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Placebo, karma e ignorancia de las causas verdaderas del sufrimiento

Hasta hace algunas décadas la ciencia difícilmente aceptaba que la mente podía influir en el cuerpo de tal forma que pudiera propiciar una enfermedad o curarla. Hoy, sin embargo, se sabe no sólo que existe el efecto placebo (y su oscura contraparte: el nocebo) sino también que el placebo funciona incluso cuando se sabe que se está tomando placebo.

La investigadora Jo Marchant, autora del libro Cure, explica que "la mente puede afectar funciones fisiológicas como la digestión, la circulación o el sistema inmune, vía el sistema nervioso autonómico". Existen diversos estudios que muestran que el placebo es efectivo para tratar cosas como el asma, la depresión, el intestino irritable, problemas de espalda y sobre todo el dolor (quizás todas las condiciones puedan ser tratadas con placebo; el problema es que no existe suficiente investigación, ya que amenaza el poder de la industria médica). Según Marchant, el paradigma materialista de la ciencia ha hecho que:

desde Descartes los científicos ven lo físico, lo material mensurable, como algo más 'real' y más apto para la interrogación científica que las emociones y las creencias. Esto ha llevado a un sesgo atávico en el que se cree que ya que nuestros pensamientos no son 'reales', no pueden influir en nuestros cuerpos físicos.

El problema con el placebo, dice Marchant, es que la mayoría de la investigación científica es fondeada por las farmacéuticas, a las cuales evidentemente no les conviene decir que el placebo funciona tan bien como algunas de sus medicinas más populares o que el efecto curativo de muchas de estas medicinas, como los antidepresivos, en realidad podría deberse al efecto placebo.

Aunque actualmente es evidente para cualquier científico que el placebo funciona y representa (al menos para cualquier médico honesto) uno de los campos más interesantes y prometedores de la medicina, se sigue creyendo que el placebo funciona solamente para tratar condiciones menores. A la mayoría de los médicos pensar que cosas como un cáncer pueden ser curadas por un efecto mental o noético les parecería irresponsable, y sin embargo, existen casos en la literatura médica que así lo sugieren.

Ernest Lawrence Rossi, en su libro The Psychobiology of Mind-Body Healing, relata el caso de un paciente, el señor Wright, quien mostró una radical respuesta al placebo (el caso fue documentado por el doctor Phillip West). El señor Wright tenía numerosos tumores del tamaño de órganos y se le pronosticaban apenas unas semanas de vida, cuando escuchó sobre un nuevo medicamento para tratar el cáncer llamado "Krebiozen". Entusiasmado, convenció a su médico para que le administrara este medicamento. Desde antes de recibir el medicamento el señor Wright ya mostraba un talante de radical mejoría y, después de que se le administró una inyección en un plan de 10 días, sus tumores habían prácticamente desaparecido. 2 meses después, reportes en la prensa sobre el Krebiozen hacían referencia a que las pruebas clínicas no habían obtenido buenos resultados. Esto inmediatamente deprimió al señor Wright, quien volvió a desarrollar tumores. Pero el doctor West había detectado lo sucedido, y le comentó que los medios estaban desinformando y que había una nueva cepa de la medicina de mayor potencia. La recuperación de su tumor terminal fue aún más dramática. El señor Wright se mantuvo 2 meses sin síntomas, pero lamentablemente llegó a sus manos un reporte de la Asociación de Médicos de Estados Unidos en el que simplemente se determinaba que este fármaco era inútil. Poco después murió.

Rossi escribe sobre el proceso del placebo:

Obviamente, el sistema inmune del señor Wright debió de haberse activado por su creencia en la cura. La rapidez increíble de su sanación sugiere que sus sistemas autonómico y endócrino debieron de responder fácilmente a la sugestión, permitiendo que movilizara su torrente sanguíneo con una increíble efectividad para remover fluidos tóxicos y desechos del cáncer en rápida disminución [...] Ahora sabemos mucho mas del 'sistema límbico-hipotalámico' del cerebro como el gran conector entre mente y cuerpo que modula la actividad de los sistemas autonómicos, endócrinos e inmunes en respuesta a creencias y a sugestión mental.

 

Karma y enfermedad

Lo que planteamos aquí, sin embargo, es más radical que sólo decir que la mente puede curar un cáncer o que la mente puede crear un cáncer (algo que ha sido estudiado por el doctor Ryke Geerd Hamer). Se plantea aquí que toda enfermedad es el resultado de la interacción mente-cuerpo, de un sistema que no puede separarse, porque no es dos cosas. Se plantea que lo mental es tan esencialmente causal, o incluso más que lo físico. De nuevo, es importante regresar a la idea del dualismo cartesiano que tanto ha marcado nuestra cultura. Es desde Descartes que el racionalismo encumbrado en la ciencia ha creado una división arbitraria entre mente (o alma) y cuerpo. Algo que es un contrasentido de nuestra experiencia, ya que toda sensación "corporal" es experimentada a través de nuestra mente; la realidad, el mundo de las cosas, depende siempre de la mente que lo percibe. No podemos hablar propiamente de la existencia de un cuerpo sin que exista conciencia. William Blake lo entendió así:

El hombre no tiene un cuerpo distinto de su alma. Aquello que llamamos cuerpo es una porción de alma percibida por los cinco sentidos, pasajes principales del alma en esta edad.

Para Blake, libre de la moral cristiana pero también del nihilismo materialista, lo verdaderamente satánico no era el cuerpo, sino la mecanización del racionalismo y la industrialización que reducía al ser humano a una máquina (ahora utilizamos la metáfora de que nuestro cerebro es una computadora y la conciencia es una ilusión generada por el hardware, como ha postulado Daniel Dennett).

En radical diferencia al paradigma materialista occidental, tenemos las filosofías orientales que nacen en la India, donde lo primordial es la mente. Aunque existen diversos matices y ciertas diferencias en diferentes escuelas, incluso algunos dualismos similares (como el de purusha y prakriti), en general el hinduismo y el budismo coinciden en que es la mente la que tiene un cuerpo, el cuerpo es el instrumento de la mente y es moldeado por ella como resultado de una serie de actos intencionales a lo largo de diversas vidas (y en ciertas escuelas, como el tantra, el cuerpo y la mente son no-duales, expresiones de una misma energía-conciencia). El cuerpo es la cristalización del karma y por lo tanto todas sus manifestaciones (enfermedades o tendencias) no son más que vectores o inercias que emergen causadas por la mente. Y es que, como el Buda enseñó en su cadena de eslabones de originación (nidanas), la conciencia es lo que crea al cuerpo, y es específicamente la volición mental la que hace que madure un karma. Karma es acción, pero para que haya un efecto en un individuo debe haber una intención (cetana). 

De aquí entonces la lectura de que toda enfermedad tienes causas y condiciones que podemos llamar mentales, si bien es también siempre corporal, porque de otra forma no podría manifestarse; es siempre psicosomática, mente y cuerpo. Para algunas personas esto puede parecer muy radical e incluso ofensivo, ya que significa que somos responsables de todas nuestras enfermedades y contrariedades, incluyendo aquellos infortunios que nos parecen azarosos e incontrolables, como ser atropellados o como nacer con una condición genética. Esto a algunos los puede llevar a una noción de juicio moral, de sentirse culpables, pero se habla aquí, más que de bien o mal, de sabiduría o ignorancia.

En uno de los lojong o entrenamientos de la mente del maestro budista Atisha se dice "échale toda la culpa a uno", ese uno es la ignorancia, tu ignorancia. Para el budismo la causa esencial del sufrimiento es la ignorancia, el entendimiento erróneo de la realidad. No entender que los actos negativos producirán consecuencias negativas (y que los pensamientos negativos también lo harán); no entender que perseguir cosas impermanentes nos harán sufrir insatisfacción; no entender que somos cada uno responsables de nuestras vidas y que culpar a otro (ya sea una persona, un dios o al mismo azar) es algo que igualmente acabará produciendo más sufrimiento. Nuestra ignorancia es tal que no vemos cómo cada mínimo pensamiento, cada deseo, cada frustración, va apilándose y creando hábitos y tendencias que tarde o temprano se manifiestan creando malestar y enfermedad --o, si son virtuosos e inteligentes, lo opuesto. Es importante mencionar que para el budismo lo que somos esencialmente es sólo un manojo o un vórtice de hábitos (a los cuales damos una cualidad de solidez e identidad al conceptualmente designarlos como una entidad fija), y por lo tanto si cambiamos nuestros hábitos podemos transformarnos ontológicamente, al nivel más profundo, al punto de curar o crear cualquier enfermedad.

De la misma manera que la ignorancia es lo que genera sufrimiento y enfermedad, la sabiduría genera dicha y cura el sufrimiento. Aunque una persona que ha entendido la naturaleza de su mente y por lo tanto del mundo que existe en interdependencia con la mente podrá seguir experimentando enfermedades (que para el budismo son la maduración del karma pasado), ya no sufrirá por ellas y por lo tanto se habrá modificado el significado de una "enfermedad" (ya que el placer y el dolor no tendrán la misma connotación dualista). Al final, lo que se plantea es que no sólo las enfermedades son psicosomáticas, sino que el ser humano es fundamentalmente hipocondríaco, ya que ha llegado a creer que está enfermo de una enfermedad terminal (la muerte) al creer que es sólo su cuerpo, identificándose a sí mismo con una existencia individual separada de todo un universo de otredad. Pero, se dice en el budismo mahayana y vajrayana, lo que somos nunca ha nacido y nunca morirá. El cuerpo es sólo un instrumento de conocimiento, una momentánea ilusión con la que aquello que es juega (aquello que es, es la cognición misma que, se dice, no cambia, es como un espejo que puede reflejar cualquier cosa y por supuesto no depende de un cuerpo, pero toma cuerpos por el karma en el juego de las apariencias). Misteriosamente, la luminosidad pura de la mente puede convertirse también en un cuerpo; acaso es porque no tienes límites que puede tomar también una existencia limitada, aunque ésta no modifica su naturaleza de ninguna manera y por lo tanto debe tomarse como mágica e insustancial aparición. Sólo lo que no cambia es real, pero es en el cambio que lo real se conoce a sí mismo.

El sexo y el yoga tienen varios paralelos y pueden ser empleados conjuntamente para alcanzar experiencias de éxtasis espiritual

Una de las definiciones más precisas de la palabra sánscrita yoga es "yugo" o "yunta", es decir, aquello que junta o une (de la raíz sánscrita yug tenemos palabras como "ayuntamiento", "cónyuge" o "conjugar"). Yoga, sin embargo, es usado principalmente como aquello que une con lo divino, que une al ser con el Ser (atman con brahman, por usar términos de la tradición de la cual se deriva el yoga). 

Evidentemente, el sexo como lo experimentamos los seres humanos (no solamente como reproducción) tiene este sentido también de unirnos, y algunos incluso podrían pensar que unirnos también con lo divino, que encontramos encarnado en una persona que queremos y que es de alguna manera el emblema viviente del amor. 

Esta doble comunión del yoga y el sexo se amplía aún más con el hecho de que tanto el yoga como el sexo lidian con los procesos energéticos del cuerpo de manera muy puntual. Aunque a veces en el sexo no tenemos mucha conciencia de esto, es evidentemente que presenciamos cómo la energía se mueve por el cuerpo, por ejemplo, en una erección con el flujo sanguíneo que se dirige al pene o al clítoris. Asimismo, podemos notar fácilmente cómo la respiración afecta la sensación de placer o nos permite retener el orgasmo. El yoga en su sentido tradicional es una manipulación del prana (un término que engloba tanto el aire como la energía) para conseguir estados extáticos y gnósticos.

Para ser más específicos, podemos mencionar que existen prácticas en tradiciones tántricas que literalmente funden el yoga con el sexo (y quizás nos hacen pensar que éste es el entendimiento más elevado del sexo, un yoga con la divinidad inmanente, que es en sí mismo el cuerpo humano). Una de ellas es el llamado karmamudra, que se practica dentro del budismo tántrico. El académico Roger Jackson explica en su libro Tantric Treasures:

Una de las razones por las cuales la sexualidad puede usarse yóguicamente es que, más que cualquier otra actividad humana, el intercambio sexual, incluso en un contexto "ordinario", tiene el efecto de hacer que fluya la energía en el canal central, aquietando la mente conceptual, induciendo placer y derritiendo la gota blanca del chakra corona, que luego es "emitida" en el momento del orgasmo.


Jackson describe aquí la anatomía del cuerpo sutil que encontramos descrito en las tradiciones tántricas que se derivan de la India. Se habla de la gota o bindu blanco del semen y la gota o bindu rojo de la sangre, de las cuales se forma el cuerpo físico, extendiéndose como una línea recta (el canal central, el tronco). El tantra busca unir estas gotas en una especie de alquimia en el centro del cuerpo produciendo un calor interno que derrite las obstrucciones (esto es similar a lo que se conoce popularmente como el despertar de la kundalini). Para hacerlo, lleva la energía al canal central, que es el canal que se considera como siempre puro, el canal de energía-conciencia iluminada donde yace lo divino inmaculado. El placer sirve como un medio para llevar la energía a este canal y derretir la solidez y el bloqueo de los diferentes canales que son conceptos, pensamientos y emociones coaguladas. De alguna manera, sin tener conciencia de esto, el sexo pone la atención y focaliza la energía en el canal central: la boca, el corazón (en un sentido emocional e imaginal) y los genitales juegan el papel principal. Sin embargo el sexo yóguico, en el contexto tántrico (el tantra es esencialmente la continuidad de la experiencia de la luminosidad primordial), no es sexo ordinario. Explica Jackson:

En general, los éxtasis del tantra son posibles si, en vez de ser emitida al tiempo del orgasmo, la gota blanca se retiene, y el propio gozo es combinado con el entendimiento de la naturaleza vacía de los fenómenos, lo cual puede ser la base para la propia transformación en una deidad búdica. Por lo tanto, las prácticas tántricas requieren de enorme disciplina y autocontrol físico y mental. Irónicamente utilizan el "deseo" para acelerar el logro de la iluminación, pero no pueden ser practicadas de manera exitosa por personas en quienes el deseo no es controlado y la realidad no es entendida. 

El principio fundamental en el que se basa el tantra budista es que el cuerpo no es realmente sólido sino que contiene una esencia indestructible que es energía pura de gozo indivisible de la conciencia primordial (el embrión búdico, la esencia vajra). Eso que nos parece tan sólido, nuestra columna, nuestro torso y demás, es sólo luz-gnosis-dicha, luz que (se) sabe. Se busca conseguir un estado que "involucra tanto gnosis absoluta como la experiencia de embeleso, gozo y éxtasis", algo que comúnmente podemos llegar a atisbar a través del sexo, aunque "de una manera mucho menos intensa, duradera y sin el importe soteriológico".

Fundamentalmente, el tantra busca transformar las emociones en sus aspectos más burdos y groseros (el enojo, los celos, la frustración y demás) en sabiduría y gozo (que esotéricamente son descritos como inseparables en un gran sello). A diferencia de los caminos de renuncia no las evita, sino que las sublima. Para esto se sirve del sexo, una poderosa herramienta evolutiva, no sólo para procrear una descendencia, sino para recrearnos o simplemente reconocernos a nosotros mismos como seres divinos.