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La secreta vida sexual del queso

Por: pijamasurf - 12/08/2015

El queso es un pequeño y cambiante ecosistema que, sin embargo, conserva algunas de sus características genéticas predominantes gracias a la función sexual

roquefort

El queso añejo es una delicia para unos y algo desagradable para otros, pero lo que tienen en común el queso azul, el roquefort y otras variedades es la presencia de bacterias en su preparación. Según el estudio Sex in Cheese: Evidence for Sexuality in the Fungus Penicillium roqueforti, los hongos presentes en algunos tipos de queso sugieren huellas evolutivas ligadas a la reproducción sexual.

Jeanne Ropars y sus colegas analizaron el genoma de las especies de moho para preparar queso roquefort y encontraron evidencias de que la diversidad presente en el moho no podía explicarse según la reproducción asexual. La prueba es que los genes utilizados por los hongos para hallar parejas se han conservado prácticamente intactos gracias a la evolución. A menudo suponemos que la evolución es lo que hace que las especies cambien, pero es también lo que explica que algunos aspectos benéficos para la vida se mantengan sin modificaciones.

Cuando el moho se reproduce de manera asexual los genes pueden verse afectados por mutaciones indeseables o, como se lee en el estudio, "en esta especie de alta importancia industrial, la inducción de un ciclo sexual podría abrir la posibilidad de generar nuevos genotipos que podrían ser extremadamente útiles para diversificar los productos del queso".

Si la mutación afectara a los genes "importantes" del moho, las generaciones siguientes tendrían menos oportunidades de sobrevivir y morirían. La extraña perspectiva es que, aunque nadie ha visto al queso teniendo sexo, a nivel microscópico existe un intercambio sexual mientras masticas. ¿Eso hace al queso más delicioso o más desagradable?

Cientos de mexicanos víctimas de un experimento cerebral

Por: pijamasurf - 12/08/2015

Al menos 194 personas recibieron implantes cerebrales experimentales que les produjeron daños irreversibles

ensenanza

Por lo menos 194 mexicanos fueron víctimas de un implante cerebral para tratar la hidrocefalia que no había sido autorizado para tratar a seres humanos, siendo así, como informa el diario El País, víctimas de un terrible experimento cerebral. La Comisión Nacional de Arbitraje Médico determinó que el aparato estaba en fase experimental y que los afectados no firmaron el consentimiento que era requerido para participar en un experimento como este. Lamentablemente, muchos de los daños que propició el implante son irreversibles.

El inventor del aparato fue Julio Sotelo Morelos, director del Instituto Nacional de Neurología y Neurocirgía (INNN). Es a esta institución a quien los afectados reclaman una indemnización. De manera extraña, se les recomendó a los pacientes que durmieran sentados; si se acostaban sufrían terribles dolores de cabeza, que se acumularon causando importantes daños. Un informe de la comisión señala:

Debió informarse plenamente a la paciente de que se trataba de una investigación (...) No hay evidencia de que se hubiese otorgado esa información, de hecho, ni siquiera, pese a tratarse de una persona mayor de edad, con capacidad para ejercer su autonomía, el consentimiento le fue solicitado directamente (...) Se obtuvo la autorización como si fuese un recurso ordinario de atención médica que, reiteramos, no lo es.

El informe sugiere claramente que lo ocurrido constituye mala praxis médica, puesto que además se cobró una buena cantidad de dinero a los pacientes, que ahora exigen ser indemnizados. El doctor Sotelo Morales es un reconocido y multipremiado neurólogo que, según El País, se ha negado a contestar a las acusaciones.  

Lo anterior nos lleva a pensar si esto no es una enorme metáfora (sin desestimar los daños que sufrieron los pacientes) y de otra forma, también, vivir en México y ser expuesto a la corrupción y la negligencia de las instituciones y a una programación mediática culturalmente deplorable no es asimismo un "experimento cerebral", en el cual participamos un centenar de millones mexicanos, probablemente también involuntariamente; aunque quizás no era muy difícil descubrir --en algún momento todavía oportuno-- que el experimento estaba (o está) ocurriendo.