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Escritores del Cielo en Hades (8/10: La Mente Grupal y la Programación de la Multitud)

AlterCultura

Por: Jasun Horsley - 07/20/2011

La octava parte del genial ensayo de Aeolus Kephas es una pieza de alta penetración psicológica, en la que se traza la construcción de nuestra psique dentro de la enajenante mente grupal y se dan las claves para liberarnos de la multitud hacia la individuación (programar nuestro propio código de realidad).

Imagen cortesía de Lucinda Horan

El rol de un escritor no es decir lo que todos podemos decir, sino lo que no somos capaces de decir

-Anaïs Nin

Hay una paradoja en todo esto: solo quienes han aprendido a separarse del colectivo y establecer sus propias fronteras y sentido de identidad serían capaces de abrir una transmisión y empáticamente fundirse con los demás. Para aquellos de nosotros que no nos hemos liberado de los programas de nuestro condicionamiento, la empatía o cualquier conexión verdadera con los demás sería demasiado amenazante, por lo que el aislamiento y la desconexión emocional serían necesarias para nuestra sobrevivencia psíquica. Pero, de nuevo paradójicamente, seres no-individuados serían extensiones de la mente grupal, sin tener una identidad auténtica —lo que explica su ferviente deseo de proteger la poca identidad que tienen.

Jean Cocteau dijo alguna vez: «Si tiene que decidir quién será crucificado, la multitud siempre salvará a Barrabás». Sin individuación, permanecemos como “parte de la multitud” y así siempre vemos los hechos de forma equivocada. La razón por lo cual la multitud entiende equivocadamente lo que sucede es porque no tiene un punto de vista genuino, ya que por definición una multitud está compuesta de muchos puntos de vista diferentes. El punto de vista de la multitud (que es el de la psique no-individuada) es un revoltijo en el que “el común denominador más bajo” gobierna. Todas las formas de expresión individual creativa o ritual que hemos discutido están diseñadas —conscientemente o no— para disolver este hechizo, usando un contrahechizo cuya intención es establecer (o reclamar) el punto de vista único del individuo.

Cuando no estamos anclados en un sólido sentido de identidad, la mente contagiosa de la multitud inevitablemente nos poseerá, como en la película de  la década de 1950 The Blob [La Masa Devoradora]. La posesión por esta “masa” no  es solamente común, como está en todas partes no registramos su existencia. Estudios han demostrado que la “inteligencia de la multitud” está determinada por la diferencia: una multitud se vuelve más perspicaz —se comporta de forma más inteligente, menos como “la masa”— cuando las personas que la constituyen tienen menos en común. Tales diferencias impiden que los individuos dentro de un grupo sean devorados por la mente grupal, ya que no imitamos a las personas que percibimos como diferentes a nosotros mismos.  Las multitudes estúpidas suceden cuando todos se ponen de acuerdo entre sí: vestirse igual, hablar igual, actuar igual. Una turba se forma por una reunión de personas abiertas a la persuasión, que en realidad se han juntado para ser persuadidas, inconscientemente buscando refugio en la mente grupal.  Grupos así consisten en personas que carecen de un sólido sentido de realidad o identidad: en pocas palabras, seres no-individuados. Estos seres no-individuados (que evidentemente conforman la mayor parte) se experimentan como individuos distintos y se agrupan para reafirmar su experiencia. Al formar una identidad grupal, validan la realidad del otro, generalmente usando un punto focal (ya sea Hitler o los Beatles [1]). Entonces se esfuma el espacio para una voz objetiva que desafíe esa falsa realidad, porque colectivamente el grupo tiene el poder para silenciar o expulsar a cualquiera que lo intente. Esto es lo que crea una turba y por lo que toda turba tiene una tendencia natural a la violencia[2].

Unirse a una mente grupal provee un sentido de pertenencia. Pero, irónicamente, cuando nos unimos a un grupo estamos inconscientemente buscando los patrones originales de la vida familiar que desde un inicio hicieron un cortocircuito con nuestro sentido de realidad. Los mismos patrones que han impedido la formación de una frontera saludable y han hecho cualquier tipo de acción autónoma —la individuación— imposible,  lo que significa que ni siqueira podemos concebir la realidad como un estado interno en vez de solo una serie de reglas sociales externas. Este es un loop de retroalimentación negativo recurrente: las personas no-individuadas buscan grupos para sentirse seguros y tomar refugio en una mente grupal impide la individuación. Esto es lo que provoca que la mayoría de nosotros nos movamos de una “matriz” a otra, sin tomar respiro. Vamos de la vida familiar a la universidad, a un trabajo, a una relación de pareja, a formar una familia, sin descubrir un sentido de significado fuera de esos patrones. Por otra parte, solo es a través de esas interacciones grupales que podemos hacer evidentes esos patrones y reconocer qué tan imposible es escapar de ellos. Así que retraerse puede ser tan compulsivo como unirse, porque las dos son formas de no ver qué tan compulsivos somos.

Todos los grupos acaban alineándose con los “patrones familiares” (improntas tempranas) que los individuos tienen en común, porque estos son los patrones que unieron al grupo desde el principio.  Son también los patrones que nos volvieron locos, esto es, incapaces de funcionar como individuos fuera del colectivo. Las neuronas espejo añaden un nuevo giro, más psicológico, a la idea de patrones familiares. Si nuestro cerebro empata todo tipo de comportamientos (incluyendo estados de ánimo) que observamos creciendo, entonces nuestros cerebros (y cuerpos) deben también recordar los momentos en  los que empatamos esos comportamientos. De la misma forma como cuando un atleta o un artista marcial recuerda los movimientos musculares tantas veces repetidos y ese comportamiento eventualmente se convierte en una segunda naturaleza. Los primates aprenden a actuar mayormente a través de la imitación, el lenguaje incluido. Lo que comunicamos y la forma en la que lo comunicamos, entonces, es en gran medida in-formada por las personas a nuestro alrededor. Luego, como adultos, buscamos inconscientemente individuos que han adoptado estados de ánimo y patrones de comportamiento similares a los nuestros (debido a improntas tempranas similares), para que podamos recrear nuestro ambiente formativo. No importa cuan amenazante y perturbador haya sido para nosotros en la infancia, es ahora lo que sabemos, y la familiaridad, para la persona no-individuada, equivale a la seguridad.

De ahí que las actividades grupales tiendan a volverse grupos de  culto,  y también podría ser esta la razón por la cual existe tanta paranoia alrededor de los “cultos” en el clima actual, porque son recordatorios incómodos, reflexiones de nuestra dispensación colectiva.  Entre más aborrecemos y condenamos los “cultos”, más nos podemos decir a nosotros mismos que no somos susceptibles a ese tipo de comportamiento. Pero todos somos susceptibles. La sociedad (y la misma realidad consensuada) es una forma de pensamiento grupal tan difundida que es indetectable para sus miembros. Es el máximo culto de control mental, uno que nadie tiene permiso de abandonar [3].

¿Pero en que se relaciona esto a la escritura? Una mentalidad colectiva se mantiene por el reforzamiento constante a través de las palabras: el grupo le dice a sus miembros qué pensar y luego sus pensamientos les dicen la misma cosa que les están diciendo que piensen. Esa es la forma en la que la programación funciona, a través de un comando de auto-perpetuación. La realidad se convierte en lo que nos decimos que es real, y qué nos decimos que es real es lo que nos dicen que nos digamos.  La escritura es una forma de retomar este poder empezando a componer nuestro propio diálogo interno, escribiendo de esta forma nuestro propio programa. Al ir escribiendo nuestros pensamientos, sobre nosotros y nuestras vidas, logramos ver, desde la perspectiva de la tercera persona (aquella del Escucha), las formas en las que nuestras percepciones se han visto comprometidas por influencias externas. La escritura es una forma de desarrollar nuestras voces  y desarrollar la voz de uno significa identificar y luego erradica cualquier elemento que no sea nuestra voz, esas influencias externas que distorsionan nuestra capacidad de expresarnos y dejar de cacarear las ideas de los demás y decirles lo que quieren oír —y decirnos a nosotros mismos lo que pensamos que queremos oír— en vez de simplemente decir la verdad. Dentro del contexto del pensamiento en grupo, sin embargo, decir la verdad puede ser —e inevitablemente será— la cosa más ostracizante que una persona puede hacer. La individuación —que es encontrar nuestra verdadera voz— solo puede ocurrir cuando nos salimos de la mente grupal, y ya que la mente grupal está mantenida por la “lealtad” de sus miembros, la individuación es siempre percibida como una amenaza a los otros miembros del grupo. Así que, al defender nuestra propia verdad e individualidad, invariablemente nos arriesgamos no solo sufrir el ostracismo del grupo, sino —al hablar de lo que los miembros no pueden darse el lujo de admitir ellos mismos— a convertirnos en una víctima de sacrificio a través de la cual el grupo se refuerza. En dos palabras: un chivo expiatorio.

Leer Parte 1 / Pornografía y Sanación Chamánica

Leer Parte 2 / Sanación Autoliteraria y Diálogo Con Uno Mismo

Leer parte 3 : El Espejo Mágico y la Escritura Telepática

Leer Parte 4/ Sueños Lúcidos y el Trauma Original

Leer Parte 5 / Comunicación de Cerebro a Cerebro y las Neuronas Espejo

Leer Parte 6/ La Afinidad entre Autor y Lector Genera una Gran Escritura

Leer Parte 7/ Indiviudación, Empatía y Transmisión Holográfica

* Aelous Kephas, nuevo colaborador de Pijama Surf, es uno de los más reconocidos autores del alterocultismo y la metanarrativa contemporánea. Entre sus obras publicadas destacan: Matrix Warrior: Being the OneThe Lucid View: Investigations Into Occultism, Ufology and Paranoid AwarenessHomo Serpiens: A Secret History of DNA from Eden to Armageddon.

Blog del autor: aeoluskephas.blogspot.com

 


[1].  Lo observamos en casos extremos, como el nazismo o la  beatlemanía. En este último caso, las niñas que se volvían histéricas por los Beatles se infectaban entre sí con un virus mental y los Beatles eran en realidad solo incidentales a este proceso. La resultante “histeria masiva” demostró cómo una perspectiva es forjada de muchas otras perspectivas —esas niñas se volvieron una turba, indistinguibles la una de la otra.  De hecho, no es ni siquiera una sola perspectiva, porque sea como sea que se están comportando, todas esas niñas están posicionadas en distintos puntos de vista en el espacio. Ninguna de estas niñas se comportaría así si estuvieran solas o si no hubiera nadie actuando de esa forma. Pero juntas se sienten “seguras” para expresar la experiencia colectiva. Esta perspectiva en realidad tiene poco que ver con los Beatles, porque estas niñas no están respondiendo al grupo o a la música, sino a sus propios patrones colectivos. De aquí que la aparente perspectiva unificada (la beatlemania) sea falsa, porque es una perspectiva que confunde al dedo que apunta con la Luna, la añoranza y la histeria por el objeto en el que se está proyectando. Es en realidad la mente grupal detonando toda esa energía y no los Beatles; una vez que los sentimientos han sido sacudidos, bien podrían ser los Monkees (por esto es que las parodias comúnmente se convierten en lo que parodian).

[2] Ver el artículo «When We’re Cowed by the Crowd» del 28 de mayo de 2011: « La sabiduría de las multitudes se convierte en un fenómeno increíblemente frágil. No se necesita mucho para que el grupo inteligente se vuelva la manada idiota. Peor, un nuevo estudio realizado por científicos suizos sugiere que la interconexión de la vida moderna puede estar haciendo más difícil que nos beneficiemos de nuestra inteligencia colectiva. El experimento fue expedito. Los investigadores reunieron a 144 estudiantes suizos, los sentaron en cubículos aislados y luego les hicieron varias preguntas, tales como el número de inmigrantes que viven en Zurich. En muchas instancias la multitud probó estar en lo correcto. Cuando se les preguntó de esos inmigrantes la conjetura promedio de los estudiantes fue 10 mil; la respuesta era 10,067. Los científicos luego permitieron que los otros miembros del grupo vieran sus respuestas. Como resultado pudieron ajustar sus subsecuentes estimados de acuerdo a la retroalimentación de la multitud. Los resultados fueron deprimentes. De repente el rango de estimados se estrechó; las personas se estaban imitando las unas a las otras sin pensar. En vez de cancelar sus errores, acabaron magnificando sus sesgos, por lo que cada ronda llevó a peores respuestas. Aunque estos sujetos estaban mucho más confiados en que estaban en lo correcto —es reconfortante saber lo que los demás piensan— esa confianza estaba mal ubicada.  Los científicos se refieren a esto como "el efecto de la influencia social". En su artículo argumentan que el efecto ha crecido en alcance en los últimos años. Vivimos, después de todo, en una era de encuestas de opinión y Facebook, noticias por cable y Twitter. Constantemente nos estamos confrontando con las creencias de los demás, al tiempo que las multitudes se dicen a sí mismas qué pensar, [así que] mientras la Red permite nuevas formas de acción colectiva, también permite nuevas formas de estupidez colectiva. El pensamiento en grupo está más difundido y mientras lidiamos con el exceso de información disponible obteniendo externamente nuestras creencias de celebridades, expertos y amigos de Facebook. En vez de pensar por nosotros mismos, simplemente citamos lo que ya se ha citado. Debemos de ser renuentes de tales influencias. La única forma de preservar la inteligencia de las multitudes es protegiendo la independencia del individuo». http://online.wsj.com/article/SB10001424052702304066504576341280447107102.html">http://online.wsj.com/article/SB10001424052702304066504576341280447107102.html

[3] «Por más de una generación los occidentales hemos esparcido nuestro conocimiento moderno de enfermedades mentales a lo largo del mundo. Lo hemos hecho en el nombre de la ciencia, creyendo que nuestros acercamientos revelan la base biológica del sufrimiento psíquico y esfuman mitos precientíficos y su estigma nocivo. Hay ya buena evidencia que en el proceso de enseñar al resto del mundo a pensar como nosotros, hemos estado exportando nuestro “repertorio de síntomas” occidentales. Esto es, no solo hemos cambiado los tratamientos sino la expresión de las enfermedades mentales en otras culturas. De hecho, un manojo de trastornos de salud mental —depresión, estrés post-traumático y anorexia entre ellos— ahora se extienden a través de distintas culturas con la velocidad de una enfermedad contagiosa. Estos  cúmulos de síntomas se están volviendo la lengua franca del sufrimiento humano, reemplazando  las formas indígenas de enfermedad mental».  http://www.nytimes.com/2010/01/10/magazine/10psyche-t.html?em

 

 

Educar a las siguientes generaciones para expresar su individualidad sin las improntas de la autoridad podría significar instaurar una nueva realidad colectiva; Robert Anton Wilson y Aleister Crowley, los alumnos más rebeldes e inquietos, trazan el camino hacia fuera del instituto, hacia el universo y el caos mágico.

"Al universo le gusta jugar".- Hakim Bey, Anarquismo Ontológico y Terrorismo Poético

Cualquier persona reconoce la importancia de la educación, tanto que, como si fuera una especie de panacea social, se le suele tener como solución profunda a todos los problemas. De manera reduccionista y algo ingenua se cree que la solución educativa es simplemente matricular a todos los niños del mundo, darles alimento, acceso a la tecnología y luego permitirles estudiar en las "mejores universidades". Esto casi se considera un bien universal. Pero en muchos casos esto es solo una manera sistemática de formar personas bien adaptadas al orden mundial, muchos de ellos autómatas que difícilmente encontrarán  lo que son y harán lo que quieren.

Existe, sin embargo, otro paradigma, que no es nuevo pero que ha sido marginado por el poder, el de educar para desprogramarse de esta realidad colectiva enajenante con el fin de hacer que una persona pueda acercarse lo más posible a la totalidad de la expresión de su ser más íntimo. Lo que alguna vez dijo, a manera de mantra, el profesor de Harvard Tim Leary:  tune in, turn on, drop out. A nosotros, los que hemos sido educados a la usanza formativa estándar,  nos compete más desaprender,  desconectarnos del sistema operativo de la cultura dominante; pero aquellos que vienen podrían tener el campo abierto para jugar y crear sin tener que pasar por todo un arduo proceso de decondicionamiento, liberando la energía del inconsciente para echar a volar la serpiente al cielo.

Fundamentalmente podemos decir que la educación debe de ser aquello que permita a una persona ser ella misma ("asistir al alma para expresarse a sí misma", en palabras de Aleister Crowley). Para esto, entonces, lo principal es no imbuirle a los niños todas las improntas y patrones de pensamiento de nuestros padres (de nosotros) y del mundo en general (evidentemente es imposible mantener una tabula rasa, pero la clave está en saber limpiar el pizarrón y, si acaso, proveer los gises). Hacer esto no significa, ni mucho menos, criar un niño feral o implementar un libertinaje donde la personalidad fluya con el viento de las circunstancias sin ninguna intención. Significa cultivar las herramientas de la autonomía, de la autodeliberación, de  la autodefinición: hay que primero ver y conocer el mundo para poder abandonarlo y así ser todo él.

En este sentido recurrimos a dos extraños maestros (uno de ellos acusado de satanismo y beber sangre de bebés) cuya sublime lucidez, aunque intermitente, puede constatarse precisamente en sus recomendaciones educativas. Aleister Crowley y Robert Anton Wilson tuvieron dos de las naturalezas más inquietas e inquietantes,  listas siempre para explorar diferentes realidades ("túneles", según las llamaba Wilson), lo cual, después del viaje permanente, los hizo llegar a un espacio esencialmente antidogmático, tanto como pocos en la historia del pensamiento humano (de manera análoga la filosofía griega nació del concurso de las diferentes visiones del mundo que otorgó el contacto con diferentes civilizaciones, en este caso fueron "realidades"). La visión y la experiencia vital de Crowley y de Anton Wilson coinciden en la importancia de explorar todas las realidades posibles sin casarse con ninguna: la más grande riqueza del viajero es atravesar el universo y regresar a casa sin ninguna posesión, sin ningún peso en la valija, para después poder fundar el propio imperio de la imaginación. Esta "creatividad" de sistemas de realidades se libera al darse cuenta de que todos los sistemas políticos, económicos, filosóficos, etc., que se le habían impuesto, no tienen ningún carácter absoluto, son solamente el conjunto de creencias y caprichos de una serie de personas que reemplazaron el mundo por su forma de ver el mundo. Pero dejemos a los maestros dictar el anti-sermón:

«Cada niño debe de desarrollar su propia individualidad y voluntad, sin considerar ideales ajenos [...]. La educación es asistir al alma a expresarse a sí misma. Cada niño debe de ser presentado con todos los posibles problemas y se le debe permitir registrar sus propias reacciones; debe de ser enfrentado con todas las contingencias de turno hasta que logre sobreponerse a cada una. Su mente no debe ser influenciada, sino solamente expuesta a todo tipo de nutrición. Sus cualidades innatas harán que seleccione el alimento adecuado para su naturaleza. Respeta su individualidad. Preséntale la vida en todas sus manifestaciones para que la inspeccione, sin comentarla. Desde la infancia, los niños deben encarar los hechos, sin explicaciones adulteradas. Deja que actúen y piensen por sí mismos; deja que su integridad innata se inicie a sí misma. Haz que exploren todos los misterios de la vida, que se sobrepongan a sus peligros. El engaño y el miedo son sus únicos enemigos. Deja que sean testigos del nacimiento, el matrimonio y la muerte; deja que escuchen poesía, filosofía e historia; llama al aprendizaje pero no a la expresión articulada. Haz que enfrenten desfiladeros, olas, animales, encontrando su propia fórmula de conquista. Confía en la verdad  en ellos sin descanso, con cuidado solo en hacer su amplitud comprensible; confía en que la usen [...] Deja que los niños se eduquen a sí mismos a ser ellos mismos. Aquellos que los entrenan en estándares los lisian y deforman. Los ideales ajenos imponen perversiones parásitas. Cada niño es una Esfinge: nadie sabe su secreto más que ella misma».


"Every child is absolute.


Dare not bias it or bind!


Give the seed fair play to shoot!


At maturity its mind


Shall perfect its proper fruit,

Self-determined, self-designed!"

["Cada niño es absoluto:

¡Que nadie influya en él ni lo obligue!

¡Que la semilla crezca en campo limpio!

Al madurar su mente

madurará el fruto:

¡determinado por sí mismo, diseñado por sí mismo"]

(Aleister Crowley, "On the Education of Children" , The Revival of Magick)

Ahora acerquémonos en el tiempo a Robert Anton Wilson, el genial escritor y psiconauta, cuya mayor aportación, la misma que la de Sócrates, es hacernos pensar por nosotros mismos, esta vez con alta conciencia de cómo funciona el cerebro humano, ese poderoso instrumento capaz de transmitirse y reflejarse en el universo —al menos en el universo que percibimos.

«El cerebro de la humanidad ha sido lavado por Aristóteles por los últimos 2500 años. La creencia, inconsciente, no del todo articulada, de la mayoría de los occidentales, es que existe un mapa que representa adecuadamente la realidad. Por pura buena suerte, todo occidental cree que tiene un mapa que encaja. La ontología de guerrilla, para mí, involucra estremecer esa certidumbre.

»Cada modelo que construimos nos dice más sobre nuestra mente que sobre el universo [...], el universo es más grande que cualquiera de nuestros modelos [...], cada descripción del universo es una descripción del instrumento que utilizamos para describir el universo (la mente humana)».

Robert Anton Wilson hace referencia a la lógica aristotélica que dictamina y horada en la profundidad de la mente humana un modelo unívoco, como unas gafas cul-de-sac sobre nuestros ojos, en el que si una cosa es algo, por definición no es todo lo demás (lo que en inglés se conoce como el either or).

«"Es", "es" "es" —la idiotez de esta palabra me persigue. Si fuera abolida, el pensamiento humano podría empezar a tener sentido. Yo no sé lo que “es” nada; solo sé lo que me parece a mí en este momento.

»La certidumbre solo es posible para las personas que tienen una sola enciclopedia», dice Robert Anton Wilson.

Más allá de que la física cuántica indica que la luz puede ser una onda y una partícula, que un gato puede estar vivo y muerto —y esto debe de tener implicaciones en nuestra macro-realidad—, lo vital aquí es que en el plano educativo, bajo el gran mito de la objetividad, se nos infunde una creencia undimensional y excluyente de las cosas que va confundiéndose con la realidad. No soólo le decimos al niño que una pelota es una pelota nada más (y no un planeta), le decimos que algo es bueno o malo y lo que es posible y lo que no es posible (pero eso que es malo, que es imposible y solo es una pelota, es solo para nosotros).

«Todos los niños nacen desnudos, hambrientos y con una inmensa curiosidad. Ser padre consiste básicamente en seguirlos por la casa y decirles "no te metas eso en la boca" [...], solo porque el sistema oral de biosobrevivencia se enciende después del nacimiento y lo primero que quieren es el pecho de su mamá y lo segundo que quieren es probar el resto del mundo para saber si sabe tan bien como los pechos de su mamá [...]. Y luego empiezan a hacer preguntas [...].

»La función del sistema educativo estatal es detener esto [...]. Si tuviéramos una población adulta que hubiera mantenido la curiosidad de los niños pequeños, las personas irían por todos lados intentando saber las cosas por sí mismas, y tal curiosidad desmoronaría el edificio de la sociedad moderna», señala el gran humorista de nuestra época, Robert Anton Wilson (simplemente no matar la curiosidad ya sería un logro monumental para la educación).

La educación es la forma básica en la que la autoridad asegura que se mantendrá en el poder y que el mundo que ha proyectado seguirá existiendo. Puesto que una generación que ha sido educada a experimentar las cosas por sí misma —por consiguiente a cuestionar las cosas que le dicen los demás— y que busca simplemente expresar lo que piensa y hacer lo que quiere, seguramente no tendrá mucha consideración por lo que le dice la autoridad, por su administración "de milagros y misterios",  y no reparará en trasponer sus espectrales límites de control. Y entonces no solo correrá peligro la autoridad, sino el mundo entero que sustenta y se reproduce al ser repetido por las masas a las cuales les ha sido implantado tautológicamente. La realidad de este mundo podría empezar a desvanecerse, a agrietarse, y en esos espacios en blanco, de vacío radiante, podría empezar a consolidarse una nueva realidad. 

Por último regresemos a la eterna máxima labrada como una joya gnóstica en el oráculo de Delfos, en cuyo dintel se dice que estaba inscrito: "Conócete a ti mismo". Misma frase recuperada de manera pop-inspiracional en la película The Matrix. Esta máxima encierra (o libera) la clave de la conciencia humana, desde el génesis hasta el siguiente eón (el del niño, el de Horus, el hijo de la pareja sagrada). Conócete a ti mismo y conóceras al universo. "Haz lo que quieras", como decía Crowley, y harás lo que el universo quiere.

«Cuando hacemos la voluntad de nuestro Ser verdadero, inevitablemente estamos haciendo la voluntad del universo. En la magia esto es visto de manera indistinta: que cada alma humana es de hecho el alma del universo en sí mismo. Y siempre y cuando estés haciendo lo que el universo quiere, entonces será imposible hacer algo mal».

Alan Moore, The Mindscape of Alan Moore.

Twitter del autor: @alepholo

[Dreaming the Void]