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«No Other Choice» de Park Chan-wook: la crisis masculina autoimpuesta y la violencia psicológica del desempleo

Arte

Por: Jonathan Flores - 01/16/2026

Park Chan-wook vuelve a la pantalla grande con una historia que examina el tortuoso camino que puede seguir un hombre que, en el modelo económico dominante, se ve condenado al oprobio social y personal que representa estar desempleado

Cuando Oldboy llegó a los cines, en 2005, no tardó en convertirse en una referencia casi obligatoria al hablar de cine contemporáneo. Su impacto fue tal que, hasta hoy, siguen replicándose homenajes a aquella icónica pelea en el pasillo: el martillo, Dae-su enfrentando a sus adversarios uno a uno y la cámara acompañando la acción con un travelling lateral que ya forma parte del imaginario colectivo.

Desde entonces, Park Chan-wook se consolidó como uno de esos directores cuya filmografía se sigue con solo ver su nombre en el cartel.

Así es como La única opción llega a los cines, distribuida también como No hay otra opción y con su título en inglés, No Other Choice, aun cuando su título original se podría traducir como "No hay nada que se pueda hacer al respecto". Se trata de una adaptación cinematográfica de la novela The Ax de Donald E. Westlake, que narra la historia de un hombre que, tras perder su empleo en una empresa papelera luego de 25 años de servicio, se enfrenta a una espiral de desesperación al no lograr reincorporarse al mercado laboral. Acorralado por la falta de oportunidades, decide tomar la que considera su única salida: eliminar a su competencia de la forma más directa posible.

Cabe señalar que no es la primera vez que esta obra se adapta al cine. En 2005, Costa-Gavras realizó en Francia su propia versión bajo el título Le couperet (La corporación), lo que confirma la vigencia y universalidad del conflicto que plantea Westlake.

Pese a partir de una premisa oscura y violenta, la película opta por un tratamiento que combina sátira y humor negro. Esta decisión no suaviza su discurso; por el contrario, le permite ser precisa y contundente al señalar problemáticas profundamente actuales, cuya presencia no hace sino intensificar con el paso del tiempo: la precarización laboral, la falta de oportunidades de empleo y el impacto psicológico del desempleo.

Una de las primeras frases que la cinta enuncia funciona como declaración de intenciones: “Despedir a un hombre es como cortarle la cabeza”. A primera vista, puede sonar exagerada, pero dentro del contexto que construye la película, adquiere un peso inquietantemente real. La única opción retrata con crudeza la pesadilla que supone quedarse sin trabajo: la pérdida del sustento económico, la incertidumbre permanente y la erosión progresiva de la autoestima. Momentos que pueden empujar a cualquier persona hacia la depresión y la duda constante sobre su propia valía.

Otro eje relevante es la edad como obstáculo laboral. La película sugiere una suerte de "obsolescencia" humana, donde, a partir de cierto punto, el mercado deja de ver a las personas como candidatos viables. Los personajes de mediana edad quedan atrapados en un naufragio laboral asfixiante, invisibilizados por un sistema que prioriza la productividad inmediata sobre la experiencia.

Aunque la cinta insiste en el mantra de que perder un empleo no es culpa del individuo, dicha afirmación se vacía de sentido frente a los rechazos constantes. No solo lo vemos en Yoo-man, sino en otros personajes que, al quedarse sin trabajo, pierden también la confianza en sí mismos y el rumbo de su vida, aceptando empleos que consideran muy por debajo de su potencial. La herida no es únicamente económica: es identitaria.

En un contexto como el actual, resulta difícil no sentirse reflejado. La incertidumbre laboral que plantea No Other Choice trasciende la barrera cultural de ser una película surcoreana y se vuelve completamente reconocible. Es una realidad cotidiana para millones de personas, particularmente en América Latina y los países del llamado "Sur global", donde la estabilidad laboral suele ser más una excepción que una norma.

El rol autoimpuesto de la masculinidad y la presión por cumplirlo

Uno de los aspectos más incisivos de la película es su reflexión sobre la masculinidad tradicional. A lo largo del relato aparecen ideas profundamente arraigadas al respecto de ser hombre, que se asocia con ser también proveedor, protector y solucionador. Cuando esos roles no se cumplen, la figura masculina se percibe a sí misma como fallida, despojada de valor y propósito.

La única opción utiliza el lenguaje cinematográfico con gran inteligencia para reforzar este discurso. En los primeros compases, los planos transmiten una imagen familiar casi idílica: luz cálida, estabilidad, una felicidad construida alrededor del empleo y la capacidad de consumo. Yoo-man afirma sentirse pleno porque “lo tiene todo”: familia, seguridad económica, acceso a bienes materiales. Cuando el trabajo desaparece, esa estética se desmorona. La luz del sol se apaga, la lluvia domina el encuadre y la imagen revela una realidad más áspera y desprovista de artificios.

Los miedos de Yoo-man no le pertenecen solo a él. Se reflejan en casi todas las figuras masculinas con las que interactúa: el hombre que ya no satisface a su pareja, el que no ha alcanzado un estatus elevado y se siente inferior frente a quienes sí lo lograron, el que no acepta la posibilidad de perder aquello por lo que tanto se esforzó. Al observarlos, Yoo-man se observa a sí mismo y se reprocha. Todos ellos están atrapados en sus propias creencias, incapaces de concebir alternativas. Conocen un solo camino, el que la sociedad les ha impuesto, y cualquier desviación es percibida como fracaso.

En contraste, el rol de las mujeres se aborda desde otro lugar. No funcionan como voces de reproche que alimenten la angustia masculina, sino como figuras de apoyo, compañerismo y complicidad, lejos de una postura servicial. Sin embargo, ese respaldo es sistemáticamente rechazado. Los hombres de la película no logran aceptarlo porque sus propias ideas les impiden ver más allá de los mandatos que han interiorizado. Para ellos, las cosas deben ser como siempre se les enseñó que debían ser, sin importar el costo.

Este aprendizaje se manifiesta de manera especialmente clara en el personaje del hijo de Yoo-man. Aunque su presencia no es tan protagónica como la de sus padres, termina asumiendo de forma automática un rol protector frente a su hermana menor. Cree que debe hacer lo que sea necesario para sostener a su familia, no porque alguien se lo exija explícitamente, sino porque es una idea que se aprende, se normaliza y se adopta como propia desde edades tempranas.

Es poco probable que la nueva película de Park Chan-wook alcance el estatus de referente que alguna vez tuvieron las obras de su "Trilogía de la Venganza". Su ritmo pausado y su tono satírico pueden no conectar con todos los públicos. Aunque sus 139 minutos no se sienten excesivos, sí es evidente que la narrativa se toma su tiempo para avanzar.

Con todo, los temas que plantea abren múltiples frentes de discusión: la deshumanización del trabajador por parte de las grandes corporaciones, la lógica empresarial que concibe a las personas como piezas reemplazables, la industria papelera y la explotación desmedida de recursos naturales, así como lecturas aún más profundas sobre identidad, fracaso y violencia estructural.

Lo que resulta innegable es que Park Chan-wook demuestra, una vez más, su dominio del lenguaje cinematográfico. La única opción confirma que sigue siendo un cineasta capaz de traducir conflictos sociales complejos en imágenes contundentes, incómodas y necesarias.


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Instagram del autor: @johny_zf


Imagen de portada: MUBI