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Hackeando el cerebro para ver a Dios (VIDEO)

Por: pijamasurf - 02/15/2015

Las bases de la neuroteología son exploradas en una película corta de alta estimulación visual

 

Un estudiantes de computación y un estudiante de cine desarrollan un protocolo para tener visiones místicas. Estudiando las religiones del misterio y el arte sagrado encuentran patrones que se repiten, los cuales unen a conocimientos modernos de neurociencia para desarrollar una tecnología de imágenes teofánicas. Jugando con estimulación fótica, geometría sagrada, códigos matemáticos y tecnología óptica, los jóvenes crean un patrón que mimetiza la estructura del cerebro, pero les falta un último ingrediente. Debe de haber un componente emocional para simular a Dios en el cerebro: la producción de neurotransmisores provocados por una situación de estrés, algo como una descarga de DMT endógeno, es la clave final.

Esta es más o menos la trama del cortometraje The Brain Hack, dirigido por Joseph White. Una formidable storyline de ciencia ficción que explora la neuroteología --la idea de que las visiones místicas pueden ser explicadas materialmente como epifenómenos del cerebro: Dios como un un glitch o un bug de nuestra biocomputadora. Aunque esta idea no es muy original, es parte de la investigación de doctor Michael Persinger y su casco de Dios, que supuestamente es capaz de producir visiones místicas en gran parte de las personas que son estimuladas transcranealmente con este aparato, y ciertamente tiene un gran potencial cinematográfico --con un trasfondo de especulación filosófica y crítica religiosa. Nos gustaría ver esto en un feature film con más presupuesto y quizás mejores actuaciones. Dicho esto, el corto tiene bastantes buenas gráficas y resuelve de manera interesante, dentro de sus limitaciones, esta ambiciosa propuesta.

También en Pijamasurf: Neuroteología, mapeando a Dios en el cerebro

 

Científicos determinan la edad precisa del universo

Por: pijamasurf - 02/15/2015

El programa Planck ha revelado datos sobre el universo que hacen de este un escenario aún más apasionante de lo que hasta ahora creíamos

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Cuando todavía muchos jugamos con la posibilidad de que el universo jamás haya tenido un principio como tal, lo cual constituiría una discreta paradoja dentro de la sofisticada extravagancia de la física en planos subatómicos, el programa de la Agencia Aeroespacial Europea, Planck, recién calculó con precisión la edad de nuestro universo. 

Este programa fue creado para rastrear la primera luz que existió –esa hebra lumínica, pionera, que se desprendió tras el Big Bang. Luego de analizar la data recabada en torno a los ritmos de expansión del universo a lo largo de la historia, utilizando como base un mapa del Cosmic Microwave Background (CMB), los investigadores calcularon que el universo tiene 13 mil 770 millones de años.  

Afortunadamente, durante este proceso no solo se logró determinar la edad precisa del universo –lo cual representa una coordenada fundamental para posteriores estudios–. Los investigadores también establecieron que tan sólo 4.9% del universo corresponde a materia ordinaria, 25.9% a materia oscura y el restante 69.2% a oscura y misteriosa energía, lo cual sugiere de manera intrigante lo poco que conocemos y, sin más, siquiera concebimos, del componente de nuestro universo –recordemos que, ya de por sí, la materia oscura mantiene innumerables misterios para la ciencia; ahora imaginemos que la mayoría de lo que nos rodea mantiene un nivel mucho mayor de hermetismo ante nuestra comprensión. Además, se determinó que las primeras estrellas tardaron en formarse alrededor de 550 millones de años tras el Big Bang.

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Las medidas tomadas por el Planck fueron registradas en nueve frecuencias de banda que se emplearon no sólo en mapear la temperatura de la radiación sino también su polarización, lo cual arrojó información de la etapa joven del universo y del campo magnético de nuestra galaxia. Finalmente, además del CMB, la misión acuñó un mapa de la emisión polarizada de polvo interestelar, que comprende un catálogo de 13 mil 188 nubes densas frías en la Vía Láctea, y de 1,653 cúmulos.

Y bueno, más allá de las abstracciones impenetrables que emanan de cifras tan distantes a nuestra existencia humana, este tipo de datos es, para el humano común y corriente como nosotros, por lo menos un recordatorio que nos invita a redimensionar nuestro ínfimo rol en esa inabarcable puesta en escena cósmica que es este universo. Nuestros problemas y alegrías son minúsculos fragmentos de confeti en esta fiesta, ni más, ni menos. 

[IBTimes]