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¿Podemos confiar en la tecnología para remediar nuestras pobres flaquezas humanas? Algunas de las decisiones arbitrales que hemos atestiguado en este Mundial hacen pensar lo contrario

El Mundial 2026 de la FIFA ha sido inédito por varios motivos. Para empezar, fue el primero torneo con 48 equipos participantes, 16 más que en 2022 y otros Mundiales precedentes. Como consecuencia de dicha ampliación, en este Mundial hubo un nuevo sistema de competencia, en el que se añadió una ronda eliminatoria que antes no existía, entre la fase de grupos y los dieciseisavos de final. Igualmente fue el primer Mundial en desarrollarse en estadios de tres países distintos: Estados Unidos, México y Canadá, con 78 partidos en el primero y 13 en los otros dos países.

Además de ello y conforme al cada vez más desgastado espíritu de nuestra época, en este torneo fuimos testigos de la inclusión en el campo de juego de la tecnología, de una manera activa y en cierto modo protagonista. Si de por sí cámaras, chips e inteligencia artificial son actualmente omnipresentes en muchísimos aspectos de nuestra vida diaria, el futbol no podía ser la excepción. En el caso del Mundial 2026, la tecnología tuvo un área de uso primordial: la aplicación de las reglas del futbol, hasta ahora dominio exclusivo de la autoridad y criterio del árbitro central en el campo.

Pero ya no más. A juzgar por lo que hemos visto en este Mundial, la ideal del árbitro como juez inapelable de la cancha —justo o injusto, limpio o servicial, impecable o bufonesco— ha quedado en el pasado. Ahora, como ocurre en otros ámbitos de nuestra vida, se ha delegado a la tecnología esa capacidad de decisión y, cabe decirlo, de error, lo cual no es menos importante. Parcialmente, eso también es importante señalarlo, pues el árbitro central continúa detentando un cierto grado de potestad. Sin embargo, ya no es la única autoridad al respecto de lo que ocurre durante un partido de futbol. Con la inclusión del VAR —siglas en inglés para "Árbitro Asistente de Video", un equipo de 2 a 4 árbitros que examinan las grabaciones de determinadas jugadas para resolver posibles disputas y enmendar decisiones arbitrales equivocadas—, el central está sujeto también a esa especie de “cuerpo colegiado” que, como en ciertas democracias, se conforman bajo el objetivo supuesto o ideal de contener los excesos en el ejercicio del poder o la concentración de éste en un solo ente.

Al sistema de VAR se agregó un balón especialmente diseñado para el Mundial 2026, con un sensor de movimiento que registra variantes de velocidad, rotación, trayectoria y posición, mismas que son transmitidas a una frecuencia de 500 veces por segundo. Este sensor —que es una computadora diminuta de datos— también forma parte de las innovaciones tecnológicas que, supuestamente, harían este torneo impecable y justo, al menos arbitralmente y en todo lo concerniente a la aplicación de las reglas del juego. 

Hoy, después de cien partidos disputados, a un mes de iniciado el torneo y a una semana de que éste finalice, sabemos que la FIFA distó mucho de cumplir dicha promesa. El Mundial no ha estado exento de decisiones arbitrales polémicas, especialmente porque varias de ellas han beneficiado a los llamados “equipos grandes” o favorecidos por intereses ajenos a la cancha. ¿El ejemplo más patente? La selección de Argentina, a la cual el cuerpo arbitral perdonó una tarjeta roja para Lionel Messi en el partido contra Argelia (16 de junio), anuló un gol de empate en la fase eliminatoria a favor de Egipto (7 de julio) y diezmó a su rival Suiza por una doble amarilla en un momento crucial del partido de cuartos de final (11 de julio), todo ello con una intermediación u omisión del VAR que, pese a toda la tecnología introducida en este Mundial, visiblemente no fue capaz de eliminar por completo la discrecionalidad con que los seres humanos solemos aplicar las reglas a las que estamos sujetos y que “deberíamos” obedecer siempre. 

Otras decisiones arbitrales polémicas también beneficiaron a Portugal en su eliminatoria contra Croacia (2 de julio), a México en su partido como local frente a Inglaterra (5 de julio), y a Inglaterra en su partido de cuartos de final contra Noruega (11 de julio). Y esto sin mencionar la situación más vergonzosa fuera de la cancha de este Mundial: la petición personal (¿u orden?) que hizo Donald Trump al presidente de la FIFA, Gianni Infantino, para que se revocara la tarjeta roja en contra de Folarin Balogun, jugador de la selección estadounidense y máximo goleador de ésta durante el Mundial 2026, expulsado en el partido en contra de Bosnia-Herzegovina (1 de julio) y quien, en efecto, fue indultado por el Comité de Apelación de la FIFA y pudo jugar la eliminatoria contra Bélgica el 6 de julio pasado.

¿Para qué tanta tecnología entonces si, después de todo, las falencias humanas seguirán ahí? El error de juicio, la miopía que cada cual lleva consigo, la sospecha de corrupción, el favoritismo a las grandes figuras y los equipos de siempre, el sometimiento al poder y los intereses en turno…

Si algo queda claro —como múltiples testimonios lo evidencian— es que la tecnología no posee para nada esa “objetividad” que algunos ingenuos todavía le atribuyen o quieren ver en ella. Como toda invención humana, la tecnología es un instrumento que, como tal, puede utilizarse ad libitum de quien lo detenta. De mejor o peor manera, caprichosa o justamente, para beneficio propio o del de la mayoría. Como sea, pero a voluntad. 

Y me parece que esa lección que hemos constatado durante el Mundial, la podríamos encontrar dondequiera que la innovación tecnológica tiene presencia actualmente.


Juan Pablo Carrillo Hernández es director editorial de Pijama Surf.


 

Imagen de portada: Especial