*

X
Sólo percibimos un fragmento insignificante del espectro electromagnético, sólo escuchamos una minúscula parte de las ondas sonoras, el universo es casi todo invisible y las cosas están fundamentalmente vacías

Probablemente no es más que la costumbre --la habituación de miles de años como especie y la de la cultura en la que nacemos como individuos-- la que nos hace ver el mundo de cierta forma y no de otra. Creemos comúnmente que el mundo es estable, sólido, tridimensional y está fundamentalmente compuesto sólo de lo que podemos ver, tocar, escuchar, oír y saborear. Pero esto es apenas una pequeñísima rebanada de la realidad: sólo percibimos un porcentaje de 1 en 10 billones del espectro electromagnético, por citar sólo un ejemplo. Es con este fragmento que reconstruimos la realidad y, más aún, es con este insignificante pedazo de todo lo que es que determinamos que existe una realidad determinada, correcta... y por default negamos todo lo demás. Es con este pequeñísimo reducto en la ventana del mundo que definimos el paisaje de la totalidad y que construimos todos nuestros conceptos: nuestra ideología política, nuestra cosmología, nuestra visión religiosa, nuestro comportamiento sexual, etcétera.

La realidad siempre será más de lo que podemos aprehender y quizás es imposible abarcarla toda, a menos de que nos podamos convertir en un gigante del mismo tamaño del universo. Dentro de esta carencia, sin embargo, queremos, incluso necesitamos, encontrar sentido y obtener seguridad --a riesgo de ser devorados por la incertidumbre o por el mismo vacío que constituye la inmensa mayoría de las cosas (¡las cuales de hecho están levitando sobre un campo electrostático y nunca realmente tocamos!): 

99.9% de los átomos están constituidos por espacio vacío.

96% del universo es invisible, está compuesto de materia y energía oscura, mayormente desconocida para la ciencia.

Percibimos ondas electromagnéticas entre 430 y 70THz, esto es sólo 0.0035% de todo el espectro electromagnético.

Escuchamos sonido sólo entre 20Hz y 20 kHz. Algunos animales pueden escuchar frecuencias hasta cinco veces más altas y varias veces más bajas. El ámbito de lo que percibimos sobre el total del espectro de audio es igualmente inane. 

El neurocientífico David Eagleman escribe:

Cada organismo asume que su unwelt [su ambiente] es la totalidad de la realidad objetiva. Hasta que un niño aprende que las abejas disfrutan de señales ultavioletas y las cascabeles ven infrarrojo, no se vuelve obvio que existe gran cantidad de información transmitiéndose en canales a los que no tenemos acceso natural. De hecho la parte del espectro electromagnético visible para nosotros es menos de 1 en 10 billones del total. Nuestro sensorium es suficiente para movernos en nuestro ecosistema pero no más.

¿Cómo cambiaría nuestro concepto del mundo si pudiéramos ver la luz invisible? ¿Qué importante información en los extremos de los espectros de luz y sonido se nos revelaría? 

En este video Eagleman explica gráficamente, con una ilusión óptica, por qué la percepción de la realidad tiene que ver más con lo que pasa dentro de nosotros que con lo que pasa afuera, en el mundo exterior.

Evidentemente es posible ver más allá de lo que podemos ver con nuestros ojos, utilizando herramientas tecnológicas, pero cómo saber que los resultados que obtenemos y las interpretaciones y las conclusiones a las que llegamos son las acertadas cuando estamos filtrándolas a través de una percepción condicionada por un aspecto limitado de la realidad. ¿Acaso no es necesario también extender nuestros sentidos, refinar nuestra percepción para cubrir un mayor aspecto de la realidad? En otras palabras, no sólo un progreso tecnológico externo, por ejemplo, en hacer un telescopio que pueda ver más lejos, también incrementar la habilidad de pensar de un científico y su capacidad de ver más. 

En el budismo se habla de que existen 32 mundos (lokas) o planos en los que la mente puede existir, de los cuales sólo habitamos actualmente en uno. Una interpretación teosófica de las enseñanzas esotéricas del hinduismo sostiene que el ser humano tiene siete cuerpos, desde el cuerpo físico hasta el atman o cuerpo espiritual idéntico a la divinidad, es decir, que el cuerpo que conocemos es sólo uno de siete más que yacen de alguna manera ocultos. Esto nos puede parecer inaudito, aberrante, pseudociencia rampante, delirio alucinatorio, lo que sea. ¿Pero cómo estar seguros si apenas podemos percibir tan pequeño porcentaje del pastel electromagnético de la realidad? ¿Cómo saberlo si cada uno de nosotros está mirando desde un túnel de realidad? Esto nos puede llevar a un razonable agnosticismo y al asombro o a la impotencia ante nuestra pequeñez e insignificancia o, si creemos que la realidad no sólo existe sino que es cognosible en nuestro estado actual, a afirmar entonces que el ser humano cuenta con capacidades subyacentes de percepción con las cuales puede penetrar más allá de los velos materiales y observar y entender lo que normalmente es invisible. En el cuerpo humano, en el crecimiento de un árbol, en la vibración de una ola, entender las leyes universales que rigen el inconmensurable espacio cósmico. Como aquí en todas partes: la razón humana capaz de deducir de un fragmento la totalidad (¿la suerte o divinidad de que el universo sea esencialmente un holograma?). O, aún más que la razón, que tengamos una misteriosa cualidad perceptiva que nos hace encontrar en nuestra profunidad una ventana al cosmos más precisa y poderosa que el telescopio Hubble, como sugiere Lao-Tse en el enigmático Tao Te King:

Puedes conocer el universo

Sin salir de tu casa.

Puedes ver los caminos del cielo

Sin mirar afuera a través de tu ventana.

Dejemos esto entonces como una interrogante abierta, bajo la consideración de que en nuestro estado de capacidad perceptiva actual es más sensato notar que no sabemos, pero también que quizás podríamos saber, porque tampoco sabemos que no podemos saber. No sería exacto decir que la realidad no existe o que no podemos alcanzar a percibir la realidad, pero decir que ya hemos conquistado la realidad y que hemos llegado a una visión de la realidad satisfactoria es evidentemente una crasa ilusión. Así las cosas, sólo queda disfrutar de la incertidumbre, abrazar lo insondable e intentar seguir aumentando nuestra capacidad de percibir, de ver más lejos, de ver más claro, hacia afuera y hacia adentro. 

 

Twitter del autor: @alepholo

¿Trabajas para ganarte la vida o para ganar el derecho a consumir?

AlterCultura

Por: pijamasurf - 02/25/2016

¿Por qué soñamos con el trabajo de nuestros sueños y no con la vida ideal?

Si no dejaste tu trabajo en 2013, este podría ser el año.

El consumo parece ser la categoría predominante de nuestros tiempos: a los humanos nos encanta dividirnos por nacionalidades, géneros, raza o preferencias de todo tipo, pero nada segrega más en la práctica que la capacidad de consumo. No nos referimos solamente a la adquisición de todo lo necesario para sobrevivir, desde comida hasta vestido y alojamiento, sino a la subdivisión infinita de esas necesidades en opciones de consumo hiperpersonalizadas.

El hombre más rico del mundo, Carlos Slim, incluso se ha manifestado a favor de que la semana laboral sea de 3 días, y aunque los avances en materia de robótica y cibernética todavía no nos entregan un futuro donde el trabajo sea un placer más que un engranaje del sistema, en el presente, el trabajo de muchas personas ni siquiera les alcanza para cubrir esas “necesidades básicas”, mientras que otras se estresan más allá de toda racionalidad por participar en la vida del consumo.

¿Pero qué ocurre si nuestras necesidades “básicas” no pasan por adquirir los nuevos gadgets de la temporada sino por hacernos de tiempo libre para el ocio y la contemplación? ¿Qué sucede cuando lo “básico” para nosotros es aire y agua limpios, convivencia familiar, tiempo para organizar nuestra biblioteca o nuestra colección de libros o estampillas? ¿Por qué trabajamos, a pesar de que el estrés asociado al trabajo es nocivo para la salud? Escapar del consumo en masa no es cosa fácil, pero es posible hacernos una pregunta pertinente: ¿trabajamos para ganarnos la vida o para ganar el derecho a consumir?

Mohit Satyanand dejó de trabajar en una oficina hace unos años luego de visitar un paradisíaco lugar en las montañas de la India, donde decidió quedarse con su esposa para criar a su hijo durante sus primeros años. Comenzó a trabajar remotamente y, aunque pronto se dio cuenta de que ganaba una fracción de lo que le pagaban en su trabajo regular según sus años de experiencia, se sentía agradecido porque su calidad de vida estaba tasada según términos relevantes para él.

Satyanand no pasa por alto algunas de las desventajas: su auto es una antigüedad, y concede que el aislamiento extremo de la civilización no es para todos, pero renunciar al consumo masivo le dio una sensación de independencia y autonomía imposible de definir.

Probablemente la mayor lección que podríamos extraer de ese caso es lo que dice cuando le preguntan cómo hizo para poder tener esa vida: según Satyanand, la clave es no pedir permiso. No va a llegar nadie a darte la libertad para vivir tu vida en tus propios términos, pero sin duda llegarán muchos a decirte cómo debes vivirla según los de ellos. El mercado es parte de esa fuerza que pretende que todos vivamos pendientes de la moda y el consumo simplemente para mantener dicho mercado con vida. (Queda pendiente explorar el potencial político del consumo dirigido: ¿qué pasaría si la gente se comportara como ciudadanos y utilizara su poder de consumo para pedir sistemáticamente mejoras en las condiciones de vida de quienes producen lo que ellos consumen, que muchas veces viven en condiciones de esclavitud? ¿Qué pasaría si penalizamos a las marcas o productos que dañan el medio ambiente y que no dan buenas condiciones laborales a su personal, en favor de otras que sí?).

Sin duda dejar de trabajar no es una opción para muchos de nosotros, pero aunque siempre existan las famosas “cuentas por pagar”, hay que preguntarnos de vez en cuando qué haríamos si no tuviéramos el trabajo que tenemos. Simplemente por el hecho de tener acceso a Internet (y estar leyendo esta página, por ejemplo) seguramente vives en un mundo que millones de personas considerarían privilegiado, incluso “excéntrico”; podemos pensar que para un pescador en Guerrero o un minero en Sierra Leona, comprar el último videojuego/la última camioneta/el último smartphone/beber cafés saborizados/asistir al cine/etc., son ocupaciones superficiales e incluso excéntricas, y (también en el orden de la suposición) experimentan la alienación laboral de otra manera.

Si bien no es posible desentenderse por entero del trabajo (al menos no sin asumir ciertos riesgos, como estas personas que no sólo se alejaron del trabajo sino de la sociedad en su conjunto), trabajar únicamente por la opción de participar en la cultura del consumo suena bastante tonto. Pero si participar en dicha cultura es una respuesta válida para ti, seguramente existen razones igualmente válidas para asumir la alienación capitalista con alegría (pero ignoramos dichas razones). En otras palabras, ¿buscas el trabajo de tus sueños o la vida de tus sueños? ¿Una y otra son enteramente compatibles? Déjanos saber qué opinas en los comentarios.