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Ecos paganos de Navidad: celebrando a Mitra, Saturno y otros dioses de la luz

Arte

Por: pijamasurf - 12/25/2013

Felices navidades paganas, en las que divinidades asociadas al Sol también celebran su cumpleaños.

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Las religiones antiguas establecieron fundamentalmente dos principios de culto, el de las divinidades masculinas asociadas con el Sol y la Luz (o el cosmos) y el de las divinidades femeninas asociadas con la Tierra y la naturaleza. Los dioses y los cultos proliferaron y encontraron diversas particularidades, pero la mayoría de las divinidades son variación de estas divinidades rectoras y de estos cultos fundacionales: los nombres cambian y se incorporan diversos ritos y elementos de sacrificio. pero generalmente se adoran avatares de estos mismos principios (lo cual nos habla de que quizás el fundamento de la religión y del misticismo no es más que la relación entre el principio masculino y el principio femenino del universo, es decir, las fuerzas de la creación, la conjunción de los opuestos).

Cuando un pueblo, o en ocasiones un nuevo gobernante, se impone sobre otro, suele también imponer su cultos, la divinidad y las creencias que lo acompañan (la historia no sólo es escrita por el vencedor, es sobre todo editada por éste). Pero la forma más inteligente e inocua de hacer esto no es inculcando un culto radicalmente distinto, sino sólo substituir, sutil y sincréticamente, el mismo culto que ya se tenía. Un ejemplo conocido de esto es lo que pasa en México: la Virgen María como reemplazo de la Tonantzin, ambas divinidades femeninas, a fin de cuentas diosas de la tierra, y terreno fértil para el cambio de culto. En Roma algo así sucedió, las fiestas de Saturno, las saturnalias, se celebraban después del solsticio (los días en los que el sol parecía detenerse y las noches eran más largas), como una especie de rito de fertilidad y bienvenida de la luz, puesto que el sol reiniciaba su ascenso hasta el solsticio de verano, venciendo siempre a la noche, atravesando el inframundo y renaciendo. En esta fecha también se celebraba justamente el Sol Invictus: una fiesta pagana cuyo actor principal era el Sol. El nacimiento de Jesús justo en esta fecha, post-solsticio, difícilmente puede entenderse sin su relación con la divinidad solar. Es innegable que encarna este arquetipo en la psique colectiva del hombre, y seguramente por ello los emperadores Aurelio y Constantino pudieron hacer la transición de estas fiestas de manera natural, sin demasiados sobresaltos.

Las saturnalias eran especialmente divertidas, ya que representaban una especie de comedia orgiástica de la realidad, invirtiendo el orden establecido y cumpliendo una profunda función catártica. Se hacían fiestas profusas, pero además los esclavos se convertían en los amos y los niños podían mandar en casa. Fiestas así nos hacen entender el origen, el sentido y el magnetismo de las fiestas religiosas, además de cuán lejos estamos con la Navidad moderna, que sin que nos demos cuenta, también ha reemplazado al dios antiguo, a Jesús, por otro dios más disperso, que ya no es necesario nombrar en todos lados (porque él mismo aparece en todos los mensajes) y al cual rendimos culto consumiendo innumerables objetos.

Existe también la teoría, que algunos ven como una conspiración anticristiana, de que el culto mistagógico a Mitra, la divinidad persa del Sol, y profesado por algunos romanos, es en realidad el origen del culto romano cristiano. Es decir, los iniciados adoraban a Mitra (y siguieron haciéndolo), mientras que para el pueblo se instituyó el culto a Jesús y todo el dogma de la Iglesia romana. Existe cierta polémica en torno al caso, pero según el investigador M. J. Vermaseren, el 25 de diciembre se celebraba el cumpleaños de Mitra. Otros consideran que en esta fecha sólo se celebraba el natalis Invicti, la fiesta del Sol, pero no ligada a Mitra.

Existe otra coincidencia: tanto Mitra, como Saturno eran dioses de la agricultura. Saturno, el viejo Cronos de la guadaña, caído en la melancolía, es una divinidad sumamente compleja que ha sufrido numerosas transformaciones, pero que en algún momento gozó la potestad de ser la divinidad principal (es decir, la divinidad de la luz), reinando en la edad de oro, según la mística griega. Luego fue destronado por Zeus, al fallar su intento teófago de devorar a sus hijos (Zeus obtuvo así la suprema égida y se convirtió en la divinidad de la luz)

Las conexiones entre las divinidades solares son innumerables y parecen obedecer a un cordón dorado en las mentes de la humanidad, un principio de correspondencia que por momentos nos hace asombrarnos y creer en que los mayas conocieron a los egipcios y cosas por el estilo. Sin embargo, otra explicación igualmente plausible es que hay un contenido arquetípico, una constelación psíquica, que prevalece en el tiempo y resurge cada tanto del inconsciente colectivo hacia la conciencia colectiva: donde los nombres son otros pero los dioses (aquello que simbolizan) son los mismos. Según la filosofía védica, el mundo fue creado a partir de las correspondencias, las sampad (“aquello que cae conjuntamente”). Existen numerosas versiones que hablan de que el 25 de diciembre es también el nacimiento de otros dioses como Horus, Dionisio, Krishna, etc. (y que éstos también tienen una madre virgen). Más allá de que se esto pueda tener algunas imprecisiones (en general es una interpretación bastante holgada de sus relaciones simbólicas), es altamente probable que en algún momento de la historia estos dioses y otros hayan celebrado sus fiestas alrededor de esta fecha, el solsticio de invierno, en correspondencia a una festividad que trasciende culturas y civilizaciones. Cualquier divinidad asociada con el sol tiene alta probabilidad de celebrar su nacimiento y fiesta el 21 de diciembre o los días subsecuentes, especialmente el 25, que marca el restablecimiento del reino de la luz por sobre la oscuridad, ya que cada día empieza a haber más luz en el hemisferio norte. Incluso Huitzilopochtli, el dios sol colibrí de la cultura náhuatl, celebraba su nacimiento en estas fechas, el Panquetzaliztli, lo que marcaba su  triunfo sobre la oscuridad, representada por Tezcatlipoca.

Es difícil argumentar en contra de que el verdadero significado de la Navidad no es la veneración del Sol y que su origen es pagano. Pero no hay nada malo o escandalizante en ello.

 

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Solsticio 2015, 21 de diciembre, una reflexión sobre la muerte del sol y el renacimiento del espíritu

Sobre el hastío de consumir –leer– y el placer de producir –crear–: una reflexión de Pablo Doberti.

Ya no puedo. Un libro a estas alturas me resulta una inmensidad y también un exceso. 200 páginas me abruman y me sobrepasan. Me rindo.

Me desborda por los dos lados, diría. Me parece un exceso insoportable aquel libro que en la segunda página me confirma lo que ya en la primera me había insinuado: que allí no hay nada que valga la pena, ni en la forma ni en el fondo. Miles de millones de libros podrían caber en esta categoría para mí. Y me parece un exceso también aquel otro libro del que no consigo superar las primeras páginas porque me estimula de tal manera, me muestra del tal forma los caminos posibles para mi propia producción, que no consigo continuar su lectura sin coger mi propia producción y echarla a andar.

Una situación me satura de opio; la otra me desborda de ansiedad. Pero en ambos casos no consigo seguir leyendo. Por eso es que ya no puedo leer.

Hoy día estar ante una biblioteca mediana (la mía, para poner un ejemplo; una biblioteca doméstica de sólo una generación) me genera unas sensaciones que no tenía hace diez años, ni siquiera cinco. No puedo con ella. No sé qué hacer ante ella. (Sólo me gusta su aura, su tranquila profundidad que nos templa). Pero en términos prácticos, me invaden dos impulsos violentos a la vez; el de pulirla de todo aquello que no vale la pena y el de dosificarla de todo aquello que no me dejaría ni dormir. En cualquier caso, en los dos sentidos todo lo que haría es reducirla, volverla compatible. Ponerla a la medida de mi humanidad, que incluye mi finitud.

Las bibliotecas como símbolo de la desmesura no me ilusionan más. No me generan buenas sensaciones. No quiero estar ante esas dos amenazas que ellas me generan: la de perder espantosamente mi tiempo leyendo cosas que no sirven para nada y la de obligarme a calmar esa compulsión imperativa de las bibliotecas a ser leídas completas.

Los buenos libros son hoy día, para mí, un estímulo para emprender mi camino de producción. Una buena historia (un buen comienzo de historia, diría) es un punto de partida para contar mis historias. Una gran narración me da unas ganas incontenibles de narrar. Y, aunque no lo logre (porque no me siento un buen narrador, infelizmente), no puedo dejar de interrumpir la lectura para intentarlo, o al menos para intentar intentarlo. En cualquier caso, la lectura no continúa. No puedo seguir leyendo si tengo tanta tentación de escribir. No puedo y no debo.

Y a su vez, no puedo ya soportar un mal comienzo de libro. Ni de artículo, diría. No soporto los malos comienzos y me detengo de inmediato. Es que casi siempre un mal comienzo no es más que la primera parte del resto del mal libro. No vale la pena. Y no pasa nada con que no valga la pena un libro.. o miles de millones de libros. Aunque sean libros, no valen la pena.

Lo mismo en la ficción que en la ensayística; lo mismo en los géneros cortos que en los registros más largos. Lo mismo en pasta dura que en pocket.

Ya no puedo leer ni mucho menos creer en el libro como ícono de la sabiduría. El libro también engaña. Hasta los libros nos mienten. No alcanza con ser libro, estar empaquetado en formato libro, para que algo valga la pena. No vale la pena mantener viva esa premisa impositiva y alienante de la lectura completa. La vida no da tiempo para esos excesos improductivos. Dejemos los libros donde estén en el momento mismo en que nos parezca que no nos merecen la pena. Ni una palabra más. Ya no valen la pena. Ya no me valen la pena. Osemos desacreditarlos.

Y dejémoslos también (tal vez, en estos casos, para retomarlos luego), en ese mismo momento, si nos empujan a la producción, a la creación, a la invención. Paremos de consumir –de leer– y pasemos a producir. Paga mejor, subjetivamente hablando. La producción nos constituye, mientras que la consumición apenas nos alimenta. Si un libro nos empuja a escribir, entonces es un gran libro. Sus destellos, sus tramos inconclusos (interrumpidos por mi lectura salteada) son su gran contribución. Entrémosle a los libros por cualquier parte y juzguémoslos antes de conocerlos, solo por intuirlos, por avizorarlos. Confiemos en nosotros, más que en los libros mismos. Espiémoslos.

Ya no puedo leer sin levantarme y hacer algo. Me gana la ansiedad de quemar o de escribir. O lo empujo al cesto o me empuja a la producción. Pero ellos y yo ya no podemos convivir. Ya no puedo estarme pasivo ante ellos. Ya no quiero. Ya no me deslumbran las bibliotecas; ya no me interesan la colecciones de papel impreso. Ya no me impresionan los libros ni los escritores. Ya no me "pasiviza" el saber. Ya no espero conocer para proponer. Ya todo se me superpone y se vuelve simultáneo. Ya todo es uno.

Mal o bien es lo que me pasa. Y supongo que a muchos, como yo, también.

Ya no quiero leer como leía. Ya no quiero atesorar como atesoré. Ya no me vale. Quiero proponer, interactuar, discutir, ponerme a nivel y a ver qué pasa en los cruces. Corro algunos riesgos, lo sé, pero prefiero. Ya habrá tiempo de hablar de ellos.

Twitter del autor: @dobertipablo

Sitio del autor: pablodoberti.com

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