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Pantheon, un proyecto del Media Lab del MIT, revela un método para saber quiénes son los personajes más famosos de la historia y saber de una vez por todas si existe alguien más famoso que Jesús.

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Ya han pasado casi 50 años desde que John Lennon declaró que los Beatles eran más grandes que Jesús y hasta ahora no había una forma de saber si era verdad. El reconocimiento viene en muchas variedades. Jesucristo fue la primera persona en lograr fama mundial, “sin conquistar el mundo violentamente”, como señala Clive James. Aunque toda la fama, como la política, es en cierto grado local, saber qué tan exhaustivamente ha sido transmitida a través del planeta y los siglos ha sido siempre difícil, sino imposible, de calcular.

Pantheon, un nuevo proyecto del grupo de Macro Conexiones del Media Lab del MIT, por fin lo está logrando. Han recopilado y analizado datos sobre producciones culturales desde el 4,000 a.C. a 2010. Con un par de clicks en su website puedes navegar en la historia y la geografía, haciendo simple saber, por ejemplo, cuáles son los jugadores de fútbol más famosos de Brasil o los políticos más famosos de Ucrania. También se pueden clasificar profesiones, desde químicos y juristas hasta estrellas porno (donde la número 1 es Jenna Jameson y la número 2 es Silvia Saint de República Checa).

Por ahora, el equipo del MIT ha decidido que eres famoso si existe una página de Wikipedia con tu nombre en al menos 25 idiomas. En su página puedes jugar con distintos parámetros y ver quiénes son los más famosos según épocas, países y profesiones, en una experiencia que es todo un salto al interior del agujero de conejo de la fama. Hay muchos fantasmas en la máquina. El sistema de calificación toma en cuenta la longevidad, lo cual explica que muchos de los personajes más famosos lleven muertos más de 1,500 años. “Poéticamente, podemos decir que el fantasma de información de Newton vive reencarnado cada vez en los discos duros que habitan las granjas de servidores” señala César Hidalgo, director del proyecto, y estos fantasmas se reúnen para decirnos algo. Incluso en la era de las Kardashian, realmente hacer cosas importa. “Los logros tangibles,” señala Hidalgo, “ya sean una canción, libros, obras de arte o descubrimientos científicos, son mejores boletos a la inmortalidad que la acumulación de riqueza material".

Éstos son  los personajes más famosos de los últimos 6,000 años según los criterios de Pantheon:

1. Aristóteles

2. Platón

3. Jesucristo

4. Sócrates

5. Alejandro Magno

6. Leonardo da Vinci

7. Confucio

8. Julio Cesar

9. Homero

10. Pitágoras

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Éstos son los personajes más famosos del siglo XX:

1. Che Guevara

2. Martin Luther King Jr.

3. Elvis Presley

4. Salvador Dalí

5. Walt Disney

6. Jean Paul Sartre

7. Bob Marley

8. Bill Gates

9. Johnny Depp

10. Jimi Hendrix

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Éstos son los mexicanos más famosos de la historia: 

1. Frida Kahlo

2. Carlos Santana

3. Moctezuma II

4. Emiliano Zapata

5. Salma Hayek

6. Anthony Quinn

7. Carlos Slim Helú

8. Octavio Paz

9. Pancho Villa

10. Antonio López de Santa Anna

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 [New York Times]

El Inversor nos ofrece a continuación una reflexión en torno a la importancia de la narración en la educación escolar (y en la vida).

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Había una vez. Es infrecuente encontrar en la escuela algún había una vez. Aparece en clase de literatura, en general, y poco más. Faltan "había una vez" en las escuelas.

Hay muchísimos en los recreos −es verdad; y en los baños, en Facebook y en las escaleras, los pasillos, a la vuelta de la esquina, en las últimas filas de las clases aburridas, pero cuando digo que faltan había una vez en la escuela me refiero a que faltan en la escuela formal, en los procesos pedagógicos básicos… en la que está en nuestras manos.

No aparecen los había una vez ni en los maestros ni en los libros de texto. No aparecen en la voz rutinaria de la institución ni en sus múltiples actos. Como si no hubiera había una vez, como si no hubiera habido veces en que algo haya habido.

Lo que nos falta en la escuela son historias. Desplegamos la escolaridad de espaldas a la narración. Nos olvidamos de los cuentos, a fuerza de tanta mala cuenta. Ni contamos ni queremos que nos cuenten. No nos interesa. Y así nos va.

Al contrario, desarrollamos un registro discursivo estrafalario, estereotipado y tedioso basado en las taxonomías y en una descripción incesante y nada intrigante. Clasificamos sin parar. Lo indexamos todo. Describimos sin narrar y sin narrador. Dizque objetivamos. ¿Qué cuentan los libros de texto? ¿Quién cuenta en los libros de texto? Habla “nadie” (¿y a quién pensamos que podría interesarle eso?) Procura alguna historia en los millones de palabras de los libros de texto y no la encontrarás. Ni en la exposición plana y monocorde del maestro. No hay vez que nos dispongamos a contar. No queremos contar. No tenemos nada que contar.

No nos conocemos. En la escuela no sabemos cómo funciona la psiquis humana. Tan encandilados estamos en nosotros mismos que nos olvidamos de todo y sobre todo de todos. Ignoramos que estamos hechos de historias.

No reparamos ni siquiera en los fenómenos masivos de la telenovela y de Facebook, que son maquinarias bestiales de contar historias. No hacen otra cosa que decirnos, todo el rato, había una vez, te voy a contar… Desconocemos Hollywood; olvidamos lo que nos atraen los chismes, las historias ajenas; parece que no supiéramos lo que quiere decir el aprendizaje significativo. No reparamos y luego nos quejamos de lo que no sucede en la escuela…

A todos nos encanta que nos cuenten historias. Es una fórmula mágica y muy fácil para atraer la atención de las personas; sólo di que vas a contarles una historia y verás. Pero no lo hacemos. Sólo eso ya nos haría diferentes. Comenzar los días de clase contando historias; dándole formato de historia a lo que contamos.

¿En qué consiste una historia? En una intriga vuelta relato. No es información, es relato. No se trata de que mi vecina ha muerto, sino de que mi vecina, que ha muerto, tal vez se haya suicidado. Un giro, un leve desplazamiento, algo que no se entiende bien, alguna pieza que falta y pone en marcha la maquinaria narrativa. El célebre cuento de un hombre que va al casino, gana y se suicida. Eso es una historia. Dos relatos en uno, que no se encastran del todo. El relato de que gana y el relato de que se suicida, juntos e inajustables. Un brinco. Una disrupción de la causalidad. Un espacio vacío que captura la atención. Soy feliz, pero no consigo erección. Un silencio denso… Una intriga y alguien que la cuenta: he ahí la fórmula exacta.

Si la escuela asumiera ese tono, si admitiera que la atraviesan historias y que el saber mismo también es una historia, sería otra escuela, mejor. Pero no. Al contrario, ve todo eso con recelo; desconfía de lo que genera vacilación, descree de los brincos, no se siente cómoda con las disrupciones. Detesta las tomas de posición. Lo quiere controlar todo y explicar hasta lo inexplicable. Hiper-científica, en el mal sentido de la cientificidad. Segura, en el pésimo sentido de la seguridad. Plana, en el sentido literal del término. Objetiva hasta el hastío.

La escuela, que asume y hasta pondera la literatura, no entiende que cuando se anuncia que hoy, en esta isla, ha ocurrido un milagro, el verano se adelantó, está empezando uno de los grandes relatos de la literatura contemporánea. La escuela no entiende que lo decisivo es poner el acento en la estructura narrativa, es decir, en la presencia de una voz que se haga cargo de lo que dice, de la necesaria subjetividad del narrador, y en el hilado de un relato.

Cómo me gustaría que la escuela contara sus cosas de otra manera. Y cómo le gustaría a nuestros alumnos, fundamentalmente. Una exaltación deliberada de las inconsistencias, de los saltos lógicos; una manipulación narrativa eficaz de los procesos y una subjetivación eficiente del saber. Una nueva manera de leer lo que enseñamos. Una nueva manera de contar lo que no hacemos y deberíamos hacer. Un nuevo tono. La escuela que narra.

Una valentía. Una redención. Una enorme oportunidad.

 

Twitter del autor: @dobertipablo