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Un estudio reciente explica cómo dos zonas del cerebro se coordinan para medir el tiempo del movimiento, una clave para entender trastornos motores como el Parkinson

Moverse parece lo más natural del mundo. Abrir la boca para hablar, levantar una mano, caminar sin pensar en cada paso. Pero en realidad, ningún movimiento ocurre “porque sí”. Todos dependen de algo mucho más delicado: el momento exacto en el que el cuerpo decide actuar.

Ese momento no lo marca un reloj externo ni una cuenta regresiva consciente. Lo marca el cerebro. Y durante años, la ciencia no tenía del todo claro cómo lo hacía.

Un estudio reciente del Instituto Max Planck de Neurociencia de Florida, publicado en la revista Nature; logró ponerle forma a ese proceso. Lo que descubrieron es que el cerebro no mide el tiempo desde un solo lugar, sino que lo construye a partir del trabajo conjunto de dos regiones que se coordinan constantemente para decidir cuándo un movimiento debe empezar.

El tiempo no se siente, se construye

A diferencia de la vista o el olfato, no tenemos un sentido específico para percibir el tiempo. Aun así, el cerebro necesita medirlo todo el tiempo para que nuestras acciones no se adelanten ni se retrasen. Decir una palabra, atrapar un objeto o incluso parpadear requiere una sincronización precisa.

Los investigadores se enfocaron en dos zonas clave: la corteza motora, relacionada con la planificación del movimiento, y el cuerpo estriado, una región profunda del cerebro vinculada con la coordinación y el control motor.

Ambas ya estaban en la mira de la ciencia, sobre todo porque cuando se dañan aparecen trastornos como el Parkinson o la enfermedad de Huntington. Lo nuevo no fue identificarlas, sino entender cómo se reparten el trabajo.

Un experimento simple, una respuesta compleja

Para observar ese proceso, los científicos entrenaron a ratones para realizar una acción muy específica: obtener una recompensa solo si esperaban el tiempo correcto antes de lamer un dispensador. No bastaba con moverse, había que hacerlo en el momento justo.

Mientras los ratones aprendían, el equipo registró la actividad de miles de neuronas y, en momentos precisos, apagó temporalmente una u otra región del cerebro usando pulsos de luz. Así pudieron ver qué pasaba con la noción interna del tiempo cuando una pieza del sistema dejaba de funcionar.

Ahí apareció la clave.

Pausar no es lo mismo que reiniciar

Cuando los investigadores desactivaron la corteza motora, el comportamiento cambió de una forma muy específica: los ratones se retrasaban, como si algo se hubiera detenido. El conteo interno simplemente se quedaba en espera.

En cambio, cuando apagaron el cuerpo estriado, el efecto fue distinto. El tiempo no se detenía, se reiniciaba. El cerebro volvía a empezar el conteo desde cero, lo que provocaba un retraso aún mayor en la acción.

Esto permitió entender algo fundamental: una región empuja el tiempo hacia adelante y la otra decide cuándo ese tiempo ya es suficiente para moverse. No hacen lo mismo, pero sin una, la otra no funciona correctamente.

Por qué esto importa fuera del laboratorio

Este hallazgo va más allá de explicar cómo se mueve un ratón. Ayuda a entender por qué, en ciertos trastornos neurológicos, el cuerpo parece desfasado del mundo. Movimientos lentos, rígidos o mal sincronizados no son solo un problema muscular, sino un problema de tiempo interno.

Comprender cómo el cerebro construye ese ritmo abre la puerta a nuevas formas de pensar tratamientos que no solo busquen “activar” el movimiento, sino devolverle su timing natural.

El cuerpo como un sistema afinado

Nada en el movimiento es improvisado. Incluso lo que sentimos espontáneo depende de una coreografía interna precisa, silenciosa y constante. Este estudio no romantiza al cerebro, pero sí lo vuelve más comprensible: no como una máquina perfecta, sino como un sistema que mide, ajusta y decide en fracciones de segundo.

Más allá del experimento, el valor de este estudio está en que logra algo poco común en la ciencia del cerebro: traducir un proceso abstracto, el tiempo, en un mecanismo observable. No habla de una idea general ni de una correlación vaga, sino de funciones concretas y diferenciadas dentro del cerebro. Muestra que el tiempo del movimiento no es una sensación difusa ni un “reloj interno” metafórico, sino una construcción activa entre regiones que se comunican, se detienen y se reinician según la necesidad. Eso cambia la forma en que entendemos el movimiento, no como una reacción automática, sino como una decisión cuidadosamente temporizada que ocurre miles de veces al día sin que lo notemos. Es relevante porque pone nombre y dinámica a algo que antes solo se intuía, y porque abre una base sólida para intervenir, con mayor precisión, en trastornos donde el cuerpo ya no logra coordinarse con su propio ritmo.


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Imagen de portada: The Hufpuff