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Las drogas ilegales que más usan los individuos altamente eficientes

Por: Javier Raya - 03/19/2013

Un estudio llevado a cabo en Australia muestra que el uso de drogas no necesariamente implica problemas de adicción, dependencia y ruptura social: miles de personas social y económicamente funcionales utilizan sustancias ilegales como parte de su vida cotidiana.

El usuario promedio de drogas no es un vagabundo junkie de Baltimore con la vida destrozada por años de abuso de crack: podría ser tu maestro de la universidad, la cajera del banco, tu mejor amigo o alguien como tú. Un nuevo estudio llevado a cabo en Australia ha revelado que más gente de la que se pensaba usa drogas ilegales en su vida cotidiana.

Contrario a las asociaciones populares que ligan el uso de drogas a comportamientos antisociales y al alza del crimen como producto del tráfico de sustancias, tenemos casos como el de "Simon" (alias), un trabajador universitario que se levanta cada día a las 5:30 am para hacer yoga antes de ir a su trabajo; una persona ocupada, como la mayoría de nosotros, que usa "drogas un par de veces al mes", dice, sobre todo "alucinógenos y MDMA."

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"Soy una persona razonablemente sana", continúa Simon, "me cuido todo el tiempo, y probablemente no soy el tipo de persona que las agencias antidrogas tienen como el estereotipo de drogadicto." Y es que fuera de su gusto por usar cannabis un par de veces al mes, Simon, como millones de personas en el mundo, recurre sobre todo al alcohol, al tabaco, al café y en algunas ocasiones a drogas de prescripción para regular sus niveles de estrés, para socializar o simplemente para relajarse después de una larga jornada de trabajo.

Y es que la Global Drug Survey (Encuesta Mundial de Drogas) aplicada este año en Australia con la colaboración de la agencia Fairfax Media hace un ajuste sobre los hábitos de consumo de drogas muy diferente al que los medios y los políticos suelen hacer.

El estudio fue aplicado a 6,600 voluntarios australianos, de los cuales la mayoría son personas heterosexuales, con buen estado de salud en general y con una buena educación, de raza anglosajona, con un ingreso medio superior a los $100 mil dólares anuales. El GDS es el mayor estudio de su tipo aplicado en Australia, y reporta que al menos dos tercios de las personas entrevistadas utilizaron algún tipo de sustancia ilegal el año pasado, 45% de ellos durante el último mes.

El GDS está dirigido por el doctor Adam Winstock, un psiquiatra especializado en adicciones que vive en Londres. "He pasado mi vida trabajando con un grupo de usuarios de drogas, los cuales parecen ser el único grupo en que el gobierno está interesado. Es el grupo cuyas vidas han sido destrozadas por las drogas, pero es una pequeña minoría", señala.

En conjunto con la encuesta, el doctor Winstock inició la página drugsmeter, un sitio que permite retroalimentación sobre los hábitos de consumo de los usuarios de drogas. Con el cambio en la perspectiva demográfica propuesta por el estudio, Winstock cree que necesitamos "comezar a pensar en basar nuestras políticas y servicios alrededor del 80 o 90 por ciento de los usuarios de drogas", y no sólo de la pequeña minoría con fuertes problemas de adicción.

Winstock va tan lejos como para afirmar que estudios posteriores podrían demostrar que esta tendencia verificada en Australia podría mantenerse constante en otras partes del mundo: el usuario promedio es tu vecino, madres y padres responsables, estudiantes universitarios con buenas notas, etc.

¿Pero qué usan los "drogadictos cotidianos"? La encuesta indica que las drogas más utilizadas son la marihuana, el LSD, y para sorpresa de nadie, el alcohol y el tabaco, sustancias legales que también fueron señaladas como las sustancias "menos satisfactorias". Las más satisfactorias para los voluntarios del estudio fueron el MDMA (éxtasis) y el LSD. De la muestra analizada, sólo el 5% ha tenido algún problema con las autoridades (alguna detención menor) y, de nuevo para sorpresa de nadie, sólo han terminado en el hospital los bebedores frecuentes, luego de ingerir un promedio de 12 tragos o medidas de alcohol.

La panacea de la legalización

A pesar de que suponemos que el estatus ilegal de las drogas es lo que mantiene alejadas a la gente de ellas, en realidad su legalización tendría poco impacto en los hábitos de consumo, según el director del National Drug and Alcohol Research Centre de Australia, la profesora Alison Ritter.

El mismo estudio cuestionó a los voluntarios sobre qué pasaría si pequeñas cantidades de droga estuvieran disponibles de manera legal; muchos dijeron que el estatuto legal no los haría cambiar realmente sus patrones de uso: 15% dijo que usaría más drogas, y 25% que beberían menos alcohol. Y es que las bebidas alcohólicas, a decir de Ritter, siguen siendo el mayor problema, al menos en Australia.

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Para la investigadora existe un gasto absurdo en las políticas antidrogas cuando, en realidad, el problema parecen ser las sustancias legales: "Sabemos que dar tratamiento accesible y apropiado para alguien requiere mucho trabajo, pero en vez de eso invertimos substancialmente menos en servicios de tratamiento [rehabilitación] que en vigilancia."

A decir de Ritter, la cultura y la historia del alcohol están tan arraigados en nuestras sociedades que este juega un rol muy importante en los hábitos de la gente. "Por ello no puedes decir que si la cannabis fuera legal, por ejemplo, 80 o 90% de la población la usaría", simplemente porque la disponibilidad de las drogas no determina su uso: la cultura sí.

Gino Vumbaca, director ejecutivo del Australian National Council on Drugs, afirma que la experiencia histórica con el alcohol aporta una pauta importante sobre cómo no legalizar una droga. "A veces la gente no se da cuenta de los patrones que están desarrollando sino hasta que es demasiado tarde", afirma. Además del alcohol, dice Vumbaca, el tabaco es el causante de los mayores problemas de salud, problemas que se reflejan en el presupuesto destinado al sector salud. Sin embargo, los gobiernos siguen enfocados en los usuarios de drogas que en general no desarrollan problemas de salud tan graves como el alcoholismo o los diversos tipos de cáncer producidos a causa del uso del tabaco.

"Es muy fácil deducir", continúa Vumbaca, "que sólo porque el alcohol es legal nos muestra los problemas que legalizar una droga podría provocar, pero lo que nos muestra es cómo no debemos hacerlo." A favor de este punto, basta recordar los sangrientos años de la prohibición del alcohol en Estados Unidos en la primera mitad del siglo XX, lo cual sólo dio como resultado el nacimiento de los gángsters modernos como Al Capone, antecedente directo de las actuales organizaciones criminales. De este caso podemos aprender que las leyes no determinan las prácticas sociales de las personas: una ley regula lo que la gente hace, pero no puede decirles qué hacer o no hacer.

El problema del uso de drogas es sumamente complejo y su solución será parte de los retos para el siglo XXI en todas las sociedades industriales. Lo cierto es que mantener las drogas en un estatuto de ilegalidad es consecuencia también de la insuficiente información respecto a las consecuencias de su uso, así como de los tabúes y estereotipos asociados y perpetuados por los gobiernos y los medios de comunicación.

Mantener las drogas como ilegales, además, permite movilizar grandes cantidades de presupuesto en combate al narcotráfico mientras drogas de prescripción como los antidepresivos, además de sustancias legales como el alcohol y el tabaco, siguen provocando los mayores problemas de salud.

Con información del Brisbane Times.

Twitter del autor: @javier_raya.

La importancia de cuestionar las reglas sociales como parte de nuestra evolución

Por: pijamasurf - 03/19/2013

Las reglas han tenido una función evolutiva a lo largo de la historia. Pero nuestra sociedad también está diseñada -tal vez a pesar suyo- para limitar el grado de injerencia que podemos tener frente a reglas que sólo deberíamos seguir ciegamente.

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A theory which is not refutable by any conceivable event is non-scientific.

Irrefutability is not a virtue of a theory (as people often think) but a vice.

-Karl Popper

Desde el código genético hasta el movimiento de los astros, todo en el universo está regido por reglas y leyes que como seres humanos nos permiten observar cierta tendencia al equilibrio en medio del caos total. Nuestra sociedad no es la excepción. La historia de la humanidad podría leerse como la tentativa de crear reglas para disminuir la incertidumbre frente a un entorno natural hostil y aumentar nuestras posibilidades de supervivencia. Sin embargo, el ser humano es un ingrediente caótico en sí mismo. Y tal vez el hecho de que a veces nos guste romper las reglas no sea sino una reacción evolutiva, paradójicamente, para sobrevivir.

Tenemos reglas de comportamiento, de etiqueta, para regular nuestras relaciones en ámbitos sociales, comerciales, políticos tanto como en los ámbitos privados: desde cómo sentarnos en la mesa hasta condicionarnos a  no decir groserías, la infancia y el juego nos enseñan que ser adulto es saber seguir reglas. El lenguaje son reglas. Las reglas son civilización y la civilización es posibilidad de hacer más civilización, de existir en la Tierra en un entorno controlado que excluya las amenazas que atenten contra nosotros. El problema es que somos nosotros quienes estamos encerrados con nosotros mismos en la burbuja ilusoria de la civilización.

¿Se han fijado qué pasa en las calles cuando los semáforos dejan de funcionar? Caos. Todos tratan de tomar el paso. Un despistado cede y otros aprovechan: comer o ser comido. Nada ha cambiado desde hace unos 40 mil años de "civilización". Las reglas (los semáforos) están ahí para que no tengamos que lidiar con nosotros mismos, para darnos la ilusión de que hay todo un sistema en torno nuestro que se preocupa por nosotros, que no dejará que nada nos lastime: el discurso político no es más que la propagación de esa ilusión. Los políticos pretenden hablarle en primera persona a cada ciudadano para asegurarle de que él o ella son importantes porque el Estado es una regla en sí misma, la culminación y la posibilidad de continuidad del aparato de regulación y control que llamamos sociedad.

Es por la existencia de reglas que la gente en las grandes ciudades necesita cada vez menos de su cerebro para ser buenos conductores en las calles, por ejemplo. No es necesario: hay señales que te indican a dónde ir y cómo; el semáforo te dice si avanzar o detenerte; el GPS de nuestros teléfonos inteligentes incluso nos dicta la ruta más corta, y está lista para hacer cambios en el plan de viaje en caso de que nuestra impericia al volante nos haga perder la salida que debíamos tomar. Hemos ido tan lejos que el pensar mismo (es decir, el cuestionar la existencia misma de las reglas, aunque sea para calibrar si sus beneficios siguen siendo deseables) es socialmente proscrito: las universidades no quieren investigadores que cuestionen las metodologías, sino que las sigan apropiadamente; los centros de trabajo no buscan innovación (pese a que sea prestigioso afirmar lo contrario) sino obediencia. La televisión muestra un catálogo de las funestas consecuencias sufridas por quienes rompen las reglas: desde los noticieros hasta los reality shows, somos advertidos de las consecuencias de cuestionar el status quo. La libertad, hoy, es la libertad para cambiar de canales, en la rueda de hamster del zapping.

Todo discurso tiene fallas (incluido este), pero lo importante es no perder la capacidad de cuestionar desde nuestra propia subjetividad el estatuto de verdad de los discursos a los que estamos expuestos, vengan de la familia, la sociedad o los mass media. Una sociedad altamente estructurada como la nuestra nos permite acotar la incertidumbre a la que estamos expuestos; sin embargo, para una sociedad donde toda variable y toda incertidumbre está de antemano desactivada y prevista, nuestro cerebro es irrelevante. La opción no es vivir en medio de la selva (donde, por otra parte, nuestra capacidad de adaptación sería forzada hasta sus límites, así como nuestra creatividad, nuestra inteligencia y nuestra inventiva, como en Robinson Crusoe), sino cuidarnos de no convertirnos en robots obedientes sólo para poder ser funcionales en una sociedad a todas luces disfuncional.

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