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El solsticio, a la sombra de la Navidad, es un momento cargado de significados arquetípicos que resuenan con la muerte y la depresión pero que nos acercan al alma de las cosas, a la profundidad en la que se funden la psique y el mundo

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Hoy se celebra el solsticio de invierno en el hemisferio norte y con ello la llegada del invierno y el día más oscuro del año. Esta fecha tiene grandes connotaciones simbólicas y es celebrada casi universalmente por las más diversas culturas desde hace miles de años (es parte central de la conexión mitológica y psicológica entre el hombre y el cosmos). Aunque el solsticio es enormemente rico en matices, el simbolismo casi nunca es tan evidente: se trata de un periodo de oscuridad, de introspección y recogimiento, que da la pauta y que permite la renovación y el posterior ascenso de la luz, siendo un hito en el circuito de la naturaleza, que es un espejo del cosmos --y en el cual, antiguamente, el hombre sentía la necesidad de participar. Participar en este caso significa fundamentalmente morir o dar entrada a la simbología y a la energía de la muerte, para que cumpla su parte en el gran psicodrama del mundo. Presenciar, meditar, sacrificar o actuar el solsticio y en general el invierno conforme a su arquetipo es una forma de no reprimir la muerte (aunque de por sí su naturaleza es irreprimible), hacerla visible y conversar con ella, para así nutrirnos en el recogimiento y acercarnos a nuestra alma y al alma del mundo (que se entrelazan más en el valle y en la oscuridad que en la luz y en el cielo, donde domina el espíritu).

Solsticio 2016: conoce el simbolismo del solsticio de invierno

Podemos imaginar que en el solsticio invernal nosotros también hacemos el viaje del Sol, descrito por tantos mitos, hacia el inframundo, donde muere ante las fuerzas de la oscuridad y entierra sus huesos en la tierra para luego surgir otra vez y continuar su ascenso hacia el cenit veraniego. En este proceso hay una alquimia primigenia, cuya observación nos conecta con el instinto de los animales de reservar sus energías en invierno. Coincide esta temporada en la alquimia con el período en el que la tierra en su profundidad fermenta la prima materia de la cual se preparará la medicina del filósofo. Al morir la naturaleza, como le ocurre al hombre,  se separa el alma del cuerpo; los alquimistas creen que está "alma" o esencia vital pude ser capturada y es la que anima, por así decirlo, a la materia prima con la que realizarán su obra. Las plantas muertas y los huesos de animales, como una composta, son activados por el fuego secreto del sol del inframundo.

El solsticio invernal es también la llegada del signo terrestre de Capricornio, que significa la paciencia, el trabajo y la preparación de la tierra para que retome las cualidades primeras que le permitirán más tarde florecer. En el I Ching, Richard Wilhelm escribe sobre lo Receptivo: "es cuando la fuerza oscura de la naturaleza origina el fin del año". Es esta época, en la que toda la vida está concentrada en el subsuelo, en la que los alquimistas excavan astrológicamente y encuentran la materia prima que tendrán que nutrir con "la sangre del león verde" (el espíritu vegetal), las sales y el rocío, como si se tratara de un niño (el "niño Dios") al cual hay que cuidadosamente estimular para convertirlo en el Rey Sol (en Cristo).

Capricornio está regido por Saturno; es seco y frío y dominado por el humor melancólico. Es un signo y un tiempo asociados a la enfermedad y a la depresión. Pero más allá del rechazo inicial tan propio del cristianismo, donde la muerte y la depresión no tienen valor en sí mismas sino sólo a la luz de la resurrección y la sombra es algo que se debe iluminar ya que es el terreno por donde serpentea el mal, este temperamento melancólico es históricamente el signo del alquimista, del laborioso y estudioso hombre que logra penetrar la profundidad del misterio. Escribe James Hillman, el psicólogo estadounidense que tomó la estafeta de Jung e hizo que su obra descendiera a lo que John Keats llamó "el valle de Forjar Almas":

Y, sin embargo, a través de la depresión nos adentramos en lo profundo y en lo profundo encontramos alma. La depresión es esencial al sentido trágico de la vida. Humedece el alma seca, y seca el alma húmeda. Trae refugio, límite, foco, gravedad, peso y humilde impotencia. Recuerda a la muerte. La verdadera revolución empieza en el individuo que puede mantenerse fiel a su depresión. Ni extraerse a uno mismo fuera de ella, atrapado en ciclos de aliento y desesperanza, ni sufriéndola hasta que cambie, ni tampoco teologizándola--sino descubriendo la conciencia y la profundidad que quiere. Así inicia la revolución de parte del alma.

Esta es la visión de Hillman, una forma de alquimia contemplativa y altamente imaginativa de los aspectos supuestamente negativos de la personalidad humana. No se trata de analizar o de entender para luego cortar una patología (como si fuera un tumor) sino de dejar que la patología, que la sombra misma, se exprese y nos lleve a las zonas profundas del ser. El invierno, la muerte del Sol (que significa también la muerte del arquetipo del héroe y del ego) nos permite estar en paz con nuestro dolor, con nuestros aspectos más oscuros y dejarlos germinar, puesto que son también parte importante de nosotros y enriquecen nuestro ser, tienen una pálida belleza (la de los últimos destellos del ocaso).

La Navidad, como la experimentamos actualmente, parece ser todo lo contrario de este arquetipo del invierno; más que aceptar la tristeza de la escasa luz y de la naturaleza apagada, parece reaccionar con una falsa felicidad, con una empatía superficial y una hipócrita sonrisa llena de pequeñas luces con las que inmediatamente se busca llenar el vacío de la muerte que se mueve en la profundidad. ¿Qué tan navideño suena decir: "Es tiempo de estar tristes y solos y observar los movimientos oscuros de nuestra alma, de morirnos al menos un poco y reflejar las cenizas en el seno de la naturaleza"? Quizás no suene muy navideño, pero si nos jactamos de querer vivir en armonía con la naturaleza, esto es lo que refleja el tiempo --y es que cada tiempo tiene una particular cualidad inmanente, que es lo que permite cosas como la sincronicidad. Así entendido, la magia de la Navidad, de esta época del año, porque tiene magia, es la muerte, son las perlas de la depresión, los sueños del inframundo.

No hay que negar que el mito cristiano del nacimiento de Jesús tiene también un contenido arquetípico importante y cierta riqueza espiritual --especialmente por compartir un trasfondo pagano: Jesús es el Sol o el Logos que nace en el nadir del año--, pero es difícil que pueda desplazar al solsticio como una fiesta con un verdadero significado para nuestra alma y de auténtica religiosidad (que es la re-conexión con lo sagrado)-- algo que al menos pretende en teoría. Simplemente porque el solsticio es más viejo y profundo (constelado por el viejo Saturno, el dios del inicio, de Arcadia, el padre Tiempo) y las fiestas cristianas son mucho más sincréticas y más alejadas del archae, del origen del cual todos tenemos nostalgia (además de que la Navidad parece ser también, en su origen, una transpolación de las fiestas de Saturno, las saturnalias de Roma). La Navidad puede ser un buen pretexto para reunirnos con nuestra familias y ejercer ciertos valores supuestamente cristianos, pero no provee una plantilla tan profunda de resonancias mitológicas, de encuentros numinosos en su código. El soulsticio de invierno es la estructura cosmo-psicológica ideal para el trabajo profundo, aquel en el que podemos encontrarnos con el alma y dejar que nos posean los dioses del inframundo, aprovechando este viaje de autoconocimiento cuyo resultado puede ser descubrir que el mundo está vivo, y que la muerte es también el amor.

Recibamos entonces este 21 de diciembre a las 23:03 GMT (17:03 hora de México) el solsticio de invierno de 2014. Sé que las comparaciones son odiosas y la seriedad y la pasión con la que se argumenta puede ser una trampa racional, pero mi intención --especialmente con el título-- era llamar la atención hacia esta corriente de sombra psíquica que fluye por debajo de nuestra cultura, la cual es también importante y ofrece algunos tesoros para quien se atreve a profundizar. También hay ligereza en la sombra. ¿Por que  no tener una "Noche-mala", en vez de una "Noche-buena"? ¿Qué hay de malo en ello, valga la redundancia? Esto no significa necesariamente retraernos y dejar de compartir el tiempo, pero podemos hacerlo de otra forma, quizás explorando la muerte juntos, "de la mano" por el "valle de las sombras", o jugando a dejar entrar lo extraño y poco placentero como un experimento científico. O, si todo eso falla, recurrir al paganismo, y dejar entrar junto a Santa Claus a los otros dioses y demonios, a Plutón y a Pan y que los renos sean cabras.

 

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Solsticio de invierno 2017: muerte y renacimiento del Sol

Twitter del autor: @alepholo

Solsticio 2016: conoce el simbolismo del solsticio de invierno

A partir de un poema de Goethe, una reflexión que busca acercarse a los númenes: ¿de dónde viene la creatividad?, ¿puede el hombre convocar a las fuerzas invisibles del cosmos para que lo asistan? y, ¿cuál es la responsabilidad de quien inicia un proyecto de creación?

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Estos sonidos negros son el misterio, las raíces que se clavan en el limo que todos conocemos, que todos ignoramos, pero de donde nos llega lo que es sustancial en el arte. Sonidos negros dijo el hombre popular de España y coincidió con Goethe, que hace la definición del duende al hablar de Paganini, diciendo: "Poder misterioso que todos sienten y que ningún filósofo explica".

Federico García Lorca, "Teoría y juego del duende"

 

Hay algo sagrado en la palabra, en el compromiso que se hace con alguien, especialmente con uno mismo, tomando como testigo a los invisibles, a la ecología de almas que nos rodea. 

Hace una semana me debatía entre iniciar un proyecto o no, con cierta dejadez, acechado por los fantasmas tibios de la procrastinación. Pensando más que actuando, razonando más que imaginando. Cavilando: vacilando. Hasta que salí a caminar y en un claro donde podía recibir un poco de sol invernal, entre las ramas desnudas de un árbol, abrí una antología para leer al azar un texto:

Hasta que uno se compromete

Hasta que uno se compromete hay titubeos, la posibilidad de retraerse, siempre ineficacia… En lo que concierne a los actos de la iniciativa (y creación), hay una verdad elemental, cuya ignorancia mata innumerables ideas y espléndidos planes: que en el momento en el que uno se compromete, entonces la providencia se mueve también. Todo tipo de cosas ocurren para ayudarnos que de otra forma no habrían ocurrido. Toda una corriente de sucesos fluye de esa decisión, poniendo a nuestro favor las más diversas situaciones, encuentros imprevistos y asistencia material, que ningún hombre habría soñado acudirían a su favor.  

Cualquier cosa que puedas hacer,

o soñar que puedes,  iníciala,

el atrevimiento tiene genio,

poder y magia.

 

Este texto, escrito por Goethe, leído en inglés en la antología de poesía de Robert Bly y James Hillman, me embargó con una sensación de lo sagrado; se leía como si  fuera un texto revelado o un ominoso dictamen del I Ching. Goethe, creo, ve aquí con lo que se conoce como el ojo del corazón (el corazón, que es el órgano de la imaginación en las tradiciones místicas; la imaginación como aquello que conecta a nuestro mundo con el mundo del espíritu, la divina interfaz). En el momento en el que uno se compromete, entonces la providencia también se mueve, ese es el antiguo pacto entre el hombre y el cielo; la identidad, la resonancia, la correspondencia entre el microcosmos y el macrocosmos. 

Hay una cierta magia en empezar algo, como si el amanecer fuera el momento consentido de los dioses –esa hora luminosa y virginal donde la imaginación todavía no se ha peleado con la realidad y vuela como las palomas-- y cualquiera que se enfila con sinceridad a comenzar algo, recibe la bendición y la privanza de las fuerzas creativas. 

García Lorca escribiendo sobre el duende, ese genio gitano que posee a los artistas, dice que el duende huele a saliva de niño. Tal vez porque la saliva del niño conserva intacta su potencia seminal. El niño al hablar, si no ha sido desencantado por el spleen del mundo de los adultos, decreta realidades y abre puertas en el aire. El niño cuando habla escupe y crecen flores de su baba en la tierra. El niño que, como decía Wordsworth, llega a este mundo "seguido de una nube de gloria”. El niño, Eros, que seduce a Psique (el alma) con su belleza y su ligereza fecunda.

¿De dónde viene la creatividad?

Fludd_treeHay un antiguo debate sobre si la creatividad o la genialidad son facultades propias de un individuo o en realidad son bendiciones de los dioses o más bien los ligamentos entre el hombre y el cosmos (el anima mundi), que permiten la transmisión de la información y el flujo creativo (más que algo que uno posee, algo que lo posee a uno). En la Antigua Grecia, en Platón pero también en el más terrenal Aristóteles, se aceptaba la noción de que la posesión era algo frecuente y deseable. La manía, la locura que viene de las ninfas o de Pan, era más estimada que la mesura (Sofrosine). El poema de Goethe parece sugerir, en este mismo sentido, que aquello singular y verdaderamente extraordinario del acto creativo no surge sólo del hombre sino de su relación con el cosmos, de su compromiso con el mundo superior. El hombre solamente excita a la naturaleza para que esta pueda desatar su fuerza con él. Se llama al viento y a la lluvia que fertilizan a la tierra. El hombre es el vehículo del que se sirve el ánima para aparecer y manifestarse.

García Lorca escribe que los pueblos tienen distintos agentes numinosos, el temperamento alemán es asistido por las musas; los italianos tienen ángel; los españoles, duende. Algunas formas de creación, podemos conjeturar, son más telúricas (como la de Picasso y Lorca), surgen como temblores y trepan el cuerpo, de la tierra y el ombligo a la garganta; otras son de orden celestial (como probablemente la de Goethe, las musas que son estrellas también) y descienden con su armonía matemática. Es como si el cuerpo y el carácter mismo --ahora más fogoso, más dulce o más altivo, según-- dispusieran la atracción de un cierto espíritu (el cariz de una mecha), que introduce (y traduce) lo eterno al tiempo. En esta visión, el ángel no es sólo el mensajero, sino el mensaje mismo, logos encarnado.

James Hillman escribe en su libro The Soul's Code: "El genio le pertenece a todos. Ninguna persona es un genio o puede ser un genio, porque el genio o daimon o ángel es una escolta invisible  no-humana, no la persona con la que el genio vive". Esta es la idea expresada por el mito de Er, que relata Platón en la República, de que nacemos con un daimon, una especie de espíritu guardián que nos cuida y vigila y que nos incita a cumplir un destino. En la actualidad nos cuesta creer en esta forma de providencia --una compañía del alma--; nos es más fácil creer que nacemos completamente solos y vulnerables, todo lo que hacemos es el resultado de nuestro propio desarrollo, nuestro propio heroísmo o fracaso (o el de nuestros padres y sus taras). Pero curiosamente muchas de las personas que más vinculamos con la noción de genialidad, creían que la fuente de su conocimiento no surgía de ellos, sino que de alguna manera estaba en el mundo.

 Consideremos la siguiente frase de Nikola Tesla:

Mi cerebro es sólo un receptor. En el universo hay un núcleo del que obtenemos conocimiento, fuerza, inspiración. No he penetrado en los secretos de este núcleo, pero sé que existe.

Como Nikola Tesla, Albert Einstein reconocía que el conocimiento tenía una forma superior: "Tengo suficiente parte de artista en mí para servirme de mi imaginación. La imaginación es más importante que el conocimiento. El conocimiento es limitado. La imaginación circunda al mundo", escribió Einstein. Aquí vemos que Einstein le da a la imaginación su significado antiguo y más profundo. En la tradición platónica y en el misticismo islámico y hebreo, la imaginación es una facultad de percepción del alma con la que accedemos a las imágenes, que son las formas superiores con las que se ha concebido el mundo. Hoy pensamos en la imaginación de manera bastante alicaída, como algo que es mera elucubración, engaño y fantasía, pero antes se creía que la imaginación era un conducto que permitía al ser humano reconectar con los mundos sutiles, con el cielo y el inframundo, con los sueños y las visiones místicas.

[caption id="attachment_89713" align="aligncenter" width="512"]Robert-Fludd Imagen de Robert Fludd: el hombre es una imagen del macrocosmos, un pequeño universo[/caption]

En la imaginación comienza la responsabilidad 

El otro asunto a considerar en esto es que con el poder que se despierta como compañía de la intención creativa, proporcionalmente, se genera una responsabilidad. El compromiso es siempre mutuo. El cosmos –o la psique externa— responde al llamado profundo y abre su cofre de oro para entregarte sus herramientas, enviando el viento favorable (el aire que es el espíritu) y sincronizando el tiempo para que fructifique el esfuerzo. No alinearse con este flujo, no sólo sería defraudar a la matriz mágica de la naturaleza, sería traicionarte a ti mismo. Herir gravemente tu voluntad –esa voluntad que Aleister Crowley llamaba “la estrella”, la estrella oculta, la estrella interna--, el alma como posibilidad de articulación consciente, unida en transparencia al deseo. Iniciar vagamente proyectos, decir que vamos a hacer algo y no hacerlo es la forma en la que nuestra palabra pierde poder. La palabra que, en su contexto religioso original, si decía, hacía. La palabra que es la característica esencial que hace al hombre participar en lo divino, el Logos, el poder que le dio Dios a Adán sobre la creación: nombrar. La palabra con la que puedes ver en la oscuridad o hacer que las cosas cambien, reaccionen, se muevan. La poiesis misma.

Al decir algo y no hacerlo, al repetirnos que vamos a hacer algo o queremos hacer algo y no cumplirlo, creamos un diálogo esteril entre las diferentes personas de nuestro ser, en el que la voz vacilante del yo no es escuchada por el alma, ya que sabe que sus palabras, sin compromiso, no tienen ningún peso y no ejercen ninguna seducción habiendo demostrado su impotencia (nuestro Eros se vuelve un viejo saturnino que no excita a Psique). Esta es la fragmentación básica de la psique –la psique que según Heráclito es inabarcable y según Hillman es del tamaño del planeta entero. Cuando nuestra psique no nos escucha porque le hablamos sin realmente creer en ella, perdemos todo su poder, el poder de hacer que el mundo se ponga en marcha a nuestro favor, como la providencia de la que habla Goethe que se destapa y se derrama por todas partes cuando manifestamos una intención de inicio y compromiso.

Visto de otra forma, al comprometerse no hay marcha atrás: las fuerzas creativas han sido liberadas y pueden acompañarnos y favorecernos, pero también pueden meternos en aprietos. No hay forma de deshacer lo que decidimos (ya hemos invitado a cenar a los genios y demonios): si les damos la espalda haciendo como si no existiera nuestro compromiso y no existiera aquello que se decidió, la destrucción se esparce a nuestro alrededor, ya sea en una franca tormenta, o en una sinuosa y enredada infertilidad, yermo, desaguisado aparentemente inexplicable. Rápidamente Venus se convierte en Kali o Hécate.

Esta reflexión inspirada por un poema de Goethe es a fin de cuentas una ars poetica, una carta credencial. Los dioses no nos han abandonado, solamente nuestras teorías de percepción han cambiado y ya no admiten su aparición... Ver el mundo y creer que está vivo, que todo respira y responde a nuestras intenciones profundas, que todo tiene alma y que el cielo y la tierra también transpiran y perciben a través de ti. Crear tal vez sólo sea, como creía Jung, dejar que la creación, que los mitos primigenios, se repitan a través de nosotros.

Twitter del autor: @alepholo