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¿Los psicólogos tendrían que estar libres de problemas mentales?

Por: pijamasurf - 06/01/2015

La exigencia de superioridad que a veces dirigimos a los profesionales de la psique no nos deja ver que ellos son tan humanos como nosotros y, más importante, que su saber es distinto al de los médicos y otras "autoridades"

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Las disciplinas de la psique cuentan, en la historia de su desarrollo, con una característica que a la postre se convirtió en una desventaja parcial en el terreno práctico: al desarrollarse al amparo de la medicina, adquirieron de esta la percepción de que sus profesionales sabían algo que ignoraban las personas que acudían a consultarlos. En el caso de los médicos es cierto que están obligados a saber qué le ocurre a sus pacientes, pero con los profesionales de la psique ello no se cumple de la misma manera. Aun así, quienes se acercan a sus consultorios a veces llegan con una exigencia similar a la que tenemos cuando queremos curarnos de una gripe o de un dolor de estómago.

Dicha desigualdad entre el “profesional” y el “lego” genera además otro efecto: creer que los psicólogos, psiquiatras, psicoanalistas y otros "psi" están exentos de problemas mentales. En un texto más o menos conocido, Robert Epstein y Tim Bower nos recuerdan que Freud mismo distaba de ser un ejemplo de “salud” mental: era agorafóbico y neurótico, olvidaba cosas, una buena parte de su vida lidió con sus adicciones al tabaco y a la cocaína (las cuales nunca pudo resolver totalmente) y finalmente murió mediante suicidio asistido.

¿Por qué alguien capaz de entender la mente humana tal y como la entendió Freud no es capaz de no tener problemas? La pregunta podría ser un poco injusta, pues sabemos de sobra que los problemas son parte consustancial de la existencia. De la misma forma que estar vivo implica enfermarse de vez en cuando, sentir el deterioro paulatino del cuerpo, así también esa otra dimensión de la vida que no es únicamente fisiológica sino existencial conlleva sus propios conflictos.

La razón nos engaña al hacernos creer que saber algo basta para actuar al respecto. Sabemos que el cigarro daña, ¿pero eso impide que fumemos? Entonces, ¿por qué tendríamos que demandar lo mismo a una persona que es tan humana, tan limitada como cualquiera?

A este respecto, Jacques Lacan acuñó un concepto que ayuda a aclarar la confusión. Lacan dio al psicoanalista el título del “sujeto supuesto saber” porque, en la práctica, el paciente llega al consultorio suponiendo que el analista sabe algo que lo ayudará. Como decíamos al principio, la comunicación tiende a ocurrir de una manera similar a la de los médicos, quienes están formados para saber por qué está enfermo un cuerpo. Sin embargo, el saber de un psicoanalista es de orden. Sabe y tiene una formación, pero eso es sólo el soporte que le permite realizar su trabajo y guiar al paciente en el proceso de su propio análisis. Estrictamente, el analista no sabe nada de su paciente, pero el paciente supone que sí, y el análisis dura tanto como esa concesión, hasta que llega el momento en que el paciente se da cuenta de que él sabe, que, quizá, él siempre supo lo que le acontecía.

Es posible que quienes piden que un profesional de la psique esté libre de problemas mentales sean más bien víctimas de ese mandato moderno según el cual sólo alguien con “autoridad” puede hablar y tomar decisiones, el lugar del amo que da al esclavo su propia concepción de mundo, la cual este acepta porque aún no advierte que él podría elaborar la propia.

Para algunos, votar legitimaría un sistema en el que no creen; otros afirman que, de no hacerlo, el gobierno de Enrique Peña Nieto saldría beneficiado

 

 

 

— Compa Paco Taibo2 (@Taibo2) junio 1, 2015

pec3b1a-salinas-1México se encuentra quizá en uno de los momentos más críticos de su historia. La guerra contra el narcotráfico ha dejado una descomunal cantidad de muertos y violencia. La clase política, entendida como la cúpula actual de la partidocracia, está más que nunca al servicio de unos cuantos y su bandera es la flagrante corrupción. Los indicadores de bienestar en el país son desoladores, y evidentemente la pobreza (prácticamente en los mismos niveles desde hace 30 años) ha abonado notablemente a la ola de violencia, pues fertiliza el terreno para la delincuencia.

En este escenario, y luego de la desaparición de los estudiantes de Ayotzinapa que destapó intensamente la inconformidad que se respira en el país, las próximas elecciones del 7 de junio se perciben más absurdas que nunca.

En esta fecha se elegirán 2 mil 179 cargos públicos entre 500 diputaciones federales, 641 curules locales, 993 alcaldías, 20 juntas municipales y 16 delegaciones del Distrito Federal. Entre la apatía generalizada, distintas voces promueven al voto nulo como una manera de no contribuir con el sistema. Sin embargo, el sistema electoral mexicano no contabiliza al voto nulo como un mecanismo de castigo; contrariamente, como apuntan algunos especialistas, este favorece a los partidos que cuentan con la maquinaria suficiente para movilizar el "voto duro" de miles de personas afiliadas a los sindicatos, por ejemplo. El PRI podría ser el gran ganador del abstencionismo o el anulismo, como apunta el académico Roberto Duque Roquero. 

Otras voces como la del investigador de la UNAM José Woldenberg, advierten:

Un voto anulado es un voto anulado. Es muy probable que acabe expresando un malestar, pero no va a impactar la configuración de los gobiernos ni de los congresos.

Con lo anterior como premisa, un sector de la población ha promovido la campaña #NoTeAnules o #VotaEnContra como un mecanismo de castigo. Algo así como votar por un partido (sin estar necesariamente a favor de él) para castigar al gobierno en turno. Por su parte, los promotores del voto nulo coinciden en que aplicar esto último sería como legitimar un sistema en el que no creen. Sin embargo, el gobierno actual ha probado que la protesta no le hará cambiar su modus operandi. El probable castigo plausible sería votar por los partidos o candidatos independientes que no harían un bloque en el congreso para aprobar las reformas de Enrique Peña Nieto que tanto descontento ha causado. 

Lo cierto es que ambos bandos, los analistas y los promotores del voto de castigo con el #NoTeAnules, ofrecen argumentos interesantes. 

Ante la encrucijada "votar o no votar" es necesario hacer un análisis práctico, en números, de a quien le beneficia este acto. La analista Denise Dresser explica en una de sus columnas para Reforma que, después del movimiento anulista en 2009:

Felipe Calderón convocó a los líderes del movimiento anulista y en sesiones maratónicas en Los Pinos se diseñó la reforma electoral que llevó a la reelección, las candidaturas independientes, la consulta ciudadana, etcétera. Es falso que el anulismo no sirva de nada.

Por su parte Duque Roquero advierte que el problema con el voto nulo es cómo se encuentra enmarcado en las reglas del juego electoral, pues no está configurado para castigar a la clase política por su mal desempeño.

También, el prestigiado Edgardo Buscaglia considera que el voto nulo tendría un efecto de castigo solo si se diera de manera masificada. Pero un análisis de LoQueSigue proyecta esta intención manifiesta en Internet solo en 2% de los votantes, como lo muestra el siguiente video: 

 

Es fundamental analizar ambos argumentos si es que ninguna de las opciones actuales (lo que es más que probable) llena tus expectativas…

Twitter de la autora: @anapauladelatd 

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Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la posición de Pijama Surf al respecto.