*

X
La intuición es la facultad cognitiva más alta del ser humano y existen métodos para cultivarla

La intuición es la función más alta de la inteligencia, según ha sido definida por Platón y el Buda. Un modo de conocimiento penetrante que permite trascender la inferencia lógica y la percepción sensorial.

En el caso de la filosofía platónica, el término que traduce como intuición es "noesis", el cual se opone a "dianoia", el término usado para el pensamiento lógico matemático o discursivo. Es la intuición la que permite conocer directamente las ideas, que en la filosofía platónica son las verdades que están más allá del mundo cambiante material -el cual es una sombra o reflejo de las ideas o formas arquetípicas. La noesis es una facultad del alma que la lleva a la similitud con lo divino -lo cual es la meta de la filosofía platónica-.

En el budismo, según señala el maestro budista Alan Wallace, lo más cercano a nuestra palabra "intuición" es "jñana" en sánscrito y "ye-she" en tibetano; estas palabras pueden traducirse como "gnosis" o "sabiduría", pero tienen -especialmente ye (originario), she sabiduría- la connotación de una sabiduría o conciencia primordial. Jñana en el budismo mayahana es también la décima perfección (paramita), es decir, el último catalizador de la iluminación o trascendencia del sufrimiento.

Wallace señala que la intuición, como es entendida en esta tradición, es un modo de conocimiento primordial que siempre está ahí, esperando a ser descubierto, como el Sol detrás de las nubes -y es especialmente lo que se desvela en sistemas de meditación avanzados, como el mahamudra y el dzogchen-. Y habría que agregar que también es lo que se alcanza en el vipashyana, la técnica de meditación que permitió al Buda alcanzar la iluminación -de la mano del samadhi, según recupera la tradición budista-. Vipashyana significa literalmente "ver intensamente" (el prefijo vi es un énfasis y pasyana es una declinación de uno de los verbos para "ver"), pero que podemos traducir como visión interna o visión clara (en inglés usaríamos insight). Lo interesante de esto es que la práctica del vipashyana no necesariamente está asociada con lo que pensamos en Occidente superficialmente que es la intuición -una especie de conjetura emocional, presentimiento, hunch-; la práctica de vipashyana, además de la indispensable relajación y atención plena asociada al llamado "mindfulness", requiere de análisis, razonamiento e inteligencia (que se vuelve transracional).

Como señala Alan Wallace, Aristóteles distinguió entre las emociones y la razón -pero no hay esta distinción en el budismo, "cada vez que se habla de la mente se debe pensar 'corazón-mente'"-. Esta es la esencia también del bodhicitta o espíritu del despertar, el cual es al mismo tiempo inteligencia y compasión. "La separación de corazón y mente es artificial", dice Wallace. Esta misma unión entre el corazón y la mente es reflejada en el taoísmo y en la medicina china tradicional, donde se usa el mismo término para mente y corazón (xin) y se considera que, de hecho, es el corazón quien lleva la función ejecutiva de una persona. 

Esto nos hace reflexionar que la intuición no existe necesariamente en oposición a la razón, no es que desarrollar la razón sea abandonar la facultad intuitiva. Al contrario, como Platón nos diría, la intuición se alimenta y necesita de la razón, si bien luego la intuición trasciende por mucho a la razón y se aventura a zonas donde la razón ya no comprende. Igualmente es una completa fantasía epistemológica la noción de que la razón es masculina y la intuición es femenina (evidentemente, no es ni una ni la otra). Si acaso las mujeres desarrollan más la intuición, esto no tendría que ver con la cualidad femenina de la intuición, sino con procesos de sensibilización hacia mecanismos de conocimiento que no están centrados solamente en el cerebro, los cuales pueden obviamente fomentarse cuando una persona no bloquea sus emociones -culturalmente los hombres han sido educados a no mostrar y, por lo mismo, no poner atención a sus emociones, ni tampoco al dolor de su cuerpo, lo cual podrá atrofiar una sensibilidad más holística o lo que podemos llamar "pensar con el corazón"-. Asimismo hay que señalar que, siguiendo lo que hemos expuesto aquí en base a la tradición platónica y budista, mucho de lo que normalmente llamamos intuición no lo es; es solamente instinto, conjetura, adivinanza, superstición y proyección. La intuición es un conocimiento que podemos describir como una resonancia con el objeto mismo que conocemos o con la inteligencia universal en la cual participamos. Es un conocimiento de la realidad tal como es, no una aproximación. En este sentido, podemos comparar la intuición en el sentido platónico y budista con lo que en la tradición esotérica occidental se ha asociado con la imaginación creativa, imaginación activa o imaginatio vera según se encuentra en la obra de William Blake, Paracelso o Henry Corbin, entre otros, la imaginación que es vista no como fantasía sino como un órgano de percepción que accede a realidades más sutiles como por una resonancia con la mente divina o universal, siendo el hombre un microcosmos. 

Para concluir queda responder a la pregunta que se suelen hacer muchas personas de cómo saber cuándo confiar en la intuición, pregunta que no tiene realmente sentido, ya que la intuición que es realmente intuición está más allá de toda duda: uno puede confiar en ella siempre, porque es la inteligencia pura y primordial. Intuir es percibir con la luz del universo. Sin embargo, sí es importante confiar en que existe esta intuición, esta inteligencia primordial; de otra manera, difícilmente podremos perfilarnos en un camino hacia ella. No obstante, muchas personas dudarán que existe tal cosa como una inteligencia primordial intrínseca en el universo: la inteligencia del hombre es para los materialistas un accidente en la cima de una evolución movida por el azar. Lo expuesto aquí se basa en y se entiende solamente desde la visión de que la conciencia es el aspecto más fundamental de la realidad: todo ocurre como experiencia iluminada por nuestra capacidad de darnos cuenta, y no podemos decir que nada exista independientemente de esta cualidad cognitiva que es la esencia del ser. Notablemente, el médico y alquimista suizo Paracelso se refirió a la intuición como lumen naturae, la luz de la naturaleza. La conciencia como una especie de savia luminosa que fluye por la anatomía del hombre-universo: no a través "de la carne ni la sangre, sino de las estrellas en la carne y la sangre" es que el hombre alcanza a "distinguir la eterna sabiduría de lo temporal".

En lo que concierne a cómo desarrollar la intuición podemos apoyarnos en el budismo, donde particularmente se entrena a la mente para desarrollar funciones más elevadas de conocimiento -aunque éstas son más un des-cubrimiento o des-velo de la propia naturaleza que se ve oscurecida por los hábitos inmemoriales de la mente-. Como explica Alan Wallace, la técnica fundamental para refinar la mente que tienen las tradiciones contemplativas de la India es el samadhi, la concentración y pacificación de la atención que, como han descubierto cientos de miles de meditadores por milenios, al concentrar y pacificar también purifica o va eliminando las aflicciones y contaminantes (kleshas, en sánscrito) que en este caso podemos decir que ocultan u oscurecen la facultad intuitiva original. La meditación, el samadhi, según la tradición budista, hace primero que nos relajemos o calmemos; esto a su vez nos da estabilidad -como la estabilidad necesaria para apuntar un telescopio al cielo para observar un fenómeno estelar-, lo cual, a su vez, se traduce en claridad o viveza. Relajación: estabilidad: claridad. La claridad, la alta resolución de la mente, nos permite ver las cosas como son y acceder a la naturaleza misma de la conciencia -que es descrita fundamentalmente como luminosidad- y, por lo tanto, resonar con la conciencia primordial que es omnisciente. No sólo en el budismo, sino también en el hinduismo, todos los poderes o logros mentales (siddhis) -que en Occidente llamamos psíquicos, extrasensoriales o paranormales- son fruto principalmente de la inmovilidad de la mente, de la atención sostenida, la cual se describe como produciendo una especie de fuego o calor (tapas, en sánscrito).

Para concluir resta decir que la intuición es, paradójicamente, la naturaleza más básica de conciencia y a la vez el culmen del entrenamiento de la mente -aquello que hace que trascendamos la mente y la disolvamos en la conciencia pura-. Así entonces, la intuición es algo que se cultiva fundamentalmente a través de la meditación, pero no sólo mediante las llamadas técnicas del mindfulness sino, necesariamente, también a través del cultivo de la sabiduría, el análisis y el discernimiento. Incluso de la moralidad y la virtud, como muestra el esquema de los tres pilares que constituyen el óctuple noble sendero del Buda que lleva al despertar: sin shila (disciplina, moralidad), sin actuar bien y no generar karma negativo que luego nos persiga, no podremos conseguir la paz suficiente para profundizar en el samadhi; sin el samadhi, no podremos conseguir la inteligencia o discernimiento (prajna) que nos permite conocer y entrar en consonancia con la realidad. Evidentemente, la intuición no es algo que dependa siempre de una práctica específica o de niveles dentro de un sendero espiritual. Puede haber flashes de intuición, pero éstos son seguramente fruto de antiguos karmas, y difícilmente logran estabilizarse y convertirse en una base cognitiva si no son cultivados -y cultivar la función más alta de la mente requiere cultivar todas las otras-. El mismo Buda alcanzó de manera espontánea en su adolescencia el primer dhyāna (una dimensión más sutil de la realidad, según el budismo), seguramente en una especie de flashback de vidas previas. Pero viviendo en el palacio de placer de su padre olvidó esto y luego tuvo que aprender técnicas ascéticas para reingresar a los dhyānas y finalmente despertar bajo el árbol Bodhi, en ese eterno instante que, queremos pensar, resuena aún hoy a través del tiempo cuando alguien medita y tiene una intuición de la verdad.

 

Twitter del autor: @alepholo

 

Imagen: Harald Dastis

El famoso monje Thich Nhat Hanh nos habla sobre lo que define al amor verdadero, de acuerdo con las enseñanzas budistas

El amor, al igual que cualquier otra fuerza en la vida, admite diversas posibilidades y manifestaciones. Pero si lo que queremos es distinguir al amor en su estado más puro, algo así como el clímax integral de lo que conlleva el amor, entonces quizá tendríamos que tratar de definir o determinar los ingredientes propios de este estado o sentimiento. En palabras de Thich Nhat Hanh, el famoso monje budista originario de Vietnam, estaríamos refiriéndonos a "amor verdadero", ese que puede distinguirse de entre cualquiera de las posibles acepciones del término. 

En una de sus pláticas, que al final de esta nota puedes ver en video, Thich Nhat Hanh advierte que el verdadero amor es aquel capaz de hacer que sufras menos y que aquellos que te rodean también experimenten menos sufrimiento. Ademas, nos dice que el verdadero amor requiere de generar alegría; si esto no ocurre, difícilmente podríamos estar hablando de amor. También apela a la compasión, y refiere cómo esta, entre más la procuramos, más se desarrolla –y por lo tanto, más fácil será crecerla y seguirla practicando–. 

El amor verdadero es capaz de generar alegría para ti y para la otra persona. 

Es importante enfatizar que el amor al cual se esta refiriendo Thich Nhat Hanh no incluye solamente a la tradicional noción de amor entre pareja, sino al amor como un sentimiento pleno que se practica no sólo con el resto de las personas sino también con todo aquello con lo que nos relacionamos, empezando con la vida misma y, en especial, contigo mismo. Pero esto tampoco quiere decir que las parejas que buscan protocolos para mejorar su vida juntos no deban prestar atención a estos preceptos.

Los cuatro ingredientes esenciales del amor verdadero son:

1. Amor / Bondad

2. Alegría

3. Compasión

4. Inclusividad