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La muerte, dice el budismo, es sólo un hábito de la mente, una etapa en un proceso continuo de desaparecer y volver a aparecer

Quizás la forma en la que vemos la muerte --como un final total-- sea solamente un hábito conceptual aprendido que no refleja la realidad de este fenómeno sino solamente nuestra creencia dualista. Son numerosas las culturas que han creído entender la muerte solamente como un estadio de transformación, una fase más o menos diferenciada de un único proceso que es la existencia, un ritmo entre la manifestación y un estado de inactividad o latencia. El budismo es sin duda una de las corrientes de pensamiento que más hondo ha meditado sobre la muerte y ha desarrollado su propio sistema de entendimiento de la muerte como una frontera más en la infinita continuidad de la mente.

Analizaremos aquí algunas de las nociones que el budismo ha desarrollado en torno a la muerte dentro de su metafísica. Tomaremos como base el texto A Cascading Waterfall of Nectar, en el que el maestro tibetano Thinley Norbu Rinpoche expone algunas de las bases del pensamiento budista para un público occidental.

Primero debemos mencionar que el budismo no considera que exista una sustancia aparte de la mente, la cual es "la fuente de toda la existencia física", según explica Thinley Norbu. El budismo sostiene que todas las cosas que vemos son solamente apariciones ligadas a un estado de habituación de la mente; cada fenómeno está ligado a un estado particular de la mente del cual emerge y no puede existir sin la mente, esto incluye al cuerpo y a la muerte misma, a los cuales podemos considerar como meros hábitos. Explica Thinley Norbu Rinpoche:

Debido a que la mente es continua, los fenómenos de la existencia son continuos  y no cesan de manera permanente. La muerte y el nacimiento sólo son nombres. La muerte no es realmente la muerte, como los nihilistas creen, es sólo hábito. La mente se retira y aparece, pero no cesa... Ya que la mente es continua, debe volver a aparecer en algún lugar, si no se ha conseguido el cuerpo de la sabiduría [y no se ha agotado el karma]. Los budistas no creen que la muerte sea nada, sino que la mente sigue ahí, continuando, pese a que los fenómenos condicionados temporalmente se separan. Cuando los seres dejan de aparecer en este reino, aparecen en otro conforme a sus hábitos. Hasta que todos los fenómenos dualistas son completamente purificados en inmaculada no-dualidad, todo se mueve de un estado de latencia a un estado de aparición [y viceversa] según cambian los fenómenos de la mente. Para los seres ordinarios, el tiempo que tardan los fenómenos en manifestarse cuando se retiran y el tiempo que duran los fenómenos cuando aparecen depende de las condiciones del karma.

Aquí tenemos una clara enunciación de una de las creencias más importantes del budismo: la continuidad de la mente. Con esto no se quiere decir lo mismo que la continuidad o la inmortalidad del alma o de la persona. El budismo niega la existencia del alma y el ser individual en tanto que su existencia es siempre condicionada a una cadena de acciones (karma) y relaciones (pratityasamutpada) que una vez que son agotadas el individuo desaparece con ellas. El alma no existe por sí misma sino como una aparición o manifestación de la mente, cuya base es el espacio infinito o vacío; el universo es mente y sabiduría pero no mentes, las existencias individuales son como espuma en la superficie del océano.  

En el Sutra del Rey del Samadhi se dice:

Antes, muchos eones atrás, el mundo ocurrió,

y de nuevo, después de ocurrir, se disolvió, y no hubo mundo.

Como fue, será, yendo y viniendo. 

Esto mismo ocurre de manera microcósmica con los seres vivos que emergen y desaparecen: la mente se manifiesta en individuos que cumplen su ciclo y dejan de existir y así infinitamente volverá a manifestarse en otros individuos que dejarán de existir como los mundos que emergen y desaparecen en el gran mar del espacio. Y todas estas existencias, por más reales y duraderas que nos puedan parecer, no tienen ninguna sustancia. No existimos, lo que existe es la existencia, una sola vida, una sola mente en un juego mágico. Todos los momentos particulares, las condiciones y aspectos específicos de la existencia son solamente adornos. Como explica Thomas Cleary en su versión del Sutra de la Guirnalda: "todas las manifestaciones, todos los fenómenos, pueden ser llamados 'adornos'. En el nivel de percepción "correcto" de la realidad, según el budismo, todas las cosas que ocurren en el universo son percibidas con la alegría y el desapego de quien aprecia los adornos de una sala muy bella".

La soltura y ligereza con la que experimentan el mundo algunos practicantes budistas y de otras disciplinas espirituales nace de que no distinguen de manera maniquea entre lo material y lo inmaterial y se mantienen abiertos a disfrutar de los fenómenos sin adherirse a ellos. Mientras que, contrariamente, el materialismo moderno sólo cree en las cosas que aparecen de manera tangible, sólo lo aparente es considerado verdad, y se aferra a estas meras apariciones como si fueran realidades absolutas, así incrustándose en un ciclo de seguro sufrimiento puesto que la naturaleza de las cosas es la impermanencia, por lo cual en el apego se lleva la penitencia. Asimismo, esto es algo bastante superficial e incompleto, puesto que las cosas que aparecen, los fenómenos materiales, no son sus propias causas y existen siempre en relación a otras cosas (por lo cual no tienen esencia);  las causas son inmateriales e intangibles y provienen de la mente. 

"Lo que parece existir o no existir es sólo el reflejo de la apariencia particular de los hábitos de la propia mente dentro del tiempo. Si esto se reconoce, toda la realidad se vuelve flexible y uno no se torturará a sí mismo al enredarse dentro de cualquier límite", dice Thinley Norbu. Al reconocer esto, los budistas pueden "usar la mente para crear los fenómenos positivos de las apariciones espirituales". Así los budistas juegan con el maia de las deidades de sabiduría, a las cuales no consideran independendientemente de la mente, para generar karma positivo y para crear los fenómenos positivos de su purificación espiritual. Esto no es diferente de la magia.

Thinley Norbu, siguiendo lo que enseña el Madhyamika (el camino medio), dice que "los fenómenos no tienen existencia verdadera pero aparecen a todos. Ver todas las apariciones como mágicas, y así abandonar el apego a la existencia como real, entonces, tiene la habilidad de lograr la liberación".

 

Twitter del autor: @alepholo

De por qué perseguir la fama no tiene sentido y qué es lo que deberíamos hacer a cambio

AlterCultura

Por: pijamasurf - 03/15/2016

Con frecuencia pensamos que la fama equivale al éxito y que obtenerla nos dará satisfacción personal, pero no hay nada más alejado de la realidad

Los valores del mundo actual, sitúan el reconocimiento y la fama como la culminación del éxito personal. Pero, ¿es esto atinado? El escritor Julian Baggini planteó en su ensayo “La receta del éxito” una serie de cuestiones inquietantes sobre este tema. Baggini se inspiró en Tiziano Gérard, un chef desconocido pero de gran habilidad, talento y ambición, que a pesar de poseer las habilidades necesarias para producir platillos a la altura de los mejores restaurantes de Montecarlo, Milán y Cerdeña, prefiere cocinar él mismo para los huéspedes de la pequeña villa alpina que posee y administra junto con su esposa. ¿Su meta? Involucrarse directamente en la preparación de los alimentos y dar vida a su ideal de excelencia culinaria. 

Gérard no carece de motivación ni maestría, simplemente encarna una ética de trabajo  similar a la de los shokunin, los artesanos japoneses cuya misión era lograr un dominio superior y refinado de su oficio. Para ellos el reconocimiento ocupaba un lugar secundario y definitivamente no era la meta de su laboriosidad, aunque con frecuencia esta actitud les granjeaba respeto, admiración y fama. Quizá por esto Tokio alberga más restaurantes con estrellas Michelin que cualquier otra ciudad del mundo. 

Pero la fama puede resultar engañosa sin importar si se trata de las artes culinarias o de cualquier otro tipo de empresa, profesión u oficio. Entre más crece el número de admiradores, más superficial es la admiración que nos profesan. Depositar nuestra satisfacción personal y autoestima en ellos sería un craso error, pues únicamente nuestros colaboradores cercanos pueden proporcionarnos la admiración profunda y certera que provee el íntimo conocimiento del otro y sus talentos.

Con respecto a este punto, el filósofo griego Aristóteles creía que lo mejor que podíamos hacer en estos casos era aceptar un grado apropiado de reconocimiento en caso de haber realizado una tarea meritoria. Pero afirmaba que la búsqueda de distinciones no podía ser la meta última de nuestro trabajo, pues dependen más de quienes confieren dichas gracias que de nosotros. En otras palabras, apreciar la buena reputación que hemos obtenido gracias a una labor bien realizada, sin depositar toda nuestra valía en ello, es crucial para mantener una relación sana con el reconocimiento. 

Además entablar una conversación crítica sobre la fama, el éxito y la satisfacción personal no es tan superficial como podría parecer. Encuestas recientes reflejan que muchos adolescentes desean ser famosos, algunos incluso lo desean con tanta desesperación que se vuelven blancos fáciles para quienes abusan de su inexperiencia. La popularidad instantánea y efímera que son capaces de proveer los medios masivos plagados de reality shows y concursos de talento (donde con frecuencia también se exhibe a quienes carecen de él), y el apogeo de las redes sociales mediante las que algunas personas reúnen números impresionantes de seguidores, han tenido un efecto devastador en nuestra escala de valores. Pero nunca es tarde para corregir el rumbo y preguntarnos qué es lo que deseamos realmente para luego dedicarnos a perfeccionarlo, sin caer presa de los seductores espejismos de la fama.

En palabras de Vince Lombardi: “El precio del éxito es trabajo duro, dedicación al trabajo en nuestras manos y la determinación de que sin importar si ganamos o perdemos hemos aplicado lo mejor de nosotros a nuestra tarea”.