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Al comprar Oculus VR, Facebook podría estar nublando el futuro de la innovación en la realidad virtual y la creación de mundos alternos recreacionales

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Oculus era la compañía más prometedora en la incipiente industria de la realidad virtual. Facebook detectó eso y la compró por 2 mil millones de dólares (parte en efectivo y parte en acciones). Ahora Oculus, aunque recibe el poder económico de Facebook para fondear nuevos proyectos, no parece tan prometedora —al menos no para los usuarios y la comunidad gamer, aunque sí en un sentido financiero. Las personas que habían fondeado a Oculus en una campaña de Kickstarter y desarrolladores independientes que querían colgar sus juegos en la plataforma no están muy contentos de esta compra: Noch, desarrollador de Minecraft, explica: "No quiero trabajar con lo social, quiero trabajar con juegos". Es una cuestión de filosofía que permea a la plataforma. Evidentemente los desarrolladores de Oculus merecen hacer buen dinero con su creación pero ahora muchos temen que la realidad virtual tome un giro orientado menos a la exploración de dimensiones lúdicas que incluso podrían servir para transformar la conciencia —la PC era el nuevo LSD, según Tim Leary—  y más hacia lo social y lo monetizable.

Existía una enorme excitación sobre lo que Oculus y su headset Oculus Rift podrían hacer. Pero como señala Boing Boing "una oportunidad de hacer algo diferente acaba de morir".

Oculus hacía posible la inmersión en los más simples de estos mundos, realmente sentir que habías escapado nuestra realidad compartida hacia otra realidad. La poesía escrita de esta promesa fluía con fuerza y profundidad. Entusiasmados fans lo aclamaban y estaban dispuestos a darle su dinero y su apoyo. Hacían filas en eventos para poder echar un vistazo, y construían complicados softwares para la nueva plataforma —incluso cuando no la habían podido probar ellos mismos. Súbitamente, los usuarios se estaban conectando y podían crear el mundo virtual que querían, y eso les hacía creer que podrían incluir aunque fuera un poco el mundo real. El entusiasmo era alto. Oculus parecía intocable; el caballo blanco de la realidad virtual.

La preocupación no es sólo que Oculus se inserte dentro del esquema y la dirección de los intereses de Facebook (orientadas hacia lo social, obtener mayor información de sus usuarios y personalizar la publicidad), también existe el riesgo de que la estructura de Facebook no sea el mejor ambiente para la innovación de una empresa de realidad virtual. Escribe Pando Daily:

Hasta hoy, Oculus Rift era el líder en un espacio que en algún momento —no hoy, ni mañana— podría haber sido revolucionario. Pero ahora es propiedad de Facebook, una compañía que no tiene experiencia desarrollando hardware, mucho menos hardware de realidad virtual y pocos logros en sus intentos de innovar fuera de su área central de redes sociales. Las innovaciones de Oculus Rift, las cuales podrían haberse construido lentamente fuera de este mercado, ahora seguramente no serán perseguidas... El temor es que Facebook en realidad no tiene estas ambiciones. Sólo quieren Oculus porque pueden. O para prevenir que Google lo compre, o algo así de poco romántico. 

De cualquier forma, el resultado es claro: la realidad virtual ya se convirtió en un monopolio antes de que fuera un mercado, su desarrollo ahora al servicio de cualquiera que sea la agenda que tiene Facebook para Oculus. Y Oculus no será la última: toda una generación de innovación en hardware está abierta al alcance de Facebook o Google, quienes no parecen estar por cerrar sus carteras.

Para parafrasear lo que dice el Founders Fund: por fin encontramos personas que pueden desarrollar la promesa de coches voladores, pero todos están siendo tomados por los dos mismos personajes.

Es legítimo preguntarse sobre los efectos de los monopolios en la innovación. No sólo coartan las ideas novedosas al limitar su desarrollo a un modelo que se ajuste a sus intereses, sino que aquellas que sí llegan a desarrollarse puede que sean sólo implementadas para el beneficio de ciertos grupos o que incluso se desplieguen con el fin de controlar a grupos menos favorecidos. Es probable, asimismo, que a Facebook más que interesarle el desarrollo de la realidad virtual, lo que le interesa es cuidar su espalda.

Antes que Facebook, Google, que por supuesto tiene Glass y Android Wear, compró 8 empresas fabricantes de robots y tecnología militar en tan sólo unos meses, en una clara apuesta al hardware —en el caso de Google especialmente orientada a la creación de drones y del desarrollo de inteligencia artificial. Esto podría ser la antesala de lo que Fast Company llama "la guerra del cyberpunk", una lucha entre corporaciones "ya no por tu bolsillo, desktop o sala de juegos, sino por la forma en la que experimentas la realidad". Una guerra que se antoja una distopía, poco fértil para la imaginación, con sueños digitales invadidos por marcas y ojos vigilantes.

Podrán surgir nuevas compañías de realidad virtual, pero seguramente muchas de ellas serán compradas por Google, Facebook, Sony u otra corporación antes de que puedan crecer y ser una competencia. Esto es más grave de lo que se cree: podemos estar enfilándonos, desde un inicio, al monopolio de la realidad virtual. Quizás esto en este momento no nos parezca muy grave, después de todo, la mayoría de nosotros jamás ha tenido una experiencia con un aparato de realidad virtual con la suficiente verosimilitud para que por un momento nos haga escapar de nuestro mundo a otro. La tecnología actual en su forma más avanzada apenas puede producir estas experiencias inmersivas, pero aparatos como Oculus Rift ya han generado experiencias significativas. Ejemplos de esto, esta aplicación de Oculus Rift que permite experimentar el cuerpo de una persona del sexo opuesto... La nitidez y multisensorialidad de las experiencias de realidad virtual seguramente se acelerarán en los siguientes años y estarán controladas por una corta lista de compañías interesadas sobre todo en vender publicidad o controlar el mercado —no tanto en crear los mundos alternos más estimulantes para nuestra imaginación. Estas compañías en gran medida tendrán el monopolio de algo de una importancia difícil de estimar: la generación de otras realidades. Estarán legislando y limitando los otros mundos dentro de este mundo, demarcando los espacios virtuales de nuestra navegación. Cuando suceda como ocurre actualmente con la televisión en la que las opciones que tiene la gente para ver buen contenido son escasas justamente porque un grupo de corporaciones controla todos los canales y aún peor, cuando los desarrolladores independientes con buenas ideas no puedan subir sus diseños a plataformas en las que puedan conectar con el público, entonces lamentaremos lo que está pasando. Ojalá y estemos equivocados y Facebook y Google sean grandes puntas de lanzas de tecnología que logre estimular nuestra imaginación y fomente la creación de nuevas realidades y no sólo facilitarnos algunas tareas en línea.

Twitter del autor: @alepholo

 

Federico Erostarbe imagina varios universos posibles dentro de la realidad que día a día habitamos y creamos. Asómate a ellos.

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Hay otros mundos además de este, pistolero

-Stephen King, Primer Tomo de La Torre Oscura

Hay una idea según la cual cada vez que estamos ante una encrucijada, en realidad no hay decisión alguna −no hay discriminación entre uno y otro camino, ni hay camino y no-camino. La razón no es otra que la naturaleza paralela del Universo, en que toda disyuntiva implica un mínimo de dos universos −en un universo tomamos la ruta de la izquierda, en el otro la ruta de la derecha; en un universo asesinaron a Kennedy, en el otro no (y en uno murió asesinado por Lee Harvey Oswald, y en otro por una conspiración global). Más allá de la viabilidad de la idea en sí y de la noción científica de Multiverso, cada vez más presente en el mundo propio de ecuaciones y leyes universales de la Física (y de los cómics), su potencial para la ficción y la poesía es inmenso. Pensar que hay un mundo en que Alemania ganó la Segunda Guerra como imagina Philip K. Dick y que hay caminos entre estos mundos, detectives que siguen los rastros y amores que suceden en simultáneo en todos los universos posibles. Pero usualmente parecemos creer que son encrucijadas de importancia las que exigen la creación de un nuevo universo: el resultado de una guerra, una llamada telefónica (no cualquier llamada, esa llamada), un accidente. Vidas y emociones parecen ser el sacrificio que exige el Cosmos para permitir que la burocracia cuántica inicie los trámites correspondientes y los dos universos: uno en el que hacemos la llamada y otro en el que no, sean realidad, en lugar de potencia.

Esa cantidad imprecisa me molesta. ¿Qué determina que una acción haga posible la conceptualización de otro universo y otra no? Y no es sólo su naturaleza imprecisa lo que me molesta, sino también una propiedad dual completamente innecesaria, fuera de lugar. Hacemos la llamada o no la hacemos. La guerra la gana Estados Unidos o la gana Alemania, cuando en realidad podemos hacer la llamada y quedarnos sin batería −o sin señal. O hacer la llamada y quedarnos en silencio −en un universo por decisión propia, en otro involuntariamente −por miedo, por un recuerdo que nos inmoviliza, por los dos. Y entonces utilizamos en vano el término “infinito”, postulando un supuesto número inconmensurable de mundos que en realidad es un número muy alto y nada más. Si somos fieles a la idea veremos que esta supuesta frontera no tiene razón de ser; además, somos nosotros los que otorgamos la importancia a un acto que carece de relevancia intrínseca. En consecuencia, es fácil hablar de guerras y poemas épicos, pero ¿por qué ellos ameritan un nuevo universo y no las crisis por las que pasé durante mi adolescencia? ¿Y por qué tiene que ser crisis, como las de los cómics de DC o las de mi adolescencias, o esas crisis teóricas que siempre traen una oportunidad, las que creen universos? Volviendo al punto: si somos fieles a la idea, puesto que esta supuesta frontera no tiene razón de ser, toda acción es muchas. Toda acción implica de cierto modo un abanico (grande, de los que se usan en China para hacer Tai-Chi) de acciones y encrucijadas, que se desprenden unas de otras con el tiempo. Como bloques que se desprenden de glaciares, produciendo un ruido que parece un trueno, sí, es como un trueno, pero no hay electricidad, sino hielo.

Una vez, manejando por la ruta, siendo pequeño (digamos que manejaban tus padres), después de ver durante horas las nubes, bajaste la mirada y viste un perro, acostado al costado del camino, sacándose las pulgas. Pero en otro universo no dejaste de ver las nubes, en otro no había perro, en algunos había un canino pero distinto, en otro llovía −en otro las condiciones geológicas se habían alterado drásticamente y nevaba, en varios más ni siquiera había ruta −y en uno último había un perro, sacándose las pulgas, disfrutando del sol al costado del camino, pero no estabas vos. Limitar los universos paralelos a un par de variaciones menores en las que el foco siempre está puesto en nosotros y nuestra cultura es conveniente a una narrativa de acuerdo a la cual el Universo tiene una imaginación muy pobre: en incontables universos no hay vida humana ni planeta Tierra, ni se llevó a cabo la Segunda Guerra (y seguramente, en algún Universo, a mediados de los cincuenta los extraterrestres finalmente hicieron contacto y, para salvarnos de la Guerra Fría crearon un gobierno mundial liderado por Juan Domingo Perón −ese es, después de todo, el argumento de una novela escrita en Argentina por Adolf Eichmann, responsable de la “solución final al problema judío”), en otros tantos los Kennedy fueron igual de irrelevantes que el perro al costado de la ruta.

De nuevo la arbitrariedad, representada por ese término hiriente: “irrelevante”. Porque a nuestro entender parece natural que una elección presidencial en Estados Unidos genere por partenogénesis un universo idéntico al anterior sólo que con una pequeña diferencia: ganó Al Gore. Ganaron los demócratas, por lo tanto un nuevo universo, con un planeta Tierra perdido en un eco de materia oscura y radiación a la cual la postura con respecto a las tecnologías verdes y los derechos civiles le importan tan poco como la novela que nunca llegó a publicar Adolf Eichmann, o el perro (a estas alturas famoso) que nos cruzamos en el camino. Nada tiene que ver la importancia de un hecho con los universos que pueda implicar −incontables, infinitos universos fueron creados en tan sólo el planeta que habitamos, desde que alberga vida (y en algunos universos la vida en la Tierra surgió por panspermia, en otros no, en otros nunca llegó a desarrollarse y en este seguimos esperando la aparición de vida inteligente). Como el viento en un bosque, en el que universos brotan en las raíces de los árboles después de una lluvia −y mientras los universos crecen, el viento mueve ligeramente las copas de los árboles, que son palabras. Y los bosques son poemas, novelas. El ecosistema: la escritura.

Porque escribir es una maquinaria gigante que crea estadios y estadios de universos. Escribir es crear, es discernir y es volver atrás y modificar, borrar y recrear. A grandes rasgos, escribir es crear: hay un producto, una idea, a la que le ponemos un moño y ubicamos para que todos la vean, un universo. Pero el proceso que condujo hacia ese mundo dio nacimiento a una cantidad industrial de mundos, breves en su gestación pero cuyos orígenes se remontan a las mismas épocas mitológicas del Big Bang que compartimos. Un poema, o un post en un blog, un texto como este, que escribo y reescribo: noto un error tipográfico y lo corrijo, cambio un punto por una coma, me detengo. Miro un párrafo, elijo un punto y lo separo, creo de manera consciente una separación y una oración queda en el vacío entre dos párrafos pero sólo durante unos segundos en los que pasa a ser parte del párrafo siguiente. Vuelvo a escribir y vuelvo a borrar y no puedo dejar de prestar atención a una palabra que resalta la aplicación que corre sobre OS X porque no la reconoce aunque existe (por lo menos en este universo). Tipeo, espero, borro y vuelvo a escribir y mientras lo hago cambio una palabra por otra, un género, un sustantivo. Y con cada palabra, que es una entre un bosque de palabras, creo un nuevo universo, en que activistas luchan por la neutralidad de la red y los gatos se muestran indiferentes ante sus dueños aunque los aprecien en secreto.

Un universo en que habrá elecciones presidenciales definitorias dentro de poco tiempo y en el que se tomarán infinidad de decisiones: no sólo por parte nuestra, un grupo domesticado y evolucionado de homínidos que desarrolló una mutación curiosa denominada conciencia, sino de todo tipo de mamíferos, reptiles de sangre fría y accidentes biológicos. Y Lee Harvey Oswald, Adolf Eichmann y Al Gore terminan siendo igual de irrelevantes que un fragmento de cuarzo del tamaño de la palma de una mano enterrado a medias en un cerro visitado por turistas, o un hongo que nace o un bloque que se desprende de un glaciar o un trueno o una palabra, cualquiera palabra, de la Epopeya de Gilgamesh a la obra de Proust a todos los posts escritos en blogs, masivos como supernovas de papel devenidas en narrativa digital o inacabados, inconclusos y sin lectores en un mundo en que el lector completa la palabra: leyéndola, en voz baja, pensándola. Recreándola, regándola (sacándole los yuyos y cuidando la humedad de la tierra), forma parte del mismo proceso: una relectura, una interpretación y una reinterpretación. El acto de subrayar, o copiar una frase para compartirla por Twitter, agregándole comillas al inicio y al final, quitándole una parte para que entre en ciento cuarenta caracteres −una frase en lugar de otra, cortada de cierta manera, en una red social en lugar de otra, desde un determinado sistema operativo. En un universo que es un bosque de universos.

Twitter del autor: @ferostabio