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Burning Man se ha convertido en el festival psicodélico del jet-set

AlterCultura

Por: pijamasurf - 08/21/2014

La élite de los techies ha invadido el festival Burning Man poniendo en riesgo su espíritu anti-establishment

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Drogas de diseño, trajes estrambóticos sci-fi en la playa, utopías de zonas temporalmente autónomas, minimal techno y psy-ambient cutting-edge en templos que son naves espaciales, trueque, yoga, circo, duendes, hadas, freaks, conciencia ecológica y espiritualidad cósmica, neopaganismo, la abolición del tiempo/la fundación de un nuevo mundo (en la radiante alucinación del enteógeno), el rave del Apocalipsis, sólo que en el principio. Burning Man parecería ser el lugar más cool del mundo: una ciudad itinerante que muestra un mundo alternativo, un carnaval en un extraño autoparaíso off the grid donde las personas que han logrado burlar el sistema y zafarse de la Matrix vienen a divertirse y hacer de las suyas. Esto, al menos, era lo que los burners experimentaban e hicieron creer a todo el mundo --que empezó a querer probar esa rebanada de existencia numinosa fuera del mundo corporativo.

Burning Man era ese festival mágico fuera del radar para vivir experiencias psicodélicas de alta conciencia lejos de la pretensión de festivales como Coachella (en un desierto real y metafórico donde se podía construir lo nuevo como en una página blanca de fuego o en el agua del oasis)... Era, porque al parecer eso se está acabando en la casi inexorable decadencia de los espacios virginales, de aquello que necesita existir fuera de la mirada de los medios y de las masas para poder mantenerse vibrante, para poder seguir siendo un lugar donde se escapa de la colectividad y de esas sensación de automatismo y homogeneización, donde la diferencia y la otredad se celebran y florecen naturalmente. Al parecer el idilio, 28 años después del primer festival en Black Rock, se está erosionando como una duna en el desierto.

Burning Man, sugiere un artículo del New York Times, es ya una especie de spa psicodélico para los millonarios de Silicon Valley que, cual en un retiro vipassana, viajan al desierto en sus jets privados para resetear, sin conexión a internet, y por un momento pasar desapercibidos como si fueran uno más --entre los 50 mil asistentes--, acaso buscando esa nueva idea de mil millones de dólares en el eureka post viaje de DMT o tener una experiencia transformadora (como le ocurrió Steve Jobs en LSD)... (Y ciertamente, la explosión de la tecnología de Silicon Valley y el internet no pueden entenderse sin la simbiosis entre LSD y el microchip, entre los hippies y los geeks).

Pero Burning Man, el espacio por antonomasia anti-establishment, se ha vuelto mainstream y eso lo coloca en una paradoja, en una crisis de identidad. Este año, además de cientos de artículos estilo Buzzfeed y Huffington Post de las “10 cosas que tienes que llevar a Burning Man” o las “15 cosas que todo 'burner' ha vivido” y otros tantos blog posts que revelan por qué Burning Man es una infalible experiencia que cambia la vida (totally life-changing experience), tenemos también ya compañías privadas que diseñan, con máximo confort, tu experiencia en Burning Man para dejar el confort de la forma más cómoda. Aunque en Burning Man no se puede comprar un hotdog o pedir un taxi, estas empresas ofrecen el servicio de Sherpas y campamentos de lujo en los que chefs les preparan sushi y langosta a 40 grados de temperatura. Estos burners jet-set se gastan más de 100 mil dólares en menos de una semana en estos campamentos en los que toman drogas bajo la protección de su staff en asados con modelos que vuelan de Nueva York y disfraces coordinados por productores de moda o directores de arte, jugando a Mad Max entre el fantasma de Terence Mckenna. Al igual que en otros festivales, la competencia de quién tiene los mejores disfraces y los mejores campamentos o carros alegóricos ha empezado a corromper el espíritu de libertad orgiástica fraternal de los inicios. Así sucede en Babylon.

La élite de los techies se ha dejado venir a Burning Man: en los últimos años han asistido Larry Page y Sergey Brin de Google, Mark Zuckerberg de Facebook, Jeff Bezos de Amazon y Elon Musk, de Tesla y otros startups, quien es uno de los grandes entusiastas del festival y quien, según el New York Times, ha argumentado que la falta de creatividad y de apertura mental de algunas personas mejoraría si tan sólo fueran a Burning Man.

Tyler Hanson, que lleva 20 años yendo a Burning Man, le dijo al New York Times que este es el último año en el que asiste. Los últimos dos ya ha trabajado en una de las Sherpas pagadas. "Tu comida, tus drogas y tus disfraces son arreglados para ti, sólo tienes que hacer acto de presencia", dice Hanson.

Al menos los CEOs deberían mantener ese rito intacto, la intransferible experiencia de tener que buscar tus drogas en el desierto con sólo tu sonrisa o tu vibra y conseguir ese high que es la serendipia del momento y el lugar en comunión. Como quien se encuentra una moneda de oro en el desierto --sólo que de otro tipo de oro.

 

Borges nunca fue un viejo afable: era agudo y despiadado, y quien lo niegue sólo demuestra su poca capacidad de lectura

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En 1969 Borges publicó Elogio de la sombra, probablemente uno de los libros más desafortunados en ese destino imprevisible que se conoce como lectura. ¿Por qué razón? En parte porque ahí se encuentran al menos un par de frases que internet adoptó como mottos distintivos del autor argentino, pero sueltas, descontextualizadas y al mismo tiempo recontextualizadas en narrativas que poco tienen que ver con la literatura y menos aún con el estilo con que Borges escribía y la intención que quiso dar a sus escritos.

A pesar de la imagen que podemos tener de él —la del anciano un tanto afable, un tanto desvalido a causa de su ceguera, hablando de la eternidad o de poesía inglesa, rozando peligrosamente el patetismo—, lo cierto es que durante casi toda su vida intelectual fue implacable, por momentos cruel, agudo e ingenioso, cualidades que difícilmente casan con esos discursos que a medio camino entre el new age y el catolicismo más rancio, preconizan el amor de todos los seres y las muchas cosas que de esto se deriva.

Así, por ejemplo, en el poema “Un lector”, encontramos este inicio que sin duda muchos reconocerán:

Que otros se jacten de las páginas que han escrito;
a mí me enorgullecen las que he leído.

¿Es una declaración de humildad? Eso parece transmitir, al menos si, como al animal salvaje, se le saca de su hábitat natural para exhibirlo en el ambiente controlado y aséptico de un zoológico. El poema evoluciona hacia un elogio un tanto nostálgico de la lectura, pero enumerando ciertos títulos, los cuales descubren un gusto especial. Esto, es cierto, no está reñido con “ser humilde” (hay canallas que han leído a Virgilio), pero es un exceso esgrimir ambas líneas para (auto)justificar la mediocridad lectora o escritural de alguien fuera de Borges.

En ese mismo libro también se encuentra otro texto que pone a prueba la comprensión lectora de cualquiera: “Fragmentos de un evangelio apócrifo”, un ejercicio estilístico o de imitación, un pastiche que retoma el fraseo religioso de los textos sagrados para conformar una lista de 48 versículos, comenzando en el número 3 (un recurso que alude a la incompletud para reforzar la idea de lo apócrifo).

3. Desdichado el pobre en espíritu, porque bajo la tierra será lo que ahora es en la tierra.
4. Desdichado el que llora, porque ya tiene el hábito miserable del llanto.
5. Dichosos los que saben que el sufrimiento no es una corona de gloria.
6. No basta ser el último para ser alguna vez el primero.
7. Feliz el que no insiste en tener razón, porque nadie la tiene o todos la tienen.
8. Feliz el que perdona, a los otros y el que se perdona a sí mismo.
9. Bienaventurados los mansos, porque no condescienden a la discordia.
[...]

Para quien esté familiarizado con los Evangelios, de inmediato el tono de las sentencias hace recordar el llamado “Sermón de la Montaña”, ese discurso de Jesús que recogen Mateo y Lucas y el cual, en términos generales, ofrece esperanza de recompensa a los bondadosos pero sobre todo a los desgraciados, los sufrientes: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos”.

Borges escribe algo que nos suena parecido. Utilizando las palabras correctas —los clichés del discurso religioso, podríamos decir—, construye un texto que guarda semejanza con algo que creemos haber leído o escuchado. Ahí están las palabras “desdichado” y “dichosos”, las fórmulas, la cadencia, incluso el tono magisterial y de adoctrinamiento.

Sólo que esa semejanza sólo es aparente y, por lo mismo, tramposa. Porque es Borges. Y porque alguien como Borges sería incapaz de escribir un catecismo.

La salmodia debería comenzar a quebrarse desde el principio, pero si no, basta arribar a los versículos intermedios para asistir a la paulatina explosión del mecanismo en una carcajada de ironía.

“No jures, porque todo juramento es un énfasis”. Ese es el versículo 25. La prohibición del juramento, que se encuentra ya en la tradición judía, está también aquí pero ligada a algo mucho más mundano, más exquisito quizá: la retórica. No jures pero no porque ofendas con ello a una posible divinidad, sino porque jurar es incurrir en una de las mayores faltas retóricas del discurso, el énfasis, que todo lo solemniza hasta volverlo risible y chabacano, el énfasis que caracteriza a los noveles y los ingenuos.

Y así sucesivamente.

La verdad es que cada una de esas frases podría explicarse siguiendo más o menos el mismo procedimiento, pero pocas cosas tan anticlimáticas hay en este mundo  como explicar un chiste. El que entendió, entendió, como se dice en México.

Y repetir con inocencia, con emotividad, “Felices los felices”, es no haber entendido nada.

Twitter del autor: @juanpablocahz