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Nuestro colaborador Fausto Alzati continúa explorando los "sintomas de una época", esta vez enfocándose en "la ilusión de la voluntad consciente", la simulación en que está sumido nuestro albedrío y la cual nos negamos a reconocer.


El hubiera no existe. No hay manera de saber, en retrospectiva, si pudimos tomar decisiones distintas a las que hemos tomado en nuestras vidas. Establecer si en verdad tuvimos una opción, o si estábamos ya determinados a hacer las cosas tal como las hicimos, es imposible. Para probar lo contrario, sería necesario viajar al pasado y tomar una decisión distinta a la que tomamos en dado momento. (Como en la serie Family Guy, cuando Stewie viaja en el tiempo para evitar que Kurt Cobain se mate ofreciéndole helado Hagen Das a cambio de su escopeta [temporada 10, episodio22]). Suponiendo que pudiésemos, por algún tipo de variación cuántica, modificar las reglas de viajar en el tiempo (ya que al alterar una decisión en el pasado dejaríamos de ser quienes fuimos y por ende no habríamos viajado al pasado), aún habría problemas. Aunque viajásemos al pasado, tal momento pasado sería, para nosotros, un momento posterior dentro de la secuencia de eventos en nuestra conciencia; en otras palabras: no hay manera de saber si tenemos voluntad consciente o no.

La sensación de tener una voluntad consciente es algo infranqueable. Pero es eso, una sensación, como la sensación que tenemos al ver un color o beber un refresco. En cierto sentido, la idea de una voluntad consciente, raya en lo que llamamos pensamiento mágico: pensar que tenemos más efecto sobre el mundo del que realmente tenemos. Cómo dicen por ahí: una sobre-estimación de la influencia personal. Recordemos, pues, las tres heridas al narcicismo de la humanidad: 1) Copérnico nos desmiente sobre ser el centro del universo, ya que la Tierra gira alrededor del Sol y no viceversa; 2) Darwin nos sitúa como una especie más entre tantas, en un enredado proceso evolutivo, y no como una especie divina, aparte; 3) Freud demuestra que no somos tan dueños de nuestros actos (o nuestra psique) como pensábamos, ya que nuestras motivaciones suelen ser manifestaciones inconscientes de fuerzas que nos rebasan por mucho.

La hipnosis fue un factor importante en las investigaciones de Freud. Fue uno de los métodos que lo alentaron a intuir que había procesos inconscientes movilizando la conducta. Consideremos, en este tenor, un fenómeno conocido como racionalización post-hipnótica. La racionalización se define como un mecanismo de defensa, donde se ofrecen razones convincentes pero falsas sobre una acción. La racionalización post-hipnótica, refiere a cuando un sujeto hipnotizado es sugestionado a realizar ciertos actos después del trance hipnótico. Usualmente se confiere alguna señal; por ejemplo, cuando suene una campana el sujeto se rascará las pelotas. Después, al escuchar la señal (la campana), el sujeto lleva a cabo la acción pre-establecida (se rasca la pelotas); pero cuando se le pregunta porqué lo hizo, dará una “razón”, ignorando el hecho de la sugestión post-hipnótica (me dio comezón).

En otra línea de experimentos, torno a los procesos cerebrales involucrados en la toma de una decisión, se llegó a una conclusión similar. Al utilizar scanners cerebrales, Benjamin Libet, de la UCSF, y su equipo, notaron que el impulso para llevar a cabo una acción surge, como una carga eléctrica en el cerebro unos 300 milisegundos antes de que ocurra un registro consciente de la decisión. En otras palabras, las decisiones que reconocemos a nivel consciente derivan de procesos cerebrales ya elaborados anteriormente, y no viceversa. ¿Será que luego, parecido al sujeto del experimento post-hipnótico, solo inventamos excusas?

El Dr. Daniel Wegner, profesor de psicología en la universidad de Harvard, propone algunos elementos a considerar en la construcción de lo que él llama La Ilusión de la Voluntad Consciente [The Illusion of Conscious Will, MIT, 2002]. Son tres factores centrales: Consistencia, Exclusividad y Prioridad.  La Consistencia indica que parte de esta ilusión se produce debido a que hay temas afines a la acción en el pensamiento, antes de llevarla a cabo; sumado a que el Yo –como figura gramatical- recurre en esta línea de pensamientos. Por ejemplo: vas a la tienda y compras un cigarro; antes de hacerlo en tu mente hubo pensamientos del tipo: “Se me antoja un cigarro” o “Ya no debería de fumar tanto”. Segundo, la Exclusividad, refiere a que para llegar a la ilusión de la voluntad consciente es necesario ignorar los efectos de otros factores u otras causas para la acción. En este caso: el clima, la adicción a la nicotina, una asociación de un olor con el recuerdo de alguien que conocías que fumaba, la publicidad, etc. Finalmente, Prioridad se refiere a que los pensamientos relacionados a la acción aparecen en la mente poco antes de llevar ésta a cabo. Es decir, que poco antes de ir por un cigarro a la tienda, pasa por tu mente la idea de que fumas o dejas de fumar un cigarro, haciéndote suponer que la acción deriva del pensamiento.

Lo interesante no es si tenemos o no voluntad consciente —las pruebas indican que no—, sino preguntarse ¿por qué tenemos la ilusión de ello? Es decir, ¿para qué sirve esta ilusión? ¿Sería insoportable la vida de otro modo? ¿Ayuda a nuestros procesos de aprendizaje? Poco importa que sea o no una ilusión, de todos modos es parte de nuestra vivencia; si viviésemos en un videojuego, no es tan importante si es o no un videojuego, sino de qué trata y cuáles las reglas del juego. De cualquier forma estamos dentro del juego y no fuera de él: qué más da si es una simulación. Aunque nuestra voluntad consciente sea una ilusión, no por ello dejamos, o dejaremos, de evaluar nuestras (supuestas) opciones en pos de mejores decisiones: aquellas con consecuencias medibles más favorables —ilusorias o no.

Blog del autor: Fausto Alzati Fernández / Ataraxia Múltiple

 

El cerebro se parece a todas las cosas del universo: el arte de las neuroimágenes (FOTOS)

Por: Alejandro Martinez Gallardo - 05/30/2012

Estimulación estética de nuestras neuronas en un espejo digital: Imágenes microscópicas, ilustraciones, visualizaciones y representaciones artísticas del cerebro nos muestran la naturaleza protéica del órgano más complejo del universo conocido.

El cerebro humano es el órgano más complejo que hemos encontrado hasta el momento en nuestra exploración del universo; es también el órgano principal a través del cual conocemos el universo. Esto exhíbe una paradoja, decía Einstein: "La mente es hermosa por la paradoja. Se usa a sí misma para entenderse a sí misma". Aún cuando habría que diferenciar entre la mente y el cerebro --ya que la mente parece extenderse mucho más allá del cerebro, abarcando quizás la totalidad del espacio cósmico- tal vez sea por esta naturaleza autorreferente con la cual nos conocemos a nosotros mismos y al universo, que el cerebro parece trasvasarse al mundo y hacer de él un espejo. Árboles, galaxias, estrellas, medusas, ríos... todo parece existir dentro del cerebro.

Habría que aceptar una pareidolia cognitiva, un delirio de autoproyección, un gestalt promiscuo, pero es parte de la naturaleza del hombre --justamente porque así está codificada la biocomputadora humana-- verse a sí mismo reflejado en el mundo. Tenemos tantas neuronas como estrellas en el universo, decía Timothy Leary (¿y acaso la imagen superior de un astrocito, un regulador neuronal, no se parece al núcleo de una estrella con filamentos de plasma coronal?). Las déndritas, prolongaciones protoplásmicas de nuestras células nerviosas, evocan invariablemente a las ramas de un árbol (la misma palabra "déndrita" signifca árbol). La estructura sináptica claramente evoca un rizoma, una conexión subterránea. Las imágenes primordiales de la naturelza  se repiten al interior de nuestro cerebro.

Por todo esto es predecible que la representación viusal de la estructura cerebral --del hombre y de los demás animales-- tenga un profundo atractivo artístico. La fotografía microscópica y las ilustraciones plásticas del cerebro se complementan y crean todo un género estético-intelectual. A continuación una serie de imágenes, la mayoría compiladas por el formidable blog Neuroimages, que exponen esta conexión visual entre nuestro cerebro y el mundo, que es ya casi una corriente estética y una divagación filosófica.

 

Esta imagen comparativa entre la conectividad neuronal de un ratón y un cúmulo de galaxias, que ha circulado profusamente en Internet, es usada generalmente para ilustrar la teoría de que el universo es un fractal --como arriba, es abajo-- y que posiblemente los procesos y las formas macrocósmicas se repitan en una escala microcósmica.

 

 

Mapa del Internet realizado por el Opte Project. Nótese la estructura dendrítica de las conexiones.

 

 

"Brainbow", imagen del hipocampo generada por Tamily Weissmann. Iridiscencias dentro de una tarjeta de video o boca de ballena-guacamaya.

 

 

Lóbulo cerebral bajo un microcopio electrónico. Terminaciones nerviosas evocan rizos de coral.

 

 

"Dolor de cabeza", de Helen Pynor. El cerebro ya sin su vehículo es una imagen de otredad entrañable, intimidad alienígena. Una medusa o un molusco en el mar abstracto.

 

 

Una neurona Purkinje , retocada digitalmente, de la que se desprenden varias déndritas. Vemos un árbol que es también el delta de un río, entre el mar y la tierra.

 

 

Representación del hipocampo realizada por Greg Dunn en una serie comisionada por diferentes universidades estadounidenses.  El hipocampo en una lamina de oro parece también una imagen satelital de un trecho espiral de topología terrestre. (VER SERIE COMPLETA)

 

Representación del neurocórtex de Greg Dunn evoca un elegante  grabado japonés, acaso la niebla en un bosque otoñal.

 

 

"Synaptogenesis" de Greg Dunn. El nacimiento de las conexiones eléctricas que conducen el pensamiento.

 

 

Ilustración del hipocampo de fines del siglo XIX de Camilo Gogli.

 

 

Ilustración de la conciencia y su relación con el cosmos del alquimista Robert Fludd.

 

Disección del cerebelo de Santiago Ramón y Cajal.

 

 

Disección del cerebro del archivo de la Universidad de Cornell.

 

 

Secciones coronales del cerebro. ¿Neurogalletas alguien?

¿O un sandwich de convoluciones cerebrales? (Imagen Sara Asnaghi).

 

"Brain Quill" de Sarah Yakawonis.

[Neuroimages]

Twitter del autor: @alepholo