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Como lo ha demostrado Wikipedia y su efecto en la generación y difusión de conocimiento, la tecnología está llamada a modificar la educación, quizá de las maneras menos esperadas.

aula

La tecnología no es importante por lo que eficienta, sino por lo que estimula y democratiza.

No me gusta esa idea reductora (aunque se presuma de potenciadora) de que la tecnología nos ayuda a eficientar todo y a vivir más cómodos. Digo reductora porque pone a la tecnología en un lugar complementario del tejido social, subordinado y funcional a los valores imperantes de éste. Y no.  La tecnología no ayuda a vivir mejor; nos cambia la vida, que es otra cosa. Para bien, para mal, para acá y para allá, pero nos la cambia.

Y así en la vida como en la escuela.

La tecnología en la que pienso altera sustancialmente las bases ético-epistemológicas del modelo educativo.

Ya habíamos dicho alguna vez que el movimiento de digitalización escolar en el que trabajamos invertía el orden en el que la escuela quería avanzar: no se trata –como desea la escuela- de escolarizar lo digital y volverlo funcional al modelo pedagógico imperante, se trata de digitalizar la escuela y transformarla. Y ahora podemos agregar que no se trata de acomodar la tecnología en el lugar social funcional de eficiencia y productividad al que los factores sociales de poder quieren reducirla (aporta eficiencia en el uso del tiempo, en las búsquedas, las compras, las relaciones sociales, etc.), sino de que, tecnología mediante, los modelos de vida y de relaciones sociales cambien y las sociedades se vuelvan más horizontales, movilizadas, impulsadas y apropiadas de su propio destino. Es decir, que la tecnología se mueva para movernos y nos conecte, nos cohesione y nos organice alrededor de un proyecto.

La tecnología -quiero decir- se las trae. Y debemos saber que se las trae también en la escuela. Y que la traemos para eso, para que se las traiga. No para evaluar si nos eficientará éste o aquél proceso actual. Se las trae para reventarlo, no para eficientarlo. Se las trae porque tiene calado. No va de más o de menos, sino de otra cosa.

Veamos, si no.

Decíamos –seguros de nosotros- que con la tecnología evolucionarían definitivamente las enciclopedias, y de inmediato pensábamos en buscadores de alta performance más eficientes y en actualizaciones constantes (que reemplazaran los vetustos index e índices del papel de la Británica). Tan seguros estábamos de eso que Microsoft se apuró y sintió que desbancaría a la Británica con esa sola “innovación” en marcha, y se inventó –digamos- la Enciclopedia Encarta en DVD. Y fracasó. No en manos de la Británica, sino de otra, inesperada, que le surgió desde la tecnología misma. Pero fracasó precisamente por no entender (Microsoft, fíjate tu!) el proceso digital. Apareció Wikipedia y arrasó con todo. Eso es una enciclopedia digital, que no es lo mismo que la digitalización de las enciclopedias, que no sirvió para nada.

Llegó Wikipedia de la mano de quien –creo- no imaginó la relevancia conceptual de lo que estaba inventando. Pero –emprendedor y práctico- lo echó a andar. Y anduvo! La Wiki entró por la ventana del debate organizado sobre el impacto de la tecnología en las bases de datos y el saber acumulado… La misma historia podríamos contar en otros sectores; en la prensa, por ejemplo. Y la podremos contar en otros, de acá a unos meses. Wikipedia metió al usuario en la producción. Eso es más que actualización, verdad? Pero también actualiza, a la velocidad del rayo. Pero sobre todo comparte e incita a la participación, mediante la producción. Wikipedia discute con Diderot. Replantea el concepto mismo de enciclopedia y de saber. Discute el positivismo subyacente al modelo.

Encyclopedia Britannicas

Y transforma todo y se impone. Y nos hace mejores.

Y crece exponencialmente, y se limpia a sí misma como los gatos, y se diversifica hasta lo indecible, y es más actual que la actualidad…

Lo mismo; exactamente lo mismito que está pasando ahora mismo en la educación y no lo queremos ver. El factor de cambio se está gestando en otros garajes que los que la escuela y el establishment educativo están mirando. Se viene por la ventana y cuando menos lo esperemos.

Si logramos que todo esto no sea desesperante para nosotros los maestros, entonces sí será apasionante. Y en cualquier caso, sea como sea, será.

Twitter del autor: @dobertipablo

Sitio del autor: pablodoberti.com

La oposición entre la escuela y la vida se condensa en la capacidad de cada una para la sorpresa: mientras que en una podemos ir de admiración en admiración, la otra parece confinada a la monotonía y el aburrimiento.
[caption id="attachment_62760" align="aligncenter" width="512"]sillas Salón de clases en De La Salle Dasmariñas, Filipinas (Eric James Sarmiento / flickr)[/caption]

La escuela, no.

La escuela nos da monotonías, previsibilidades, controles y cerrazones como si fueran un valor. Pero no lo son. La escuela se precia de lo que no vale.

Si algo introducen PISA y el marco conceptual pedagógico del desarrollo de competencias en el debate educativo es, precisamente, que las competencias clave para la vida se verifican mediante el desempeño y ese desempeño necesita, para ser tal, plasmarse en situaciones abiertas, inciertas, no predefinidas.

Seré bueno para la vida el día en que mi desempeño en la vida misma así lo evidencie. Cuando sea capaz de actuar donde no sé qué pasa y desarrollarme donde no conozco; cuando consiga imponer mi parecer en medios nuevos y negociar con aquéllos con los que no tengo antecedentes. Enfrentarme a situaciones no laboratorizadas. Aprender del desamor.

Pero la escuela no. La escuela me vuelve a poner, una y otra vez, el mismo reactivo ante mi pupitre para que yo acierte como los que acertaron antes o falle como los que ya fallaron antes. La escuela no me sorprende ni mucho menos se sorprende conmigo. La escuela no me subjetiviza; me estandariza. El maestro ya sabe qué puede pasar con ese ejercicio; ya se aburre y se ha vuelto solo un ser reflejo. Yo soy, para él, una previsión y acabo creyéndomela.

Pero la capacidad de sorprender y de sorprendernos es, probablemente, la capacidad fundacional de nuestra condición humana plena. Quedar pasmados es una señal máxima de humanidad. No saber es el gesto más sabio. Enfrentar a tientas es vivir la vida. Arriesgar es el DNA de los procesos vitales.

Hay pocos laboratorios de escuelas, pero la escuela es un laboratorio. Y sería mucho mejor exactamente a la inversa. La escuela no se aventura y hay pocas escuelas aventureras; muy pocas, que más que marcar una tendencia confirman la regla de las demás que se exculpan en ellas. La escuela se refugia y controla sus variables (de laboratorio) para que allí, en su ámbito y su alcance, no suceda lo que ella misma no sabe cómo gestionar. Las comunidades escolares repudian los experimentos, pero aman sus laboratorios. Detestan ser ámbito de innovación. Queremos (inmoral e inconvenientemente) que las pruebas educativas las “hagan en África” y no con nuestros hijos. Solo queremos lo probado, que es lo aplastado.

¿A poco que las pruebas, las audacias, las innovaciones y las aventuras educativas en general son peores que las consuetudinarias prácticas anquilosadas? Tengo para mi que no. Por eso dejo que mis hijos sean cobayos de laboratorios nuevos, a ver si se salvan. Y te invito…

Conservamos hasta lo indecible lo que ya no vale. Cerramos hasta lo inaudito lo que acaba aburriéndonos de previsibilidad. Tiramos para abajo, en general. Nosotros, la opinión pública; el sentido común. Entorpecemos las audacias a cuenta de lo que nos entierra a cada día. Negamos la vida creando microclimas insólitos. Nos autocomplacemos mintiéndonos y arrastramos a la institución en esas fantochadas. Sacamos miles de fotos de lo que no somos. Exigimos seguridad en el siglo XXI. Nos asustan las sorpresas. Nos preocupa si la tarea no llega, si el profesor es gay, si la bandera no se iza algún día, si la maestra olvidó la letra del himno o si la mochila no porta transportador. Nos indigna la maestra despeinada y con caligrafía desalineada. Nos da insondable sospecha la directora joven. Nos inquieta la falta de recordatorios de la escuela al padre para que mi hijo asuma alguna de sus propias responsabilidades.

La vida te da sorpresas porque así es la vida. Y la escuela, que dice que educa para la vida (y lo diga o no, es para lo que debe educar), se aterra con ellas. Es verdad que las sorpresas inquietan, cómo no; como movilizan, hinchan las venas, dan adrenalina, excitan, dan ganas, fuerzan, jalan, exigen y nos impulsan. ¿Cómo, si no? La escuela, no.