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Atisbos de una percepción no conceptual, no dual, el silencio místico más allá del lenguaje

Como es evidente por un cruce de filosofía del lenguaje, neurociencia y espiritualidad oriental, los conceptos toman cuartel y se imponen sobre la realidad. De tal manera que solemos percibir aquello que creemos y no aquello que vemos; y solemos ver con el filtro de todo lo que creemos que sabemos –usamos lentes siempre, y nuestra visión es un túnel de realidad (como bien notó Robert Anton Wilson)–. Pero, ¿existe un saber más allá de los conceptos de la mente? ¿Un saber que sea lo mismo que estar, un saber en el que perceptor y percibido no sean dos? Aquí nos separamos de la ciencia y entramos solamente al misticismo.

La ciencia reconoce que no percibimos las cosas en sí mismas. Hacemos una interpretación, una decodificación de lo que es pura luz, de lo que es una espuma cuántica de partículas que aparecen y desaparecen; la forma, el color, el nombre, la función y la realidad de una cosa está en nuestra mente. Es posible que exista una realidad más allá de la mente, pero desde esta perspectiva, que sigue siendo muy kantiana, la esencia, por así decirlo, no es percibida, sino reinterpretada. No vemos las cosas en su desnudez esencial, sino que las recreamos según las etiquetas con las cuales las hemos codificado. Un escritorio sólo es un escritorio para un hombre que antes se ha sentado a trabajar.

Para el místico existe un estado de conocimiento, mejor descrito como gnosis, en el cual existe la posibilidad de conocer algo como es, de experimentar su realidad. Esto es posible haciéndose uno con lo que se conoce (según han relatado místicos de diferentes tradiciones). Pero ese estado es inefable, ya que el lenguaje es analítico, lo cual significa que divide las cosas para conocerlas. El terreno de la gnosis es el silencio, un silencio que al expandirse deja de colapsar el foco de atención en una relación sujeto-objeto, en cambio, abre las puertas hacia un mar de integración cognitiva.

James George cuenta una historia en Parabola Mag que nos servirá para ilustrar este punto. Su maestro fue Siva Yogaswami, un importante maestro espiritual que practicaba también el método de la autoindagación, como Sri Ramana Maharshi.

Aunque había visto a Yogaswami muchas veces, me tomaba el tiempo para preparar mis preguntas cuidadosamente. Un día, cuando ya las había preparado, me acerqué a su choza, me quité los zapatos y me senté en el tapete en el piso de tierra mientras me miraba con esa vigilante atención que le caracterizaba. "Swami", comencé, "yo pienso que..." "¡Estás equivocado!", grito. Y mi mente regresó a ese estado no conceptual, el cual invocaba de manera magistral, aclarando el sendero al ser.  

Esta es una historia muy común, que puede leerse también entre muchos relatos de maestros zen, que reaccionan al primer viso de conceptualidad y reificación con una cachetada relampagueante que es como un koan en acción. Nos puede parecer muy lejano existir en un modo de cognición no conceptual, no basado en los pensamientos y las creencias o en el eje que todo lo filtra para perpetuar su existencia fantástica (el ego), pero por alguna razón innumerables maestros espirituales y filósofos han puesto un énfasis en que el conocimiento puro está más allá del lenguaje, es lo místico, es el silencio, es algo que no se percibe solo con el cerebro. No debemos tomar su palabra por ello (estaríamos incurriendo en una mera conceptualización de la mente no conceptual), pero podemos intentar averiguarlo.

Para ello Valentin Tomberg habla sobre los tres principios del mago: establecer silencio sin esfuerzo, hacer del trabajo serio juego y hacer que las cosas que llevamos a cabo sean ligeras.

David Chaim Smith tiene un excelente libro, The Awakening Ground, el cual dedica en su totalidad a explorar esta practica de conocimiento no dual no conceptual, tomando de la cábala y del misticismo de distintas tradiciones.

La investigación contemplativa inicia encontrando el despliegue de la mente en movimiento directamente en el acto de percibir. Uno puede empezar pensando sobre pensar u observando la observación mientras observa. La solidez que se asume tiene la realidad percibida, entonces se abre y libera sus patrones reductores, como un cristal de sal disolviéndose en el océano. Al tiempo que se disipan, los patrones reificantes son absorbidos de regreso en su propio terreno, y el que conoce y lo conocido se desdoblan en un espacio libre y dinámico.

El budismo tántrico tibetano es casi una religión entera erigida sobre la búsqueda de establecerse en este estado no conceptual, no elaborado, el estado de cognición pura y luminosa igual a la vacuidad, que es llamado rigpa (por el dzogchen), la mente ordinaria (en el mahamudra) (una referencia a que el estado natural de la mentes es luminosidad cognitiva pura). "Cuando decimos sabiduría de la base, luminosidad de la base, o mente ordinaria, queremos decir la base del dharmakaya en la que la vacuidad y la cognición son una unidad". Este estado es resonancia gnóstica con la realidad misma, en un universo en el que, según el budismo, no existe diferencia entre el espacio y la luz, entre el espacio que lo contiene y el fenómeno que se manifiesta. Como la ola y el mar. Esto es lo que nos llama a averiguar. ¿Realmente las cosas están fuera de mí? ¿Si no estuvieran también en mí, podría realmente conocerlas? ¿Cómo se genera la solidez de la materia, siendo que las cosas están compuestas casi en su totalidad por espacio vacío?  Más que materia de reflexión, materia de contemplación. 

Twitter del autor: @alepholo

 

 

 

Provocación color neón: Nicolas Winding Refn a 5 años de Drive

Arte

Por: Lalo Ortega - 09/15/2016

A medio camino entre el cine de culto, la industria y la fidelidad a un estilo, Nicolas Winding Refn cuenta con uno de los corpus fílmicos más interesantes de nuestra época

Drive (Nicolas Winding Refn, 2011) aparece con frecuencia en los listados de las mejores películas, sea de los últimos años e incluso entre las mejores en lo que va del siglo. Tiene también el estatus de “película de culto” y sin duda es la más exitosa de su director, tanto crítica como comercialmente: con ella Refn obtuvo el premio a Mejor Director del Festival de Cannes y, por otro lado, la película recaudó más de 78 millones de dólares (cuando su presupuesto fue de 15 MDD).

En otro aspecto, la cinta llevó a Refn, de origen danés, al mapa del mainstream hollywoodense. Drive se filmó en Los Ángeles y en habla inglesa, pero por su estilo vaticinaba el arribo a la industria del cine de un director con otra sensibilidad, artística pero lo suficientemente accesible para ser atractiva y rentable para el gran público. Se pensó entonces que su siguiente filme sería la magnificación comercial de su estética elegante, colorida y obsesivamente calculada en sincronía con un soundtrack cargado de sintetizadores. Pero entonces dirigió la antítesis de todo ello: Only God Forgives (2013).

Refn desafió todas las expectativas con un thriller delirante y fluorescente sobre el mundo criminal de Bangkok, niveles grotescos de violencia y tintes edípicos como cereza del pastel. Only God Forgives confirmó a Refn como un director capaz de dividir a la crítica y decepcionar en taquilla. 

En otro sentido, sin embargo, la cinta fue la declaración de Refn sobre su visión artística, sobre el hecho de no comprometerla y continuar realizando sus películas tal cual las quiera crear, explorando los límites de su colorida y sangrienta estética. Si bien los colores en alto contraste y su multiplicidad de connotaciones han sido un elemento siempre presente en su filmografía (originado por necesidad, pues Refn es daltónico), a partir de Drive es más notoria su utilización para crear atmósferas hipnóticas, complementando la evolución de sus personajes.

El refinamiento visual de Only God Forgives encontró su perfección en The Neon Demon (2016), un título más que preciso para la retorcida y excesiva crítica a la superficialidad contemporánea a través de un derrame cromático en pantalla.

Éste quizá sea el trabajo más artificial de Refn a la fecha: una puesta en escena que parece un anuncio comercial de Calvin Klein que se extiende por dos horas. Si se le ha criticado por priorizar la espectacularidad visual por encima de la sustancia narrativa, esta película parece abrazar ese hecho sin tapujos pero, más que otra cosa, es su confirmación como un cineasta cuyo leitmotiv es la provocación por medio del contraste y el extremo, indulgente consigo mismo, más comprometido con su visión que con las complacencias y la ganancia económica. 

Refn dijo en una entrevista que el propósito de la creatividad es obtener una reacción, buena o mala. Y eso, una reacción, es lo que logra al secuenciar la esperanza del amor imposible con un batidillo de sesos bajo la inmaculada iluminación de un elevador –la escena más icónica de Drive está coloreada de amarillo, el tono del optimismo pero también de la decadencia–.

A cinco años del estreno comercial de Drive, Nicolas Winding Refn se ha reafirmado como un cineasta dedicado a cultivar su mirada creativa, y poco más que eso. Los contrastes narrativos tanto o más estridentes que las paletas de color que los acompañan pueden gustar o no al espectador o al crítico, pero eso a Refn no le importa.