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Para un pensador tan complejo como Erich Fromm fue cada vez más obvio cierto autoengaño de sociedades como la Alemania y los Estados Unidos de su tiempo: entusiasmarse por un cambio político o por el confort esconden un miedo inconfesado de la libertad.

¿Por qué el anhelo humano de libertad, una vez que es satisfecho, a menudo se convierte en una fuente de ansiedad y desorientación? ¿Es en verdad imposible ser libres o nos oponemos a esta posibilidad? ¿Terminamos huyendo de la libertad en lugar de abrazarla?

En su libro de 1941 Escape de la libertad, el psicólogo social y filósofo Erich Fromm examinó esta desconcertante ironía, siendo testigo de las particularidades políticas de un momento de intersección en la historia de Occidente particularmente convulso:   

¿Por qué una de las naciones más cultas y educadas de la Tierra como la Alemania de Weimar, con la mayor cantidad de radios y de libros leídos por persona, habría votado o dejado pasar a Adolf Hitler, sometiéndose con entusiasmo a un régimen del todo contrario a una serie de derechos normalizados y envidiables para cualquier otro pueblo?

Antes de 1933, sus compatriotas alemanes disfrutaron de una materialización de la libertad inédita y que había tomado siglos siquiera poder imaginar, solo para entregarla a una entidad política que les ordenaría qué hacer. El nazismo no engañó a nadie porque su promesa siempre fue precisamente desaparecer toda oposición política, estructurar la vida de aquella nación por cualquier medio, y decidir su moral, su cultura y su porvenir.

Sin embargo, a Fromm le intrigaban otros casos menos escandalosos o más sutiles. Algo muy comprensible si tenemos presente que el Diablo está en los detalles. Otra nación en pleno desarrollo a mediados del siglo pasado, basada, además, en el mito de la emancipación no solo de un imperio colonial, sino de la Historia, sustituida por valores fundantes, si bien decía rechazar la autoridad de cualquier autócrata, un Hitler, un Stalin, un papa o un rey, a su manera empezó a intercambiar ciertas libertades experimentadas, por una conformidad colectiva.

La patria adoptiva del filósofo alemán, los Estados Unidos, construyó nociones de libertad personal, más o menos, materializadas que, no obstante, muchos sintieron como una carga, es decir, la de la dificultad de ser un individuo y vivir como tal. Y para muchos estadunidenses este yugo se hizo más ligero acostumbrándose a una cultura de tendencias masivas.

Para Fromm, este caso es el de una “libertad negativa” que manifiesta las fuerzas destructivas del mundo como una suerte de liberación individual: las personas se emancipan de algo que se ha vuelto “un tipo” de libertad difícil de mantener, una forma de organización de la vida de uno, con los demás y en la Historia. Se habrían dado tres versiones de esta negatividad:

El “autoritarismo”, con sus elementos sádico y masoquista, sería el disfrute de la imposición de un orden en el mundo, tratándose más bien de una experiencia de dominio desde y de abstracción de una fuerza suprema que es el carisma de un líder o un ideal difuso.

La “destructividad”, ir más allá de una dinámica de control y de ser controlados, siendo una renuncia pura de todos aquellos hechos que permanecen más allá de nuestras manos.

Finalmente, la "conformidad" es el comportamiento del individuo y del colectivo más complejo de los tres, siendo una incorporación inconscientemente de creencias, normativas y deducciones homogeneizantes que, sin embargo, se asumen contradictoriamente como bien personales y no impuestas. Esto evita lo genuino de la individuación como pensamiento.

Dicho así, esta negatividad puede ser una liberación negativa porque descarta versiones de ser libre, las convenciones simplistas o que se mantienen por la coerción proactiva o de las costumbres. Ha hecho falta el coraje de luchar históricamente para decir “no”.

Sin embargo, Fromm destaca sobre todo que la libertad negativa es por sí sola solo una contraparte o la destrucción de otra cosa: solo si es acompañada por un elemento creativo o una “libertad positiva” se vuelve posible la libertad real o una libertad progresiva como conexión con otros, más allá de los lazos mínimos de nuestras interacciones sociales.

En Pijamasurf queremos ser menos seguidores obedientes. Quizá un primer paso sea leer libros como Escape de la libertad, una invitación a favor de ser empáticos y creativos:

Además de los factores que acabamos de mencionar, hay otros que tienden activamente a confundir lo que queda de capacidad de pensamiento original en el adulto medio. En lo que respecta a todas las cuestiones básicas de la vida individual y social, en lo que respecta a los problemas psicológicos, económicos, políticos y morales, un gran sector de nuestra cultura tiene una sola función: ocultar las cuestiones. Una especie de cortina de humo es la afirmación de que los problemas son demasiado complicados para que el individuo medio los comprenda. Por el contrario, parecería que muchas de las cuestiones básicas de la vida individual y social son muy simples, tan simples, de hecho, que debería esperarse que todo el mundo las comprendiera. Hacer que parezcan tan enormemente complicadas que solo un “especialista” puede entenderlas, y solo en su propio y limitado campo, en realidad -y a menudo intencionalmente- tiende a disuadir a las personas de confiar en su propia capacidad de pensar sobre los problemas que realmente importan. El individuo se siente indefenso atrapado en una masa caótica de datos y espera con patética paciencia hasta que los especialistas hayan descubierto qué hacer y adónde ir.

El resultado de esta clase de influencia es doble: uno es el escepticismo y el cinismo hacia todo lo que se dice o se imprime, mientras que el otro es una creencia infantil en todo lo que se le dice a una persona con autoridad. Esta combinación es muy típica del individuo moderno. Su resultado esencial es disuadirlo de tomar sus propias decisiones.

Otra forma de paralizar la capacidad de pensar críticamente es la destrucción de cualquier tipo de imagen estructurada del mundo. Los hechos pierden la cualidad específica que solo pueden tener como partes de un todo estructurado y conservan meramente un significado abstracto y cuantitativo; cada hecho es solo otro hecho y lo único que importa es si sabemos más o menos. La radio, las películas y los periódicos tienen un efecto devastador en este sentido. El anuncio del bombardeo de una ciudad y la muerte de cientos de personas es seguido o interrumpido descaradamente por un anuncio de jabón o vino. El mismo orador con la misma voz sugerente, zalamera y autoritaria que acaba de utilizar para impresionarle con la gravedad de la situación política, impresiona ahora a su audiencia con el mérito de la marca particular de jabón que paga la emisión de noticias. Los noticieros permiten que las imágenes de barcos torpedeados sean seguidas por las de un desfile de moda. Los periódicos nos cuentan los pensamientos triviales o los hábitos de desayuno de una debutante con el mismo espacio y seriedad que utilizan para informar sobre acontecimientos de importancia científica o artística. Por todo esto dejamos de relacionarnos genuinamente con lo que oímos, dejamos de estar excitados, nuestras emociones y nuestro juicio crítico se obstaculizan y, finalmente, nuestra actitud ante lo que sucede en el mundo asume una cualidad de indiferencia.

La vida se compone de muchas piezas pequeñas, cada una separada de la otra y carente de sentido como un todo. El individuo se queda solo con estas piezas como un niño con un rompecabezas. Sin embargo, el niño sabe lo que es una casa y, por lo tanto, puede reconocer las partes de la casa en las pequeñas piezas con las que está jugando, mientras que el adulto no ve el significado del “todo”, cuyas piezas caen en sus manos. Está desconcertado y simplemente sigue mirando sus pequeñas piezas sin sentido.

 

Imagen de portada: Erich Fromm, Bloghemia.