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La luz del sol es buena para ti, informan grupos que estudian el cáncer

Salud

Por: pijamasurf - 12/19/2010

¿Existe una conspiración para mantener al mundo con deficiencia de vitamina D? Organizaciones sin fin de lucro en Gran Bretaña declaran que exponerse a la luz del sol sin protección puede ser algo benéfico para la salud.

Por algunos años ha circulado una idea muy difundida sobre como debemos evitar la luz del sol de forma directa recurriendo a todo tipo de bloqueadores químicos.  Sin embargo, Nature News reporta que siete organizaciones de salud sin fin de lucro en el Reino Unido han emitido un comunicado en el que señalan que la exposición a los rayos del sol sin protección es buena para la salud ya que ayuda a producir vitamina D, una sustancia importante, entre otras cosas para evitar el cáncer.

Las organizaciones que emitieron el comunicado son las siguientes: Cancer Research UK, National Osteoporosis Society, Multiple Sclerosis Society, British Association of Dermatologists, Diabetes UK, National Heart Forum y el Primary Care Dermatology Society.

Aunque estas organizaciones sólo recomiendan recibir hasta 10 minutos de sol por sesión, Nature News advierte que está cifra es sólo adecuada para personas de tez blanca con mucha sensiibilidad; en el caso de personas de tez morena, se recomienda hasta 3 horas al día. Y en el caso de no poder exponerse al sol, una serie de estudios muestra que la vitamina D ayuda a prevenir una serie de enfermedades, como la gripe, diabetes o problemas en los huesos y en el riñon . Según este estudio la vitamina D probó ser un importance factor en reducir el riesgo a contraer cáncer.

Por estas razones el sitio de medicina alternativa, Nature News, escribe que la difusión de la idea de que exponerse a la luz del sol sin protección es malo para la salud en general, ha sido difundida bajo la agenda de las grades farmaceúticas, para la cuales la deficiencia de vitamina D en el mundo es clave para su negocio de capitalizar la enfermedad en el mundo. Además de generar la industria de los bloqueadores solares, algunos de los cuales contienen sustancias tóxicas que añaden a este oscuro negocio de salud-usura .

Evidentemente el exceso de exposición a los rayos ultravioletas del sol, medido específicamente según el tipo de piel, puede tener efectos negativos; esto es algo que ha sido ampliamente difundido. Mientras que los efectos positivos de la vitamina D obtenida de forma natural y los efectos negativos de su deficiencia no son informados de igual manera por el mainstream.

Por otra parte el bienestar que se obtiene de la luz del sol es algo intuitivo, hasta cierto punto algo que el cuerpo sabe y necesita, como es evidente ante enferemedades como la depresión invernal. Regular las dosis de sol parece ser la clave, pero para hacer esto es necesario primero estar conscientes de esta necesidad solar del cuerpo. Además, es posible que la luz del sol y sus partículas de energía tengan otro tipo de efectos benéficos para la salud, un interesante ejemplo de esto podría ser el caso del yogui Hiran Ratan Manek, practicante del sungazing, quien ha sido estudiado por diferentes científicos y dice alimentarse sólo del sol  (viviendo sin comer nada solo tomando agua y fotones).

Científicos confirman que el cerebro humano es cada vez más pequeño. ¿Está disociado el tamaño de este órgano de la inteligencia o realmente vivimos un proceso de involución?

A pesar de que muchos pensarían que la evolución de la humanidad es una constante ineludible —y que el crecimiento de nuestro cerebro es una prueba de ello—, lo cierto es que la realidad dista de estas afirmaciones, o al menos de una de ellas. Por un lado se ha comprobado que el tamaño del cerebro no es proporcional a la inteligencia desarrollada por el animal o la persona en cuestión, pero también es cierto que la inteligencia de ciertas especies parece tener alguna relación con sus dimensiones cerebrales.

Reflexiones en torno a este fenómeno se han revitalizado tras la confirmación científica de que el cerebro humano se encuentra en un franco proceso de encogimiento. El hombre de Cromagnon, que habitó en algunas zonas de Europa hace aproximadamente 25,000 años, ostentaba el mayor cerebro que haya poseído cualquier versión humana. En contraste, actualmente las personas tenemos un cerebro al menos 10% menor que el de nuestros lejanos ancestros.

Hasta ahora los investigadores no han podido determinar con precisión cuáles son las implicaciones de esta tendencia registrada a lo largo de milenios. Existen algunos que consideran que, contrariamente a lo que nuestro ego evolutivo ha supuesto a lo largo de la historia, tal vez en realidad estemos inmersos en un proceso de “estupidización”.  El científico cognitivista David Geary afirma que la complejización de nuestra sociedad, proceso acompañado por el surgimiento de múltiples comodidades, ha provocado que los individuos requieran de menos inteligencia para sobrevivir y que a causa de esto quizá la sabia naturaleza esté limitando nuestras capacidades.

En contraste con la postura de Geary, Brian Hare, antropólogo del Instituto de Ciencias Cerebrales de la Universidad de Duke, cree que el encogimiento de nuestro cerebro en realidad refleja una ventaja evolutiva. “Un cerebro más pequeño es una muestra de selección contra la agresión. Otra forma de decirlo es que aumenta nuestra tolerancia”, afirmó Hare en entrevista con NPR.

De acuerdo con esta segunda teoría, cuando una población experimenta este proceso de selectividad evolutiva para reducir su nivel de agresión, navega hacia la domesticación. Como ejemplo Hare cita los estudios que ha realizado con chimpancés y bonobos. Los segundos tienen un cerebro más pequeño y son mucho menos agresivos. Y mientras ambos tienen la habilidad cognitiva para resolver un rompecabezas, los chimpancés no pueden lograrlo si se trata de trabajar en equipo mientras que los bonobos sí acceden a la coordinación colectiva en torno a un objetivo compartido.

Pero más allá de la disyuntiva alrededor de las dimensiones cerebrales y su relación con un grado mayor o menor de inteligencia dentro de una especie, parece que esta discusión debiese ser aprovechada para detenernos un instante a reflexionar sobre la actual condición humana y en consecuencia contrastarla con momentos anteriores de nuestra historia.  Quizá la mejor variable que podríamos utilizar como criterio para evaluar objetivamente nuestra evolución como raza humana sea la calidad de vida. Y si analizamos objetivamente la circunstancias del escenario actual, la comparación parece no ser tan favorable.

Douglas Rushkoff, el lúcido teórico de los medios,  en su libro Life Inc enfatiza el hecho de que, contrariamente a lo que nos enseñan en la escuela, durante la Edad Media la población promedio gozaba de una mayor calidad de vida que la disponible hoy en día. Dice, por ejemplo, que la gente de la Europa medieval estaba mucho mejor alimentada que el promedio del actual Occidente. Pero, además, nuestros antepasados del medievo disfrutaban de una vida con menor estrés, mantenían una relación mucho más saludable con el entorno natural y, por si fuera poco, disponían de mucho más tiempo libre para dedicarse a actividades recreativas y familiares. Todos ellos factores que podrían sugerir una calidad superior de vida que la nuestra a pesar del paraíso artificial de lujos y comodidades que nos hemos esforzado por construir en la actualidad.

Tomando en cuenta lo anterior, y sumándole distintos factores que padecemos hoy como una decadente alimentación cuya calidad se ve cada vez más amenazada por el desarrollo de transgénicos y la inclusión de hormonas, un desarrollo tecnológico que invariablemente privilegia los objetivos bélicos, una sobredosis de estímulos culturales que parecerían destinados a confundir el espíritu, y el surgimiento de nuevas y sofisticadas enfermedades relacionadas a pésimos hábitos cotidianos que hemos adoptado como parte de un estilo de vida contemporáneo, lo cierto es que bien podríamos pensar que nosotros, los humanos, hemos sido capaces de construir con nuestra existencia un espectacular monumento a la involución.

Más allá de especulaciones, lo cierto es que ante la interrogante “¿Somos cada vez más estúpidos?” responder es tristemente difícil.

Con información de NPR