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Por qué el mundo necesita menos empatía (sí, leíste bien)

Por: pijamasurf - 09/29/2014

La empatía puede hacernos creer que al "sentir el dolor del otro" lo estamos ayudando, además de que el sentimiento puede ser pasajero y hacernos sentir mejores sólo por el hecho de sentirlo

 empathy

Según el psicólogo Paul Bloom, el mundo necesita menos empatía. ¿Pero qué es realmente la empatía? La palabra está en boca de todos: Barack Obama la utiliza para denunciar el “déficit de empatía” de nuestros tiempos, y el filósofo Roman Krznaric la lleva un paso más allá para recomendarnos no sólo “sentir” empatía sino rebelarnos vitalmente a través de ella para combatir la apatía generalizada desarrollándola activamente; los estudios sobre cómo la empatía mejora nuestras relaciones interpersonales abundan, al igual que aquellos que nos previenen de perderla.

A grandes rasgos, la empatía es ponerse en el lugar del otro. ¿Pero cómo realizamos este movimiento? Para el filósofo Walter Benjamin, la empatía es una coartada imaginaria para colocarnos a nosotros mismos en el lugar de los vencedores, usurpando el derecho de contar la historia de los vencidos. Existen expresiones patológicas de la empatía, como el Síndrome de Estocolmo, tal vez porque la empatía y la violencia comparten los mismos circuitos neuronales.

Para Bloom, el problema de la empatía reside en que las expresiones empáticas se demuestran coyunturalmente, es decir, sólo por casos individuales, mientras que dejamos los casos genéricos sin atención. Un ejemplo de esto puede ser la empatía que sentimos con una persona sin trabajo, mientras que nos deja indiferentes el hecho de que la tasa de desempleo en general se mantenga al alza.

Además, algunos estudios demuestran que nos es más fácil empatizar con aquellas personas de nuestra misma raza, así como con personas que encontramos atractivas, por lo que la empatía puede servir también para perpetuar –aunque con cierta inocencia—formas veladas de discriminación. En términos económicos, la empatía puede servir para que la gente done dinero a causas caritativas con las que las corporaciones deducen impuestos (como el Teletón en México), utilizando el sentimentalismo con fines lucrativos en lugar de denunciar y cambiar las formas en que está construida nuestra sociedad.

El filósofo Slavoj Žižek también ha demostrado esto al hablar del café en Starbucks. Todos sabemos que realmente el café de Starbucks es malo, o al menos que no es tan bueno como dice ser; pero lo que justifica los altos precios de sus productos no es la supuesta calidad de su materia prima, sino el hecho de que estamos dispuestos a pagar una "cuota de empatía" en cada producto. Dicho de otro modo, compramos empatía, no café. El subtexto de comprar este café, según Žižek, es que no compramos solamente café sino la paz mental de sentir que estamos ayudando a los agricultores en países tercermundistas, en lugar de luchar e involucrarnos políticamente para mejorar sus condiciones de vida. 

La empatía es el opio de la sociedad capitalista.

Existen contextos donde la empatía puede resultar contraproducente. Para los entrevistadores laborales, la empatía personal con un candidato puede resultar en la elección de una persona poco apta para el puesto –y si la persona que nos entrevista no es empática con nosotros y esto influye en su juicio, es posible que no seamos contratados. Un punto de vista meritocrático puede ser más objetivo en este caso.

Externar nuestra solidaridad no siempre mejora las condiciones de otras personas (ser empático implica necesariamente tratar de ponerse en el lugar del otro, pues llamamos “autocompasión” a la empatía que sentimos con nosotros mismos cuando nos vemos como si fuéramos otros). La empatía puede llevarnos a la trampa de creer que somos mejores personas solamente por “sentirnos mal” por las condiciones laborales de los obreros en México o China, pero no a movilizarnos políticamente en favor de ellos.

Para Bloom, lo que el mundo necesita no es mayor empatía sino compasión, que define como un sentimiento más racional, “un amor más distanciado, amabilidad y cuidado por otros”. En este sentido, preferimos que un médico sea racional, distante y profesional, en lugar de ser empático y ponerse a llorar con nuestros problemas. Lo mismo aplica para la famosa distancia que deben guardar los psicoanalistas con sus analizados.

Como conclusión, podríamos decir que ponernos en los zapatos del otro nos ayuda a ver el mundo desde un punto de vista diferente, pero que ponernos en nuestros propios zapatos nos da la posibilidad de ayudarlos en términos reales. Toda la empatía del mundo no logrará terminar con el hambre, el calentamiento global o la desigualdad en todas sus formas si no logramos convertirla en acción.

A 46 años del 2 de octubre, se aviva el eco de la movilización estudiantil en México

Por: Ana Paula de la Torre - 09/29/2014

Un exrecluso estudiantil del 68 refiere a los nuevos movimientos como un probable y afortunado hartazgo conjugado con acción

marchaÁngel Mendoza tiene un bigote porfiriano, buen porte, cultura, está informado y conduce un taxi en el DF. Se lamenta del tráfico causado por las últimas protestas de los estudiantes del Instituto Politécnico Nacional (IPN), aunque simultáneamente está orgulloso de que los jóvenes se movilicen: “Algo pasó con México que desde el 68 los habitantes nos quejamos de lo que ha hecho el gobierno, sobre todo en la economía, pero no actuamos”. Recuerda con nostalgia el 68, cuando cientos de estudiantes fueron asesinados por el gobierno mexicano para que el país quedara libre de disturbios en los Juegos Olímpicos celebrados ese mismo año. Él mismo estuvo preso como producto de las manifestaciones.

Mendoza fue alumno en ese periodo de la Vocacional 5, la preparatoria donde se generó el movimiento tras una riña al terminar un partido de futbol, que ocasionó inconformidad entre los estudiantes cuando los granaderos ingresaron abruptamente a las instalaciones de este prepa.

Casi 50 años después, dos incidentes, la muerte de normalistas en Iguala, Guerrero, quienes habían tomado algunos autobuses y fueron baleados por policías municipales, y la serie de protestas de alumnos del Instituto Politécnico Nacional en las que han participado más de 50 mil jóvenes se han gestado a unos días que se cumplan 46 años del crimen de Estado.

Ángel Mendoza conduce su taxi y se alegra de que los estudiantes hayan salido a la calle: “Los quieren convertir en técnicos en lugar de ingenieros”. Y reafirma que hoy es difícil que la sociedad reaccione: “Nos vendieron la democracia como remedio para los males sociales, pero en México los problemas son los mismos, con la diferencia de que ya no nos sorprendemos por ello”.

“En  los sesenta los jóvenes salieron a las calles por un hartazgo hacia un partido autoritario insostenible, pues los tiempos estaban cambiando. Las personas tenían más conciencia de su búsqueda de libertad, al menos en sus derechos individuales”. Hoy, después de casi 50 años dos movimientos estudiantiles están en las calles, en Guerrero fueron asesinados tres estudiantes por policías municipales y, como si de ficción se tratara, hay más de 40 desaparecidos que, se estipula, están escondidos por temor a la represión.

En el marco del la conmemoración del 2 de octubre de 1968, cuando el gobierno atacó a miles de estudiantes, se está gestando un movimiento estudiantil sin precedentes en los últimos años. Según Mendoza, puede ser un segundo capítulo de hartazgo social reflejado en la clase joven: “Ojalá, porque la apatía generalizada es muy vacía”. (…) En los sesenta los estudiantes leían a Marx y se empoderaban con las ideas de este; hoy los jóvenes están más conscientes de que el gobierno los necesita en las elecciones”.

Twitter de la autora: @anapauladelatd

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