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Pollos industriales son alimentados con cafeína, antibióticos prohibidos y Prozac

Por: pijamasurf - 04/09/2012

Se da a conocer que en la carne de pollo hay concentraciones de químicos como la cafeína, antibióticos prohibidos e incluso antidepresivos como el Prozac, coctel farmacológico totalmente lógico en el contexto de la producción intensiva de alimento.

La producción intensiva de alimentos, específicamente en el caso de los distintos ganados de consumo humano, ha degenerado en prácticas que con cierta frecuencia generan efectos adversos tanto a la salud humana como a la integridad y a l dignidad de los animales criados para tal efecto.

Una investigación reciente del The New York Times pone al descubierto que en ciertas muestras de carne de pollo se acumulan los más sorprendentes y diversos químicos, entre ellos cafeína, antihistamínicos, antibióticos prohibidos para su uso humano (en particular acetaminofeno y fluroquinolones), arsénico e incluso un antidepresivo como el Prozca (en el caso del pollo criado en China).

Este inaudito coctel farmacológico tiene, en ciertas sustancias, razones totalmente lógicas y racionales: la cafeína mantiene despiertos por más tiempo a los animales, lo que se traduce en más tiempo comiendo. El Prozac, por otra parte, mitiga la condición nerviosa de las aves que se exacerbada por las brutales condiciones de estrés propias de las granjas de producción.

Y por si este escenario no fuera lo suficientemente atroz, los encargados de estos lugares aseguran desconocer a detalle el alimento que recibe su ganado, pues simplemente emplean el que reciben de sus propios proveedores (grandes compañías del sector alimentario).

[treehuger]

Disciplinas tan iconoclastas como el psicoanálisis y la neurociencia han desmitificado el fenómeno amoroso en años recientes, pero se mantiene por lo menos un elemento que cubre de misterio esta emoción: ¿por qué amamos a una persona en específico y no a otra?

Solo amamos aquello en que buscamos algo inasequible

Proust, La prisionera

La romantización del amor, tan propia de épocas pasadas, parece que en la nuestra llega a su fin de la mano de disciplinas tan iconoclastas como lo son el psicoanálisis y la neurociencia ―esta más novedosa que aquel y, para algunos, incluso una especie de antídoto científico a la fabulación del psicoanálisis.

Desde ambas perspectivas es posible entender el amor despojado totalmente de esa idealización o mistificación que desde varias tradiciones se le ha impuesto, esa “aura amorosa” en torno suyo que a la luz de las teorías de Lacan o los descubrimientos neurocientíficos queda reducida a un malentendido en la percepción simbólica del sujeto o al resultado de reacciones neuroquímicas y hormonales que hacen del fenómeno amoroso un algoritmo fisiológico.

De entrada recordemos que en el psicoanálisis lacaniano el enamoramiento hacia otra persona, en cierto sentido, no existe. Hay en todo caso un equívoco, la identificación errónea de algo que el sujeto cree advertir en otra persona, un excedente en el otro que carece de realidad más allá de la figuración del sujeto, un algo que el otro no tiene pero que el enamorado admira y desea para sí. La conocida fórmula del objet petit a (según lo explica Žižek):

¿En qué consiste el señuelo del amor? Cuando estoy enamorado, amo a alguien a causa del objeto a en él, a causa de lo que “en él [es] más que él mismo”, en síntesis, el objeto del amor no puede darme lo que demando de él ya que no lo posee, dado que, en lo más íntimo, se trata de un exceso. Lo que define al amor es esta discordancia o brecha básica (elaborada por Lacan a propósito de la relación de Alcibíades con Sócrates en el Banquete de Platón): el amador [erastés] busca en el amado [éromenos] lo que a él le falta, pero, como lo expresa Lacan, “lo que a uno le falta no es lo que está escondido dentro del otro” —de este modo, lo único que le queda por hacer al amado es realizar una especie de intercambio de lugares, cambiar de objeto a sujeto del amor, en síntesis: devolver amor.

Esto por lo que toca al psicoanálisis, ideas acaso cuestionables que  para algunos poseen coherencia, sentido y realidad a pesar de (o gracias a) la retórica laberíntica en que están envueltas, sobre todo porque encuentran eco en experiencias concretas relativas al amor.

Por otro lado tenemos la neurociencia, en donde, según palabras de Helen Fisher, bioantropóloga en la Universidad de Rutgers especializada en la evolución de las emociones humanas, el amor no es una emoción, sino, por el contrario, “un sistema de motivaciones, un impulso, es parte del sistema de recompensas del cerebro”.

En efecto: el amor romántico se explica como la combinación de altos niveles de dopamina y norepinefrina, además de poca serotonina, todo lo cual se conjuga para generar en el cerebro el pensamiento obsesivo hacia la otra persona que caracteriza la atracción amorosa. Estos mismos químicos también son los responsables de las sensaciones de euforia que sobrevienen cuando el panorama amoroso se presenta favorable y el viraje brutal hacia la depresión o la frustración cuando se atisba un posible fracaso. En relaciones amorosas de largo aliento son la oxitocina y la vasopresina las que nos proveen el sentimiento de tranquilidad y comodidad que sentimos cuando nos encontramos en compañía del ser amado.

Ahora bien, ambos planteamientos explican con (relativa) suficiencia por qué amamos y qué pasa en nuestra mente cuando amamos. Sin embargo, a mi juicio esto no basta para desmitificar el amor, para defenestrarlo de ese sitial privilegiado que ocupa en las intenciones sentimentales de casi cualquiera. Pervive en un rincón una circunstancia relacionada con el amor cuyo misterio parece ampliarse y cubrir la noción entera, so riesgo de echar por tierra todas estas teorías.

Podemos saber por qué amamos y qué pasa fisiológicamente en nuestro interior cuando amamos, pero ¿por qué elegimos amar a una persona en específico y no a otra? Tomando en cuenta que a diario, en los muchos días de nuestra vida, nos cruzamos con muchísimas personas, entablamos contacto cotidiano con otras, iniciamos o reanudamos relaciones con las más variadas, ¿por qué no caemos enamorados (si se me permite el galicismo) de más de una de estas a cada momento con la misma intensidad que sí sucede con una sola y con expectativas más ambiciosas?

Hablo, ya se ve, de ese relámpago letal y poco frecuente que es el enamoramiento, ese arrebato súbito, ese coup de foudre, ese acceso de locura, esa manía erotike, esa forma de la posesión, el “flechazo” del imaginario popular que intenta emerger al lenguaje solo a través del sentido figurado y las metáforas, de los muchos significantes aledaños a una realidad en esencia inefable.

Tal vez exagero, pero me parece que todos esos esfuerzos por sujetar racionalmente la naturaleza amorosa quedan supeditados a la irracionalidad del azar, de la casualidad, del encuentro fortuito con una persona que sin saber por qué comenzamos paulatinamente a amar, justo como si en ese preciso instante potencias ajenas a nuestra voluntad y nuestro entendimiento nos hicieran cautivos dentro de nuestra propia ignorancia, forzando una entrega irremisible a su actuar inevitable.

Con todo, que el psicoanálisis o la neurociencia no puedan ofrecer una respuesta satisfactoria a este problema no significa —al menos no para mí— que abdiquemos por completo de la racionalidad. Quizá el enamoramiento sea, después de todo, solo un asunto de probabilidades.

 

Referencias:

“This is your brain in love”, de Maria Popova, en brain pickings

¡Goza tu síntoma! Jacques Lacan dentro y fuera de Hollywood, de Slavoj Žižek, en Scribd

Twitter del autor @saturnesco