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El lenguaje corporal no miente: 4 signos de que una persona no está cómoda contigo

Salud

Por: pijamasurf - 09/12/2016

Si no te sientes a gusto con alguien quizá intentes disimularlo, pero tu cuerpo eventualmente te delatará

El cuerpo tiene su propio lenguaje, el cual, curiosamente, no siempre coincide con las palabras que salen de nuestra boca. A veces podemos decir algo, pero estar pensando otra cosa, y aunque quizá disimulemos esa contradicción, nuestro cuerpo no puede mentir tanto.

Y qué situación social en donde buscamos disimular más que, a veces, cuando estamos con alguien con quien no quisiéramos estar, con alguien que nos perturba o nos aburre pero que, por alguna razón, no podemos dejar.

A continuación compartimos cuatro signos del lenguaje corporal que sugieren la incomodidad que quizá sienta una persona.

 

1. Se frota el cuello

El cuello es un punto donde confluyen importantes terminales nerviosas asociadas con la tensión, de ahí que cuando se le masajea suavemente, esto contribuya a recuperar la calma e incluso reducir el ritmo cardiaco. Si una persona lleva la mano a su cuello y comienza a frotarlo inconscientemente, es posible que lo haga porque se siente estresada.

 

2. Sus pies apuntan hacia fuera

Algunos psicólogos sugieren que la posición de los pies en una persona es uno de los signos más incontrovertibles sobre su estado de ánimo. En este caso, cuando estos apuntan hacia fuera o en dirección a la puerta de salida de un lugar, eso sugiere que la persona en cuestión no tiene ningún interés por aquella con quien se encuentra.

 

3. Evita el contacto visual

Quizá este punto no merecería mayor explicación. Salvo para los narcisistas y algunas otras personalidades con inclinaciones patológicas, cualquiera se da cuenta de la incomodidad de una persona por su mirada. Si conversas con alguien y esa persona casi nunca te mira a ti, lo más probable es que sea porque quiere estar en otro lado o con otra persona.

 

4. Pone “barreras” de por medio

Cuando una persona no se siente a gusto con la compañía de alguien, con una conversación o con alguna otra circunstancia propia de la convivencia, una de las reacciones más comunes es que busque poner distancia de por medio o “barreras”. Si está sentada a una mesa, quizá se recline hacia atrás, con lo cual se aleja de su interlocutor; también puede interponer algún objeto al alcance entre ambos, o cruzar los brazos hacia el pecho o las piernas de modo tal que la rodilla quede al frente, dos de los gestos más comunes de inconformidad.

 

¿Te parecen conocidas estas señales? No dejes de compartirnos tu opinión en la sección de comentarios de esta nota.

 

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El terapeuta lírico, o algunas razones por las que puede que tu psicoterapeuta no te esté entendiendo del todo bien

Salud

Por: Adán de Abajo - 09/12/2016

En algunas situaciones, los psicoterapeutas provienen del completo autodidactismo y del aprendizaje de la vida

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Actualmente muchos psicoterapeutas ejercen su oficio sin ser psicólogos o sin haber recorrido previamente una licenciatura en psicología, ocasionalmente ni siquiera una carrera universitaria. Inclusive hay terapeutas que de base formativa no tienen nada que ver con la psicoterapia. Sobre todo en diversos sitios de América Latina, donde las restricciones son poco claras o de plano no existen. En muchas partes se ofrecen cursos en línea, "certificaciones" en cualquier cosa imaginable y másters para los que no es necesario poseer licenciatura ni título universitario si se desea inscribirse y cursarlos, mientras se cubra sus cuotas. Bastante gente se ha formado como psicoterapeutas o se sigue preparando en ello sin poseer un título universitario como requisito, con tan sólo alguno de estos cursos, frecuentemente breves y accesibles. De manera que en el mercado de la psicología, hoy por hoy, cunden cantidades de profesionales que ofrecen sus servicios de ayuda, algunas veces con licenciaturas y posgrados rigurosos que los respaldan (lo cual de todos modos no garantiza nada), otras de plano sin ellos, y otras más, proviniendo de campos del conocimiento muy alejados del desarrollo humano o la psicología, lo cual a veces es positivo, pues enriquece y amplía el campo de la psicoterapia, no pocas veces bastante miope.

Y en algunas situaciones más, los psicoterapeutas provienen del completo autodidactismo y del aprendizaje de la vida. Quizá con algunas cuantas lecturas encima, otros ni siquiera con eso. Sustentados en sí mismos nada más.

A veces, tristemente, estos terapeutas líricos pueden superar por su sencillez, experiencia de vida, conocimientos y practicidad a aquellos que han invertido décadas de estudio y miles de dólares en su formación pero resultan incapaces de resolver el más mínimo problema cotidiano hasta en sus propias existencias --no siempre es así, claro está, en todo hay excepciones--, mostrando la distancia de años luz presente y creciente entre la educación formal que se oferta y vende en cualquier institución educativa que se quiera, en muchos casos costosísima, y las necesidades del día a día de muchas personas.

Por esto mismo, al elegir a un psicoterapeuta o al buscar ayuda psicológica, nunca te fíes demasiado en sus títulos académicos ni en los lugares donde dice él o dicen sus fans que los ha obtenido. Porque, en primer lugar, eso no garantiza que te pueda servir a ti en tu problema concreto personal, ni mucho menos que además sean reales o verdaderos dichos papeles, o que por casualidad no los haya adquirido piratas.

Pero tampoco te asustes si de pronto descubres que tu psicoterapeuta es autodidacta, no está titulado de su licenciatura, dejó trunca la universidad, la abandonó a la mitad o no cuenta con ningún título. Como los llamamos nosotros, son terapeutas líricos. Aquellos que no estudiaron formalmente, pero ejercen la psicoterapia y a veces adecuada y exitosamente. Dales tiempo a cualquiera de todos ellos: tanto a los que dicen --o se dice, que han estudiado mucho en sitios prestigiosos, como a los que puedan haberse formado por sí mismos y bajo propia cuenta. Bríndale la oportunidad aunque sea de primer inicio a quien hayas elegido, al fin y al cabo ya lo hiciste y por alguna razón, hay que descubrir más adelante cuál es.

 

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Fíjate que de verdad y realmente te escuche. Esto es quizá más importante que si estuvo en algún sitio del Viejo Mundo o de Estados Unidos realizando un posdoctorado o una certificación en quién sabe qué retruécanos raros.

Para saber si realmente te escucha, verifica su mirada constantemente. Te mirará directo a los ojos por lapsos prolongados de tiempo, con mayor intensidad cuando tus palabras desvelen los rincones más oscuros y heridos de tu corazón, aquellos que a nadie o casi a nadie más que a él hayas expuesto. Te dará tiempo de formular tus propias ideas y expresarlas. No te interrumpirá a menos que sea necesario. Esperará a que te desahogues y expongas con tus palabras tu situación. Luego hará sus intervenciones concretas, sencillas, accesibles y te preguntará, sobre todo, qué opinas de lo que él o ella piensa de ti, sin imponer su punto de vista.

Una mala señal de la deficiente capacidad de escucha de un psicoterapeuta es la tendencia a hablar en exceso de sí mismo, de lo que sabe o de lo que dice que ha leído. No es que esté mal que un terapeuta retome ejemplos de su propia experiencia y los utilice como metáforas válidas para ayudar a sus pacientes. Psicólogos con mucho peso en la historia de la psicología como Albert Ellis recomiendan y aprueban como válido el uso de la propia experiencia a manera de ejemplo en el ejercicio de la terapia. Pero algo muy distinto es pasarse la mayor parte de una sesión, la cual por cierto está pagando su paciente, hablando de sí mismo. Esto más bien muestra que no lo está escuchando y no está mostrando un interés demasiado evidente por su historia, menos por su problemática.

Entonces, te recomendamos: considera alejarte de aquellos terapeutas que hablen excesivamente de sí mismos, de lo que saben o dicen que saben, o que de hecho no te permitan hablar lo suficiente o lo que necesitas para sentirte cómodo. Aunque pueda impresionarte de inicio con sus conocimientos sobre literatura, cine, mitología o psicoanálisis.

Un buen terapeuta, contrariamente, antes de tomar la palabra y buscar protagonizar el diálogo buscara estimular que te expreses y describas lo más posible tu problemática. Querrá enterarse de principio a fin y con sumo detalle de cuál es tu situación y en qué consiste, con pelos y señales, tu problema.  

Más que buscar tener la palabra, te formulará preguntas, buenas preguntas.

En conclusión, fíjate no en cuánto sabe tu psicólogo, cuántos conocimientos tiene, cuántas películas ha visto y lugares ha recorrido, sino en cómo te mira, qué tipo de preguntas te hace y qué interés muestra por ti. La terapia es una actividad investigativa y el verdadero terapeuta indagará sin descanso en tu historia y tu vida antes de dar su opinión y ponerse a hablar. Una terapia no es una ida al cine para conocer las aventuras del experto ni mucho menos una conferencia informativa para que el terapeuta se luzca con todo lo que sabe. La terapia debe ser una actividad completamente enfocada en ti.

Una mermada capacidad de escucha puede indicar que quizá quien necesita más la atención psicológica es el profesional que sólo desea hablar y no escuchar, y no tú.

 

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El respeto va de la mano con no hablar más de la cuenta y no imponer sus puntos de vista y opiniones sobre sus pacientes. Aléjate lo más rápido posible del terapeuta que pretenda sobrepasar la relación profesional contigo: invitarte a salir, invitarte a su casa o querer ir a la tuya. Obligarte a hacer algo que él considera que te serviría pero a ti te incomoda o va contra tus principios y valores.

Aquí el objetivo terapéutico está perdido desde hace tiempo, nunca existió, y su interés no es tu salud ni bienestar sino, probablemente, su placer o deseos personales.

Por otra parte, un buen terapeuta jamás dice a alguien directamente lo que tiene que o debe hacer.

Un pésimo terapeuta es el que te dirá de inmediato lo que debes realizar o decidir, llegando a conclusiones rápidas, fáciles y demasiado directas sobre tu situación.

Observa que además de escucharte no trate de obligarte a hacer lo que cree correcto, sino que deberá brindarte una gama de posibles soluciones, primero sugiriéndote interpretaciones alternas de tu problemática y después otra gama de posibles soluciones.

Jamás deberá decir "haga esto…” o “debe hacer aquello...".

Un buen terapeuta más bien tenderá a seguir más o menos el siguiente esquema (aunque no es obligado, si te es útil reflexiónalo y aplícalo):

1. Escucharte con calma, paciencia, sin interrumpirte.

2. Indagar concienzudamente, de principio a fin, sobre tu situación y el origen de tu problema.

3. Formular preguntas tranquilas, pertinentes que te permitan conocerte y al mismo tiempo te ayuden a entenderte a ti mismo.

4. No tratará de cambiar tu punto de vista sino que te brindará una gama de interpretaciones alternativas de tu problema tras identificarlo, que podrán ser de dos a tres y te permitan elegir por tu propia cuenta la que más te satisfaga para explicarte lo que te pasa.

5. Con respecto a las soluciones a tu problema tampoco te las dará como sacadas de un recetario de cocina, sino que igualmente te presentara una serie de opciones entre dos y tres de las que puedas elegir una o dos con las que del mismo modo te sientas cómodo, jamás imponiéndote, ni mucho menos obligándote a que te inclines por una u otra con la que él se quedaría.

 

Twitter del autor: @adandeabajo