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Entender la inequidad de la riqueza es el primer paso para transformarla

Por: pijamasurf - 07/24/2013

A través de videos y materiales gráficos, Inequality.is trata de hacer más comprensible la inequidad en la riqueza y empoderar a la población para hacer algo al respecto.

Entender cómo funciona la economía no es un lujo o un privilegio: es algo que debería preocuparnos a todos para no ser esclavos de la ideología que ciegamente nos impulsa a valorar la acumulación de capital económico a costa de la explotación de los menos favorecidos. Este esquema no es accidental: sitios como Inequality.is muestran de qué manera la ignorancia de la población respecto a sus propios derechos ha permitido que la inequidad en la riqueza crezca a niveles de desproporción que sobrepasan los de cualquier otra etapa histórica.

Al menos en Estados Unidos, entre 1983 y el 2010, el top 5% de inversionistas y millonarios han visto su riqueza crecer 74.2%, mientras que los dos tercios de la escala más baja de ingresos vieron su riqueza contraerse. La diferencia entre inequidad en el ingreso y en la riqueza se explica en que la primera es volátil (pues depende del trabajo, el cual puede desaparecer de un momento a otro dadas las condiciones volátiles de los medios de producción y la cada vez mayor dificultad para que los trabajadores de bajos o medianos ingresos se organicen en esquemas de sindicatos, admitiendo el uso de mano de obra por outsourcing, sin ningún tipo de prestaciones laborales), y la segunda es el capital estable que está sujeto a fluctuaciones, pero que tiende a acumularse y a afectar la brecha del ingreso macroeconómicamente.

Si esto parece rebuscado, pensemos simplemente que en Estados Unidos el 10% de la población tiene el 48% de la riqueza. Esta inequidad no apareció por accidente: existe en función de las políticas públicas de los gobiernos, de los impuestos y del comercio. Esta situación puede arreglarse teóricamente cambiando las variables anteriores, pero el primer punto es comprender y compartir la información a la mano: nuestra única arma contra la explotación es la información.

[Fast Co.Exist]

La abstinencia sexual como ritual evolutivo: una mujer, que dejó voluntariamente el sexo durante 12 años, comparte las múltiples lecciones que florecieron durante esta etapa.

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La sexualidad tiene una fuerza tal que suele desbordarse (lo que sea que ello signifique de acuerdo a las circunstancias). Esto la hace propensa a generar confusión, ansiedad, euforia, etc. Tras siglos de entablar una relación un tanto limitativa con el sexo, por lo menos en ciertos círculos occidentales, durante las últimas décadas se ha abogado por abrirlos cerrojos en torno a esta actividad, para dejar de contener una fuerza cuya naturaleza está orientada, esencialmente,  hacia el libre flujo.

Junto con esta lucha por liberar la sexualidad, y tal vez por el mismo ímpetu que ha requerido esta cruzada, se han desatado ciertas vetas ‘frivolizantes’, que coquetean con la automatización pop y la insaciabilidad –incluso podríamos hablar de una búsqueda obsesiva, durante nuestras relaciones, por consumar el orgasmo, un instante de dimensiones arquetípicas que, aparentemente, aún no terminamos por entender. Algo similar ocurre con las drogas, en el intento por contrarrestar la propaganda difamatoria contra su consumo, parece que no solo hemos logrado aligerar los candados socioculturales que le reprimen, pero también hemos conseguido su desacralización, o por lo menos hemos desensibilizado la experiencia.  

Actualmente el sexo, su práctica abierta y frecuente, se asocia con apertura, libertad, incluso con algo de sofisticación. Pero en medio de este masivo movimiento, de la alegre euforia que puede generarnos, parece que el reflexionar en lo opuesto, es decir en la abstinencia, resulta más intrigante que simplemente apoyar la tendencia. Supongo que por esta razón me llamó tanto la atención la crónica de una mujer francesa, que comparte su experiencia, tras doce años sin sexo, en una editorial publicada por el New York Times.

Me pregunté, actualmente es tu vida sexual tan estimulante. Mi respuesta fue “No”. Me di cuenta que incluso cuando experimentaba placer, no estaba realmente entusiasmada con mi vida sexual. De hecho, me pareció que recurría a esta actividad porque eso era lo que todos los demás estaban haciendo. Así que decidí darme una pausa, para recuperar el verdadero deseo.

Evidentemente Sophie Fontanel no se imaginaba que tras esta decisión pasarían doce años antes de su siguiente encuentro sexual. Durante esta temporada, según relata, terminaría por sumergirse en un admirable proceso de re-sensibilización. Es más, su crónica me remite a una especie de iniciación que, a la manera de ciertas tradiciones místicas, requiere de una determinación tajante y una claridad poco común en nuestros días.

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Durante los 12 años que no tuve sexo, aprendí mucho. Sobre mi cuerpo, sobre el papel del arte en el erotismo, el poder de los sueños, la tersura de la ropa, y la importancia de la elegancia. Aprendí que puedo experimentar más placer al observar como Robert Redford lava el cabello de Meryl Streep en “Out of Africa”, que estando con un hombre. Por momentos me producía placer simplemente observar el cuello de un hombre, o escuchar una voz. Y hablo de libido, créanme. Era deseo. Pero la sociedad no reconoce este tipo de felicidad. ¡Era demasiado! He aprendido que la mayoría de las personas sobretodo quieren probar que son sexualmente funcionales, y no más. Extrañamente les da pena admitir que están solos en sus camas, algo que yo descubrí que puede ser inmensamente placentero.  

Llama la atención como la épica Sophie enfatiza en las expectativas y pautas culturales que hemos construido en torno a nuestra vida sexual: el miedo a la soledad, el estatus social, el sexo por ‘default’, etc. Parece un tanto paradójico, pero en nuestro afán por ‘liberar’ al sexo de los cerrojos tradicionales, podríamos haberlo encerrado en otro tipo de prisión, tan poco conciente como la original, eliminando ingredientes como el moralismo pero inaugurando otros como la frivolidad. 

Si bien desde un punto de vista psicoanalítico, podríamos especular que en realidad Sophie fue víctima de experiencias traumáticas o algo por el estilo, las cuales la llevaron a bloquear, insanamente, su propia narrativa sexual y con ello entregarse por completo a la abstinencia, al leer su texto, la experiencia que comparte esta mujer me remite más a una especie de admirable ritual, que a un psico-bloqueo –aunque necesitaríamos más información sobre el caso para garantizar una sólida disertación al respecto.

Al escribir este artículo no estoy promoviendo el celibato, la abstinencia, y ni siquiera reprimir parcialmente nuestros llamados sexuales. Pero también considero pertinente de vez en cuando reflexionar y cuestionarnos acerca de todas nuestras creencias, en particular aquellas que, orgullosamente, postulamos como verdades incuestionables. Y bueno, en todo caso me pareció interesante, entre los miles de flujos pro-sexuales que abundan en la Red, encontrar una oda a la abstinencia –por cierto mucho más inspiradora que la mayoría de sexy propaganda que conozco.      

Twitter del autor: @ParadoxeParadis