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En el trabajo, ¿hablamos más con la IA que con nuestros compañeros? (ENTREVISTA)

Arte

Por: Carolina De La Torre - 02/23/2026

En entrevista, la actriz Karen De La Cruz, que participa en «IA: Instrucciones para un ascenso», reflexiona sobre inteligencia artificial, cultura godín y cómo la tecnología está cambiando nuestras relaciones laborales.

Hablar más con una inteligencia artificial que con compañeros de trabajo ya no suena exagerado. Suena cotidiano. Esa es la premisa que detona IA: Instrucciones para un ascenso, una comedia que toma el universo godín y lo cruza con una pregunta incómoda: ¿qué tan lejos estamos dejando que la tecnología ocupe espacios que antes eran humanos?

En conversación, Karen de la Cruz —quien interpreta a Iris, la inteligencia artificial de la obra— lo plantea desde algo generacional. “A veces creemos que esto es algo muy lejano, como si solo les pasara a los niños o a los adolescentes”, comenta. “Pero cuántas personas ya hablan mucho con estos medios famosos de inteligencia artificial más que en el trabajo”.

Para ella, el problema es creer que la distancia es mayor de lo que realmente es.

“Tenemos que salvar estas relaciones todavía con la sociedad, con nuestra familia, con nuestros amigos, porque cada vez estamos más alejados. Y parte del problema es que lo vemos muy ajeno a nuestro contexto”.

En la obra, Iris desarrolla algo parecido a sentimientos. Pero Karen evita romantizarlo. Para ella, la inteligencia artificial no es una entidad autónoma ni imparcial: “Se alimenta de lo que nosotros mismos le damos. Es como cualquier algoritmo de redes sociales. Está alimentado por lo que vemos, por lo que decimos”. Más que una conciencia independiente, la IA funciona como un espejo. “No es algo totalmente imparcial, es algo con lo que estamos platicando uno a uno”.

Cuando la conversación se mueve al terreno laboral, la postura es matizada. Karen reconoce su utilidad: “Para el trabajo es una herramienta muy útil. Optimiza muchos procesos, ayuda mucho sin duda”. Pero también señala el riesgo en las dinámicas cotidianas:

“Algunos prefieren quedarse en la computadora antes que ir por el sándwich o participar en dinámicas de integración. Mucha gente ya no va porque dice: ‘qué flojera ir con los compañeros’”.

La obra exagera estas situaciones, pero desde la farsa. “Es una exageración de todo lo que pasa en la vida godín”, explica. “Está muy exacerbado todo”. Sin embargo, incluso en esa exageración, lo que aparece es reconocible.

Interpretar a Iris implicó encontrar un punto intermedio: “No tan robotizada como las películas de antes, pero tampoco tan humanizada como los robots de ahora". La construcción se apoyó en referentes como asistentes virtuales: voces cercanas, pero aún artificiales. Uno de los mayores retos fue sostener ese tono durante toda la obra sin que resultara monótono.

“Hacíamos guiños rompiendo la cuarta pared para que ahí sonara como un narrador normal, y cuando volvía a la escena hablaba otra vez como inteligencia artificial”.

Iris, más que un cuerpo, es una presencia. “Queríamos que fuera como una sombra del protagonista, como este pequeño Pepe Grillo que siempre está ahí”, explica Karen. Una figura que observa, acompaña y juzga desde un punto que parece externo, pero que en realidad siempre está presente.

El humor es el vehículo. “La comedia nos permite hacer este análisis desde un punto que no sea demasiado crítico para nosotros mismos”, reflexiona. Reírse de lo que ocurre en escena abre una distancia que facilita reconocerse sin sentirse atacado.

Frente a una obra que cuestiona nuestra relación con la tecnología, el teatro aparece casi como respuesta.

“Es toda una experiencia ir al teatro”, dice Karen. “Desde que te pones de acuerdo con alguien para ir, hasta cuando sales y platicas con los actores. Es algo muy diferente a verlo desde una pantalla”.

Trabajar en esta historia no transformó radicalmente su visión sobre la inteligencia artificial, pero sí la llevó a mirar distinto las relaciones humanas. “A veces creemos que no tenemos afinidad con alguien porque solo vemos la portada”, comparte. “Si nos atrevemos a profundizar más, puede convertirse en una relación valiosa”.

Si Iris pudiera dirigirse directamente al público al final de la función, el mensaje sería claro:

“Siempre van a tener una amiga que los pueda escuchar y ayudar… pero, aunque le duela aceptarlo, solo es una inteligencia artificial. Tienen que hablar con personas reales”.

Entre oficinas, algoritmos y chats interminables, la obra no demoniza la tecnología. La pone en perspectiva. Y en esa perspectiva, la pregunta no es si la IA puede acompañarnos, sino cuánto espacio estamos dispuestos a cederle.


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Imagen de portada: Cortesía