacia ir más allá de lo aparente, hacia ese centro secreto y ubicuo, eterno e interno. Coinciden los cabalistas y los científicos, en un universo infinito como el nuestro, el centro está en todas partes y la circunferencia en ninguno. Ese punto ubicuo de luz, fuente de toda iluminación, sabiduría pura, el aleph-omphalos, será eventualmente percibido. 

En la primera entrega de esta serie, exploraramos la recapitulación pitagórica, una meditación para realizar todas las noches antes de dormir, purificar la mente y rectificar la conducta.

Ejercicios de Percepción Espiritual 1: la recapitulación pitagógrica

Ejercicios de Percepción Espiritual 2: el ejercicio budista de recordar que "esto es un sueño"

Ejercicios de Percepción Espiritual 3: ¿Puedes percibir una espiral esférica?

Ejercicios de Percepción Espiritual 4: Un sueño lúcido para percibir el ritmo primordial del cosmos

Twitter del autor: @alepholo

Imagen: Martina Hoffmann "The Muse of Conscious Awakening"

La tradición budista hace disponible una serie de recursos para meditar sobre la irrealidad del mundo --con base en una profunda lógica filosófica-- y acercarnos a la liberación a través del entendimiento de la naturaleza mágica y onírica que tienen todas las cosas

En la segunda entrega de los ejercicios de percepción espiritual --un acercamiento práctico a la espiritualidad basado en el desarrollo y purificación de la percepción, tomando el ejemplo de grandes maestros de la filosofía, el arte y la religión-- indagaremos la noción budista de que la realidad como la conocemos --sólida, fija y estable-- es una ilusión. En esto no se hace distinción: tanto la vigilia como los sueños son irreales, son fabricaciones mentales interdependientes. Para llevar a la mente a la lucidez de darse cuenta de que "esto es un sueño", los budistas practican diversas meditaciones y ejercicios de autoobservación. Intentaremos aquí brindar un poco de contexto, esbozar la parte simple --y no por ello menos poderosa-- del ejercicio y entender la filosofía que sustenta esta noción, la cual es fundamental para que podamos llegar a la realización de una conciencia despierta, la cual es la esencia del estado de la budeidad: el término buddhi significa justamente despertar, una conciencia lúcida y despierta. Finalmente consideraremos que este ejercicio va más allá de una práctica para tener sueños lúcidos, si bien puede tener ese beneficio como un efecto añadido, su perfeccionamiento hace de la vigilia y el sueño un mismo contínuum, un único estado de conciencia libre de apegos, fijaciones y dualidad perceptual. Un paso esencial para el gran cometido de hacer la mente como el espacio: luminosa vacuidad que se da cuenta de sí misma. 

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La metáfora de la existencia ordinaria como un sueño aparece en innumerables sutras y comentarios en las diferentes escuelas del budismo. Una de las más famosas menciones ocurre en el Sutra del Diamante:

Debes ver este mundo como algo pasajero,

como una estrella en la mañana, una burbuja en un arroyo,

un relámpago o una nube de verano,

un destello parpadeante, un espectro y un sueño.

Esta serie de imágenes que encontramos en el budismo mahayana nos llegan a través del gran maestro tibetano Lonchenpa como ocho símiles que ilustrarán diferentes principios filosóficos de la irrealidad. Longchenpa nos dice que el mundo se parece a un reflejo en un espejo, a la luna en el agua, a un eco, a un arco iris,  a un sueño, a una ciudad de gandharvas, a un espectro y a una ilusión óptica creada por un mago. En uno de sus Siete preciosos tesoros, se dice:

La felicidad o el sufrimiento del nirvana o el samsara son como sueños o pesadillas. Desde el momento de su aparición, su naturaleza está libre de elaboración. A partir de esta [naturaleza libre de elaboración], la causalidad del surgimiento y la cesación aparecen como un sueño, como maia, como una ilusión óptica, una ciudad de gandharvas, un eco, un reflejo, sin ninguna realidad.

Es por esta noción de la irrealidad e insustancialidad del mundo que los budistas practican diferentes técnicas para establecer en su percepción lo que llaman "la perspectiva correcta", que en este caso consiste en ver que el mundo es irreal, por impermanente e interdependiente. En su conferencia sobre el budismo, parte de un ciclo de Siete noches, Borges hace un comentario sobre esta práctica:

En los monasterios budistas uno de los ejercicios es este: el neófito tiene que vivir cada momento de su vida viviéndolo plenamente. Debe pensar: "ahora es el mediodía, ahora estoy atravesando el patio, ahora me encontraré con el superior", y al mismo tiempo debe pensar que el mediodía, el patio y el superior son irreales, son tan irreales como él y como sus pensamientos. 

Borges añade que para poder acercarnos a erradicar el sufrimiento "debemos llegar a comprender que el mundo es una aparición, un sueño, que la vida es sueño. Pero eso debemos sentirlo profundamente, llegar a ello a través de los ejercicios de meditación".

En la traducción de uno de los textos preliminares para la práctica de la Gran Perfección de Longchenpa (el cual Keith Dowman traduce como Maha Yoga), se dice:

Como práctica principal medita de la siguiente forma:

El mundo exterior, sus montañas y valles, pueblos y ciudades y seres vivientes,

compuestos de tierra, agua, aire, fuego y espacio, todas las formas, sonidos, olores, sabores y sensaciones,

los cinco objetos sensoriales y el mundo interno de la mente-cuerpo y su conciencia sensorial, toda la experiencia,

deben ser atendidos incesantemente como un sueño.

Longchenpa dice que esta conciencia del sueño que es la realidad tiene los beneficios de que "el intelecto se relaja y el aferramiento inmediatamente cesa --el aspecto objetivo es refutado, y el sujeto se retira", esto después de un tiempo permite que cuando la mente se acerca a las situaciones "como si fueran un sueño", sin poder encontrar algo sustancial a lo cual adherirse, entonces se "sumerge en un espacio todopenetrante como el cielo... desprovista de toda actividad mental compulsiva, emerge como espontánea y simple cualidad vacía". Esto nos lleva a una prístina conciencia no dual, lo que se conoce como rigpa. La mente se vuelve como el espacio en toda su vastedad y vacuidad, el único fundamento constante y real. Esta realización, nos dice Longchenpa, tiene numerosos otros beneficios, como los que pueden ocurrir en un sueño lúcido: al  descubrir que estamos soñando podemos viajar inmediatamente a paraísos de la mente --a todas las Tierras Puras-- y ejercer todo tipo de poderes supernaturales y "alcanzar el jnana, el samadhi y una multitud de dakinis" y, sin embargo, el beneficio supremo es la liberación de la ilusión consustancial de la existencia reificada.

Thinley Norbu Rinpoche, uno de los más recientes grandes maestros del linaje budista Nyingma, el más antiguo del Tíbet y del cual también forma parte Longchenpa, dice en su libro Magic Dance: "los fenómenos no tienen existencia verdadera pero aparecen a todos. Ver todas las apariciones como mágicas, y así abandonar el apego a la existencia como real, entonces, tiene la habilidad de lograr la liberación". Así el sueño y los fenómenos de los cuales está compuesto se vuelven sabiduría pura, la delicia del espacio libre que conoce el gran espectáculo de la existencia sin formar ninguna relación objetificante; libre de la alucinación de creer en su realidad, el arco iris se puede disfrutar como lo que es. Para establecer este delicioso modo de percepción, en el cual nada se cristaliza, nada se coagula --el modo del contemplativo puro, es sumamente útil repetirnos todos los días cada vez que descubrimos que nos estamos enmarañando con una situación, que nos identificamos con un fenómeno o un concepto o que simplemente creemos en la solidez irreversible de las cosas: "esto es un sueño". ¡Y que alivio que lo sea! 

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Para entender por qué los budistas consideran que el mundo es como un sueño, debemos explorar la noción del surgimiento dependiente o pratityasamutpada.      

Padmasambhava ("el nacido del loto"), el gran patriarca del budismo tibetano, inicia sus instrucciones sobre el yoga de los sueños: "Es así: todos los fenómenos son inexistentes, pero aparentan existir y son establecidos como varias cosas". Con esto no se refiere a los fenómenos de los sueños solamente, los fenómenos de la vigilia también son inexistentes. Alan Wallace comenta sobre esto en su texto Dreaming Yourself Awake: Lucid Dreaming and Tibetan Dream Yoga for Insight and Transformation: "Nos está sugiriendo que nuestra experiencia despierta es tan ilusoria y fantástica como nuestros sueños. Esta es la perspectiva de la vacuidad". Lo que significa que "los fenómenos no existen por su propia naturaleza, ni subjetiva ni objetivamente... existen interdependientemente". En los sueños esto nos queda muy claro, una montaña, una persona, un evento que sucede en el "drama onírico" es claramente dependiente de nuestra imaginación, de nuestros recuerdos, de eventos que vivimos anteriormente. Tiene una existencia interdependiente, no una existencia inherente. Todo lo que aparece en el sueño son formaciones de la mente; el budismo nos dice que también todo lo que aparece en la vigilia son formaciones de la mente y tienen una existencia interdependiente. Y, de la misma manera que es útil cobrar lucidez durante los sueños para no sufrir por los eventos que ocurren --aunque estos se esfumen cuando llega el amanecer, algunos de los cuales nos pueden llevar al más puro terror, es igualmente necesario obtener un estado de lucidez en la vigilia para que así no suframos por los eventos que ocurren, los cuales también se desvanecerán un día.

Es importante mencionar que vacuidad no debe entenderse en términos nihilistas, como una ausencia absoluta de toda existencia, sino como un "no encontrar algo". Ya que las cosas son interdependientes, si trazamos las causas de cada una y vemos de qué dependen, tendremos que hacer una regresión infinita y nunca encontraremos una esencia independiente. Los budistas han hecho una épica pesquisa a lo largo de los siglos para encontrar el yo y no lo han hallado, justamente porque todos los candidatos dependen de una u otra cosa y no parecen tener una esencia inherente en la cual se pueda apuntalar ese yo. Dice Wallace:

¿Qué o quién es este yo? Si apuntas a tu cuerpo, bueno, pues eso es el "cuerpo", no el "yo". Usualmente pensamos que somos más que sólo nuestro cuerpo, por lo que podemos decir que el "yo" o está en el cuerpo o el "yo" es superior al cuerpo... Pero si el "yo" está en el cuerpo, ¿en dónde en el cuerpo es que está? Si apuntas a tu pecho y dices "está en mi corazón" puedes estar seguro que ningún cirujano del corazón ha visto un "yo" ahí. Si dices que tu "yo" está en tu cerebro --el centro donde se asume yace el pensamiento y el espacio centralizado entre tus órganos sensoriales principales-- tampoco ningún neurocirujano ha visto el "yo" ahí.

Es posible que entonces sostengas que esto es una reducción muy simplista y que existimos como algo más complejo y sofisticado --algún tipo de patrón o colección de partes corporales y pensamientos producidos neuronalmente, memorias y emociones. Pero al afirmar esto hemos regresado a la idea budista de la interdependencia.

Wallace añade que este mismo proceso puede llevarse a cabo con todos los objetos y fenómenos; en todos los casos existe una interdependencia. Es por ello que el físico Werner Heisenberg dijo sobre las observaciones de la mecánica cuántica: "lo que observamos no es la naturaleza en sí misma, sino la naturaleza expuesta a nuestros métodos de interrogación". Dentro de este mundo (sueño) no podemos ir más allá de la interdependencia.

Así el átomo se vuelve, como el yo individual, una entidad interdependiente cuya naturaleza recae en causas previas y condiciones, componentes y atributos del fenómeno observado y, sobre todo, en una designación conceptual --la medición, la experimentación y el etiquetado que involucra a una lista creciente de partículas subatómicas y sus comportamientos, los cuales nos llevan a la perplejidad. Si los átomos no tienen existencia absoluta... entonces todo el universo es puesto en duda.

Y la estocada final: "si estás reificando estás soñando", es decir, si percibes una realidad de objetos separados, que se mantienen fijos y estables, es seguro que estás dentro de un sueño.  

Esto nos puede llevar a la conclusión de que el yo, o más aún de que el ser, no está en ninguna parte o que de existir, necesariamente, debe de estar en todas partes, debe de ser no-local, debe de estar distribuido equitativamente sin un centro y desafectado de todos los cambios y sucesos que ocurren. Es por esto que algunas corrientes budistas,  como el dzogchen, hablan del espacio base de los fenómenos como la mente y como la realidad absoluta, el cuerpo unitario de todos los fenómenos, el dharmakaya, el cual es vacuidad-sabiduría inmacualda. Y es que el espacio es la metáfora de lo único constante, lo único que permanece, la simiente o base de todos los fenómenos. Como dice D. T. Suzuki: "La vacuidad, conceptualmente susceptible a confundirse con la nada, es de hecho el reservorio de infinitas posibilidades". Es este vacío la fuente ubicua de la cual surgen todos los fenómenos como estrellas fugaces, y a la cual todos regresan. Y es por todo lo anterior que se dice que el espacio es la esencia de "vajra", lo único indestructible.

Por último, quiero terminar esta segunda parte de los ejercicios espirituales de percepción con unos breves fragmentos de un texto de Dudjom Lingpa, otro de los grandes maestros Nyingma. En el libro traducido como Buddhahood without Meditation, Dudjom Lingpa narra cómo es visitado por algunas de las emanaciones de los budas de su linaje. Como en sueños, estos seres iluminados le revelan que el mundo es un sueño:

En una ocasión cuando me encontré con Orgyan Tsokey Dorje, la encarnación de las ilusiones mágicas de la conciencia intemporal, me dio algunos consejos sobre cómo refinar mi percepción para que pudiera notar que las cosas son ilusorias (gyu-ma). "Para que te introduzca directamente a la interdependencia de causas y condiciones aviniendo de manera conjunta, considera lo siguiente: la causa es el fundamento del ser como espacio base, el cual es prístinamente lúcido y está dotado de la capacidad de que cualquier cosa surja de él. La condición es una conciencia que concibe de un 'yo'. Al juntarse estas dos, todas las apariencias sensoriales se manifiestan como ilusiones.

Dudjom Lingpa nos empieza a revelar el secreto para lograr percibir el sueño como lo que es: sueño, ilusión. La identificación con un yo es lo que impide que notemos la irrealidad de las cosas, puesto que al concebir un yo estamos necesariamente también construyendo un edificio mental que nos separa de todas las demás cosas: ser un yo individual es no ser todo lo demás. Es el yo el que crea el mundo de los objetos. Y para seguir existiendo, desesperadamente en un instinto de subsistencia, nos hace creer que esos objetos, de los cuales obtiene su identidad por diferenciación, son reales. Sólo así él también es real. Continua Dudjom Lingpa: 

Todos los fenómenos, que se manifiestan como lo hacen, son inefables, y sin embargo aparecen debido a la influencia de concebir un yo. Este proceso es como un espejismo apareciendo por la sincronicidad del espacio vívidamente claro y la presencia del calor y la humedad. Todas las apariencias sensoriales de la conciencia despierta, los estados oníricos, el bardo, las vidas futuras son aparentes y sin embargo inefables. La confusión nace de nuestra fijación en su aparente realidad. Es esto como un sueño que uno no considera una ilusión. En vez de decir "Esto es un sueño", se solidifica y reifica como un objeto persistente del ambiente. Debido a la predominante condición de la percepción de un "yo" interno, el reino de los fenómenos se manifiesta como un algo que es un otro. Esto es como la aparición de un reflejo a través de la conexión interdependiente de un rostro y un espejismo juntándose. 

Todas las apariencias sensibles no son más que el espacio base del ser, y son una con el espacio base en sí mismo, como los reflejos de todos los planetas y estrellas en el océano que no son otra cosa más que el océano, son uno y el mismo sabor que el agua misma.

Creo que tenemos aquí una buena plantilla para trabajar con este ejercicio cuyo fin es liberarnos del sufrimiento que genera la percepción de una realidad estable, obtusa y onerosa y de una relación de identidad fija con las cosas, con los fenómenos y con el yo mismo. La inspiración viene por parte de este tesoro de conocimiento que nos ha legado el budismo. Como señala Borges:  

Gautama que llegó a ser el Buddha, es decir, el Despierto, el Lúcido --a diferencia de nosotros que estamos dormidos o que estamos soñando ese largo sueño que es la vida. Recuerdo una frase de Joyce: "La historia es una pesadilla de la que quiero despertarme". Pues bien, Siddharta, a la edad de 30 años, llegó a despertarse y a ser el Buddha.

Y el mismo escritor argentino alcanza a atisbar que: 

Nosotros (la indivisa divinidad que opera en nosotros) hemos soñado el mundo. Lo hemos soñado resistente, misterioso, visible, ubicuo en el espacio y firme en el tiempo; pero hemos consentido en su arquitectura tenues y eternos intersticios de sinrazón para saber que es falso.

Estemos atentos a percibir esos "tenues y eternos intersticios", esos "glitches" en la construcción relativa de la realidad, esos túneles radiantes en el cuerpo de Maya, para en un acto de conciencia lúcida y relajada encontrar la salida de esta casa de los sueños que, como alcanzó a percibir el Buda, está siendo consumida en este mismo momento por un devorador incendio.

 

Twitter del autor: @alepholo

Lee la primera parte: La retrospección pitagórica