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El rol de los canabinoides en la evolución humana

Por: pijamasurf - 09/10/2013

Los receptores de canabinoides con los que la evolución dotó a la mayoría de las especies de la Tierra (menos a los insectos) juegan un importante rol en la adquisición o pérdida de información importante para la supervivencia.

cannabis

Cuando pensamos en cannabis pensamos en un porro o una pipa, en una planta de largas hojas verdes (aunque las hay naranjas, rojas o moradas) que básicamente es ilegal. Pero entender una planta a partir de su estatuto legal nos hace olvidar que nuestra interacción con otras formas de vida en el planeta precede por millones de años la aparición de las leyes, esas convenciones que deberían normar prácticas sociales que primero deberían comprender.

Hace 580 millones de años la Tierra y la vida eran muy diferentes. Durante los 75 millones de años que siguieron (llamados "explosión cámbrica") aparecieron la mayoría de las tipologías de la vida tal como las conocemos. Paleontólogos como Stephen Jay Gould y Niles Eldridge han desafiado la idea de una evolución de la vida que siempre es gradual durante las generaciones, proponiendo en cambio que existen eras donde los cambios se suceden rápidamente. Fue en este periodo de la historia de la vida en que aparecieron los sistemas receptores de canabinoides.

Los receptores de canabinoides aparecieron por primera vez hace 600 millones de años en animales marinos invertebrados como la ascidia plisada; lo que es más curioso es que los humanos comparten un 80% de material genético con las ascidias, haciéndolas nuestro pariente más cercano dentro de los invertebrados. Esto significa que los mamíferos y muchas especies animales que aparecieron antes de ellos (de nosotros) fueron dotados con receptores de canabinoides como arma evolutiva. ¿Pero qué hace exactamente tan especial a estos receptores?

Para los biólogos evolucionistas, la aparición del sistema de receptores de canabinoides está relacionado con la capacidad de que nuestros patrones neuronales sean modificados con la experiencia y puedan adaptarse a nuevas situaciones. "Adaptarse a nuevas situaciones" es básicamente de lo que se trata la selección natural: los que se adaptan sobreviven, los que no, no. El sistema respiratorio que nos hace poder procesar oxígeno o el digestivo que nos ayuda a descomponer elementos pesados en moléculas aprovechables aparecieron de la misma forma y con funciones análogas: permitir que una nueva especie se adapte a las situaciones cambiantes del entorno, en esa dialéctica memoria/olvido en que se cifra la evolución de las especies.

La memoria no es otra cosa que una cimentada relación entre las neuronas: mientras más utilizamos una habilidad o patrón de pensamiento, más se refuerza, y es más probable que sea heredado a las nuevas generaciones. Los canabinoides que produce nuestro propio cuerpo funcionan como "lubricante" entre estas conexiones neuronales, permitiéndonos olvidar cosas que no necesitamos e identificar cuáles conexiones son más valiosas para preservar la vida.

Cambiar o permanecer igual: la supervivencia de la especie se basa en ello. Biológicamente puede tratarse de resistir una bacteria; socialmente, de aceptar una nueva idea. La capacidad de cambiar de opinión está dada por un cambio en las conexiones neuronales; el consumo de cannabis permite que seamos conscientes de la organización de ese sistema neuronal, además de poder reevaluar la utilidad de la información que la conforma. En el nivel individual de la especie (es decir, en cada uno de nosotros) un sistema bioquímico nos dota con la capacidad de desaprender, de romper patrones o de cambiarlos cuando el entorno en el que dichos patrones fueron útiles, a su vez, cambia.

La regulación de la cannabis, la economía y la política que rige su producción, flujo y consumo, está fuertemente sujeta a un terrible tabú producto de la desinformación; a pesar de eso la literatura científica en torno a la cannabis consta actualmente de más de 20 mil artículos especializados. El cambio en el estatuto legal de la cannabis, a diferencia de otros procesos evolutivos, será lento, pero debemos recordar que a pesar de que toda la cannabis del mundo se extinguiera, nuestro sistema está hecho para aprovechar las ventajas evolutivas que pueden potenciarse gracias a su consumo.

[Salon]

El sistema educativo pareciera morir si sus ceremoniales y sus representaciones fundamentales fuesen replanteadas de raíz. Son lo más constante de la constancia histórica de la escuela. Son la identidad. Son la inmutabilidad. Son el problema, pues; o lo condensan, al menos. Son nuestro objetivo.

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Como siempre, la identidad de las instituciones descansa en un grupo relativamente reducido de ritos y símbolos que la define. Ceremoniales y emblemas que hacen que una escuela sea una escuela, por ejemplo; o una iglesia, una iglesia.

Un grupo reducido, decíamos, pero absolutamente rígido.

Meterse con ellos –por lo tanto- es meterse con el núcleo constitutivo de la institución. Cambiarlos es cambiarla.

Esos ritos y símbolos operan como nudos borromeos de la escuela. Interdependen entre ellos y en ellos se condensa y se representa la identidad de la institución. Son esos puntos de almohadillado donde se amarra el discurrir institucional y se define lo posible y lo imposible, lo real y lo irreal, lo que es y lo que no. Grandes saturaciones densas que concentran años o siglos de tradición y resguardan lo más caro de la institución. Estandartes ideológicos que persisten inmutables y mantienen la tradición de la institución.

(Estoy pensando en cuestiones como el izamiento de la bandera, las formaciones, los saludos en el aula y los actos escolares, así como en las carteleras, las gráfica en general, las vestimentas de la directiva, los pasillos, los timbres, las planificaciones, las reuniones de padres, las boletas y esas cosas.)

En general -a estas alturas-, incluso ya son solo forma, con escasa conciencia del fondo que traen por detrás. Son formatos o representaciones que ya ni recuerdan para qué son o qué quieren decir. Por eso son tan eficaces. Se han mimetizado con la realidad velando su carácter ideológico, cargado de signos que portan ideas que pertenecen a una cosmovisión. Parecen neutros y son lo contrario. Están camuflados en su presunta candidez. Se hacen pasar por naturales.

¡Vamos a intervenirlos! Vamos a repensarlos para avanzar en nuestro anhelo de construir una escuela nueva. Vamos a plantearnos cómo se iza la bandera en la escuela nueva; es decir, qué quiere decir la bandera en la escuela nueva, y con ella la patria, las reuniones de la comunidad escolar, los buenos días, el patio y todo lo demás que está ligado a ese punto de almohadillado que es el izamiento de la bandera en la escuela. Y así, si no con cada uno, al menos con varios de sus ritos y símbolos. Vamos a desmontar y analizar su logotipo y su identidad gráfica; vamos a preguntarnos por qué está tan desfasada de casi todo y parece no enterarse…

Vamos a preguntarnos, pero por sobre todo vamos a sustituirlos por otros ritos y otros símbolos, que nos empujen a otra escuela.

Confiemos en que interviniéndolos, intervendremos la institución. Vamos a confiar en su inmenso poder de síntesis y de reverberación.

Porque si en lugar de hacer el análisis por la positiva, lo hiciéramos por el lado de la resistencia institucional a su transformación, seguro que nos encontraríamos con que los puntos de honor de la escuela, es decir, de identidad y de resistencia, vuelven a ser sus ritos y sus símbolos. El sistema educativo pareciera morir si sus ceremoniales y sus representaciones fundamentales fuesen replanteadas de raíz. Son lo más constante de la constancia histórica de la escuela. Son la identidad. Son la inmutabilidad. Son el problema, pues; o lo condensan, al menos. Son nuestro objetivo.

Vamos a desmontar la pizarra (sea verde o digital), a remover el frente en el aula, a prohibir la gestualidad magistral (dedo en alto, letra de molde, escritorio de frente, vestuario fuera de época, etc.), a instalar las clases abiertas y prohibir las fotos en los actos escolares. Y a ver qué pasa. Vamos a implantar nuevos ritos en la escuela como las asambleas estudiantiles para decidir las reglas de convivencia, como los discursos en manos de los niños y los actos escolares como puesta en escena del disenso y el debate. Vamos a rediseñar los logos, a reescribir las misiones, a replantear los reglamentos, a rehacer el concepto de cartelera, a divulgar honestamente nuestras espontaneidades. Vamos a invadir la sala de dirección y redecorar (es decir, replantear) la sala de profesores. Vamos a crear espacios comunes y saberes comunes, de usos múltiples. Vamos a descompartimentar los edificios y el conocimiento. Vamos a mezclarnos un poco y a olvidarnos de los derechos que nos resguardan. Vamos a exponernos a las críticas y entrenarnos en la revisión crítica. Vamos a negociar con las familias, sin conceder lo que no debemos conceder. Vamos a sacralizar lo sacro y a desacralizar lo que nos está hundiendo.

Vamos a operar el esquema simbólico que estructura la pétrea institución escolar. Vamos a intervenirla en su médula espinal. Vamos a relevar y replantear su sistema nervioso central. Vamos a tocar hueso.

Si somos discretos y nos movemos sin prepotencias, incluso tal vez nadie se alarme y pocos se den cuenta de que estamos poniendo en marcha la revolución definitiva.

Twitter del autor: @dobertipablo

Sitio del autor: pablodoberti.com