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¿Son estos los ojos del odio? (FOTO)

Arte

Por: pijamasurf - 03/31/2013

Hacia 1933, un fotógrafo de LIFE, Alfred Eisenstaedt, tomó un par de retratos al célebre ministro de propaganda del régimen nazi Joseph Goebbels, ambos sumamente contrastantes entre sí y en cierto modo opuestos luego de que Goebbels supiera del origen judío de Eisenstaedt.

La capacidad de control (sophrosýnê), la habilidad de dominarse, de dominar, la agudeza de la mirada, la sobria elección de los medios adecuados para alcanzar los fines: todo esto aleja la mente de las fuerzas, concede la ilusión de utilizarlas sin ser utilizado por ellas. Y es una ilusión eficaz, que con frecuencia se confirma. La mirada se ha vuelto indiferente y lúcida hacia todo, pronta a captar cualquier ocasión y a aprovecharla. Pero, en esta mirada circular, sigue habiendo una mancha negra, un punto que la mirada no ve: ella misma. La mirada no ve la mirada. No reconoce que ella misma es una fuerza, como las que entonces pretende dominar. 

Roberto Calasso, Las bodas de Cadmo y Harmonía

Uno de los lugares comunes más populares, una de esas metáforas muertas que conceptualizara Paul Ricœur, despojadas de toda posible dificultad codificante, una frase en sentido figurado que ya nada tiene de sorprendente pero, curiosamente no es todavía totalmente literal, asegura que los ojos son las ventanas del alma, que, en un juego espejeante y de autorreferencia, es posible atisbar en la mirada de una persona la calidad de su espíritu, esa esencia que le inclina a pensar y actuar de una manera determinada.

Esto puede ser o no cierto, parcial o totalmente, pero sin duda hay una extraña manifestación de los ojos que, vistos desde una perspectiva fenomenológica, transmite algún tipo de significado. Extraña porque en buena medida en la mirada no hay nada y al mismo tiempo existe todo, una zona ambigua donde el lenguaje oscila entre su estado más absoluto y quizá también el más insignificante, esa capacidad expresiva que recuerda un poco la petición desesperada de Goethe: “¡Quédate, instante!” para, agregaríamos, balbucear una explicación de lo que recién hiciste con nosotros. Eso, quizá, sea la mirada.

Hacia 1933, en septiembre, con motivo de una reunión en Ginebra de la entonces Sociedad de Naciones (el antecedente directo de la actual ONU), el fotógrafo judío-alemán Alfred Eisenstaedt tomó un par de retratos al célebre ministro de propaganda del régimen nazi Joseph Goebbels, uno de los hombres más cercanos a Hitler y también uno de los que más misterio y hermetismo generó en torno a su persona.

Al encontrarse, Goebbels no sabía de la filiación judía de Eisenstaedt, que entonces trabajaba para la revista LIFE. Considerándolo un mero compatriota, el ministro se mostró afable y condescendiente, obsequioso para la lente del fotógrafo, posando en una actitud más bien bonachona y hasta un tanto alegre (o quizá con esa alegría diplomática que distingue a casi todos los políticos y hombres de Estado).

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Sin embargo, apenas se enteró que Eisenstaedt pertenecía al llamado “pueblo de Israel”, su actitud viró diametralmente. Las sonrisas cesaron, el gesto se hizo rígido y cierta tensión colérica dominó el resto de los miembros. Y todo esto, como si se tratase de un procedimiento químico, viene a concentrarse y condensarse en la mirada, en el par de globos oculares que por un momento dejan su cascarón fisiológico para, como decíamos, llenarse de significado, desbordar expresión, devenir “los ojos del odio”.

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¿O esta es también una interpretación? ¿Es posible que la mirada exista más allá de la interpretación?

También en Pijama Surf: ¿Puedes decir quién ha educado tu mirada (y por lo tanto tu manera de entender tu realidad)?

[PetaPixel]

Tropical Data VI: El incansable festín de copyleft de los piratas tropicales

Arte

Por: Rafael Toriz - 03/31/2013

El festín de links sobre literatura, arte y la exaltación de los sentidos de Rafael Toriz tiene su sexta entrega. Una retórica del hipervínculo que conduce con exceso y generosidad.

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Tropical Data VI. Adelantándonos a los hechos antes de que sucedan o de porqué los piratas tropicales no descansan nunca.

 

Todos estamos conscientes (tal vez demasiado) de la infinita maravilla de Clarice Lispector: sus cuentos y novelas han consolidado muy bien, desde hace varios años, toda su magia y terrible belleza. Sin embargo, quien esto escribe, nunca se había topado tan de cerca con su fascinante humanidad: extensa, lúgubre, despiadada y nocturna. Y a la vez maternal.

Clarice, quien es una forma de nombrar al infinito, nos ayuda a sentirnos más humanos, es decir, perfectamente extraños. Eso es lo que he experimentado al leer el maravilloso compendio de sus artículos y crónicas para la prensa titulados Revelación de un mundo y Descubrimientos., publicados en castellano por Adriana Hidalgo.

Podría detenerme en cada una de sus imágenes y sus momentos, que son sublimes y pavorosos, pero prefiero que lo descubran ustedes.

No somos pocos los lectores fanáticos de Enrique Serna; por tal razón, es motivo de regocijo saber que recientemente ha publicado un nuevo tomo de cuentos. La ternura canibal explora los personajes y circunstancias a las que nos tiene acostumbrados: miserables, pendencieros, alevosos, histéricas y cretinos, muchísimos cretinos. Serna ha perfeccionado como pocos el relato cruel y para prueba consigno la mayoría de los cuentos del libro. No pude conseguirlos todos por la red, pero casi. Así que no esperes más y disfruta como yo madrugando al madrugador de madrugadores.

Van por título: La vanagloria,

Entierro maya

Drama de honor

 Cines Cosmos 

El converso

La incondicional

Y para acabar con la tanda de libros de este mes, consigno El complot mongol de Rafael Bernal; los Cuentos completos de Bernardo Couto Castillo, decadente mexicano; Textos críticos de Machado de Assis; Los once de la tribu de Juan Villoro; Contraexplosión –un libro extravagante y vanguardista hasta el día de hoy de Marshall McLuhan y un libro de ensayos del argentino Juan Terranova que responde al título de La masa y la lengua.

En caso de que no hayas quedado satisfecha, todavía podrás perderte en las maravillas textuales que sofocan y se pierden en la red.

La música, qué duda cabe, es la mamá de los pollitos. Por eso, mientras te entretienes con estas retóricas del hipervínculo, escúchate al viejo Les Claypool & his fancy band.

Ahora que si verdaderamente estás buscando ritmos nuevos (y te desvela el hecho de tener qué clasificarlos), en este enlace escucharás unos de los mixtapes más extraños de los últimos tiempos: extravagancia asegurada (te vas a asustar…).

Origami mon amour. O el arte de la encuadernación japonesa.

Conversaciones entre Borges y Arreola. Para que tengas claro porqué el viejo bardo de Palermo sostuvo, cuando le preguntaron de qué habían hablado, que Arreola era un tipo muy atento, pues le había dejado intercambiar un par de silencios en su conversación. Se siente gacho, pero ni cómo ayudarle al maestro de Zapotlán el grande.

Por su parte, en la esquina, regañado como siempre aparece Derrida.

Michel Foucault y sus contemporáneos. Un libro harto recomendable, casi tanto como las estupenda biografía de James Miller: Las vidas de Michel Foucault.

 Un cuento de Germán Maggiori. “Suerte, muerte, suerte, muerte. ¿Es la muerte mala suerte?¿O es la suerte la que nos aleja de la muerte?¿O es una suerte que haya muerte?¿O es la suerte un tipo de muerte?”.

 Bienvenidos al desierto de lo real, dijo un orate hace unos años.

Desafortunadamente, no le estábamos prestando atención.

 América Latina o el imperio de lo frito. Un viaje por los bordes de la manteca a cargo de Alberto Salcedo Ramos.

 La evolución del libro. Un camino minado y fascinante imposible de prever.

Mucho mejor que cualquier narcótico o alucinógeno…o casi.

 

Nos vemos en mayo.

Twitter del autor: @Ninyagaiden