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Leer estos 83 libros te hará el conversador más inteligente

Libros

Por: pijamasurf - 02/18/2017

Una larga y obligada lista de lecturas para abrir el panorama mental, cortesía de Joseph Brodsky

Algo intangible pero tajante ocurre al leer. Entrar en contacto con libros, con literatura, historia o filosofía provoca que se expandan los horizontes de la mente, abre la cancha en sentido literal y enriquece de forma hasta entonces inimaginable el rango de perspectivas que utilizamos para mediar con la realidad, para interpretarla y entenderla. 

A mediados del siglo pasado, en el entonces Leningrado, un joven abandonó la escuela a los 15 años. Tras deambular por diversos empleos, incluida la morgue, invernaderos y fábricas, viajaría a Estados Unidos para convertirse en profesor de Yale y Columbia, entre otras universidades, y eventualmente obtendría el premio Nobel de literatura: Joseph Brodsky.

En una de sus clases, impartida en Mount Holyoke, Brodsky le compartió a sus alumnos una lista con los libros que, a su juicio, toda persona debería leer para, básicamente, poder mantener una conversación. Sobra decir que las expectativas de Brodsky ante sus potenciales interlocutores eran bastante altas. En todo caso este listado, además de ser una brújula digna de cualquier ávido lector, asegura una base de conocimiento o bagaje que sin duda enriquecerá la existencia de cualquiera. 

Entre los títulos que Brodsky menciona se incluye desde el Bhagavad Gita y el Mahabharata hasta Francis Bacon, Yeats, Pessoa, las sagas islandesas o El laberinto de la soledad de Octavio Paz. Compartimos las imágenes de esos apuntes y después la lista de títulos.

 

 

1.   Bhagavad Gita
2.   Mahabharata
3.   La epopeya de Gilgamesh
4.   Antiguo Testamento
5.   Homero: Ilíada, Odisea
6.   Herodoto: Nueve libros de Historia
7.   Sófocles: Tragedias
8.   Esquilo: Tragedias
9.   Eurípides: Tragedias (Hipólito, Las bacantes, Electra, Las fenicias)
10. Tucídides: La guerra del Peloponeso
11. Platón: Diálogos
12. Aristóteles: Poética, Física, Ética, Del alma
13. Poesía alejandrina
14. Lucrecio: De la naturaleza de las cosas
15. Plutarco: Vidas paralelas
16. Virgilio: Eneida, Bucólicas, Geórgicas
17. Tácito: Anales
18. Ovidio: Metamorfosis, Heroidas, Arte de amar
19. Nuevo Testamento
20. Suetonio: Vidas de los doce césares
21. Marco Aurelio: Meditaciones
22. Catulo: Poemas
23. Horacio: Poemas
24. Epícteto: Discursos
25. Aristófanes: Comedias
26. Claudio Eliano: Varia Historia, Sobre la naturaleza de los animales
27. Apolonio de Rodas: Argonáuticas
28. Miguel Psellos: Vidas de los emperadores de Bizancio
29. Edward Gibbon: Historia de la decadencia y caída del Imperio romano
30. Plotino: Enéadas
31. Eusebio: Historia de la Iglesia 
32. Boecio: Consolación de la filosofía
33. Plinio el Joven: Cartas
34. Poesía bizantina
35. Heráclito: Fragmentos
36. San Agustín: Confesiones
37. Tomás de Aquino: Suma Teológica
38. San Francisco de Asís: Florecillas 
39. Niccolò Machiavelli: El príncipe
40. Dante Alighieri: Comedia 
41. Franco Sacchetti: Trescientas novelas
42. Sagas islandesas
43. William Shakespeare (Antonio y Cleopatra, Hamlet, Macbeth, Enrique V)
44. François Rabelais
45. Francis Bacon
46. Lutero: Obras selectas
47. Calvino: La institución de la religión cristiana
48. Michel de Montaigne: Ensayos
49. Miguel de Cervantes: Don Quijote
50. René Descartes: Discursos
51. Canción de Rolando
52. Beowulf
53. Benvenuto Cellini
54. Henry Adams: La educación de Henry Adams
55. Thomas Hobbes: Leviatán
56. Blaise Pascal: Pensamientos
57. John Milton: Paraíso perdido
58. John Donne
59. Andrew Marvell
60. George Herbert
61. Richard Crashaw
62. Baruch Spinoza: Tratados
63. Stendhal: La cartuja de Parma, Rojo y negro, Vida de Henry Brulard
64. Jonathan Swift: Los viajes de Gulliver
65. Laurence Sterne: Vida y opiniones del caballero Tristram Shandy
66. Choderlos de Laclos: Relaciones peligrosas
67.  Baron de Montesquieu: Cartas persas
68. John Locke: Segundo tratado sobre el gobierno civil 
69. Adam Smith: La riqueza de las naciones
70. Gottfried Wilhelm Leibniz: Discurso sobre la metafísica
71. David Hume: todo
72. The Federalist Papers
73. Immanuel Kant: Crítica de la razón pura
74. Søren Kierkegaard: Temor y temblor, O lo uno o lo otro, Migajas filosóficas 
75. Fiódor Dostoyevski: Memorias del subsuelo, Los demonios 
76. Alexis de Tocqueville: La democracia en América
77. Johann Wolfgang von Goethe: Fausto, Viaje a Italia
78. Astolphe-Louis-Léonor, Marqués de Custine: Rusia
79. Eric Auerbach: Mimesis
80. William H. Prescott: Historia de la conquista de México
81. Octavio Paz: El laberinto de la soledad
82. Sir Karl Popper: La lógica de la investigación científica, La sociedad abierta y sus enemigos
83. Elias Canetti: Masa y poder

 

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Tratando sus recuerdos como fragmentos, Valérie Mréjen construye un relato acogedor aunque no siempre cómodo

En literatura existe una amplia tradición que considera la memoria con cierta grandilocuencia. En dos o tres cuentos y quizá también en alguna charla, Borges atribuye a San Agustín la comparación entre la memoria y un palacio, como si nuestros recuerdos fueran un edificio precioso pero también vasto, como esos recintos secretos que aparecen en Las mil y una noches en donde todo duerme el sueño plácido del olvido hasta que alguien hace una visita inesperada, improbable, y comienza a admirar desde la vasija delicadamente tallada hasta los enormes pilares que sostienen el lugar. Eso, a veces, ha sido la memoria en la literatura: extensos tomos en los que el autor desgrana y destila sus recuerdos, uno a uno, morosamente.

Quizá por ello la narrativa de Valérie Mréjen puede resultar sorprendente. Mréjen (París, 1969) escribe, pero también es artista plástica y cineasta experimental. En su obra literaria cuenta con algunos títulos anclados de lleno en su memoria –en especial Mon grand-père (1999), L'Agrume (2001) y Eau sauvage (2004)–, que surgen de ahí y además, en los tres casos, de una manera muy singular: a manera de fragmentos. En la narrativa memorística es más usual lo opuesto, que a partir de un recuerdo el autor comience a desplegar casi ininterrumpidamente la historia de su vida. Así, por ejemplo, Elias Canetti, cuyos tres tomos autobiográficos, sólidamente narrados, comienzan con una frase muy sencilla: “Mi primer recuerdo está bañado en rojo”; o Proust y su emblemática madalena, símbolo de la “memoria accidental” que, según defendía, irrumpe en nuestra conciencia y nos avasalla como un torrente, arrastrándonos hacia la recuperación de un tiempo perdido sólo porque un día algo nos hizo recordar esa época de nuestra vida.

Con Valérie Mréjen, la memoria fluye de otro modo. Su procedimiento tiene cierta afinidad con la asociación libre freudiana al menos en un aspecto: no se impone desde el inicio la obligación de hilar un relato coherente, perfecto, sino que más bien, como narradora, toma una etapa de su vida desde su recuerdo más significativo y sigue hacia donde la propia evocación la lleva, sin importar que sea una imagen tremebunda o, con más frecuencia, algo más bien nimio y cotidiano. El lector sabe así que su abuelo se acostaba con sus amantes en la misma cama en la que yacía con su esposa, pero también que la narradora tenía dificultades para pronunciar ciertas palabras.

Decir que los fragmentos fluyen parece un contrasentido, un oxímoron. Sin embargo, así es en la narrativa de Mréjen. Algo en su estilo, en su discurso, hace sentir al lector como si asistiera al armado paciente y gradual de un rompecabezas, como si pasara una vez y después otra frente a la niña que se entretiene con ese divertimento, que mira una pieza durante un par de minutos, que la gira y la mira de nuevo y decide dónde colocarla, quizá sí como parte de un fragmento mayor, pero quizá también en uno más pequeño o incluso en uno todavía no formado. Eso es lo que fluye.

No parece fácil sostener ahora la comparación de San Agustín y decir que la memoria es un palacio. Quizá alguna vez lo fue, quizá alguien en este momento está construyendo el propio, pero en muchos otros casos la memoria es como la sala de estar que encontramos en la casa donde crecimos y también en las casas que visitamos, una sala que tiene elementos singulares y otros compartidos, una habitación que reconocemos como nuestra y en la cual otras personas –nuestros amigos, nuestra familia, nuestros contemporáneos– podrían sentirse al mismo tiempo recibidos y llevados a su propia memoria. 

Twitter del autor: @juanpablocahz