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Desoladores retratos de adictos al krokodil en Rusia (FOTOS)

Por: pijamasurf - 12/07/2013

Con efectos similares a los de la heroína, pero fabricado con ingredientes que puedes hallar en una farmacia y una ferretería, la adicción al krokodil crece en Rusia al nivel de una epidemia.

El krokodil es probablemente la droga más aterradora de cuantas sustancias adictivas existan hoy en el mundo. La droga debe su infame nombre a las escarificaciones que va provocando en la piel de los adictos, las cuales semejan la rugosa piel del cocodrilo; sin embargo, lo aterrador comienza cuando la piel se va desprendiendo hasta dejar huesos expuestos. De ahí que la revista TIME haga eco del nuevo apodo del krokodil: "la droga zombi".

¿Pero por qué alguien querría inyectarse krokodil al saber sus funestas consecuencias (lo que garantiza una expectativa de vida de máximo tres años, además)? Sencillo: porque tiene efectos muy similares a la heroína, pero cuesta apenas una fracción de su costo.

El costo se explica porque el ingrediente más difícil de conseguir es la codeína, un opiáceo que hasta hace poco podía comprarse en Rusia sin prescripción (desde el año pasado es más difícil conseguirla, lo que provocó un despunte del precio de la sustancia en el mercado negro). Otros ingredientes incluyen thinner (diluyente) para pintura, ácido clorhídrico y fósforo, este último puede obtenerse de los cerillos comunes.  

En 2011, la agencia antinarcóticos de Rusia confiscó 65 millones de dosis, y a pesar de las medidas restrictivas para controlar el acceso a la codeína, el gobierno estima que hasta un millón de personas son adictas al krokodil en aquel país, pero reportes de consumo de krokodil al otro lado del Atlántico ya han sido consignados en la American Journal of Medicine.

El fotógrafo italiano Emanuele Satolli pasó el último año en la ciudad de Ekaterinburgo, en los Montes Urales, documentando la vida de media docena de adictos al krokodil. Al igual que otras drogas durasla vida de estos hombres y mujeres gira en torno al momento de su próxima dosis. 

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Breve teoría del autorretrato en la era de la "selfie"

Por: Javier Raya - 12/07/2013

La selfie no es una imagen de nosotros que compartimos con los demás: es una imagen donde aparecemos reconociéndonos a nosotros mismos

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Hace unos días, Darth Vader publicó su primera selfie en Instagram. Este hecho, en apariencia sólo publicitario (la imagen inaugura la cuenta oficial de Star Wars en dicha red), nos hace pensar que las redes sociales nos están haciendo revisitar el pasado y reconfigurarlo de alguna forma: una foto de Paul McCartney de sí mismo ya no es un autorretrato, sino una selfie

Incluso la palabra selfie tiene implicaciones peculiares: se trata de la contracción de self-portrait, el retrato de sí mismo que los artistas han hecho durante siglos. El autorretrato era no sólo un género en pintura, sino una visión de cómo el artista se veía a sí mismo a través del filtro de su arte.

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Un lugar común de la web dice que todo aquel que publica una foto de un atardecer, una hoja en la calle, su comida o una selfie en Instagram cree que es un artista; en cierto modo, el hecho de que selfie haya sido admitida en el Diccionario Oxford en su última edición indica que los hablantes admiten esta significación, entre otras, a saber: que a diferencia de los maestros de la pintura, cualquiera puede crear un autorretrato de cierto gusto estético en apenas unos pocos segundos.

No entraremos a discutir el aura benjamineana perdida o recuperada a través de las selfies (daría para un par de tesis doctorales); en cambio, sería buen momento para reflexionar acerca de un par de elementos que hacen de la selfie una expresión propia de nuestros días en el ecosistema web.

Para la curadora de arte Alicia Eler, el autorretrato es una imagen adolescente, en el sentido de que es producida por alguien "que reconoce la identidad y el ser propio que está siempre en el proceso de convertirse en". Eler define propiamente las selfies como "autorretratos que aparecen en sitios de redes sociales", destacando el entorno propio de estas imágenes. 

Las selfies, como otros contenidos producidos por usuarios (user generated content), forman la mayor parte de lo que vemos en todo momento al entrar a Instagram, Pinterest, Twitter o Facebook. El acto de compartir contenido a través de estos medios puede considerarse otra forma de autoexpresión de los sujetos, en la medida en que desean ser asociados por sus contactos con tales contenidos (desde un libro o una canción hasta los lugares en los que hacen check-in a través de Foursquare). Lo que diferencia y hace interesante a las selfies como contenido, sin embargo, es que llevan la premisa de "contenido generado por el usuario" a un nivel extremo, casi tautológico: el contenido producido por el usuario es la imagen misma del usuario; un espejo público en el cual el usuario comparte su propio reflejo con "el mundo", constreñido por su red de contactos.

Epic-Selfie-—-Eminem-with-Mona-Lisa

La metáfora del espejo es igualmente importante para Eler, en el sentido de que su función es "conectarse con otros a través de procesos de espejo (mirroring processes), no estar solo frente a un espejo estático de un solo sentido". Las selfies, pues, podrían ser una especie de espejos de doble sentido: el de la propia imagen reflejada y el de la colectividad que reacciona a esas fotos a través de likes, favs, comentarios, etc. (Tampoco será posible extendernos lo suficiente como para abordar el condicionamiento de clase y cómo el reconocimiento mediático es un sucedáneo deseable para las clases medias de escalada social, y para las clases altas de perpetuación de ese estatus: selfies en autos, con gente famosa, en eventos exclusivos, buscan hacer creer que la persona es "especial" por el hecho de pertenecer a una clase social, o de dejar de pertenecer, como en el curioso caso de las selfies en funerales).

Es por esto que las selfies pueden calificarse de "egocéntricas", en el sentido formal de que son imágenes que un yo idealizado produce de sí mism@. Una selfie dice "Así me veo" en más de un sentido, simultáneamente: 

-Así es como me veo a mí mism@.

-Así es como quiero que me vean.

-Así es como quisiera verme.

-Con estas personas/cosas quiero que me relacionen.

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El yo, en tanto proceso de convertirse en, trasciende toda imagen de sí mismo en un proceso continuado. La selfie sería una detención arbitraria del proceso de un yo que se observa a sí mismo, buscando la aprobación de una comunidad a través de la promoción de la imagen. Pero esa imagen del yo también se construye a través de la variación y la recurrencia: como capítulos imaginarios de la novela de uno mismo, la selfie despliega los momentos en que un yo se reconoce y busca reconocimiento de los demás (siguiendo las etapas del estadio del espejo en los niños). 

No nos tomamos fotos a nosotros mismos para que los demás nos vean o para que sepan quiénes somos, sino para crear, a través de la recurrencia, la imagen de nosotros mismos. En forma más sintética: nos hacemos selfies o autofotos para reconocernos a nosotros mismos a través de los demás. 

Pero, en nuestros días, el reconocimiento pasa por el tamiz de la fama: la recurrencia de la imagen, su repetición y reproducción, vuelven a una persona perfectamente anodina como Kim Kardashian una celebridad en la red por la simple repetición de su propia imagen. Parafraseando a Goebbels: si repites una mentira lo suficiente podrías convencerte incluso a ti mism@ de que es verdad.

Sonríe para el espejo.

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Twitter del autor: @javier_raya