LOTO: Una breve discusión sobre libertad e Inteligencia Artificial
Filosofía
Por: Valentina Tolentino Sanjuan - 02/27/2026
Por: Valentina Tolentino Sanjuan - 02/27/2026
En el esfuerzo de pensarnos bajo las reflexiones de la teoría filosófica social surgen ideas tanto clarificadoras como problemáticas; sin embargo, es la vía imprescindible para tratar problemas de hoy, como lo relativo a la Inteligencia Artificial (IA).
Cuestiones de gran calado que hay que pensar particularmente bajo la perspectiva de la filosofía política respecto de una sociedad que coexiste con la modalidad tecnológica, la IA, son las de libertad y emancipación.
Si bien de suyo la idea o concepto de libertad es ya compleja tanto por las perspectivas desde las cuales tradicionalmente se ha abordado como por la diversidad de fenómenos en que se le relaciona, los conceptos desde los cuales analiza la cuestión Mark Coeckelbergh (2023) son un excelente punto de partida.
En su libro Filosofía política de la inteligencia artificial, el autor se pregunta acerca de qué tanto las creaciones de la IA configuradas como esa función del estado policía -racionalidad que destaca Foucault en lo que podemos llamar estado moderno- pueden causar interferencia en el ejercicio de cierto umbral de libertad. Aquí se encuentran por ejemplo los algoritmos de reconocimiento facial que ya se ha comprobado que contienen sesgos asociados a discriminación; aunque también se trata del tipo de identificación de perfiles o de personas consideradas amenazas hacia la seguridad nacional, o de quienes pueden o no pedir asilo.
En suma, Coeckelbergh enfatiza sobre el daño que la IA causa a la libertad negativa entendida como libertad de no interferencia; toda vez que la racionalidad vigilante o policial de la IA genera ya de por sí una dinámica de explotación o esclavitud, y, en consecuencia, de cosificación; esto último asociado a la autocosificación que hacemos al vigilar a otros mediante redes sociales, pero también al suministrar toda nuestra información en ellas.
Lo anterior ya se ha analizado en los últimos años en relación con la tecnología. Así que lo que me parece tanto novedoso como meritorio de pensar es el problema que el autor asocia a los tipos de libertad en apariencia truncados por la IA: sobre todo el de la libertad positiva en relación con la autoconsciencia y la realización de sí mismo. ¿La IA la permitiría o la obstaculizaría?
Existen diversas perspectivas: una de ellas se aborda desde la dimensión de inseparabilidad ontológica entre la creación de la tecnología (vista desde Ortega y Gasset hasta Simondon, entre otros) y sus productores humanos, quienes “hacen y viven” su mundo y subjetividades en correlación con los modos en que tiene salida su instinto de creatividad; instinto que se equipara a una segunda naturaleza y se cristaliza en la técnica y después en la tecnología. Su última forma de presentación sería la IA.
La otra perspectiva que no es antagónica, yo diría que más bien necesariamente complementaria, sería aquella que, dentro de esta relación que acepta como continuidad inevitable a la humanidad y a la tecnología, piensa cómo los antiguos problemas de las diversas sociedades se actualizan ante los recientes modos en que la tecnología se presenta.
En el caso de la IA, Coeckelbergh se pregunta si la dialéctica entre el amo y el esclavo legada por Hegel no significará, traducido en términos del uso de la IA, nuestra pérdida de la capacidad de producir autoconsciencia y, por tanto, libertad en el sentido de que las personas sean dueñas de sí mismas.
Un argumento retomado por Marx cuando señala que es la transformación de la naturaleza a partir del trabajo lo que es capaz de generar la autoconsciencia (Coeckelbergh, 2023); pues es a través de las relaciones humanas implicadas, y del otro como espejo, la forma en que configuramos nuestro deseo de manera más o menos consciente; y podemos articularlo de modo que nuestra vida se encamine hacia la libertad y la emancipación.
Aquí cabe hacerse una inmensidad de preguntas, pero nos quedaremos por lo pronto con el argumento de Coeckelbergh respecto de si la IA con sus formas sofisticadas de encauzar el deseo mediante algoritmos nos está permitiendo abrir el umbral tanto al otro como a la experimentación consciente de relaciones humanas que nos podrían permitir forjar una autoconsciencia.
Es decir, en el concepto que el autor integra, con la práctica del nudge se alteran las vías por las que una persona toma sus decisiones: no es prohibitiva, pero sí paternalista libertaria en el sentido de que a través de algoritmos se genera una vía de elección. Uno de estos ejemplos son las recomendaciones de las listas de música, las imágenes de muerte por cáncer que aparecen en las cajas de los cigarros, las técnicas de supermercados de poner determinados productos a la vista en lugar de otros, señala.
Es una práctica de carácter limitativa más no restrictiva, pero aún con ello encontramos la idea de que las personas no saben decidir por ellas mismas y es mejor encauzarlas. Esto también es una amenaza para la libertad positiva, según el autor.
En el fondo lo que se está jugando es precisamente la idea de pensar al ser humano como incapaz de tomar decisiones por sí mismo y de ejercitar y formar su carácter en función de sus propias elecciones, aún a riesgo, y qué mejor, de equivocarse mil veces pero de obtener suficiente aprendizaje y experiencia que le permitiría abrir su umbral de posibilidades vitales, muy a tono con la argumentación nietzscheana.
De acuerdo con estas reflexiones, lo que estaría haciendo la IA sería cooptar ese fractal o laberinto de infinidad de posibilidades para convertirlo en caminos conocidos, seguros, formas prefiguradas de la experiencia, pero que además le pertenecen a quienes modelan aquellas formas de la cognición y de la experiencia en función de lo que más les conviene; o de lo que más creen que nos conviene, y en función también de poder y ganancias económicas.
La cuestión se va complicando porque detrás de las formas de vida que nos hemos creado y recreado a partir de la tecnología, existen poderes aglutinados en determinadas dimensiones. Por mencionar algunos, Coeckelbergh destaca los esquemas de explotación a través de IA.
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Y esto resulta problemático porque nos remite de nueva cuenta al problema de la esclavitud, tanto de humanos como de robots. Así que la idea central no es tanto el desplazamiento de humanos para realizar trabajos de labor o indeseados -cuestión no menos importante-, sino por qué la humanidad no se ha liberado de las ideas de sometimiento y de manipulación de ese otro, aún pensando en que en esta era se trate de robots.
Finalmente, y muy acorde a mi propia posición, el autor esperaría que con un ejercicio de la propia decisión se dirigiera hacia un aumento de la calidad de las relaciones humanas, donde nuevamente el trabajo se sopesara en función de estas relaciones sin descuidar la libertad, y yo agregaría que el goce. Esto desde luego nos conectaría con la dimensión de la autoconciencia y autodeterminación como directrices de nuestra vida.
Valentina Tolentino Sanjuan es socióloga y Maestra en Filosofía por la UNAM, doctorante en Humanidades (línea Filosofía Moral y Política, UAM) y editora en Viceversa. Investiga sobre subjetividad a partir del cambio tecnológico; también sobre feminismos y literatura. Es miembro activo de la Red Mexicana de Mujeres Filósofas y miembro de la Revista de filosofía Reflexiones Marginales Saberes de la Frontera de la UNAM.