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A partir de su compra por parte de Microsoft, han aumentado las sospechas de que Skype ya no es el medio de comunicación por Internet más seguro que solía, implementando medidas que facilitan el franco espionaje por parte de instituciones gubernamentales.

Skype es sin duda uno de los servicios de comunicación por Internet más prácticos y eficientes que existen, por lo cual se encuentra también entre los más usados. Sin embargo, a partir de su compra por parte de Microsoft en mayo de 2011, dicho producto ha crecido en sospechas de espionaje y cercanía con instituciones de inteligencia gubernamental, sobre todo estadounidenses, que al parecer lo han incorporado también entre sus fuentes de información de datos y conversaciones personales.

Cuando ingenieros europeos crearon Skype, en 2003, parte de su ethos fue dificultar el monitoreo gubernamental hacia los usuarios, utilizando para ellos especificidades técnicas y de encriptación poco comunes y sumamente fuertes, entre las cuales destacaba el hecho de que para hablar, dos personas conectaban sus computadoras directamente, sin pasar por un servidor central como sucede con la mayoría de las comunicaciones que se realizan por Internet.

Por esta razón era supuestamente usual que, cuando la policía intervenía las conversaciones telefónicas de narcotraficantes, pedófilos, terroristas y otros sospechosos, se les oyera preferir Skype sobre otros medios tradicionales como el teléfono.

Pero esto ha cambiado radicalmente. Al menos eso piensan grupos de hackers y expertos en privacidad que en los últimos meses han expresado su preocupación de que la arquitectura del sistema ha cambiado lo suficiente como para que instancias gubernamentales husmeen entre lo que pasa en Skype. Ahora, por ejemplo, existen unos “supernodos” que dirigen algunos datos hacia servidores centralizados.

En suma, todo parece indicar que aquella reputación de seguridad que Skype tenía ganada (al grado de que durante la Primavera Árabe fue uno de las formas de comunicación preferida entre los manifestantes y periodistas) es ya cosa del pasado, gracias en buena medida al cambio de dueño sufrido.

[Washington Post]

Investigadores de la Universidad de Villanova descubre que las búsquedas de porno en Internet cumplen con una periodicidad de seis meses, fenómeno sorprendentes cuyas causas toca ahora conocer.

Animales rutinarios como somos, los seres humanos tenemos la tendencia a establecer ciclos en nuestro comportamiento y extenderlos a nuestra realidad social, generando así patrones cuya evolución puede medirse y analizarse.

Y en esto el porno no es una excepción. Tomando en cuenta que, en esencia, se trata de un tipo de consumo, la búsqueda de pornografía en Internet también cumple con temporadas que investigadores de la Universidad de Villanova tuvieron el acierto o al menos la curiosidad de registrar.

Su método fue sencillo: hurgar en las búsquedas que se realizan con Google de términos como "porn", "xxx", "xxvideos" y otros del mismo campo semántico, utilizando para ello el servicio de Google Trends. Para confrontar los resultados, el equipo realizó un levantamiento de datos neutros para establecer así un tipo de grupo de control.

Sorprendentemente, los investigadores encontraron un ritmo semestral en la búsqueda de dichos contenidos (el cual no se presentó con las palabras neutras): picos y valles del porno con una recurrencia claramente discernible de seis meses.

Asimismo, parece ser que este patrón podría no limitarse a Internet, pues otras palabras asociadas con la prostitución o con sitios de citas también cumplen con la misma periodicidad.

Pero este es apenas el inicio. Ahora falta investigar por qué sucede todo esto, qué causas tiene y también qué implicaciones, de qué manera está conectado con otros fenómenos colectivos (económicos, políticos, etc.) y otras aristas de esto que se antoja simultáneamente complejo y elemental: complejo por las muchas circunstancias presentes y elemental porque parece reducirse a esa potencia básica que anima tantos de nuestros actos aun sin que nos percatemos de ello: el deseo sexual.

[The Atlantic]