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El Kurt Cobain ruso: músico urbano que posee idéntica voz al cantante de Nirvana (VIDEO)

Por: pijamasurf - 09/06/2012

Como si fuese un juego de identidades, un hombre en Rusia diariamente interpreta éxitos de la legendaria banda de grunge Nirvana, con la peculiaridad de que su voz es, a decir de muchos, idéntica a la de Kurt Cobain.

El año pasado, en Chile, un reality show musical mostró al mundo a Javier Díaz, un hombre que posee la voz gemela de Eddie Vedder, vocalista de Pearl Jam.

El fenómeno se ha repetido otra vez, pero en Rusia, donde un músico urbano, que utiliza como escenario el metro de la capital, comparte los mismos tonos de voz que el ya extinto y legendario Kurt Cobain.

Algunos fans del ex vocalista de Nirvana niegan el parecido utilizando el argumento de la imposibilidad de este hecho, pero, a decir verdad, es innegable el parecido casi idéntico del músico ruso con el autor de Smells like teen spirit.  

[Hypervocal]

Cuando caminamos hacemos algo más que simplemente dar un paso después de otro: ponemos en el espacio la calidad de nuestros pensamientos, el estado en el que estos se encuentran, la forma que toman y que encuentra su correspondencia en la realidad misma.

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El viernes pasado, al salir del trabajo, tomé el metro para ir al centro de la ciudad. No recorrí ni pocas ni muchas estaciones: apenas las suficientes como para no arrepentirme y regresar a mitad de camino. Bajé en una cercana al departamento que alguna vez pensé en rentar, caminando un poco con la intención no declarada de encontrar otro de similares condiciones y en la misma zona. Pero este era apenas un objetivo flojo. La verdad es que mi rumbo no era cierto y, sin saber muy bien cómo, terminé en las calles más céntricas de la colonia. En cierto momento pasé por el S. C. y no recuerdo si antes o solo en su proximidad reconocí de pronto que tenía hambre. Entré y bebí también un tarro de cerveza, con premura los primeros y los últimos tragos, los intermedios con la lentitud que da el estar comiendo. Hasta ahora no lo he dicho, pero esa tarde me sentí especialmente solo, porque llamé pero, contrario a lo que dicen los Evangelios, nadie abrió, quien aún ahora se encuentra detrás de esa puerta simplemente no quiso abrirla. Estaba solo y triste, como lo estoy ahora, pero viva entonces la cruel esperanza de que todavía alguien acudiría a levantarme del rincón donde me había vencido para esperar. Quizá por eso llamó mi atención el intenso movimiento del restaurante. Sentado en la barra, frente a las parrillas donde media docena de mujeres prepara los alimentos que se sirven, presencié las evoluciones de los gestos que se dan entre quienes forman parte de un circuito de obediencia y jerarquías. Las miradas, las inflexiones de voz, las variaciones más o menos inconfundibles de quienes no se sienten bien reconviniendo a otros (pero lo tienen que hacer) y quienes interpretan o entienden mal ese disgusto y así, equivocado, lo transmiten a sus inferiores. El ir y venir de los meseros, la incapacidad para realizar una tarea sencilla y muy posiblemente rutinaria, los procedimientos sorprendentemente rudimentarios para corregir un error. Así estuve un buen rato, compensando con este seguimiento de la actividad exterior mi pasividad y mi vacío internos. Hasta que me di cuenta de esto mismo y el asunto perdió interés para mí. Pagué y salí, dejando una buena propina a la cocinera que me atendió (como hacen los solitarios) y despidiéndome de otra que por coincidencia con su descanso comió a mi lado. Salí a una calle que he recorrido cientos de veces desde niño y, sin embargo, no supe hacia dónde caminaba. En el fondo creo que tampoco me importó. Los efectos de la embriaguez se apresuran y se agudizan en una mente atribulada, paradójicamente, la misma que más busca o disfruta el sueño en el que, como los hijos en una fiesta de sus padres, caen pronto los problemas bajo la influencia del alcohol. Entre la inercia y el sinsentido, di varios pasos sin ninguna orientación ni una idea precisa de cómo llegar a una calle que mi mente se fijó como frontera que me sacaría de esa zona ignorada y confusa que durante ese tiempo algo tenía de irreal, de falseada, de montaje y de sucedáneo. Miré al cielo, casi oscuro, todavía vespertino. Miré los edificios más altos, buscando inútilmente un punto de referencia, una o dos cúpulas delante y detrás de mí que no me indicaron nada. Caminé otro poco y justo antes de saber dónde estaba y hacia dónde debía dirigirme, caí en cuenta de que estaba perdido y había perdido el rumbo.

 

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Tarde, después de comer. Le pregunto si podemos hablar. Acepta. Y comenzamos, atropelladamente. El amor es complicado, en buena medida porque se trata de una de esas realidades ante la cual el lenguaje se revela como la engañosa trampa que es, como ese artificio casi perfecto que hace creer que podemos controlar el mundo como malamente controlamos lo que pensamos y decimos. Caminamos entre losas de concreto levantadas por las raíces de los árboles. Caminamos con la vista baja, mirándonos de vez en cuando, quizá poniendo menos cuidado en los pasos dados que en las palabras elegidas y escuchadas. No puedo transcribir lo que entonces dije y escuché, pero tampoco quisiera ensayar una síntesis y ni siquiera una suma de palabras que dé una idea, así sea parcial, de lo que ahí ocurrió. Es algo que probablemente nunca olvidaré, que de algún modo recordaré siempre y, más bien, que encontrará otras formas de manifestarse ―y eso me basta. Por lo demás, ¿qué de lo que dice un hombre enamorado y una mujer que no lo desea puede ser novedoso, original o sorprendente? Todo y nada a la vez. La creación del mundo sucede todos los días, y todos los días es milagrosa y admirable y monótona y aburrida. Llegamos a un punto en el que deberíamos dar por terminado el asunto, pero no hemos terminado. Pasamos a una avenida con un amplio camellón arbolado en su parte media. Unos pocos metros y ella no tiene nada más que decir. Es mi turno, el turno de los circunloquios y los murmullos, de las palabras entrecortadas y los accesos de entusiasmo, de la exploración de un terreno desconocido que por momentos parece hostil o adverso. Damos una vuelta y de nuevo llegamos al punto donde deberíamos dar por terminado el asunto. Pero no hemos terminado. Me detengo en la puerta donde deberíamos entrar ya, pero mi inmovilidad la desespera. Otra vez nos ponemos a caminar y otra vez damos la misma vuelta. Y lo que digo cumple la misma repetición, se contagia de la misma sensación de ya haber pasado por ese punto que tienen las cuatro calles que efectivamente acabamos de recorrer. Es inútil o absurdo seguir hablando. Por fortuna la última esquina está ya a la vista: la salida de ese inverosímil laberinto cuadrangular hecho únicamente de bordes exteriores.

 

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«From fairest creatures we desire increase»: de ciertas personas quisiéramos que, a pesar de todo, no nos dejaran tan pronto. Quizá no entendemos que la función desempeñada en ese momento ―y más que la función, su naturaleza misma, la esencia adquirida en las circunstancias de ese instante vital― fue la de un guía, la de alguien que acompaña pero solo para mostrar el camino, para enseñar a hacer algo que después tenemos que hacer por nosotros mismos, alguien con quien alcanzamos la salida del laberinto al mismo tiempo que conocemos la historia del laberinto.

Pero darse cuenta de esto, que puede no ser cierto, no es fácil. Hace falta, por ejemplo, echarse a caminar por calles que pocas veces se recorren, deambular con el mínimo de orientación hasta llegar ―azarosa pero inevitablemente― a una esquina donde se reconoce o se recuerda la conducción de otro, un cruce a partir del cual ―sabemos ahora― es posible continuar o volver.

Dar entonces la espalda al retorno, completar la misión del guía, entender que algunas personas solo llegan para responder una pregunta y de inmediato se van, azacanadas por la prisa y la incomodidad de estar mucho tiempo en un mismo sitio: esa es su naturaleza, la esencia misma que adquirieron para con nosotros en ese instante vital.

Twitter del autor: @saturnesco

Imagen: Donato Buccella / sibemolle