*

X
Creador de un insinuante género musical, la obra de Astatke nos sumerge en un franco recorrido de estimulación y placidez

Mulatu_Astatke_Pose_with_drum_sticks_1241451643

Música versatil, bien sentida e incluyente. Estos son sólo tres de los abundantes calificativos que germinan mientras suenan las composiciones del maestro Mulatu Astatke. Versátil no sólo porque funge como risueño diplomático entre disímiles géneros y bagajes culturales, también porque alhaja con la misma generosidad una mañana soleada que una noche inescrutable. "Bien sentida" porque tiene la cualidad de transmitir un disfrute afectivo, y porque se legitima mediante una de las más bellas rutas creativas, la autenticidad. Incluyente porque no exige, más bien da: entreteje de forma dadivosa ambientes gratos, muy gratos.

Nacido en Jima, al sureste de Etiopía, Astatke fue iniciado musicalmente en Londres para luego continuar en Nueva York y Boston donde, por cierto, quedaría encandilado con los ritmos latinos, mismos que después incluiría en la unicidad de su música. Multiinstrumentista (percusiones, teclados y vibráfono) y compositor, su incidencia en la cultura musical de su natal Etiopía fue fundamental. Hasta esas tierras llevó consigo ritmos e instrumentos hasta entonces lejanos, quizá inimaginables. De hecho protagonizó en buena medida la era dorada de la música etíope en la década de los 70 –esa efusiva mixtura entre jazz étnico, funk y latin instrumental que hizo reverberar a escuchas alrededor de todo el mundo (algo así cómo John Coltrane orquestando luego de un viaje de iboga o Tino Contreras componiendo entre una manada de zebras).

mulatuofethiopiamulatu

Astatke es considerado el creador del Ethio-jazz, género que logró amistar ese archipiélago sonoro que manifiesta la música tradicional de Etiopía con la esencia del jazz estadounidense. A pesar de sus notables cualidades, el Ethio-jazz, y en especial la música de Astatke, se mantuvo en la periferia del imaginario colectivo occidental hasta que Jim Jarmusch echó mano a su música para incluirla en el soundtrack de Broken Flowers (2005). Años después un diálogo de la película La gran belleza (2015), de Paolo Sorrentino, también rinde tributo al género creado por este músico, cuando un decadente socialité romano advierte durante una fiesta: "todos sabemos que el jazz etíope es el único tipo de música que vale la pena escuchar hoy en día".  

Si bien lo que motiva este breve texto sobre Astatke es, obviamente, su música, vale la pena también echar un vistazo, aún más breve, a su historia de vida. Y es que siendo casi un adolescente dejó su tierra para convertirse en un ingeniero aeronáutico en una universidad de Gales. Tiempo después regresó, pero en lugar de traer consigo sofisticados conocimientos ingenieriles convidó a Etiopía, y al mundo, un nuevo y exquisito género musical. En este sentido su historia de vida ilustra ese acto paradigmático de "seguir el llamado", y no de forma frívola o pretenciosa como lo hacen muchos "creadores" de la actualidad, sino auténtica y perseverante, "bien sentida".

Hoy miles agradecemos ese cambió de timón que tomó Astatke cuando joven. Lo celebramos acompañados plácidamente de un cuerpo de obra que sin duda trascenderá el cuerpo físico de su creador y, por supuesto, el nuestro. 

 

Twitter del autor: @ParadoxeParadis

 

Discografía recomendada:

  • Afro-Latin Soul, Volume 1 (1966, US)
  • Mulatu of Ethiopia LP (1972, Worthy Records, US)
  • Plays Ethio Jazz LP (1989, Poljazz, Poland)
  • Ethio Jazz: Mulatu Astatke Featuring Fekade Amde Maskal
  • From New York City to Addis Ababa: The Best of Mulatu Astatke
  • Mulatu Astatke
  • Éthiopiques, Vol. 4: Ethio Jazz & Musique Instrumentale, 1969–1974 CD (1998, Buda Musique, France)
  • Mulatu Steps Ahead with the Either/Orchestra CD/2xLP (2010, Strut, Germany)
  • Sketches of Ethiopia Vinyl, LP (2013, Jazz Village, France)

 

 

 

Drácula y Frankenstein juegan al ajedrez (y lo disfrutan)

Por: pijamasurf - 11/07/2015

Bela Lugosi y Boris Karloff, los legendarios actores hollywoodenses, protagonizan una partida de ajedrez que nos hace imaginar lo que sería ver enfrentados al conde Drácula y el monstruo del doctor Frankenstein

blackcat34-still.preview

En el universo simbólico del horror moderno, pocos personajes tan identificables como el conde Drácula y Frankenstein, arquetipos de nuestra civilización que retoman problemas mucho más remotos y de alguna manera innegablemente humanos: la búsqueda de la inmortalidad y los riesgos de descubrir los secretos de la naturaleza por medio de la experimentación científica.

Y si bien cada uno tiene sus orígenes en novelas que se publicaron en el siglo XIX (la de Bram Stoker en 1897 y la de Mary Shelley en 1823), en buena medida debemos al cine la implantación de estos iconos en nuestra mente, industria que ya en sus primera épocas se apropió de dichos relatos para volverlos materia dispuesta de la fabulación fílmica.

Fueron los legendarios actores Bela Lugosi y Boris Karloff los responsables de hacer nacer en los estudios de Hollywood estas versiones contemporáneas del mito, Lugosi encarnando al conde, y Karloff al monstruo del doctor Víctor Frankenstein, ambos en 1931. Sus respectivas interpretaciones fueron tan magistrales que marcaron para siempre sus carreras e incluso sus personalidades.

De ahí que puede decirse, por asociación, que en este video Drácula y Frankenstein se enfrentan en una singular e inédita partida de ajedrez.

Coincidiendo en 1934 en la filmación de The Black Cat (basada parcialmente en el cuento de Edgar Allan Poe), Lugosi y Karloff protagonizan esta secuencia promocional en la que se les ve sentados frente a los 64 escaques, hecho el primer movimiento de Lugosi, Karloff llamándolo con el nombre “Drácula” y preguntándole si está listo para la prueba, los dos hombres rematando con una risa que quiebra de pronto la falsa solemnidad del desafío.

Una curiosidad de la historia del cine que, siquiera en la ilusión del celuloide, nos permite imaginar lo que sería un encuentro entre dos monstruos, en este sentido comparable (aunque evidentemente de menores ambiciones) al que la Muerte y el Caballero sostienen en El séptimo sello de Ingmar Bergman.