Mataburro y sus secuaces del sol: música, ficción y tecnología en una misma frecuencia
Arte
Por: Carolina De La Torre - 03/19/2026
Por: Carolina De La Torre - 03/19/2026
Detenerse a escuchar ya es, en sí mismo, un gesto extraño. Entre playlists infinitas y algoritmos que empujan siempre hacia lo siguiente, hay proyectos que prefieren abrir un espacio donde el sonido no se consume, se habita. Mataburro y sus secuaces del sol se mueve justo ahí: en un territorio donde la música deja de ser fondo y se vuelve experiencia.
Alberto Pablo Martini, comunicólogo y creador del proyecto, lo piensa como algo que no necesita explicarse del todo. “El formato funciona como una pieza híbrida: una selección musical que se va entrelazando con montajes sonoros, voces, fragmentos y pequeñas narrativas que aparecen y desaparecen”, dice. “No es un programa lineal, sino más bien una secuencia de atmósferas”.
La idea comenzó a tomar forma en 2020, cuando la realidad parecía desplazarse hacia algo difícil de nombrar. El encierro, la incertidumbre, la sensación de estar dentro de un tiempo suspendido. “La realidad se sentía cercana a la ciencia ficción… el encierro me llevó a buscar una forma de estímulo creativo. La música apareció como un vehículo”, recuerda. En ese momento, el proyecto tenía algo más lúdico, incluso íntimo. Era experimentar, probar, compartir con gente cercana.
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Seis años después, el contexto cambió, pero la inquietud sigue ahí, solo que desde otro lugar. “Si en 2020 el mundo parecía ciencia ficción, hoy la tecnología se volvió parte de lo cotidiano”, explica. Y esa cotidianidad —asistentes virtuales, automatización, voces sintéticas— no solo aparece como tema, también como herramienta. El proceso creativo ahora incluye clonación de voz, intervención digital, nuevas formas de construir y desarmar el sonido.
Lo que antes era exploración desde el encierro, hoy se vuelve observación del presente.
Desde ahí, Mataburro se aleja de las estructuras más reconocibles de la música electrónica. Martini lo dice sin rodeos: “Estoy muy acostumbrado a los sets, mixtapes y formatos bastante definidos… y lo que me interesaba era salir un poco de esto para construir algo más abierto desde lo narrativo”. No se trata de abandonar la música, sino de expandirla.
Cada episodio parte de un equilibrio que no siempre es evidente, pero que sostiene todo: una curaduría musical que convive con una narrativa que no busca imponerse. “Siempre tiene que haber una historia, aunque no sea del todo explícita”. A veces, esa historia nace de algo concreto, incluso mínimo. Una noticia, una idea suelta, un hallazgo reciente. “Por ejemplo, avances donde se logró almacenar o replicar estructuras neuronales… desde ahí surge la idea de un personaje que ya está descargado”.
A partir de ahí, todo se empieza a mover. La música no narra, pero empuja. “Es más abstracta, pero define una atmósfera”. Y dentro de esa atmósfera aparecen capas: voces, textos, fragmentos, referencias que no buscan ordenar el sentido, sino abrirlo.
Porque si algo atraviesa el proyecto es esa relación con lo no lineal. “Muchas de las narrativas que más me interesan son abstractas… la coherencia aparece desde esa propia lógica del episodio”. No hay una única forma de entrar ni de entender lo que está pasando. Hay más bien una invitación a dejarse llevar.

Esa lógica también se refleja en el proceso. La primera temporada fue, en gran parte, intuición pura. “El formato se fue encontrando a medida que avanzaban los episodios”. Con el tiempo, se sumaron más capas: escritura, voces, herramientas tecnológicas. Pero la experimentación no se desplazó, sigue siendo el núcleo.
“La inspiración puede venir de cualquier lado: una noticia, una lectura, una reflexión personal o una canción”, explica. Lo que sí aparece casi de inmediato es el sonido. “Cuando encuentro el tema de un episodio, necesito identificar su tono musical. Eso funciona como un eje”.
Ese eje permite que todo lo demás se desplace sin romperse. Porque cada episodio, en el fondo, está pensado como un recorrido. “Los concibo como viajes”, dice. No como trayectos claros, sino como movimientos entre estados.
Ahí entran las voces. Algunas propias, otras intervenidas, otras directamente construidas con tecnología. “Hoy es muy fácil tomar una voz y transformarla”, comenta. Pero más allá del recurso, lo importante es lo que atraviesa: “buscar matices, fragilidad, tensión… evitar que todo suene neutro”.
En esta nueva etapa, hay algo que aparece con más fuerza: una cierta melancolía. Una sensación de futuro prometido que no termina de sostenerse. Esa grieta también se escucha.
El cruce entre electrónica, ciencia ficción y tecnología no es una ocurrencia reciente, pero aquí se vuelve más cercano, más íntimo. “El programa parte de ese presente tecnológico y lo trabaja desde una lectura cultural”, dice. No hay intención de explicar ni de resolver. Más bien de tensar.
“Si es tan fácil recrear una voz, ¿qué implica eso en otros contextos?”, se pregunta. La duda queda abierta, flotando, como muchas otras dentro del proyecto.
En ese universo, “Cuarentena” ocupa un lugar particular. Fue creado en el mismo momento en que todo sucedía, entre marzo y abril de 2020. “No lo volví a escuchar durante años; en su momento sólo circuló entre amigos”, cuenta. Con el tiempo, ese material encontró otra forma de leerse.
“Ahora entiendo que funcionó como preámbulo del proyecto”. Ahí ya estaba todo, aunque todavía no se nombrara así. El episodio sigue a un personaje encerrado, pero no desde la narración tradicional. Lo que aparece es otra cosa.
“No hay monólogos. Lo que aparece es el registro de sus acciones”. La respiración, los movimientos dentro de la casa, la repetición, la ansiedad, el ruido constante de la información. Todo eso se filtra entre la música, que termina de construir el estado sin subrayarlo.
Escucharlo hoy es también escuchar ese momento desde otra distancia.
En medio de un panorama donde el contenido sonoro se consume rápido, casi sin detenerse, Mataburro propone lo contrario. Una escucha que no exige prisa.
“Me interesa recuperar algo muy simple: escuchar radio, cerrar los ojos y perderse”, dice Martini. La música, en ese sentido, es el punto de entrada, pero no el único lugar al que se llega.
Cada episodio funciona como una unidad independiente. No hay un orden que seguir ni una narrativa que completar. “No importa si escuchas el primero o el cuarto. Cada episodio es un viaje distinto”.
Y en ese viaje, lo que queda no es una respuesta clara, sino algo más difícil de fijar. Una sensación, una pregunta, un eco.
Al final, la experiencia no se queda solo en la idea, también tiene un momento y un lugar desde donde se activa. Mataburro y sus secuaces del sol se transmite cada lunes, en simultáneo, a través de Depa Radio y Radio 28. Dos espacios que, desde distintas latitudes, apuestan por una escucha menos inmediata y más abierta a lo que pueda aparecer.
“La música sostiene todo. Es el punto de entrada. Lo demás se construye a partir de ahí”.