Inyectan material radiactivo en rinocerontes para que no los cacen
Ecosistemas
Por: Carolina De La Torre - 05/05/2026
Por: Carolina De La Torre - 05/05/2026
La misma tecnología que los aeropuertos usan para detectar armas nucleares ahora sirve para proteger rinocerontes. No es ciencia ficción: es el Proyecto Rhisotope, una iniciativa real y activa liderada por la Universidad de Witwatersrand en Johannesburgo, Sudáfrica, que lleva tiempo inyectando radioisótopos directamente en los cuernos de estos animales para hacer el contrabando más difícil y el consumo básicamente imposible.
El proceso ocurre con el animal sedado. Los científicos perforan el cuerno e insertan dos pequeños chips radiactivos, que luego complementan con 11,000 micropuntos de material radiactivo rociados sobre la zona. La dosis es tan baja que no representa ningún riesgo para el animal ni para el ecosistema, pero es suficiente para disparar las alarmas de detección de radiación en aeropuertos y puertos internacionales, esa misma infraestructura diseñada originalmente para frenar el tráfico de armas nucleares.
El resultado: cualquier intento de sacar un cuerno del país activa una respuesta policial inmediata. Y si de alguna forma lograra pasar, el material lo convierte en esencialmente venenoso para el consumo humano.
El cuerno de rinoceronte vale más en el mercado negro que el oro, el platino, los diamantes y la cocaína, con precios que alcanzan los 60,000 dólares por kilogramo. La demanda viene principalmente de China y Vietnam, donde la medicina tradicional le atribuye propiedades curativas que no tienen ningún respaldo científico. El cuerno está compuesto básicamente de queratina, la misma proteína de las uñas humanas.
Las consecuencias son devastadoras: de los 500,000 rinocerontes que existían hace un siglo, hoy quedan aproximadamente 27,000, el 60% de ellos en Sudáfrica. Muere uno cada 20 horas por caza furtiva.
El material radiactivo dura cinco años en el cuerno, lo que lo hace más rentable que otras alternativas que requieren intervención cada 18 meses. Si el proyecto demuestra ser efectivo, planean extenderlo a elefantes y pangolines.
La ironía es perfecta: la tecnología que construimos para protegernos de nosotros mismos ahora intenta protegernos de nosotros mismos, pero esta vez a favor de otras especies.